VILLA MEDICI ABRIO SUS PUERTAS A LA PINTURA RELIGIOSA FRANCESA DEL SEISCIENTOS

El Dios oculto Blaise Pascal

Un Dios que Alejandro Oliveros descubre en la muestra que recientemente ocupara
la galería de Villa Medici en Roma, Il Dio nascosto: título equivalente al "Dieu caché" pascaliano.
Y ese nombre -refiere el ensayista- no es mera coincidencia, pues
la raíz conceptual de esta pintura religiosa, "que forma parte de lo mejor del Barroco francés",
son las concepciones teológicas y filosóficas de Blaise Pascal, quien se entregara
a "llevar la imagen del 'Dios escondido' hasta niveles de insospechada significación"


El cristo muerto velado por dos ángeles, de Lubin Baugin / Pascal, retrato de Philippe de Champaigne (arriba)

Para Helena y Leopoldo

En la geografía eterna de Roma, Villa Medici ha sido reconocida, por propios y extraños, como un "locus amoenus". Fue construida a finales del siglo XVI en el lugar donde se extendían los jardines del palacio de Lúculo. Un lugar privilegiado, una elevación, limitada hoy por piazza di Spagna y los amplios verdes de Villa Borghese. Desde allí, la urbe se presenta bajo la más dorada de las luces. Al fondo, la cúpula de San Pedro y Castel Sant' Angelo. Perteneció primero al cardenal Ricci de Montepulciano y luego a los Medici. Después, fue residencia del embajador español y más tarde propiedad de los franceses. Chateaubriand la convirtió en la embajada de su país y el escenario de su apoteosis social. Desde inicios del ochocientos, sus salones han albergado la Academia de Francia. Chardin y Balthus han sido sólo dos de sus directores. La imagen que guardo de Villa Medici se la debo a Velázquez. El sevillano pintó dos veces su arquitectura durante su permanencia de 1649-1650. En sus largos años como director, Balthus restauró un sector de la estructura para convertirlo en galería. La exposición más reciente, Il Dio nascosto, estuvo dedicada a la pintura religiosa francesa del seiscientos.

Il Dio nascosto es el nombre que decidieron los organizadores de la muestra de más de sesenta telas que incluye piezas de Poussin, Georges de La Tour, Philippe de Champaigne, Simon Vouet, Lubin Baugin, Jacques Linard. Todas reunidas del modo más cartesiano. Tanto que, al principio, uno no sabe de qué se trata la exposición. Y si lo "oculto" es Dios o el significado del esfuerzo. A pesar de los excesos de racionalización. Il Dio nascosto es uno de los mejores momentos del dilatado programa del Año Santo, que no ha concluido en lo que a actividades de cultura se refiere. La gran mayoría de las obras fue traída de Francia, incluidos enormes retablos que sólo la trascendencia de la fecha explican, si no justifican su movilización.

Il Dio nascosto es el equivalente en italiano del conocido "Dieu caché" pascaliano. Y el título de la muestra no es mera coincidencia. Los escritos de Pascal, sus concepciones teológicas y filosóficas, son la raíz conceptual de esta pintura religiosa que forma parte de lo mejor del Barroco francés. La imagen, sin embargo, no es original de Pascal. En la versión latina de Isaías se encuentra la expresión, "Deus absconditus, Vere tu es Deus absconditus" (Is, 45,15). Pero Pascal se entregó a llevar la imagen del "Dios escondido" hasta niveles de insospechada significación. Antes de que se ocupara en sus Pensamientos se refirió a ella en la famosa carta, de finales de octubre de 1656, a madmoiselle Roannez: "Si Dios se descubriera continuamente ante los hombres, no tendría ningún mérito creer en él, y si no se descubriera jamás, no existiría la fe. No obstante, se esconde continuamente y raramente se presenta a lo que quiere llamar a su servicio. Este extraño secreto, según el cual Dios se retira, impenetrable, de la vista de los hombres es un gran estímulo para dedicarnos a la soledad". (Oeuvres complétes. Du Seuil). Después de su "noche de fuego", el momento inefable de su conversión, Pascal se retiró a las soledades del convento de Port Royal des Champs como vía hacia las claridades de lo oscuro.

Lucien Goldmann ha reconocido la paradoja en la metodología ascética del sabio francés. No es una línea recta la "conversión de la existencia mundana a la tragedia, al universo del Dios oculto y presente… Inversión completa de los valores, lo que es grande se hace pequeño, lo que parecía pequeño e insignificante se hace esencial" (Le dieu caché. Gallimard). Todo misticismo es una forma de taoísmo. Y el Tao es una mística. La imagen del "Dios oculto" se reitera de manera inquietante en los Pensamientos dedicados a la religión: "No era, pues, justo que apareciese de una manera manifiestamente divina y absolutamente capaz de convencer a todos los hombres; pero no era tampoco justo que viniese de una manera tan oculta, que no pudiese ser reconocido por los que le buscasen abiertamente". Una "lógica paradójica" se revela en los fragmentos más oscuros: "En lugar de quejarse que Dios se ha ocultado, dadle gracias, por haberse descubierto tanto, y dadle gracias por no haberse descubierto… Jesucristo ha venido a cegar a los que veían claro y dar luz a los ciegos; a curar a los enfermos y dejar morir a los sanos; a llamar a penitencia y justificar a los pecadores y a dejar a los justos en el pecado". Para el torturado Pascal, Dios estaba en la búsqueda. Los sentidos engañan y nada puede garantizar el hallazgo. Por fortuna, para él y sus amigos de Port Royal, Dios es oscuro, enemigo de claridades y facilismos. "Así es, no solamente justo, sino útil para nosotros, que Dios esté en parte oculto y en parte descubierto". Este Dios pascaliano es una criatura aristocrática. Es un Dios para escogidos, "the happy few" que pueden abandonarlo todo para entregarse a los "placeres de la búsqueda".

Ciertas coincidencias con la predestinación protestante fueron advertidas desde temprano en el pensamiento de estos "jansenitas" reunidos en Port Royal. Y Pascal era uno de ellos. El más brillante. Los seguidores de Jansenius proponían una selección. Los que huyen de Dios de todo corazón y los que le buscan. Para los primeros, las cosas serán siempre más difíciles. No parece haber para ellos misericordia. La redención es algo distante, casi imposible. Son los "malos, los que toman los bienes prometidos por bienes materiales". Mientras que los buenos, "no se pierden; porque la inteligencia de los bienes prometidos depende del corazón, que llama bien a lo que ama".

La experiencia mística es la más ardua. Quiere que lo sobrenatural le sea revelado. Cualquier manifestación es buena para el hombre "normal". Una curación inesperada. Una lluvia oportuna. Para los místicos, y Pascal y sus amigos se empeñaron en serlo, se trata de una exigencia más rara y escondida. Aspiran a que Dios se haga visible. Se presente ante sus ojos: "Descubre tu presencia, y máteme tu vista y hermosura", clamaba Juan de la Cruz. El seiscientos fue un siglo de visiones y conversiones. Las epifanías abundaban. Y se pasaba de un culto a otro con facilidad pasmosa. Tiempo de conversos e iluminados. La gran experiencia entraba por la vista. El ojo regía la vida de los grandes creyentes. Y de los grandes poetas. El Dios de Pascal está escondido hasta que el escogido lo ve. Lo ve con sus ojos. No los "ojos de la mente". Sino los ojos de todos los días. Los de humor vítreo y retina. Entender esto es entender, no sólo la mística del seiscientos. Más relevante, si acaso. Es entender el gran arte del Barroco. Una estética del ilusionismo. Del "trompe l'oeil", del espejismo.

En un contexto puramente religioso, el ojo siempre ha estado asociado a la percepción del misterio. Y el cristianismo nació como una religión mistérica. No importa lo que ahora sea. Platón, en su Fedro, al referir la perdurable imagen del "carro de fuego", narra cómo el coro de benditos "ve una visión dichosa". Comentando el texto platónico, el profesor Burkert recuerda que el "verdadero estado de bendición no radica en su resonancia emocional sino en el acto de ver lo que es divino" (Ancient Mistery Cults, Harvard). No sé qué fue lo que vio Pascal, pero el 23 de noviembre de 1654, una visión memorable, lo que llamaría su "noche de fuego", lo convirtió a la práctica del cristianismo auténtico. Tal como lo entendían, y lo entendían bien, los "solitarios" jansenistas del convento de Port Royal des Champs. En un breve "Memorial" dado a conocer más de cien años después de su muerte, Pascal ofrece algunos indicios de lo que debe haber sido su gran revelación: "Año de gracia de 1654. Lunes, 23 de noviembre, día de San Clemente, Papa y mártir. Víspera de San Crisógeno, mártir. Desde alrededor de la diez y media hasta cerca de medianoche FUEGO".

La saga de la búsqueda del Il Dio nascosto, de acuerdo con Pascal y los pensadores de Port Royal es, por lo menos, tan rica en imágenes como la aventura de Odiseo o el viaje de Dante. Esto lo entendieron bien los ideólogos de la Contrarreforma. Y lo pusieron en práctica los artistas católicos del siglo XVII. En España, Zurbarán, Valdés Leal, Alonso Cano, Martínez Montañés. En Holanda, Rubens. En Italia, Domenichino, Guercino, Guido, Cortona, Borromini, Bernini. En Francia, los maestros reunidos en la muestra de Villa Medici. La aventura del héroe que es Cristo se desarrolla en varias etapas, cada una de las cuales rica en las situaciones que se presentan en las galerías de Villa Medici. Los antecedentes del héroe en las referencias a Moisés y Abraham. El hermosísimo Moisés y las tablas de la ley y la irregular versión del Moisés salvado de las aguas, de Poussin. De allí a la encarnación de Dios en el héroe, los anuncios y el nacimiento de Cristo, sectores del mito que son ilustrados por Georges de La Tour con su estremecido lienzo Sueño de José, traído de Nantes. Y la Adoración, de Poussin (Munich). Los mismo pastores sorprendidos y desolados de otra tela de Poussin, Et in Arcadia ego que buscan consuelo ante el niño recién nacido. Los protagonistas de la pagana Arcadia convertidos en devotos del nuevo héroe, una versión de Dioniso sin el éxtasis ni la locura.

Después vemos al héroe convertido en hombre, hacedor de milagros y otros portentos y no menos felices actuaciones. Como la Aparición a María Magdalena, en el luminoso lienzo de Laurent de la Hyre. O en las épicas iconografías de Simon Vouet: Magdalena en casa de Simón y Lavatorio de los pies. Como buen héroe de origen divino, Cristo debe morir. Y esta es la sección mas extraordinaria del recorrido. Las Lamentaciones por el Cristo muerto, donde se reúnen las versiones de Poussin (Dublin), Le Nain, Levieux, Baugin, Vouet y Champaigne.

Ecce Homo. Philippe de Champaigne

Por lo menos hasta 1348, año de la Peste Negra, la Edad Media fue adicta al culto mariano. De esos tiempos es la expresión iconológica Maestà, como la de Duccio en Siena, donde la Virgen aparece entronizada rodeada por una corte de figuras principales. El desarrollo de formas más civiles y democráticas de gobierno durante el Renacimiento estimuló la devoción de santos regionales. San Lorenzo y San Juan Bautista en Florencia; Santa Catarina en Siena; San Roque en toda Italia; San Marco en la serenísima República de Venezia; San Pedro en Roma; San Luis en Francia. Y así. Con el Barroco, la segunda persona de la Trinidad, el propio hijo de Dios, comienza a ser considerada la mejor vía hacia la redención. En el catálogo de la muestra de Villa Medici, el profesor J. R. Armogathe resume esta tendencia cristocentrista: "El nacimiento del hombre moderno coincide con la recuperación de la posición central de la piedad y la teología alrededor de la persona de Cristo". Miguel Angel, como tantas veces, fue, con sus cuatro Pietà, el precursor del movimiento en escultura. Y la Compañía de Jesús es la forma más acabada de este cristocentrismo. Pascal, tan poco amigo de los jesuitas, no podía menos que coincidir con la concepción absolutista de los seguidores de Loyola. De los Pensamientos: "Jesucristo es el objeto de todo, y el centro a que todo tiende. Quien lo conoce, conoce la razón de todas las cosas". De haber sido pensada durante el siglo XVII, la iglesia de San Pedro se llamaría "Il Gesù", como se llama el templo barroco más deslumbrante de Roma, el que guarda los restos mortales del gran San Ignacio. Cuyos Ejercicios espirituales fue una de las lecturas más seguidas del período. Los Ejercicios son un breviario de pruebas y castigos diseñados para aproximarnos a la vida ejemplar de Jesús y sufrida. En la literatura devota del Barroco, en la exaltación sistemática y lúcida de la figura de Cristo; sin embargo, nadie fue más allá que el iluminado fundador de Port Royal, el padre Pierre de Bérulle. Este santo sacerdote dedicó los mejores años de retiro a su Vida de Jesús. El de Bérulle es el menos obvio de los esfuerzos, una dilatada meditación sobre el más improbable de los temas: los nueve meses de gravidez de la Virgen María.

Los organizadores de la exposición de Roma, Il Dio nascosto, siguieron muy de cerca, como si de un guión se tratara, la ideología cristológica del Barroco. La secuencia comienza a tener sentido al final del recorrido. Dios existe, a pesar de las dudas que la aspiración cientificista había introducido en Europa. Dios existe pero está oculto. Y se hace visible en Jesucristo. Pero la visión del hijo de Dios es rara y reservada a los escogidos. Los que han dedicado sus esfuerzos y talentos a su búsqueda. Sin embargo, el mismo Cristo pensó en una forma de manifestarse menos ardua. Para eso instauró la Eucaristía. El misterio eucarístico se convirtió en centro de la "retórica divina" de la Contrarreforma (Marc Fumaroli. Catálogo de Il Dio nascosto). En España, el jesuita Calderón de la Barca compuso una épica del hecho eucarístico en más de cuarenta Autos Sacramentales. La comunión, de este modo, es el más grande de los sacramentos. Una experiencia, por lo demás, negada a los protestantes. Las imágenes de la Ultima Cena se repiten en la iconografía del Barroco. Desde las prefiguraciones del Tintoretto hasta las musculosas versiones de Simon Vouet.

La ideología cristiana de los pintores de Port Royal dio origen a una imagen de Cristo que rechaza el realismo de la pintura renacimental. El Cristo de los lectores de Bérulle y Pascal tiene más la apariencia de un héroe griego o troyano que la de un vegetariano anacoreta. En su Ultima Cena de Vouet obvia el anecdotario del número doce. Reduce los apóstoles a cuatro o cinco y centra su atención en un Jesucristo de perfil, saludable y macizo. Así como en un muchacho que entra por la derecha con una enorme hogaza de pan para la instauración de la eucaristía. Se trata de héroes, no de oscuros pecadores y analfabetas. En cada una de estas pinturas, el hijo de Dios, ya muerto, ya viviendo sus últimas horas, es presentado con el físico del héroe. Como en el Ecce Homo, de Philippe de Champaigne. Hermoso, robusto, aunque cabizbajo y vencido. Un Héctor traicionado y crucificado en las alturas de un monte oscuro. La más inquietante de estas versiones, la más extraña y lírica en la de Lubin Baugin (1612-1663), en el Museo de Bellas Artes de Orleans. De Apolíneo se ha caracterizado este personaje. Y no es un despropósito. Sin señas de maltratos ni heridas en pies, manos o costado, parece menos muerto que dormido. Ni una gota de sangre que mancille la impecable anatomía. Y no podía ser de otra manera. Aun bajo la apariencia de hombre, Cristo, después de abatido, no podía asumir la imagen del común de los mortales cuando dejamos la existencia. No, al menos, para los pintores de Port Royal. Encargados de exaltar para nosotros las muchas glorias del Hijo del Hombre.

La especial circunstancia de haberse organizado la muestra sobre Il Dio nascosto en Roma, "la capital de la iconofilia occidental" (Fumaroli), otorga una significación adicional al proyecto. A pocas cuadras de Villa Medici, caminando en dirección al "Pincio" nos encontramos con la discreta fachada de Santa María del Pópolo. Al fondo de la iglesia, en la capilla Cerasi, dos obras que señalan lo que será el Barroco italiano. Dos telas de Caravaggio, una frente a otra: La conversión de San Pablo y La crucifixión de San Pedro. Ante el decoro de los maestros de Port Royal, la impudicia y el hiperrealismo de los italianos. Un arte marcadamente devocional el de los galos, que desmiente la escenografía meridional, su tono exhibicionista y operático. La tenue luz del paisaje francés parece replegarse frente al avance de la más dorada de las luces. La luz de Roma que se extiende hasta Castel Sant' Angelo desde los jardines amenos de Villa Medici.

Alejandro Oliveros. Ensayista y poeta

N° 21 Aņo IV
Caracas, sábado 24 de febrero de 2001
 
 
 
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Dos novelas alemanas (I)
(Rafael Castillo Zapata)
 
 
 
 
 
 

 

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