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Dos
novelas alemanas (I)
Las dos grandes
guerras mundiales que -al decir de Walter Benjamin- dejaran sin
palabras
a las gentes que volvían del campo de batalla abren, sin embargo,
tiempo mediante
que "nos separa de esa precariedad", tal como señala Rafael Castillo
Zapata, nuevas formas
de hacer relato del mundo. He allí que el lenguaje narrativo de
las novelas Amphitryon,
de Ignacio Padilla y En busca de Klingsor, de Jorge Volpi
enfrenta el tema bélico
de un modo que excede esa experiencia trágica

1o de mayo de 1932, Frankfurt del Main / Foto Gisèle Freund
En un artículo
de 1933, "Experiencia y pobreza", Walter Benjamin
recordaba cómo habían regresado los sobrevivientes
de la Primera Guerra Mundial tras la catástrofe del primer
gran exterminio masivo altamente tecnificado de seres humanos en
un campo de batalla: "Una generación que había
ido a la escuela en tranvía tirado por caballos se encontró
indefensa en un paisaje en el que todo menos las nubes había
cambiado, y en cuyo centro, en un campo de fuerzas de explosiones
y corrientes destructoras, estaba el mínimo, quebradizo cuerpo
humano". Lo más traumático de este enfrentamiento,
añadía, se manifestaba por una peculiar pobreza:
la de un lenguaje incapaz de dar cuenta de la terrible, difícilmente
narrable, experiencia de la destrucción. "Las gentes
volvían mudas del campo de batalla", escribe; "no
enriquecidas, sino más pobres en cuanto a experiencia comunicable".
¿Cuánto tiempo habría sido necesario para poder
encontrar el habla perdida, para recuperar un lenguaje que pudiera
rescatar, para el relato, la vivencia trágica de la guerra?
Esta pregunta palpita a lo largo de la reflexión benjaminiana
en relación con lo que, en la modernidad, amenaza la escena
primitiva, tradicional, del narrar: ¿está muriendo
la narración, en el sentido cultual de la palabra,
como intercambio de experiencias entre un narrador y un destinatario
que se reconocen mutuamente y coinciden en el espacio que abre para
ellos un lenguaje compartido? Si las nuevas experiencias modernas
dejan al hombre sin palabras, sin sustancia humanamente comunicable;
si por su velocidad y su violencia ya no pueden encarnarse en una
memoria individual o colectiva, ¿qué será,
entonces, de la vida de los relatos?
El propio
Benjamin entrevió en el horizonte de esta pérdida
las potencias de una reconversión: la entrada en una barbarie
nueva de la que el hombre europeo debía sacar provecho en
beneficio de nuevas formas, inesperadas, de narrar, de hacer relato
del mundo en un mundo por completo transformado. Los años
han terminado por darle la razón: las formas del narrar no
sólo se han transformado y, por ello, sobrevivido, sino,
además, han expandido su radio de acción y las fronteras
de su efecto. Nuevas barbaries han sucedido a nuevas catástrofes
y todo lleva a pensar que en esa tradición de la ruptura
que, según Paz, constituye lo moderno, de cada
nueva barbarie la humanidad hace surgir nuevas estrategias discursivas,
nuevas formas de perseverar en el lenguaje, de persistir en lo humano,
en la cultura.
Si en la inmediata
posguerra el relato de la experiencia bélica estaba de alguna
manera impedido, el tiempo que nos separa de esa precariedad ha
permitido que el lenguaje narrativo haya encontrado la forma de
enfrentarse al tema bélico de un modo que excede la inmediata
vivencia de la guerra. Novelas y películas acerca de sucesivos
conflictos armados, reportajes fotográficos, historias y
testimonios, biografías y correspondencias, han permitido
que el hombre del siglo XX haya hecho ya experiencia, en
la memoria, de guerras que no ha padecido, que no lo han afectado
directamente, pero que, sin embargo, forman parte ya de un cierto
imaginario colectivo que traspone fronteras nacionales y temporales.
Tal vez esto explique el reciente fenómeno de las novelas
alemanas escritas en español (Cabrera Infante
dixit), por escritores mexicanos, que toman como materia prima las
dos grandes guerras mundiales, como si tras sesenta o setenta años
de memoria colectiva, esas guerras fueran hoy, en el relato, verdaderamente
mundiales.
Dos novelas,
que yo sepa, constituyen por lo pronto este fenómeno: Amphitryon
(Espasa, Madrid, 2000), de Ignacio Padilla y En busca
de Klingsor (Seix Barral, Barcelona, 1999), de Jorge Volpi.
Sorprenden, de entrada, las coincidencias generacionales: ambos
han nacido en 1968, se han doctorado en Salamanca y tienen tras
de sí una consistente producción acreedora de premios.
¿Cómo inciden estas variables: el ser mexicanos, el
haberse especializado en literatura a nivel doctoral y el haber
escrito antes muchos libros, en la elección del tema bélico,
del tema alemán, por parte de estos dos jóvenes y
brillantes maestros? Desconozco la naturaleza de la obra anterior
de cada uno, pero la destreza con la que acometen la construcción
de sus particulares relecturas ficcionales de la historia del siglo
XX muestra que estamos ante una coincidencia que, tal vez, no pudiera
ser sino la manifestación de una tendencia que acaso esté
desarrollándose: una nueva versión de la novela histórica
latinoamericana en la cual ya no es la historia de la conquista
o de la aventura independentista o de la revolución cristera,
para poner tres ejemplos, lo que se narra, sino otros momentos históricos,
por decirlo así, transcontinentales. Podríamos
estar, quién sabe, ante el cercano despliegue de novelas
rusas, chinas, francesas, africanas escritas en español,
desde Argentina, Colombia, Venezuela. Se verá.
Por lo pronto,
me gustaría fijar la atención sobre estas dos novelas
alemanas escritas en México, de las cuales no podré
ocuparme sino en las próximas columnas. Para abrir camino,
y cerrar esta primera aproximación, indicaré de paso
otra coincidencia interesante. Ambas novelas, y sobre todo, de manera
radical, la de Padilla, tejen sus intrigas sobre el bastidor
que ofrece la escena emblemática del ajedrez, trasunto milenario
de la guerra, claro, pero cifra, también, del arte mismo
de la ficción. Nuestra próxima columna acometerá
este tema a partir de una providencial, para nosotros, cita de Nabokov:
"Los problemas de ajedrez exigen del compositor las mismas
cualidades que caracterizan a cualquier otra actividad artística:
originalidad, inventiva, concisión, armonía, complejidad,
y una espléndida falta de sinceridad".
Rafael
Castillo Zapata. Ensayista y poeta
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