Tributo

"NADIE MUERE DEL TODO NI SE ACABA" (I)

Juan Liscano, ser tutelar de nuestro origen

Más que un nombre, decir Juan Liscano (Caracas 1915 / 2001) supone demarcar el territorio fundacional de la sensibilidad creadora venezolana. Su muerte es un acontecimiento que compromete la reflexión inmediata pero decantada de poetas, críticos, ensayistas,
de distintas generaciones, y en tal sentido compromete a Verbigracia, espacio q
ue distinguió al confiarle en más de una oportunidad sus textos. Diríase que su desaparición física viene a reafirmar lo que somos y lo que hemos dejado de ser, como individuos y como país. Convencidos están Julio Ortega, Ricardo Gil Otaiza, Antonio López Ortega y Patricia Guzmán
de que "Nadie muere del todo ni se acaba", y menos él


Foto: Vasco Szinetar


Telúrico y disidente

Adentrarse en la literatura contemporánea venezolana y no acercarse a la obra de Juan Liscano, sería obviar -torpemente- a un actor fundamental que marcó pautas en los campos de la poesía y del ensayo en el ámbito nacional y continental de nuestro siglo XX. La obra literaria de Liscano profundiza, de la mano con un hondo sentido de la tierra y de las costumbres del hombre contemporáneo, en el pensamiento libertario de una raza de seres subyugados por la naturaleza y por la dura realidad social. Un sentido ontológico de la palabra y una proyección universalista de la creación, marcan con vehemencia la obra del autor en las últimas décadas vitales, que son, en el sentido lato del lenguaje, sus más reconocidos logros como pensador e intelectual.

Un caso particular constituye la obra de Liscano, quien, a pesar de no poseer una formación académica "institucionalizada", manejó con éxito una fina erudición que jamás ostentó atisbos de pedantería o de pose de gran intelectual, para hurgar con inusitado interés en las raíces de una tierra desgarrada en su esencia y en su innata vocación épica. Nuevo Mundo Orinoco (1959), Cármenes (1966) y Fundaciones (1980) se erigen como pivotes de una poética críptica, que rompe con fuerza una larga tradición de varios siglos de romanticismo, para adentrarse por los caminos de la permanencia y del pensamiento global del orden; pero sin abandonar la belleza, el erotismo y el regodeo en la palabra rica y densa.

Liscano sortea los caminos de la negación de lo existente para intentar, desde la simiente misma del ser, erigir una obra signada por el pensamiento sublime, la trascendencia del hombre, los valores de la raza y el develamiento de la ignorancia como certera arma para su extinción. A pesar de su amor por las tradiciones y por las costumbres del hombre común y de la tierra venezolana, Liscano deja un legado cultural y literario disidente, díscolo, que se niega a ser clasificado dentro de categorías preexistentes o preconcebidas, lo que posibilita la apertura a nuevos caminos y nuevos horizontes que debemos trajinar los herederos de su palabra.

Leer la ensayística de Liscano es remontar en cada palabra toda una abrupta cima de verdades que lógicamente hostigan el "intelecto" de muchos y los pone a la defensiva frente a una prosa fluida, descarnada, aguda, hiriente; que no hace concesión posible a la complicidad o a la infamia. En los últimos diez años del siglo XX la voz de Liscano fue referencia de nuevas generaciones que hicieron de ella un escudo con el que interpretaron la realidad nacional, para no caer fulminadas en el inminente abismo existencial dejado por la abigarrada crisis nacional. Fue Liscano una fuente constante de sabiduría y de templanza que denunció los horrores de una civilización asqueada y de rodillas, frente a una ciencia y a una tecnología mal interpretadas (y peor ejecutadas) que nos destruyen a diario el planeta que tenemos como herencia.

En la medida en que el poeta y el agudo pensador se acercaban a la inexorabilidad de la finitud corporal, las reflexiones se hicieron hondas, sentidas, más humanas; como si con la palabra pretendiera dar respuesta a las múltiples interrogantes de su entorno, que también eran las suyas. Percibimos en sus textos las angustias y la desesperanza de un creador que veía los caminos cerrados por las vías tradicionales, para proponernos la palabra poética y ensayada como vasos comunicantes entre el yo y la espiritualidad inmanente, para poder salir librados del caos y del desasosiego. No obstante, es Liscano el poeta del camino, del sendero limpio, que se sobrepone a sus reticencias y a su propio dolor.

En Liscano la poesía y el ensayo son caminos encontrados, que confluyen, que se funden, para otorgarle a la realidad (su realidad existencial) nuevos e insospechados matices, frescos y relucientes destellos, disímiles y perfectos contornos, y nos la explica y nos la diluye hasta hacerla entendible y más humana. Su honda espiritualidad, su búsqueda constante del ser (y dentro del ser), constituyen arquetipos incorporados a su nueva visión del mundo; pero que solidificó y pasó a formar parte consustanciada de su vida y de su obra literaria. Acercarse a Liscano y no analizar la conjunción del hombre-espíritu con el hombre-poeta, es percibir su obra de manera sesgada, desmembrada del nuevo pensador, del nuevo creador que tomó la reflexión, la oración y la espiritualidad como herramientas para conformar una distinta recepción del mundo y de sus cosas.

Con Liscano se va toda una época que abrió al país las puertas de la universalidad, del pensamiento y de la creación sin máculas y sin prebendas. Perdió Venezuela a uno de sus más avezados críticos literarios, a una pluma insigne y prolífica, a un pensador incisivo y transparente. Su obra supo esperar con paciencia la huella imperecedera de la imprenta, y no le importó el tiempo ni el espacio, porque la partida hacia la eternidad de su hacedor dio inicio al inefable proceso de la inmortalidad, que alcanzan sólo los mejores.

Ricardo Gil Otaiza. Narrador y poeta



Foto: Esso Alvarez

Erguido en el vuelo

a Carmen Teresa

Bebimos de sus manos el agua primordial, como bebe "el pájaro rubí" cuando, como él mismo dijese, "el valle de las rosas flota en el día" y cuando "el valle de las rosas deslumbra y aroma", todo previo a la desaparición de las rosas astrales. Todo previo al giro vehemente de la rosa del Tiempo en cuyas alas / aspas se dejó ir desde el primer día, deseoso de abrazar el soplo del Principio, deseoso de tantear, de rastrear, a la hora justa en que "la luz negra ilumina, velozmente, las formas escritas / con las que se topó en su vuelo" y "entonces se descubre / en la luz revelada y radiante, / el paisaje invulnerable / del Delta de todo los deltas".

Hacia allá vivió Juan Liscano, hacia allá peregrinó, implorando, golpeándose el pecho con la misma puntualidad con que, tal "Flor solar, la poesía se levanta cada día" para que todo poeta escriba: "Aquí está mi sola evidencia". Y aquí la palabra "sola" -valga aclarar-, ha de leerse como sinónimo de la condición de único e inaprensible, traducible como latencia y augurio, advertencia del Origen y noticia de que "la muerte es víspera", aviso de que "la Creación se une polo a polo / bajo el vuelo sereno del [una vez más] pájaro rubí".

Otros tantos versos dejaría inscritos en el horizonte de la lengua castellana este hombre que atravesó con paso firme buena parte del siglo XX, en ayuno de todo lo que fuese ajeno a la sensibilidad, exiliado de imposturas, ciego a otras fronteras distintas a las del arriba y el abajo, obsesionado por escuchar fluir dentro de sí "el manantial secreto" que recubre el cosmos, confesamente concentrado en "la relación espacial y mental con el más allá", tendiente de manera espontánea "hacia la realización del ser en la abstracción, la metáfora, la metafísica, el cultivo del sentido religioso libre, del símbolo, de lo arquetipal, de lo mítico", como asevera en el "Exordio" con el que presentase los poemas de Sola evidencia que "recogen la lección de [Héctor A.] Murena y culminan 60 años de ejercicio escritural".

Mas nada culmina, a pesar de haberse celebrado, apenas ayer, el rito de devolver su cuerpo al polvo original. Nada culmina entre quienes fueron recibidos en las habitaciones interiores de su diálogo y obsequiados con su confianza en lo que podrían hacer con y de la poesía, porque ha de ser parafraseado su título El origen sigue siendo y nadie dudará de que "Juan Liscano sigue siendo". Seguirá siendo entre nosotros como San Francisco de Asís "en su duración celeste"; seguirá instruyendo para atraer "hacia la cristalización / lumínica, lo menospreciado por los mortales".

Y "También" como San Francisco de Asís -y según revela el poema que así titulara-, "en el Espíritu / [seguiremos] besando el trozo de pergamino / pisoteado, embarrado, / recogido del suelo, signo de la divinidad". Seguiremos intentando enhebrar las palabras, las imágenes, los silencios que nos religan con el paisaje y la hora que nos habitan.

Juan Liscano, vidente del alma, ahora que partiste tras la luz de la feminidad celeste, tras "la amante invisible", nosotros, parte de lo que llamaste en Myesis "el cortejo sibilino", repetimos en tu honor las palabras que escribiste para el Coro: "Aprendiste el silencio / y la paz de la elocuencia. / Ganaste el olvido. / No sé rompió tu ligazón con los astros. / De ti emana tu espectro ennoblecido./ Tu muerte pura criba las semillas".

Patricia Guzmán. Periodista y poeta



Foto: Esso Alvarez

Los bríos del instante y las sombras de lo incierto
Zona Franca, la revista en que Juan Liscano dio cuenta de los tiempos que se entrecruzaron en su transición venezolana, fue uno de los grandes espacios de comunicación latinoamericanista. En ella, Liscano confirmaba la mejor tradición moderna de Venezuela: el diálogo abierto con el mundo. Después de todo, pocos países han sido hechos como un cruce de caminos de las promesas de la modernidad. Entre ellas se cuenta la de mejorar la comunicación, esa virtud de la cultura como civilidad y ciudadanía. En Zona Franca yo empecé a escribir, como tantos otros; en ella, América Latina se nos hizo inclusiva y, a veces, posible. Para proseguir ese diálogo recobro ahora una notas sobre Liscano.

No hace mucho, leyendo la excelente introducción de Oscar Rodríguez Ortiz al tomo de Juan Liscano (Caracas, 1915) en la Biblioteca Ayacucho ("Descripción de combates,", prólogo a Fundaciones, vencimientos y contiendas, 1991), así como la muy útil cronología que cierra esa antología, me pareció encontrar en su pasión temporal una vía de comprensión a la notoria diversidad y amplitud de la obra de un escritor que más que un pasado por recontar poseía un largo presente que ofrendar.

En verdad, aun la historia literaria e intelectual de Liscano puede ser entendida como la búsqueda, desasosegada, insumisa, de una ocupación del presente. El tiempo fue su obsesión central, y casi todo lo ha visto en el devenir, hacer y deshacer, de las temporalidades. Primero, las del origen, que desatan al tiempo cronológico con su espectáculo mítico, con sus ciclos de fecundidad, gestación y abundancia. Segundo, las del diálogo erótico, que es una de las formas privilegiadas de exceder al tiempo en un exceso de presente ("persona y vida cristalizadas en el tiempo", dice un poema de Cármenes, 1966). Y, en tercer lugar, las de un "destiempo" (que ocupa a Vencimientos, 1986), donde emerge la reflexión cuajada como presente puro. Precisamente, en esos últimos poemas, que corresponden al despojamiento expresivo de un sistema verbal que siempre fue expansivo, la poesía ya no distingue entre "antes y después", porque el sujeto que despierta está "enceguecido… mientras clarea". Casi epigramáticamente, otro poema de esta secuencia es una lección presentista: "Eleva la copa / brinda / bebe / y rómpela / para que sólo quede/ la memoria de un gesto / sin comienzo ni fin".

Se podría describir el repertorio temporal de Juan Liscano como una constelación que, en lugar de reemplazar al mundo, lo constituye. Pero no para construir un mapa equivalente a lo real sino, más bien, para comunicar la temperatura instantánea de una permanente transición. Transitivo y absorto, Liscano testimonia la condición temporal de la naturaleza, que se prosigue en el lenguaje que la levanta; recorre una geografía acuática, donde el paisaje cambia al ser nombrado; y se demora en una memoria amorosa, celebrando el encuentro de la pareja encarnada como tiempo confluyente ("Se conocieron ayer", escribe, pero "llevan siglos de reconocerse").

Instante, sin embargo, tan exaltante como precario, porque el presente es así mismo "un hueco" (Los nuevos días, 1971) que hay que llenar con un nombre. El tiempo puede ser una "máscara de la eternidad" pero también "el pasaje desconocido hacia el enigma". Criaturas de la temporalidad, vivimos en un lapso del origen que no acaba de culminar; cristalizamos en una instancia amorosa exacerbada; y hasta la muerte es un presente ganado por el nombre. "Nombrar contra el tiempo", es el título emblemático de esta obra. Nombrar, nos había dicho en 1959, en un gesto característico de su profesión poética: "comiéndome las palabras / con la lengua volteada hacia dentro y con los ojos vaciados".

Este afincamiento en el presente impregna a los trabajos de Liscano de una inmediatez histórica (se ha declarado, al modo francés, o sea polémico, "testigo" de su tiempo); y les comunica, por otra parte, la pulsión deseante de una voz situada, apelativa y dirimente. Por eso, su figura literaria está hecha a la vez por la fuerza de las convocaciones intransigentes y por el desasosiego de sus apuestas afirmativas. Nos pone en relación con una zona inquieta, hecha de acuerdos y desacuerdos, convertido en el interlocutor elocuente de las mitologías del presente. Hasta a los saberes místicos de la tradición y a las alegorías asociativas del simbolismo jungiano les ha dado una urgencia actual; porque para él se trata de entender la circunstancia que nos da sentido, y el sentido sólo se revela en el decurso que nos constituye. Pero tampoco se puede olvidar que Liscano fue un producto pasional de su medio, con el que mantuvo relaciones de incidencia y disensión. En sus artículos periódicos gustaba ejercitar su independencia comprometida con regusto polémico. Tuvo el don dramático del debate de ideas, y no pocos de sus artículos son memorables por su demanda crítica y su alegato moral. También fue de los primeros en asumir seriamente el folklore y no sucumbió al canto de las tecnologías. Era capaz de perderse en la metafísica, y de no perderse una telenovela.

Inquietado por su propio lugar en el presente que le tocó, cada vez, cristalizar (encarnar y transparentar, se diría), Liscano, sin embargo, tuvo tiempo para articular, reflexivamente, las varias entonaciones de su obra y pensamiento. Sería absurdo pedirle cuentas por el énfasis de una u otra etapa: solitario en sus riesgos, ha sido también solidario en sus opciones. Uno no lo imaginaba, en cambio, escribiendo sus memorias: el presente no le dejaría tiempo para el pasado; recobrado, en todo caso, como "vencimiento" (ganancia y pérdida a la vez) en cada nueva demanda del hoy que nos identifica. O, mejor dicho, se trata de varios tiempos (desde los anteriores al nombre hasta los posteriores al silencio) que se disputan la palabra, la ocurrencia plena del habla. Esa presencia es, claro, un drama: acontece como vitalidad, energía y cambio. Lleva los bríos del instante y las sombras de lo incierto. Liscano no ha estado hecho para la normatividad canónica sino para la vivacidad fugaz.

Este temperamento desapacible, este genio del desasosiego ha creído, característicamente, que la poesía es un estado de gracia y, a la vez, una ascesis. O sea, deslumbramiento y conocimiento. Otra vez, la suma de los opuestos, como una apuesta por la concurrencia sin contradicción. Drama poético: un poeta naturalmente dotado para la vehemencia (Cármenes me sigue pareciendo su instante más feliz) ha buscado controlar mejor sus medios para darle voz a su mirada interior. Por eso, Liscano ha acendrado su palabra como una virtud reflexiva. Siempre tuvo la capacidad de nombrar con autoridad y precisión, aun en el vértigo: su palabra es objetivadora, incluso cuando huye de lo cotidiano y se arriesga en los mitos. En sus libros últimos, esa virtud se hizo más sobria y aguda.

Pero si la poesía es un estado de gracia y una forma otra de conocer, es también una vitalidad, un arrebato, que las palabras no pueden, del todo, comunicar, porque sigue de largo, como un torrente que nos excede. Por eso, el poema es un combate con el ángel, y sólo su huella sobresaltada y equívoca. La poesía está antes y después de las palabras, y lo mejor sería "callar alumbrado por dentro" (Vencimientos). Liscano, en efecto, es una suerte de alumbrado; por la historia (que vio, espléndidamente, como una contienda sangrienta, de la cual recupera el genio de Bolívar, cuya energía desencadenada, pensó Liscano, aún nos incluye); y por la literatura (fue de los primeros en ver que Gallegos, por ejemplo, reflejaba una naturaleza inacabada en una sociedad aún haciéndose). Pero alumbrado y deslumbrado también por su propia inquietud interna, por esa necesidad de afincamiento (constructor de la Casa del habla materna) y de desasimiento (desterrado a sus soledades y destiempos).

Oscar Rodríguez Ortiz tiene razón al leer esta obra desde uno de sus más intrigantes momentos autorreflexivos: el ensayo sobre Borges ("Experiencia borgeana y el horror por la historia", 1980). Dedicado a comentar el "Poema conjetural" de Borges, el ensayo se suscita en un sueño paralelo del autor, que le da la clave interior de su propia lectura. Lectura desdoblada: de Borges en Liscano y de éste en aquél. Por vía inductiva, el ensayo se convierte en una extraordinaria muestra de biografía intelectual. Y prueba hasta qué punto Liscano es un escritor que ha internalizado los dramas de la historia cultural venezolana como dilemas de la escritura propia; y como interrogaciones abiertas sobre el sentido de su misma "conjetura vital".

El presente, al final, es el temblor de esta conjetura. No hay respuesta recibida, nos dice Liscano, quien sabía muy bien que las respuestas suelen darse en la forma del malentendido, que es el riesgo de toda palabra actual; porque sus preguntas son siempre por el diálogo, que es a la vez improbable e irrenunciable. Se puede, por eso, afirmar que esta obra y esta vida han transcurrido en busca de una palabra que les diese albergue.

A la hora del recuento, vuelvo a su trabajo cultural con Zona Franca, cuya calidad experimental, abierta y generosa, dice mucho de su talante intelectual. Sería revelador cotejar las varias etapas de Zona Franca, el transcurso de sus colaboradores, temas y opciones, para comprobar que, en efecto, la energía de su actualidad y su afirmación cultural llevan la pasión venezolana del tránsito y la trashumancia, esa vocación de empezar siempre de nuevo como si el tiempo fuese algo más que el tiempo.

La figura transitiva de Juan Liscano lleva el brío de esa apuesta.

Julio Ortega. Ensayista y crítico peruano



Foto: Esso Alvarez


El último renacentista
Muere con Juan Liscano buena parte del siglo XX venezolano. Mueren los afanes de una generación, mueren los recorridos interiores (la intrahistoria de la que hablara Unamuno), muere el sentido del viaje que sólo se justifica por la "vuelta a la patria", muere el deseo civilizador, muere la esgrima de las ideas, muere la visión totalizante de la realidad, muere un concepto de esperanza que no se disminuía ante ningún desafío. Los hombres que nacieron en el albor del siglo prodigioso y que alcanzaron la madurez hacia la década de los años veinte o treinta construyeron la paz social, gestaron el estamento político, imaginaron instituciones y las vieron crecer a sus anchas. Así como la visión sanitarista recorría poblados y evitaba plagas, así como la pulsión cartográfica ubicaba las fuentes del Orinoco; asimismo el quehacer cultural era englobante y ensayaba las claves de interpretación más osadas. Gallegos era en sí mismo un programa novelesco, Uslar veía en el campo de "La lluvia" la alteridad del sentido, Picón-Salas intentaba establecer un compendio de la nacionalidad toda y Rosenblat nos devolvía la capacidad de adueñarnos de nuestro lenguaje. Eran visiones enciclopédicas, obsesivamente inclusivas (que no exclusivas), en las que un sentido republicano se apoderaba de los desvelos. Después de un siglo XIX fundamentalmente guerrero, el XX debía traer el sosiego e instaurar la conformación del sentido de lo colectivo. Esa visión alimentó las obras, las instituciones, las decisiones. Era un designio programático, civilizador, en el que ningún saber podía ser ajeno, en el que ningún dato terrestre podía ser descartado. Esa pulsión alimentó la obra de Liscano y la reconocemos desde sus estudios sobre la celebración de San Juan hasta la visión cosmogónica de su Nuevo Mundo Orinoco. Palabras más, palabras menos, lo ha dicho mejor Elisa Lerner: escribir es apostar a la constitución de un país. La apuesta de Liscano fue radical, permanente, desvelada, y en cada letra de su abecedario personal se reconformaba una provincia, se entendía el origen de un pálpito, nos hacíamos menos terrestres y más trascendentes.

Muere con Juan Liscano el último de nuestros renacentistas, el sentido de la cultura como centro de las transformaciones sociales, los vasos comunicantes entre los campos del conocimiento, nuestra resonancia literaria en Hispanoamérica, la condición vertebral de nuestra cultura. Su visión se opaca a la luz de estos tiempos fragmentados y se vuelve subterránea, telúrica, inconsciente. De flujos y reflujos se constituyen los movimientos culturales y es probable que vivamos momentos de contracción. Su obra será una raíz insomne que penetrará la tierra para alimentar otras voces o pulsiones.

Muere con Juan Liscano algo de nosotros mismos, algo de la certidumbre con la que recorremos el mundo, algunas de las verdades que nos han guiado, una lectura cabal de nuestros desmanes y logros, una apuesta por el ser más allá de la adversidad. Muere con Juan Liscano algo de nuestra religiosidad, las formas pioneras de nuestra cultura popular, los primeros cantos eróticos, la visión de un poeta que imagina escenas nocturnas en el Nuevo Circo, el editor de revistas, el gestor imaginativo del primer Consejo Nacional de la Cultura. Todo eso muere y no hay quien lleve el luto. Nos reconocemos en nuestro papel de huérfanos, ausentes del paisaje y de nuestra memoria, para reinventarlo todo, una y otra vez, como si nuestra vida fuera un eterno recomenzar. Se diría que nuestra condición es nómada y que el espíritu sedentario es cosa de alucinados o idiotas. Liscano siempre estuvo a contracorriente. Dios quiera concederle alguna gloria particular, anclado en cualquier paraíso remoto y lejos de nuestros fríos afanes, porque nosotros, seres de este mundo inacabado, no lo haremos jamás.

Antonio López Ortega. Narrador y ensayista

N° 21 Año IV
Caracas, sábado 24 de febrero de 2001
 
 
 
Ultimo Sábado
Dos novelas alemanas (I)
(Rafael Castillo Zapata)
 
 
 
 
 
 

 

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