LA
FIGURA DEL NARRADOR LO TRASCIENDE Y CONSAGRA
Uslar: el latido de la
sangre
Identifica
Antonio López Ortega que el latido de la sangre de Arturo
Uslar Pietri (1906-2001) se pronuncia con énfasis rotundo
en las arenas del relato, desde la temprana hora en que se abandonó
a "sus demonios particulares", de forma tal que "el
Uslar narrador altera su frío raciocinio (
) frente
al río voraz de sus propias historias (
). Y más
allá de sus novelas
de corte histórico, quizá sean sus relatos (
)
sus piezas mayores
". Piezas engendradas
en una contienda: "Imaginación contra historia, creatividad
contra determinismo, escritura contra las estampas fosilizadas",
acota López Ortega para abrirle paso al detallado
y exhaustivo perfil humano que esboza, en esta misma edición,
María Ramírez Ribes,
y que permite divisar la estatura de ese amante de la lengua castellana

Foto Fernando Sánchez
Arturo Uslar Pietri, "narrador insomne"
De las múltiples
líneas de fuerza que caracterizaron la obra de Arturo
Uslar Pietri -la política, la ideológica, la
ensayística, la del articulista puntual-, quizás
sea la figura del narrador la que lo sobrepasa y seguramente trasciende.
Como el Gallegos de Canaima -una novela que evoluciona
más allá del designio programático-, el Uslar
narrador altera su frío raciocinio, su mente calculadora,
frente al río voraz de sus propias historias. Y específicamente
como narrador, más allá de sus novelas de corte
histórico, quizás sean sus relatos, como bien lo
señalara Domingo Miliani en el estudio introductorio a
Las lanzas coloradas y cuentos selectos (Biblioteca Ayacucho,
1979), sus piezas mayores, los eslabones que lo conectan con nuestro
particular cielo literario. Y es que el Uslar cuentista
parece extraviarse, entregarse al designio de la propia historia,
perder la noción de cálculo, sucumbir a un dictado
más inconsciente y, por lo tanto, más liberador.
En el relato "El baile del tambor", las frases descriptivas
son percusivas, rítmicas, como si estuvieran presas en
el propio repique de la plaza o en el recuerdo de alguna danza;
en el ya clásico "La lluvia", "el latido
de la sangre girando ansiosamente" parecería dominar
la escena como desde bajo tierra y conducir a los personajes como
si fueran autómatas. Esa fuerza informe que todo lo domina,
esa energía claramente telúrica, fue más
allá de los formatos estéticos y más bien
se anteponía a cualquier ejecución literaria. Se
diría que el Uslar cuentista está inmerso
en un magma desde el que apenas logra desprender algunas aristas,
algunos rayos de sentido. De allí también la percepción
de que su cuentística inicial es un todo, con personajes
semejantes o recurrentes y con situaciones sobre las que se vuelve
sin cesar. Era un autor poseído por sus demonios particulares,
más víctima que dictador, más entregado a
los designios de la Creación que a su propia voluntad.
De allí la maravilla y de allí también la
fascinación de esos relatos magistrales.
Pocas indicaciones
pudo dar Uslar en vida sobre esas primeras hogueras. Cuando
se le indagaba al respecto -tuve oportunidad de preguntárselo
en una larga entrevista publicada en la Revista Iberoamericana,
No 166/167, de junio de 1994-, nuestro autor no respondía
con precisión, como si el fuego de esos tiempos fuera inubicable
y la memoria fallara. A lo sumo, en el caso preciso de "La
lluvia", Uslar atinaba a decir que los cuentos y creencias
de los peones de su hacienda familiar -situada en los valles de
Aragua- lo habían impresionado notablemente de niño,
historias que escoltaban sus sueños y que exorcizaba con
dificultad. Pero, mayoritariamente, el punto de partida sigue
siendo imprecisable -incluso para el mismo Uslar. De manera
que su cuentística ha quedado en ese interregno particular,
inconsciente, que el autor reconoce como prehistórico y
sus lectores como el más fecundo. Lejos estamos del diseño
prefigurado de El camino de El Dorado, de la incompletitud
novelesca de La isla de Robinson e, incluso, de la más
oscura y envolvente Las lanzas coloradas, escrita a la
sorprendente edad de 24 años y, sin lugar a dudas, la más
lograda de sus novelas (no en balde es la que, cronológicamente
hablando, está más cerca de sus tempraneros libros
de cuentos).
Que un autor
universal, plenipotenciario como figura pública, haya expuesto
sus logros estéticos mayores respondiendo a un designio
raigal, inconsciente, de "noche oscura", no deja de
ser sorprendente en muchos sentidos. Lo es por la propia evolución
de su obra -cada día más exigida por el debate público-
pero lo es también por los desvaríos que una voz
portentosa puede padecer cuando su orientación mayor no
responde al llamado de los fantasmas sino más bien al de
las convicciones de otro orden. Curiosa y terrible posición
la de Uslar: la de sacrificar al creador por el hombre
público, por el hombre de ideas, por el mediador televisivo
que debía instruir a la sociedad venezolana sobre "valores
humanos". Ganamos una figura de sostén, clarividente
y orientadora, y perdemos al buzo original de nuestro inconsciente
colectivo. Quién sabe si, de mantenerse en esa primera
faceta -por lo desmemoriados e irresolutos que cada día
más somos-, nos hubiera acompañado por más
tiempo y ayudado a forjar nuestra alma inquieta y adolescente.
Sorprende,
por lo demás, que el ambiente o paisaje de esos primeros
cuentos haya respondido claramente a claves rurales. Como si en
el campo, como si en esos personajes desvencijados y harapientos,
se hallara la verdad del devenir, un sistema de creencias que
contrastaba con la fragilidad de la incipiente república
petrolera, una base más sólida para entender el
origen de nuestros valores, un hilo de continuidad que podía
atar el sentido de la tradición con la modernidad naciente.
Era un universo claramente pre-petrolero, sano en convicciones,
con valores acendrados de humildad y esfuerzo, profundamente sedentario
y con olor a tierra fresca. Un universo en el que resonaban cada
vez menos los ecos de la gesta independentista pero erizado de
vez en cuando por algunos episodios violentos del gomecismo. Esa
búsqueda de la alteridad nacional, o esa necesidad de integrar
lo otro (lo aplazado), no dejaba de ser admirable, reafirmaba
la sólida creencia de reivindicar el sentido histórico
de la tierra frente a la nueva voracidad petrolera que nos iría
convirtiendo cada vez más en una cultura nómada,
de valores frágiles, momentáneos o transferibles.
Queda para
la posteridad la imagen inalterable de Hilario, el personaje central
de "El baile del tambor", especie de negro cimarrón
que esta vez no huye de sus amos hacendados sino de una especie
de comisión militar que lo persigue por haber desertado.
El relato transcurre desde el encierro de una cárcel donde
nuestro personaje todo lo rememora: viajes, huidas por la selva,
alimentación escasa, sus días en el ejército,
el rumor de un río que no es otro que el Tuy y, por sobre
todo, un baile de tambor en la plaza del pueblo que lo espera
o en el que ha sido apresado. Memoria y presente se funden en
un solo flujo de continuidad y de simbiosis. La libertad imaginativa
del presidiario es suficiente para trasponer los barrotes y superar
las eventuales heridas de los azotes. Imaginación contra
historia, creatividad contra determinismo, escritura contra las
estampas fosilizadas. Esa fue la apuesta inicial de Uslar,
vigorosa y templada, visionaria y vanguardista. El latido de una
sangre subterránea supo hallar curso en sus venas y darnos
lo mejor de su imaginación portentosa. Ese flujo telúrico
nos alimenta desde la distancia y es la huella imborrable de un
creador atormentado, preso de sus propias imágenes, profundamente
poético, traspasado por una circunstancia desconocida.
El niño que prefigura la lluvia y que luego desaparece
entre los maizales tiene el rostro de una nación desdibujada,
impúber, que avanza ciega hacia un destino desconocido.
Uslar, narrador insomne, trata de revelarnos esas claves
en vano: nos deja apenas unas imágenes raigales, fundadoras,
determinantes e inconscientes. Escuchamos el golpe de tambor desde
el presidio, su cadencia seductora y acompasada, su ritmo originario
que incita a los cuerpos, y no hay quién nos levante del
suelo.
Antonio
López Ortega. Narrador y ensayista