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Tributo
"NADIE
MUERE DEL TODO NI SE ACABA" (Y II)
Liscano, ser tutelar de nuestro
origen
El legado de
Juan Liscano resulta imprescindible para la cultura venezolana que
falta,
especialmente hoy, de conciencia crítica, como sugiere Víctor Bravo,
"la muerte de un hombre
que ha cultivado esa conciencia a lo largo de su vida (…) nos deja
la sensación de un doloroso empobrecimiento…". También deja huérfanos
a muchos jóvenes escritores que encontraron reto
y guía en diálogo con el poeta, tal y como deja ver Carmen Verde
al recoger el testimonio de éstos
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En
esta hora
La cultura venezolana
tiene, en esta hora, tan honda carencia de conciencia crítica
que la muerte de un hombre que ha cultivado esa conciencia
a lo largo de su vida nos golpea, con golpes como del odio
de Dios, como dijo Vallejo, nos deja la sensación
de un doloroso empobrecimiento, de una silenciosa mutilación.
Hoy rememoro las horas
de Juan Liscano, y lo veo, en primer lugar, como de
seguro a él le hubiese gustado que lo vieran, en su
vocación intransferible por la poesía. Lo veo
colocando las ideas en las arenas movedizas y recreadoras
de la polémica. Lo veo allá, en sus primeros
años profesionales, buscando las raíces de esta
patria nuestra tan enceguecida hoy por autoritarismos, arbitrariedades,
abusos de la palabra, uniformes con medallas y desfiles.
Otro destino nos mereceríamos
hoy como pueblo si contáramos con muchos hombres como
Juan Liscano, el poeta, el editor, el conversador,
el difusor de ideas, el teórico de la cultura, el crítico
del poder, el negador de un solo camino y de una sola verdad,
el defensor de la tolerancia, el amigo.
Víctor
Bravo
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Foto: Yuri Valecillo
"Ya
no se encienden las luces
que apagaban la noche"
Juan
Liscano podía abrir los ojos y convertirse en el mundo.
Todo él era un lugar, donde cada uno de los que nos hemos
acercado a la palabra podíamos ir y venir. Liscano
era un continuo movimiento, su vida era un vaivén hacia adelante,
hacia la luz del día, a veces separado del cuerpo y otras
arraigado con fuerza en los sentidos. El iba de la poesía
al ensayo y del ensayo a la crónica para hablarnos de la
historia y de sus diferencias con la política. Cercano a
los jóvenes, al mundo de las cosas, se paseaba por la vida.
Su aspiración central fue el amor, en el diálogo constante
con el otro, y en la armonía del hombre con la naturaleza.
Mi primera lectura
de Juan Liscano la hice a los 15 años: "La tarea
más urgente del literato, desde este punto de vista, sería
volver a estar vivo, volver a sentir la realidad como si fuera su
piel, aceptar que las cosas que le fueron dadas -los elementos,
la naturaleza- no necesitan de él para vivir, más
bien es él quien necesita de su entorno. Semejante toma de
conciencia implica una gran humildad. Esa humildad se produce cuando
acontece dentro del individuo una revolución del alma que
lo libere, entre otros aspectos, de la alienación de la literatura
misma". Cita tomada de Espiritualidad y literatura: Una
relación tormentosa, ensayo que me acompañó
durante muchos años, y me hizo comprender que estaba ganada
para una idea, dedicarme al servicio de la poesía; por eso
cuando vi a Juan Liscano, por primera vez, el 20 de octubre
de 1991, (leyendo sus poemas en La Poesía en el Centro,
programa organizado por la Casa de la Poesía) comprendí
que Liscano era un ser indispensable en la cultura de Venezuela.
En 1993, los
que formábamos entonces el Grupo Literario Eclepsidra nos
reunimos con él y en esa conversación, que aún
está inédita, Liscano nos reveló cosas
que nunca volvió a repetir. En 1995 abrió la puerta
de su casa a Luis Gerardo Mármol, Israel Centeno, Martha
Kornblith y a mí, y comentamos que habíamos creado
el Grupo Editorial Eclepsidra y que en la colección de poesía
"Vitrales de Alejandría" le daríamos paso
a los jóvenes poetas, manteniendo respeto por la tradición
poética venezolana que nos precede. Su apoyo no se hizo esperar,
y puso a disposición todo su tiempo para darnos consejos.
En 1996, la Casa de la Poesía le dedicó la Semana
Internacional de la Poesía, en ese encuentro Liscano
lúcido y firme en sus ideales compartió con los jóvenes.
Las visitas
a su casa fueron sucesivas, la última vez fuimos acompañados
del poeta Luis Alberto Crespo. Una tarde de septiembre de
1999, nos llamó para ofrecernos su último poemario,
Vaivén. El día que nos confiaba su manuscrito,
que al mes le publicamos, dijo: "La vida es un vaivén
y muchas veces he tenido que mirarme en el espejo, para saber que
no soy él mismo; llegará el momento en que el vaivén
se detenga y vaya a un lugar inmóvil y feliz". Recordando
estas palabras, hemos querido ofrecerle nuestro aplauso convocando
a algunos de los autores que han publicado sus poemas en la Editorial
Eclepsidra:
Luis
Gerardo Mármol
(Sueño de un día, 1997)
"Algunos de los escritos de Juan Liscano, como Espiritualidad
y literatura, Mitos de la sexualidad en Oriente y Occidente,
y el prólogo de El Dios de la intemperie de Rojas
Guardia son capaces de cambiarle la vida a una persona. Así
ocurrió en mi caso, que no es el único, y de ahí
viene todo mi cariño y agradecimiento. Víctima de
la diatriba por motivos generacionales, su actitud hacia las otras
generaciones fue completamente diferente. Y ésta, junto a
su obra ineludible, constituye su más bella enseñanza.
Es un orgullo imitarlo".
Blanca
Elena Pantin
(El ojo de la orca, 1997)
"Una orfandad nos toca con la muerte de Liscano. La certeza
de saberlo siempre leyendo y pensando al país nos daba la
seguridad de un intelectual que no se traicionó nunca a sí
mismo. Esa honestidad y la atención que prestó a los
jóvenes escritores, con los que mantuvo siempre un diálogo
desenfadado, hacen de Liscano una figura querida y respetada
como todo su ancho legado editorial y literario".
Graciela
Bonnet
(En caso de que todo falle, 1997)
"Una voz amiga al otro lado del auricular, creador intenso,
raudo chofer al volante de su carro oscuro, generoso lector y ensayista,
crítico implacable, justo, inteligente, añorado, querido
don Juan".
Pia
Landaeta Pedersen
(Tánger, 1999)
"Conocí a Liscano en el año 1999 cuando
publiqué mi primer libro de poesía, Tánger.
No sólo guardo su recuerdo como compañero de publicación,
sino, como un ser de una gran sencillez. Indudablemente, Liscano
fue un maestro no sólo de la poesía, sino de la vida.
Sé, que en este segundo viaje que emprende, será un
guía fundamental para todos los que seguimos el camino de
la poesía, especialmente para los jóvenes".
Blanca
de González
(Anochecí por dentro, 2000)
"El vaivén se hizo estático un instante. El giro
de la existencia un hito y calló una voz, cuya resonancia
ya tiene sello de eternidad".
María
Antonieta Flores
(Los trabajos interminables, 1998)
"En este lugar, el inubicable espacio del sentimiento, no me
queda sino un silencio que se hace una línea gruesa y honda;
sólo pienso en el regreso que traerán las palabras
y no me pesa el dolor de estos instantes pues son la consecuencia
de la belleza generosa que me ofreció".
Lilian
Navarro
(Me muevo aparte de la noche, 2000)
Juan Liscano: Un poeta convocado por las resonancias del
pasado para descubrir palabras reflexivas y perennes. Un hombre,
un nombre y una existencia latente dentro de la literatura latinoamericana.
Eleonora
Requena
(Sed, 1998)
"En el panorama de la literatura venezolana actual Juan
Liscano es y será una figura fundamental, paradigma de
las virtudes humanas. Entre tantos espejismos y vocerías
proféticas, su presencia firme, expresión de un espíritu
crítico y estimulante nos hará mucha falta. Como deudos,
quienes le hemos leído con pasión, lamentamos profundamente
su partida".
Julio
César Blanco Rossito
(Enseres, 2000)
"Nuevo Mundo Liscano. Dije Juan: Infinitas voces compartieron
el evangelio de tu nombre. Dije Luz: Un 'Rayo que al Alcanzarme'
iluminó mis sombras con tu palabra. Dije dolor: Llegó
tu muerte silenciosa a humedecer de lágrimas los tinteros".
Irma
Huncal
(La transparencia y el enigma, 2000)
"La palabra de Liscano fue una luz poética en
medio de la oscuridad posmoderna y las contradicciones que despidieron
el siglo XX. Testigo acucioso de su tiempo supo alertarnos, desde
su angustia, sobre las amenazas de la globalización y sobre
el poder exterminador de la tecnología. A quienes nos acercamos
a su poesía nos señaló el camino del amor y
del erotismo para el encuentro con uno mismo, con el otro y con
el 'Padre, semilla del Universo'. Rutas para el ascenso espiritual".
Erika
Reginato
(Día de San José, 1999)
"Ayer en la mañana estaba arreglando el álbum
fotográfico cuando en modo de presagio saltaron a la luz
unas fotos del poeta Juan Liscano en la presentación
de su último libro Vaivén. Al saber la noticia
de su muerte comencé a repetir el verso silencioso: Los
fantasmas anuncian la despedida. Y ahora digo adiós buscando
su palabra".
Alejandro
Suárez Atencio
(Canción del difunto, 1999)
"Al sentir la partida a otras tierras de Juan Liscano,
no puedo más que recordar la bondad de una persona abierta
a transmitir a los jóvenes su experiencia y sabiduría
en ese camino de fuego que implica la poesía. Liscano
nos leía, nos preguntaba y compartía sus enseñanzas.
Ahora partió, pero su conciencia, como una enorme piedra,
queda vigilante en nosotros, pulso lento en el interior de todos
aquellos que saltemos a encender la palabra".
Angel
Francisco Galindo
(Las tintas del escriba, 2000)
"Hace apenas un instante cerré un libro y mientras sus
encadenadas hojas caían unas sobre otras, intuí el
caminar sobre montañas de un hombre alto, magro, trigueño
y muy educado, lúcido absolutamente lúcido. Sé
que no tengo mucho que decir, sin embargo, ruego a los Santos para
que Dios le tenga en su gloria. Adiós Liscano. Adiós".
José
Luis Ochoa
(Cantos hiperrealistas, 1997)
"Juan Liscano representa para varias generaciones de
escritores venezolanos un punto de referencia fundamental.
Gracias a su atenta generosidad, muchos de nosotros recibimos palabras
de aliento y el estímulo de un interlocutor entrañable
por todo lo que propició".
Gabriela
Rosas
(La mudanza, 1999)
"El vaivén de Dios tarde o temprano llega al corazón,
no importa que sea viernes, no hay corteza ni sol que haga inmortal
a los cuerpos; pero el Reino Solar habitado por Liscano,
ha hecho inmortal su espíritu, vivirá para siempre,
nadie podrá cerrarle los ojos a sus páginas".
Leonardo
Padrón
(Tatuaje, 2000)
"Juan Liscano escribió un libro que basta para
eternizarlo como poeta: Cármenes; pero su mejor obra
fue obviamente su propia vida. Y su prosa más lacerante,
aquella que se trocaba en pedimento voraz y exigía el deber
de convertirnos en un verdadero país. Fue uno de los verdaderos
intelectuales venezolanos del siglo XX. Quizás la mejor manera
de honrarlo sea abrir uno de sus muchos libros y demorarnos allí,
con los ojos atentos, hasta que su alma nos salpique y nos regale
la trascendencia".
Carmen
Verde Arocha. Poeta
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