Caupolicán Ovalles
Desde la más lejana niñez…

Nació en una casa perfumada de aguardiente. Divisó el mundo entre las piernas
de su padre, obedeciendo un exclusivo mandato: "'Indio hable' y yo comenzaba
a hablar". Y también Guatimocín le pagó su primer salario y le adiestró en el oficio:
"Indio te voy a enseñar un poema, y si te lo aprendes te doy medio". Y con ese medio
Caupolicán Ovalles (1936 - 2001) recorrería todas las fronteras del existir
sin fatigarse jamás, puntual frente a la tumba del hermano rubio muerto por el beso
de su padre, un padre guardián y garante del Paraíso que insistió en referir
a Antonio Trujillo cuando aceptó confiarle toda su historia, historia que reclama
ser vuelta a escuchar porque el Indio nunca dejará de hablar


Del libro: Gerbasi. Del trazo y la palabra / Enrique hernández-D'Jesús
Caupolicán Ovalles en el lente de Hernández-D'Jesús y en el trazo de Gerbasi


"El tiempo de este poema es el de la infancia mía, no la más remota, sí la más cautivante, es la memoria que yo tengo de mi padre y mi familia, sobre todo de mi padre, que me enseñó, por ejemplo, poemas. El primer poema que me enseñó fue uno que dice: "Arpa vieja y sin clavija/ con conchas de cucaracha/ quién se va a enamorar de vieja habiendo tanta muchacha". Después me enseñó otro que decía: "Yo soy el tigre serrano/ de las pintas menuditas/ yo soy el que me enamoro/ de las muchachas bonitas". Pero un día me dijo: "Indio te voy a enseñar un poema, y si te lo aprendes te doy medio". El poema era de Rubén Darío: "Yo soy aquel que ayer no más decía/ el verso azul y su canción profana/ en cuya noche un ruiseñor había/ que era alondra de luz por la mañana". Lo oí, y di una vuelta en la casa, una quinta que teníamos en Carrizal, fui a donde estaba el matapalo, regresé y le dije: -Papá ya me lo sé. -Dígamelo. Yo se lo dije y él me dio el medio prometido. El también me acostumbró desde la más lejana niñez mía a decirme: "Indio hable", y yo comenzaba a hablar, yo diría que no sé de lo que yo hablaba, aunque era divertido. Con eso se hizo una especie de motivo fundamental, de que mi padre me ponía a hablar delante de sus amigos en la Cervecería Donzella en Caracas, en la cervecería de la esquina de Las Monjas en el Hotel Barcelonés y él me decía: "Habla", y yo comenzaba a hablar; puedo decir que no recuerdo lo que yo hablaba, pero siempre sus amigos me aplaudían y mi padre volvía a lo mismo: "Este indio promete".

Recuerdo cuando estábamos en Carrizal, que de pronto decía: "Vayan a comprar una botella de cerveza", era un botellón verde, largo, extendido en el tiempo podría decir yo ahora, y el primer traguito era para mí. La edad siempre entre cinco, seis, siete años. Eso me hizo cómplice de él, y luego cuando nosotros paseábamos en el carro de mi tío Valdemar Ovalles por Los Teques, él iba señalando las casas donde había vivido entre 1941, 42, 43, años del reposo por la tuberculosis. La había agarrado en un pueblo del estado Miranda, en Charallave; y él contando su historia de amores de esa etapa, y decía las novias que había tenido; mi madre siempre le contestaba: "No me importa que tú hables de tus novias, porque yo sé que soy la mujer tuya Guatimocín". Sin embargo, yo de una manera muy interesante, cuando le pedía la bendición en las noches, recordaba los nombres de aquellas novias: -Que sueñes con María y Colón, y él respondía: -Dios te bendiga, indio. -Que sueñes con María y Colón. -Que Dios te bendiga, indiecito. -Que sueñes con María y Colón. -Soñaré con ellas. Yo no llegaba todavía a tener una conciencia de las relaciones que tienen los padres con las madres, de las relaciones amorosas, sexuales, aunque creo que cuando yo le pedía la bendición y le hablaba de María y Colón, a él le agradaba y mi madre aceptaba la existencia de aquellas novias.

Toda mi vida tuve con él una relación particular, sobre todo la relación en la que él me decía: "Habla", y yo comenzaba a hablar. También con mi familia, con mis abuelos y mis tías antiguas, que ya tenían ochenta años para esa época, y comencé a ser un personaje importante, un niño hablador, un niño desparpajado diría yo ahora, correspondiendo con una situación construida por Guatimocín, quien a lo mejor ha marcado toda mi vida.

Juan Liscano dice de mí, que yo soy un estupendo escritor, pero que soy más famoso por los discursos que yo pronuncio, por las intervenciones que yo hago. Desde el punto de vista de un ejercicio de la literatura, de la poesía y a lo mejor del surrealismo que se puso de moda entre nosotros, era más creador por mi oralidad. Hoy tengo que reconocer esa oralidad como un invento de mi padre.

También podría contar una cosa terrible, mi padre se enamoró de un hermano mío llamado Atahualpa, y lo besó y lo mató a los once meses de nacido, la depresión que le vino a mi padre, por haber besado, haber siquitrillado la existencia de ese niño llamado Atahualpa, fue lo que produjo su muerte, mi padre muere de haberse enamorado de un hijo de él, que era rubio de ojos azules, de quien decían que parecía más bien hijo de mi abuelo y de mi tía que era de ojos azules. Yo sé que mi padre logró superar el conflicto de la tuberculosis, nosotros fuimos a la casa del doctor Rivas y nos hizo el examen a los tres, a Guatimocín padre, hijo menor y a mí, y nos dijo: "Los muchachos estuvieron contaminados; Lautaro tiene una huella en el pulmón y Caupolicán tiene una sombra, y en cuanto a ti, Guatimocín, tú eres como los gatos, tienes siete vidas, estás perfecto". Ya se había eliminado la tuberculosis, y no sé por qué azar o por qué depresión él dejó de tomar todos los remedios, todos los rigores y cuando viene la muerte de mi hermano Atahualpa, mi papá asume el tronido, la ciencia con una gran tristeza, y se muere delante de nosotros, no de una manera aparente de morir sino de una manera real de morir. Habló con todos nosotros, con sus hermanos, con su padre, con el cual tenía un pleito desde el año 22, cuando murió mi abuela en Los Teques, nos llamó a cada uno y nos dijo algo: "Tú serás esto", me dijo a mí, pienso que yo he sido lo que él dijo. A Lautaro le dijo otra cosa, a mi hermana Tibisay no se atrevió a decirle nada porque ya se estaba muriendo; al final pidió tomarse una cervecita, que él tenía guardada, se la tomó y la devolvió y se produjo el estertor de eso que yo he escrito en un libro, Elegía a la muerte de Guatimocín, mi padre, alias El Globo, y plop, murió mi padre. Yo vi la tensión del cuarto, yo vi, cómo un cuerpo pasa a ser un anticuerpo. No es que en mi vida nunca hubiese visto algo semejante, sino que después, siempre he quedado magnánimo recordando el encubrimiento de la muerte de aquel cuerpo.

En mi último libro El almirante duende escribo una cosa que se llama el auto-glosario; en ese auto-glosario, cuento cómo fue la vida de mi padre, de mi madre y por supuesto hago ahí el montaje de mi abuelo. Los nietos de mi abuelo, son ahora los nietos nuestros. En esa formalización de la vida de mi abuelo, que es sin duda mi padre, porque es el que me crió después de esa muerte de Guatimocín. Ahí yo tengo que recordar la vida nuestra en un pueblo del estado Miranda, donde los maestros Ovalles, mi papá y mi mamá, eran los jefes por ser maestros de los pueblos. Mi papá escribía canciones para niños, teatro, y mi mamá tenía un temperamento musical, tocaba piano, guitarra, cuatro, todos los instrumentos. Ellos distraían a los niños, formalizaban y actuaban frente a los niños. Yo no puedo evitar ser un hijo de Guatimocín y de Elba Rosa. Tengo algo muy importante, documentos, algún material de Carrizal, San Antonio, San Pedro, San Diego, de lo que hizo Guatimocín en homenaje a Cecilio Acosta en 1939. Siempre era el hombre más culto del pueblo.

En esos pueblos de los Altos, él manejaba sus jardines. Cuando íbamos a San Antonio (San Antonio era algo así como el pueblo de los Ovalles), era de verlo frente a una cala, frente a una rosa, hablaba, y si alguna vez, con Narciso y Ana Aurora (Titana), se echaba tragos de aguardiente de caña, mi papá, recuerdo, siempre hablaba de flores, era él en su palabra un país de flores, cuerpo de flores, aroma de flores. En la poesía mía las flores son fundamentales, no hay literatura mía que no pretenda el dominio de la flor.

Entre quinientos o mil metros de la quinta en la cual vivíamos en Carrizal, mi papá se la pasaba todo el tiempo buscando cómo una flor puede encontrarse con otra. En las cosas que él escribía, en sus canciones, que él de una forma inopinada rompió antes de su muerte, nosotros, sus hijos, pensábamos que vivíamos en una suerte de paraíso terrenal. Por eso en mi último libro le doy tanta importancia a que Colón tuvo la idea de haber llegado, de haber previsto, al paraíso terrenal.

Yo tengo la conciencia de que el paraíso terrenal de ellos, como educadores, como maestros, estaba dado sobre una ciencia, de invitar a los niños, a que entren, ingresen a un paraíso".

Mi padre ebrio, mi padre se muere*
(Fragmento)
...

mi padre ebrio es lo mejor que he visto

Me da monedas me presenta a sus
        [amigos y dice "este indio promete"
y he prometido después de todo y por
                                               [eso Guati
Domingo también se llamaba tenía razón
Había nacido el cuatro de agosto y esto
          [lo supe después que sus pulmones
nos lo arrebataron

Estamos en un pueblo y yo lloro de vez
         [en cuando porque él se ha muerto

Muchos amigos míos todavía tienen
                                              [su viejo
Yo no he podido tenerlo
Dicen que tenemos nuestro aire
                                           [en común
Nuestra cosita
                          Yo sé
"indio" ven y toma tu cerveza
                [Yo sé Guatimocín que estamos
                                  [en un pueblo Yo sé
Salvaje yo (yo sé)


* Elegía a la muerte de Guatimocín,
mi padre, alias El Globo
. Ediciones
de El Techo de La Ballena. 1966.

 

(Testimonio recogido por Antonio
Trujillo en diciembre de 1998)

N° 23 Aņo IV
Caracas, sábado 10 de marzo de 2001
 
 
 
Libros, Lecturas
y Lectores
Plástica venezolana entre 1700 y 1810
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Creer con Elena Poniatowska
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