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Premio
Creer con Elena Poniatowska
Julio
Ortega, siempre atento a los movimientos de lo que podría ser llamado
el "país literario" en lengua castellana, no demora en enumerar
los rasgos que identifican la obra de Elena Poniatowska, hace dos
días reconocida con el IV Premio Alfaguara de Novela por La piel
del cielo. Una obra -señala el ensayista- que se distingue por
esa "gracia de creer" "en la capacidad que tiene el pueblo de humanizar
a la violencia con el relato de su trance cotidiano" y remontar
la adversidad
El panteón
de las deidades mexicanas vuelve a corresponderle a la escritora
de origen francés que hiciese votos de entrega absoluta al
país azteca desde que bemoles familiares y políticos
le brindaran la opción de cambiar los salones de la aristocracia
polaca por los del mercado. Diríase que la historia de Elena
Poniatowska tiene la riqueza
de matices que distinguen las tantas historias que ha escrito bajo
la forma de testimonio, crónica, novela. Su más reciente
título, La piel del cielo, la convierte en ganadora
del IV Premio Alfaguara de Novela y, puntual en su oficio crítico,
Julio Ortega avanza un perfil de su trayectoria

Elena Poniatowska
Elena
Poniatowska nació en París, pero desde que su
familia regresó a México, cuando ella tenía
unos 8 años, el descubrimiento de su país no ha dejado
de acrecentarse y se ha convertido en una saga literaria a favor
del asombro. Pocos escritores han tenido esa capacidad de deslumbramiento
ante los demás, y nadie como ella ha sabido convertir el
candor en esperanza. Si algo distingue a su obra es la gracia de
creer. Primero, en los demás, en la capacidad que tiene el
pueblo de humanizar a la violencia con el relato de su trance cotidiano;
segundo, en las empresas de empatía, en la calidad emotiva
de sus personajes para remontar la adversidad y volver al asombro.
Elena podría
haber sido una princesa polaca. Descendiente del conde Poniatowski,
quien recibió de Catalina la grande el reino de Polonia,
tal vez como reconocimiento de amante favorito, su familia polaca
emigró a Francia, donde su padre, el último conde
Poniatowski, fue héroe militar de la guerra contra el nazismo.
La familia de su madre había emigrado a París a la
caída de Porfirio Díaz, el dictador afrancesado. Quizás
esas sumas del exilio aristocrático, la hicieron buscar en
el camino de vuelta las pruebas de la pertenencia. Para ello, le
bastaba con salir a la calle. Pronto, dejó los salones por
el mercado.
La muchacha
deslumbrada hizo la educación pública mexicana de
la universidad y el periodismo, de la literatura y la política,
y forjó entre la crónica y el testimonio, entre la
narración y la historia oral, un relato pleno de actualidad.
En La noche de Tlatelolco (1970) sumó las voces de
los protagonistas y los testigos de la matanza de estudiantes que
ocurrió en la plaza de ese nombre, en 1968. Es un libro que
todos hemos leído en la plaza equivalente, la de una lectura
de luto. En la escena del recuento, paso a paso, el lector ingresa
a la saga trágica y vive o sobrevive el drama heroico de
la verdad revelada. Lo que podría haber sido una compilación
de versiones, se convierte, por la fuerza de la palabra inmediata,
en el más poderoso testimonio moderno del desamparo político.
Nada, nadie (1987) es otro testimonio, aunque más
elaborado y no menos conmovedor. Trama las voces de los sobrevivientes
del feroz terremoto de 1986, pero esta vez frente a la violencia
natural y la impotencia estatal, se levanta la fuerza colectiva
de las víctimas, sobre todo de las mujeres, que se organizan
como si caminaran del fin del mundo al nuevo mundo absorto. Este
es un libro en carne viva: no se puede leer sin cerrarlo a ratos.
Las ruinas del "laberinto de la soledad" mexicana sirven
aquí para construir las rutas de la solidaridad civil. Hasta
no verte Jesús mío (1969) es su libro más
importante. Testimonio, historia oral, etnología urbana,
se lee mejor hoy como novela, como una alegoría nacional.
México aparece aquí representado por una mujer, una
Jesusa cuya iglesia es el mercado popular, el saber y el poder de
la cultura sobreviviente, allí donde, como decía Gramsci,
se construye la dimensión de lo objetivo.
En sus cuentos
y novelas Elena Poniatowska ha seguido explorando los encuentros
y desencuentros de la historia familiar y la aventura personal,
de las mujeres deslumbrantes y sus testigos deslumbrados, de las
resistencias y subversiones al interior cotidiano de la sociedad
patriarcal; y lo ha hecho con la claridad empática de su
fervor por el diálogo y su fe en la comunicación.
Esas convicciones modernas hacen de esta escritora una adelantada
pasional del esclarecimiento y la crítica, pero también
de los derechos de la emotividad y la benevolencia; es decir, de
nuestra capacidad de compartir y creer.
Julio
Ortega. Ensayista y crítico peruano
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