Creación

SIMON BOLIVAR UNA VEZ MAS ENTRE LAS MANOS DE FRANCISCO HERRERA LUQUE

El vuelo del alcatraz

Truncado por el destino resultaría el proyecto de acometer la novela biográfica de Simón Bolívar, mas no hay obra de Francisco Herrera Luque (1927-1991) de la que no emerja
la figura del Libertador, de ello viene a dar fe el último original inédito que quedó
entre sus papeles y que con el título de El vuelo del alcatraz -del que aquí
se adelanta un fragmento- ha sido editado por Alfaguara y será presentado el próximo jueves 29, dando inicio a la jornada conmemorativa del X aniversario de su fallecimiento


Manuela Sáenz, la amante de Bolívar que pasó
a la Historia / Oleo: Thorne

Las chicas bogotanas que arrastraban su carro eran rubias de largas cabelleras. Tan pronto se detuvieron frente al palacio del Virrey, se dieron vuelta mostrando sus caras. Todas eran bellas y de semblantes alegres, pero hubo una en particular que fijó su atención arrancándole un sacudimiento. Era alta, fuerte y decidida la mirada azul, que decía por ella. Bolívar, luego de seis años en que conoció a Pepita y a innumerables mujeres sintió un sacudón al contemplarla.

-Se llama Bernardina Ibáñez -se apresuró a informarle Santander- y es de lo mejor de Bogotá.
Se sintió dichoso al sentarse en el trono del Virrey Sámano. De inmediato estallaron aplausos y vivas en todo el salón. El frío de Bogotá se caldeó por el hacinamiento y el entusiasmo.
Esa noche al acostarse no sólo pensó en su gloria. En sus sueños de niño de repetir la hazaña de uno de sus antepasados que acompañó a Federman, el alemán, al altiplano de Cundinamarca en el momento mismo en que se fundaba Santa Fe de Bogotá; entre sus sueños de rey y virrey, de armiño y corona, de ser y no ser Napoleón, se asomó la chica de ojos grandes y nariz perfilada que con la mirada simplemente le decía: "vente conmigo, Simón".
Bernardina, como Pepita, amaba en los hombres más la gloria que el físico; más el poder, que la bondad; más el coraje y la audacia, que el lenguaje terso del corazón. Por eso cejó ante el primer reclamo de Bolívar, tal como lo hizo Pepita cuando entró a Caracas con el título de El Libertador. Pero a diferencia de la caraqueña a la que ascendió al llevarla a su lecho, Bernardina descendió al igual que Josefina cuando accedió a ser la amante de Napoleón para ceñir un día la diadema imperial. Bernardina no se equivocaba. Bolívar sería dueño del mundo. No mentía el día en que escandalizó a los congresistas de Angostura cuando, en medio de un banquete se trepó a la mesa y riendo la recorre con sus botas haciendo añicos platos y cristalería, dijo a los presentes: "así se puede ir desde Panamá hasta el Cabo de Hornos…" Aquel Bolívar, que a muchos parecía haber colmado el vaso de la fortuna, era para Bernardina un presagio apenas de lo que estaba por venir. Pero como toda mujer tomada por la codicia, Bernardina a pesar de sus encantos se había quedado sin lujuria y Bolívar, como lo dijo un poeta ramplón, "era hijo de Marte y de la Venus esteatopígica". Pasado el fogaje de la primera semana y de desenvolver ante los ojos espectantes de Bernardina sus planes para el futuro, comenzó a preferir como añoso marido la compañía de sus soldados y generales y también a callar sus impulsos jactanciosos de muchacho enamorado. Si Bernardina tenía hermosos los ojos, por sus pupilas se asomaban sus más recónditos pensamientos. Y Bolívar luego de tantos años de desengaños y sinsabores había aprendido a leer los vertederos del alma. Cuando la chica le habló mal de Santander, encomiando al viejo Azuero de cuya importancia y rencor terminó por enterarse, sintió el dulce aburrimiento que precede al hastío. Ya su fuego de cuarto de zambo caraqueño -como a sus espaldas se mofaba la buena sociedad bogotana- no era suficiente para encender y calentar aquel cuerpo escultural pero también marmóreo. Un día le comunicó lo que sentía. Trató de no lastimarla al trastocarle sus ilusiones de grandeza. El no quería ser rey, ni tampoco virrey. ¿Qué dirían los negros como Leonardo Infante, Rondón y tantos otros que en la primera noche de celebración "se fajaron rolo a tolete con los bogotanos", como le comentó risueño el primero, para arrebatarles a sus hembras.
-No, Bernardina, esto no puede ni debe seguir. Es por tu bien. Yo soy un hombre de campamento. Tengo por delante mucho que hacer. Yo no vine a Bogotá para apoltronarme en el sillón del Virrey Sámano. Eres joven. Eres bella. No has perdido nada por estar conmigo. Los reyes honran. En la Edad Media y en nuestros días es un gran honor que el monarca haga uso de su derecho a pernada. Hay cientos de oficiales jóvenes, buenos mozos y de buena familia que se sentirían dichosos de desposarte. Ahí tienes a Ambrosio Plaza, mi pariente, se desvive por ti. Hay que ver como le titilan los ojos cuando pasas a su lado. A ti tampoco te es indiferente. Yo también lo sé. Ambrosio tiene un gran porvenir. Al reconquistar Caracas lo haré Intendente de Venezuela, que vendrá a ser lo mismo que Virrey o Capitán General del inmenso imperio que pienso formar teniendo a los Andes como espinazo. No llores, mi vida. No me gusta verte sufrir.
-Como tú digas, Simón. He terminado por comprender mi triste ilusión de luciérnaga que se quema en la vela.
-¿Y quién te dijo esa zoquetada? -exclamó Bolívar entre su risa estridente-. Seguro que fue el viejo Azuero, que como orador me parece malo y como poeta, pésimo. ¿Me perdonarás, mi vida?
-Sí, Simón -repuso Bernardina mintiendo con descaro- no tengo nada que perdonarte; no soy nadie, para oponerme a tu derecho a la gloria. Tienes razón, habré de casarme con Ambrosio Plaza que es un buen muchacho, como bien lo dices, de amplio y generoso porvenir.
El matrimonio de Bernardina con el general venezolano se celebró con toda pompa apadrinado por El Libertador. Al despedirse, acompañado por Santander le dijo:
-Menos mal que salí con bien de este trance; fue más peligroso que el paso de los Andes.
Santander rió con estrépito, celebrando la chuscada del Padre de Colombia y pensó que Bernardina, al igual que el viejo Azuero, tenían el don de guardar incorruptible el odio eterno.
Dos meses apenas duró la estada de Bolívar en Bogotá. Ese día dijo a su Estado Mayor:
-Tenemos que regresar a Venezuela antes de octubre; aún nos quedan muchas cosas que hacer.
Urdaneta, Soublette, Ambrosio Plaza, Leonardo Infante y Rondón lo miran inquisitivos.
-Les tengo una noticia. Voy a dejar a Francisco de Paula Santander como vicepresidente.
Un murmullo desaprobatorio salió del grupo.
-Más compostura, Infante -le ripostó con energía Bolívar-. Esos no son términos para juzgar a un general victorioso, que tan útil ha sido a la causa de la libertad de nuestro país como el General Santander. El General Santander, además de sus méritos, es natural de la Nueva Granada. ¿Les gustaría a ustedes que yo eligiese como vicepresidente a un neogranadino para que mandase en Caracas?
¡Claro que no! -repuso de inmediato Soublette que era el único de sus generales a quien permitía el sarcasmo-. Como no nos gusta que el Vicepresidente de Venezuela en Angostura sea otro neogranadino como el Dr. Zea y no un venezolano.
-Eso es por los momentos -repuso El Libertador al darse cuenta de la mala respuesta-. Mientras no había sido conquistada la Nueva Granada era conveniente dejar al frente de la vicepresidencia a un natural del Nuevo Reino para recabar el auxilio y la connivencia de su gente. Por eso Zea está en ese sitio.
-Yo quisiera saber -preguntó a su vez Plaza con un dejo de altanería- ¿cuál de las ciudades será la capital de la Gran Colombia: Caracas o Bogotá?
-Ya eso se previó en el Congreso de Angostura. Se elegirá de mutuo y común acuerdo una ciudad fronteriza, que bien pudiera ser Cúcuta.
-¿Y por qué no Maracaibo? -intervino Urdaneta-. Tan Fronteriza es la una como la otra.
-Posiblemente -repuso Bolívar- se hará como en los Estados Unidos al fundar una nueva ciudad, como Washington, para que sea la capital de la Unión.
-Ojalá todo sea así, como tú cuentas -repuso Soublette, olvidándose que en actos públicos Bolívar detestaba el tuteo- porque por ahí andan diciendo los neogranadinos que Bogotá será la capital del Imperio, por ser cabeza de virreinato, por ser más antigua que Caracas y por estar a mitad de camino de Quito a Paria.
-Pues son ésas muy buenas intenciones para hacerla capital, General Soublette- contestó El Libertador fulgurantes los ojos de odio.
-Pues yo no creo, Simón -contestó el caraqueño con doble reto- que un imperio construido con sangre venezolana, vayan a permitir tus compatriotas que te lleves la capital para Bogotá.
-¿Y qué hay con eso? -saltó Bolívar engallándose- ¿qué pasó con los cumaneses y los barineses que hasta 1777 eran provincias autónomas cuando Carlos III las unió bajo la égida de Caracas bajo el nombre de Gran Capitanía General de Venezuela? ¿Se resintieron acaso por eso? ¿Se han rebelado contra el dominio de Caracas?
-Pero, Simón -se atrevió a insistir Soublette- pareciera que estuvieras hablando con los de la Legión Británica y no con nosotros. ¿De dónde viene la rebelión de Mariño, Piar y Bermúdez contra tu autoridad? ¿No es acaso porque no aceptan a Caracas como capital y quieren ser independientes? ¿Cuál es el problema de Páez que obedece sin comprometerse? Páez es Barinas independiente. Aparte -prosiguió Soublette- que si Bogotá es capital de virreinato, Caracas con sus cuarenta mil habitantes duplica la población de Bogotá y es mucho más importante.
-Eso era antes de la guerra General Soublette. Ya Caracas no es Caracas.

(Fragmento de El vuelo del alcatraz de Francisco Herrera Luque. Edición póstuma. Alfaguara, 2001).

N° 24 Aņo IV
Caracas, sábado 17 de marzo de 2001
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

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