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Notas
SOFIA
IMBER
Memoria
y cuenta

Foto: Enio Perdomo
Sofía Imber, "el Maccsi soy
yo, y son ustedes"
La
gente, como yo, tiene un calendario personal que la vida, irónica,
sorpresiva, paradójica, se encarga de cambiarle: unas veces
la vida le quita una hoja al calendario, acaso dos o tres, muy pocas
veces la vida o los accidentes de la vida, políticos, o no,
llegan a más y le arrancan al calendario todas las hojas.
La persona queda al desnudo, en la intemperie, quiere mirar atrás
pero teme convertirse en una estatua de sal, quiere mirar adelante
y teme no encontrar hojas en el calendario, o teme que si quedan
algunas se las arranquen de nuevo.
No obstante,
la vida sigue y seguirá para frustración de quienes
pretenden dirigirnos y conformar nuestras existencias y nuestros
seres a la idea que ellos tienen de todos nosotros: tenemos que
ser como ellos o no somos nada. Tenemos que pensar como ellos o
somos impostores. Nos queda la opción final: podemos
asumir la mascarilla. No el disfraz policromo de los diablos de
Yare, sino el otro, el que presume de ideólogo, de redentor
de las artes y de las letras, de la música y del pensamiento,
no, desde luego, de la libertad de pensamiento o de creación,
porque para esto no hay mascarilla ni disfraz, aunque puede haber
disimulo.
Comprendo bien:
aquí nos reúne la amistad y la solidaridad, el reconocimiento
y, por qué no decirlo, una cierta nostalgia. Ustedes comparten
conmigo estos momentos, y confesaré que nunca los había
necesitado tanto. Como ser humano me enamoro de lo que hago, y no
he hecho nada nunca, ni en el periodismo escrito o audiovisual,
que no haya sido por amor, por pasión, por deseos de construir,
por abrir horizontes o tener horizontes. Mi vida ha sido larga.
Hija de inmigrantes que buscaban un país tolerante, lejos
de las tormentas de Europa Oriental, donde el temor era la pesadilla
cotidiana, mi hermana Lya y yo amanecimos un día en una tierra
de sol brillante y gente cálida.
Esa tierra
es mi tierra, y sin haber muerto he nacido en ella muchas veces,
y me he confundido con ella como una pieza de barro moldeada por
Juan Félix Sánchez, por el Hombre del Anillo
o Rafaela Baroni. Para darle cabida a los grandes artistas venezolanos
me esmeré en construir un museo. No lo hice sola. Fue obra
de muchos, pero yo tuve el privilegio de estar en lugar del capitán
divisando el horizonte del arte y, como los buenos y sensibles albaceas
de sir Walter Raleigh, traté de ir trayendo a Venezuela
lo mejor que encontraba y las condiciones del tiempo permitían.
No fue una tarea fácil, ni tenía por qué serlo,
pero era toda una aventura y logré, con la cooperación
de innumerables venezolanos, y amigos que entendieron lo que aquello
significaba, una colección espléndida. En donde no
están ni la Gioconda o la Ultima Cena, ni la
Venus de Milo, ni la Piedad de Miguel Angel,
porque los barcos de sir Walter eran muy pequeños, pero están
los grandes de aquel atormentado siglo que consumió nuestros
mejores días, desde Pablo Picasso y su Suite Vollard,
hasta Matisse y Braque, desde Moore, Lipchitz,
Freud, Chagall, Léger y Dubuffet hasta Segal,
Rauschenberg, Poliakoff, Rivers, Alechinsky, o Bacon.
Allí está el gran Fernando Botero, y predominan, desde
luego, y como es obvio, los venezolanos de todas las tendencias,
desde Armando Reverón hasta los más jóvenes.
Allí
está el Maccsi, y el Maccsi soy yo, y son ustedes, y son
los miles de venezolanos descorbatados, pero sensibles y hambrientos
de ver y disfrutar (no de promesas sino de realidades). Nosotros
podemos ser una ficción que borra el tiempo, pero el Maccsi
permanece y permanecerá como uno de los grandes legados de
la cultura venezolana y universal, como un hito sobre el cual se
puede continuar construyendo, y debe continuar construyéndose
como debe ser la esperanza y la certidumbre de todos, porque para
que una obra tenga validez en el tiempo, su continuidad es la mejor
prueba. Eso es lo que deseo con fervor, que el Maccsi sea cada vez
mejor.
Y ¿cómo
sería yo si no terminara, o empezara pidiendo algo? claro
que sí, les pido la continua colaboración y comprensión
para la cultura, que es lo único que puede hacer de Venezuela
un país, un país grande y libre.
Gracias (de lo que me queda de corazón, que no es poco) para
todos ustedes, mis amigos que aquí se reúnen para
agasajarme, y para testimoniarme que no estoy sola, ni aré
en el mar.
(Texto leído
en el homenaje ofrecido a Sofía Imber
por el embajador de Israel en Venezuela).
Sofía
Imber. Periodista
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