DIBUJOS PARA LA "DIVINA COMEDIA"

Botticelli en el Inferno

La prédica apocalíptica del monje dominico llegado a Florencia, Savonarola, convierte al misticismo a Botticelli. He allí el cambio que sufriera su obra: no más mitologías ni platonismos ni cuerpos desnudos de hombres y mujeres. El pintor florentino "ha sentido la intensidad de las llamas del Inferno", revela Alejandro Oliveros luego de observar sus dibujos que ilustran el texto de Dante, exhibidos a finales del año pasado en Roma, y desde el 17 del presente mes de marzo en la Royal Academy of Arts de Londres. Sin duda, "uno de los grandes ilustradores de la Comedia" -apunta el ensayista


Inferno/Canto XVIII (detalle)


Cuenta Vasari que a comienzos de 1482 el Papa Sixto IV pagó generosamente a Sandro Botticelli por sus trabajos en la recién terminada Capilla Sixtina. Pero, consecuente con su vida azarosa, el maestro de La primavera derrochó el dinero de manera desordenada: "Ebbe, da'l papa buona somma di danari; i quali ad un tempo destrutti e consumati tutti nella stanza di Roma, per vivere a caso come era il solito suo". Sandro había llegado a Roma a mediados de 1481 precedido por una fama no discutida. Se le conocía como el autor de algunas de las más extraordinarias pinturas realizadas por aquellos años en Florencia. Una época caracterizada, justamente, por la extraordinaria producción de los maestros florentinos. Todavía se hablaba del "milagro" de Masaccio en la iglesia del Carmine. El genio incomparable de Ghirlandaio se había ocupado del ábside de Santa Maria Novella. Mientras el Beato Angelico, con la ayuda del gran Benozzo, ejecutaba las maravillas de San Marco. Y Paolo Ucello sucumbía bajo el acoso de las lanzas y caballos que había imaginado para sus perspectivas. Del Castagno trabajaba en Ognissanti y Filippo escribía la erótica de Salomé en el duomo de Prato. Botticelli había sido su ayudante y discípulo. En ocasiones, no es fácil saber quién es el autor de algunas obras. Tal fue la identificación, las afinidades electivas entre maestro y alumno. La tradición de la pintura florentina tiene que ser admirada: Masaccio que enseñó a Filippo, que enseñó a Sandro, que enseño a Filippino, que enseñó…
Para mediados de 1481 nadie desconocía los muchos talentos de Botticelli. El asombro había sido la reacción unánime de los que habían tenido el privilegio de contemplar el fresco de la última de sus "Anunciaciones" (S. Martino della Sacala. Uffizi). Una representación épica del encuentro entre el ángel y la Virgen y un compendio de las que van a ser las virtudes del estilo florentino. El énfasis en el dibujo como principal medio de expresión. El completo dominio de la perspectiva, tal como la había formulado Alberti en Della pittura. La investigación del movimiento. El decoro de los protagonistas. La belleza ideal de los personajes. Si la Anunciación de San Martino es una incursión de Botticelli en la épica, su Madonna del Magnificat (Uffizi), del mismo año 1486, es un triunfo de las posibilidades de la lírica en el arte de la representación.
En el proyecto de decoración de su nueva capilla en el Vaticano, Sixto IV había convocado no sólo a Botticelli. Con juicio encomiable había requerido los servicios de Rossellino, Pinturicchio, Perugino y Ghirlandaio. Sin saberlo, el Papa estimulaba el último gran despliegue de la estética quattrocentista. Una nueva generación de maestros se preparaba para tomar por asalto la atención de papas y pontífices. Entre sus integrantes, Leonardo, Rafael, Giorgione y Miguel Angel. En la capilla papal, Botticelli se encargó del retrato de algunos papas medioevales y de tres complicadas composiciones sobre los hechos de Moisés y Jesucristo. Una restauración reciente nos acerca a la belleza de los originales. Otros artistas no fueron tan afortunados. Las obras de Pinturicchio, por ejemplo, fueron cubiertas por nuevos frescos. Debajo de las contorsiones del Juicio Final, de Miguel Angel, se encuentran glorias de la pintura del "quattrocento" sacrificadas por los intereses de una estética nueva.

Las Mitologías
A Florencia regresa Botticelli en 1482 para trabajar en la serie de pinturas más luminosa del arte occidental. Sus "Mitologías" inmejorables: El nacimiento de Venus, La primavera, Venus y Marte y Pallas y el centauro. Son versiones personales y complejas de mitos tradicionales reseñados por Ovidio, Apuleyo o Poliziano. Son, asimismo, una elocuente expresión de las crisis de los tiempos en que fueron realizadas. Todo final de siglo es milenarista. Y los finales del quince ofrecían los signos más variados. La expulsión de moros y judíos en España es uno de ellos. El descubrimiento de América es apenas otro. En Florencia, la crisis no fue tan amplia. Pero sí tan profunda. Lorenzo el Magnífico se acercaba, perturbado, hacia su muerte, en 1492. El presentimiento de que no dejaba un sucesor digno de prolongar la hegemonía Medici era agobiante. Circunstancia que también presentían los florentinos, cansados de dominio fundado hacía varias décadas por el viejo Cosimo. La situación económica tampoco conocía sus mejores momentos. Y lo que era malo para los Medici era malo para Florencia.
Pero las raíces del mal eran más oscuras. No se trataba solamente de un relativo desmejoramiento de las condiciones materiales. La descomposición social no era exclusivamente una cuestión de florines y ducados. Se trataba de lo que podemos llamar un malestar ideológico. Lorenzo el Magnífico había estimulado el heroico, cuan insensato, proyecto de conciliar el recién descubierto legado de la Antigüedad con la triunfante teología cristiana. Pocas veces un despropósito mayor, ni más estimulante, de parte de un gobernante. Por un tiempo, el designio contó con la simpatía de los florentinos y la indiferencia aparente de la Iglesia. En el ámbito de las artes, el gran medio de difusión del proyecto lorenziano, se propiciaron nuevas actitudes. Los dioses paganos fueron expuestos a la domesticación. Mientras que la leyenda cristiana se revestía con los atributos del paganismo. En El nacimiento de Venus, Botticelli nos ofrece su versión de Afrodita. Que es no sólo la suya. Sino la de los grandes ideólogos florentinos: Poliziano, Pico, Ficino. La misma de Lorenzo el Magnífico. Es una "Venus púdica". Una joven absolutamente decente, preocupada más por su desnudez que por la playa desconocida adonde está llegando. Imposible un mal pensamiento cuando contemplamos la imagen. Esta diosa que nace de las aguas no es la del fresco pompeyano, recostada provocativamente en su concha. Lasciva, sugerente, hecha más de cuerpo que de ideas. Para la joven botticelliana, el amor es "deseo de belleza" (Ficino), instrumento del Bien, sentimiento purificador. Es una Venus con apariencia de virgen. Una Virgen María de los tiempos paganos. Mucho antes de que se convirtiera en la Annuziata. La Venus que llora desconsolada la muerte de Adonis será convertida en la protagonista de la Pietà, desgarrada por la muerte de su hijo.
En su Venus y Marte, Botticelli extrema las tendencias pudorosas de la diosa del amor, la madre de Eros. La vemos en la pintura vestida toda blanca. Desprovista de lujuria y de cuerpo. Despojada de la mirada ninfómana de la Venus de Urbino. Al lado de la joven, un Marte dormido. Y uno no sabe si lo durmió el fastidio o faenas amorosas con otras amantes. A pesar de sus indudables atributos como dios de la guerra, es improbable que haya podido seducir a esta distante y gélida Venus que lo acompaña. Más sensualidad encuentro en la "madonna" de Filippo que en todas las mitologías botticellianas. Esta contradicción es uno de los signos más graves de la crisis. Le herencia pagana es incompatible con la fórmula cristiana. El imperio de los sentidos enfrentado al ascetismo de Cristo. El reino de la sensualidad que trataba de dominar la sensibilidad occidental después de mil años en el destierro. Demasiado tarde y demasiado aislado el esfuerzo florentino. El reinado del neoplatonismo fue efímero. No obstante, su influencia fue dilatada y entusiasta. Pero no todos los sectores de la Iglesia fueron indiferentes a las metamorfosis de la iconografía tradicional. La iconofilia pagana había alarmado a no pocos miembros de la Iglesia. Un regreso a los principios del cristianismo original, a la religiosidad fundadora, se preparaba en la misma Florencia, el centro más ilustre de la devoción a la Antigüedad. Botticelli será una de las primeras víctimas de esta reacción. Su caso es uno de los más dolorosos, aunque lejos de ser el único. Miguel Angel quedará marcado por este enfrentamiento. Su depresión será una consecuencia del fracaso de la utopía de Lorenzo el Magnífico. Después de Savonarola no será suficiente pintar Venus que parezcan vírgenes. Ahora hay que pintar vírgenes que parezcan madres y dolorosas.

Savonarola: profecía y revolución
A mediados de 1490 llegó a Florencia, invitado por un incauto Lorenzo di Medici, el monje dominico, originario de Ferrara, Girolamo Savonarola. No mucho después, Savonarola fue electo prior de San Marco, el convento construido por Michelozzo, decorado por el Beato Angelico y pagado íntegramente por Cosimo di Medici. Desde el púlpito de San Marco, el carismático y elocuente fraile conmovió a los indiferentes florentinos con su prédica apocalíptica. Savonarola se apoyaba en la mejor de las fuentes, las Escrituras y las visiones que de continuo lo visitaban en sus meditaciones. El mensaje era claro. Dios había escogido a Florencia como centro de las reformas políticas y eclesiásticas. Pero era necesario que los habitantes de la ilustre ciudad abandonaran el culto a imágenes y actitudes propias de paganos. Lorenzo el Magnífico, por su parte, tenía que ser destituido. De no ser así, el castigo divino, que era inminente, caería como una espada de fuego sobre la ciudad. En palabras del propio Savonarola: "E predicando tutto quello anno in Firenze, tre cose continuamente proposi al popolo: la prima, che la Chiesa se avena a rinovare in questi tempi; la seconda, che innanzi a questa rinovazione Dio darebbe un grande flagello a tutta Italia; la terza, che queste cose sarebbono presto". Y no exageraba el profeta: En 1492, a seis meses del descubrimiento, moría prematuramente Lorenzo. Luego lo haría el Papa.
Y el flagelo prometido: en 1494, los franceses invadieron Italia. En su avance hacia Nápoles, los soldados de Carlos VIII toman Florencia y hacen huir a Piero di Medici, el inepto hijo del gran Lorenzo. Para Savonarola es el comienzo de sus mejores momentos. Consigue que el rey francés lo acepte como gobernante. Oficio que va a ejercer durante los próximos cuatro años. Se trata de la primera revolución del mundo moderno. Al menos de una revolución como la entendemos después de 1789. Rápida, violenta, radical. En Florencia, el poder civil, hegemónico pero civil, será reemplazado por un poder teológico, cuya base y legitimidad emanaba del "pueblo". En un autodiálogo desde el púlpito de Santa Maria dei Fiore, Savonarola expuso la esencia de su ideología:
-¿Quién es el Señor de Florencia?
-Cristo.
-¿Quién hace sus veces?
-El pueblo, no la Señoría.
La prédica milenarista del dominico impresionó profundamente a los espíritus más sensibles. La promesa de nuevos castigos divinos ("¡ecce gladium Domini super terram!") convirtió al misticismo a no pocos. Botticelli fue uno de ellos. Miguel Angel toda la vida tratará de serlo.

Inferno:
Cuatro años inolvidables duró apenas el mandato de Girolamo Savonarola. Su radicalismo fue acompañado por la ingenuidad y la soberbia de los gobernantes que se sienten escogidos. Con trágica miopía subestimó la fuerza de sus enemigos. Y esa fuerza era considerable. Era el resultado de alianzas entre el Papa, que se sentía aludido por la diatriba del fraile; Ludovico el Moro, y los numerosos partidarios del partido Medici, dentro y fuera de Florencia. Al final, el profeta de San Marco será detenido y condenado a la hoguera. El martirio se llevó a cabo el 23 de mayo de 1498. En la Piazza della Signoria, el escenario de su formidable "Quema de vanidades", el fraile dominico, con dos de sus seguidores, fue ahorcado y luego entregado a las llamas. Una doble muerte que garantizaba la tranquilidad del Papa y de los poderosos en toda Italia. Una pintura mediocre de Rosselli comenta el momento infame. En el centro mismo de la venerable plaza, un cadalso sostiene por el cuello los cuerpos sin vida de Savonarola y sus dos compañeros. Mientras gigantescas llamas se alzan con avidez hacia los cadáveres. Alrededor, los ciudadanos de Florencia contemplan, con recuperada indiferencia, el espectáculo. Conversan sobre un futuro más seguro para los negocios.
El efecto de los sermones del profeta dominico sobre Botticelli fue devastador. Ningún cambio más profundo en la obra de un artista que el que se observa en la pintura de Sandro después de 1494. No más mitologías. No más neoplatonismo. Atrás quedaron los cuerpos desnudos de hombres y mujeres. Las apariencias de centauros. Las apariciones luminosas de Pallas o Flora. En lo sucesivo, el genio consagrado a la pintura devocional y estremecedora. La Virgen María nunca había sido presentada con el estremecimiento de las Lamentaciones de Munich y Milán. Incluso el espacio se transforma. De la perspectiva noble y legítima de su obra más conocida, a la atmósfera metafísica, pre-Chirico, de pinturas como las dedicadas a la vida y milagros de San Zenobio. Botticelli ha sentido la intensidad de las llamas del Inferno. Primero con las descripciones de Savonarola en sus sermones. Luego, el calor confundido con los olores insoportables de carne "bruciata" durante el martirio del fraile. Para muchos (Clark & Co), esta etapa mística de la obra de Botticelli es seguramente lamentable. Sin embargo, encuentro en esas tablas y telas desproporcionadas, en el tratamiento ficticio de los espacios, en la desolación metafísica y en el suspenso onírico del paisaje, una prefiguración de alguna pintura contemporánea. No sólo la de Chirico y Carrá. También Morandi y Delvaux, Magritte, Balthus y Fini.

Dante por Botticelli:
La tradición iconográfica de la Divina Comedia es tan distinguida y dilatada como la tradición crítica. Desde los manuscritos iluminados de Chantilly y el Museo Británico, del siglo XIV, hasta las versiones más recientes de Moore o Guttoso. No creo que los poemas de Homero hayan sido tan ilustrados como el glorioso epos dantiano. Y la razón es simple. Ninguna escritura, en Occidente, tan plástica como la de Dante. Su imaginería visual es incomparable. Sus descripciones son las más precisas y gráficas. Son un verdadero regalo y estímulo para el pintor o dibujante. De la misma manera que Shakespeare lo es para el realizador cinematográfico. Nada más sencillo que imaginar la foresta ciega del Octavo círculo, que guarda a los suicidas, después de leer la descripción en la Comedia: "Entramos por un bosque por el que no cruzaba ningún sendero. El follaje no era verde sino de color oscuro. No había ramas esbeltas, sino nudosas y retorcidas; ni había frutos sino espinas y veneno… Aquí hacen sus nidos las fétidas arpías… Tienen grandes alas, cuello y rostro humanos; garras en los pies, plumas en el abultado vientre y dejan escapar sus lamentos desde los extraños árboles". Sólo parecen necesarios un buen lápiz, algo de talento para transformar estas palabras en imágenes plásticas. Y bastante amor por la poesía.

Botticelli contaba de sobra con estos requisitos. Su dibujismo es uno de los más seguros desde Apeles. Y su sensibilidad es conocida desde sus tempranas relaciones con Angelo Poliziano (cf. Warburg). Con tales habilidades e inclinaciones no es de extrañar que haya dedicado sus mejores talentos a ilustrar el texto dantiano: "Perdió mucho tiempo en esto, descuidando su trabajo y desorganizando por completo su vida" (Vasari). La opinión de Vasari es un prejuicio de la época. Los dibujos no eran sino bocetos, ensayos para la pintura. Originalmente los dibujos de Botticelli fueron más de cien, de los cuales se conservan ochenta y cinco. Una labor ingente, si se considera la cantidad de personajes que protagonizan las descripciones de Dante. A pesar de la fama que el siglo veinte ha acordado a Botticelli, los diseños no habían sido mostrados al público en su conjunto. El azar llevó el esfuerzo de Botticelli a Alemania Oriental y en ese purgatorio permanecieron hasta que a mediados del año 2000 fueron expuestos en Berlín y, a finales del mismo año, en Roma, en las nuevas galerías de la Escudería Papal, en el Quirinal.
Cuando Botticelli estuvo en Roma, en 1481, trabajando en la Capilla Sixtina, el Quirinal no había sido construido. Savonarola no había tomado el poder en Florencia y los Medici se sentían seguros en su hegemonía. El maestro de La primavera seguía su vida disoluta, seguro de su genio y sus mecenas. Si bien no se ha precisado la fecha de los dibujos, no es forzado imaginar que hayan sido elaborados después del triunfo de la teocracia savonaroliana. Quiero decir, hacia 1494-95. Como es previsible, las ilustraciones más inquietantes son las dedicadas al Inferno. Dante y Virgilio, en el mejor estilo de los "comics", avanzan desde la entrada de la "vorágine infernal" hasta la salida, después de descender por la anatomía gigantesca de Satán. La ilustración consagrada al Quinto círculo es ejemplar. Como se recuerda, a las puertas de la Ciudad de Dite, a los viajeros subterráneos se les impide el paso a través de los muros de la Ciudad. Dante se siente mal al ver cómo las Furias burlan al amado maestro. Sólo la llegada de un ángel logra controlar a las criaturas condenadas. El dibujo de Botticelli no puede ser más elocuente. Dante y Virgilio aparecen seis veces en la iluminación. Antes y después de franquear la ciudad maldita. Al principio, detenidos en su recorrido por las Furias hasta la llegada del ángel, que se observa bajando por la izquierda. Luego, después de atravesar el umbral, observamos a la pareja cuando contempla la llanura de sepulcros en llama. Y, al final, cuando el divino guía, Virgilio, "Se dirigió hacia la derecha y pasamos entre las ardientes tumbas y las altas murallas". Uno solo de estos diseños habría distinguido a Sandro como uno de los grandes ilustradores de la Comedia. Pero cuando contemplamos el conjunto de ochenta y cinco entendemos mejor el juicio de Vasari. No fueron pocas las pinturas que Botticelli dejó de pintar por entregarse a la lectura y comentario del poema dantiano.
Sin embargo, esta vez no hubo un Papa que compensara con largueza sus esfuerzos, como había hecho Sixto IV. También es cierto que no hubiese servido de nada. Después de Savonarola, Botticelli dejó de ser aquel joven de vida desordenada que nos observa desde el autorretrato de la Adoración, de Lama, displicente y altivo en su túnica manlía. Poco queda del autor de la serie de "mitologías" más luminosas. El discípulo privilegiado de Filippo Lippi, como más tarde Hölderlin, fue golpeado por la ira, o la envidia de los inmortales. Hasta que "ya viejo, se encontró tan pobre que si Lorenzo di Pierfrancesco, y otros señores que lo apreciaban por su talento, no hubiesen llegado en su auxilio, se habría muerto de hambre" (Vasari).


Alejandro Oliveros. Ensayista y poeta

N° 26 Año IV
Caracas, sábado 31 de marzo de 2001
 
 
 
 
 
La Constitución postergada
(Freddy Castillo Castellanos)
 

 

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