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Reflexión
El
documento que contiene los Lineamientos generales para la elaboración
del proyecto de Ley Orgánica de la Cultura, presentado por el
Conac, mueve a la reflexión a Sandra Caula, quien advierte que para
"proponer políticas, el intelectual no puede ser un proveedor de
esperanzas", sólo puede ayudar a distinguir entre lo mejor y lo
peor. Por otra parte, Freddy Castillo Castellanos encuentra necesario
un "amplio debate en el que podamos evaluar experiencias de antaño
y de hogaño"
Collage
Adriana Franklin
Comentarios
y advertencias sobre un proyecto
Confieso
que me produce una gran desconfianza toparme con unos Lineamientos
generales para la elaboración del proyecto de Ley Orgánica
de la Cultura, que llevan por lema, convertido en título
principal, La cultura para construir y profundizar la revolución.
Formulado así el asunto, presiento que se lo ha desarrollado
conforme al gusto, que ya es tradición entre nosotros, de
empezar cualquier cosa criticando y barriendo todo lo anterior;
pensando que los de antes han sido incapaces de hacer absolutamente
nada y asumiendo que los que vienen serán capaces de resolver
absolutamente todo; despreciando lo que existe y suponiendo necesario
cambiarlo todo desde el principio. Así, lo cierto es que
terminamos llevándonos por el medio lo poco que modestamente,
reparando en nuestra realidad y limitaciones, gracias al sentido
común y a cierto instinto de sobrevivir, a pesar de las "revoluciones",
se ha ido construyendo.
Si esto ha sido perjudicial para el desarrollo de una institucionalidad
y una ciudadanía en Venezuela, no creo que pueda aportarnos
ningún bien cuando nos proponemos es formar ciudadanos cultos,
cualquiera que sea la forma en que esta expresión pueda entenderse.
Porque si la cultura es cultivo, es lograr un cierto espesor del
alma hecho de capas y capas reflexivas de experiencia con las formas
estéticas y culturales, no veo cómo podría
ayudarnos a ello una tradición de rupturas. Sobre todo si
éstas se hacen cargadas de odio, de sentimientos de inferioridad,
de resentimientos y rechazo radical, queriendo lograr algo que supuestamente
"debe ser", pero que siempre es demasiado extraño
o demasiado ambicioso como para que cuaje en nosotros.
En fin, que ese título (a pesar de que los autores han tenido
el recato de no plagarlo de las mayúsculas subjetivas que
llenan las formulaciones de nuestros grandiosos proyectos, lo cual
no es poca cosa) me suena demasiado a Gran Venezuela. Me suena demasiado
a complacer megalomanías y a proponerse quimeras. Y mi intento
fallido de leerlo (fallido porque su lenguaje abstruso, plagado
de la acomplejada terminología técnica al uso de sociólogos
y abogados, me hizo difícil pasar de las primeras páginas)
termina de instalarme en mi resistencia y por apuntalar mi desconfianza.
Eso, a pesar de que -lo confieso- los primeros pasos de este proceso,
los nombramientos hechos, afortunadamente en su mayoría no
parecen tan "revolucionarios".
En pocas palabras, mi recelo es este: ¿Por qué estos
señores no dijeron lo que se proponen hacer con sentido común,
claridad y sencillez? Sospecho que se debe a que, como ya es tradición
en nuestros formuladores de cambios radicales, ellos también
desprecian el sentido común, la claridad y sencillez. No
se proponen entonces nada sensato, claro y sencillo. Que justamente,
creo, es lo que nos conviene hacer cuando tenemos tan poquito como
nosotros en el campo institucional y cultural.
Yo entonces, me atrevo a hacer dos advertencias a quienes emprenden
este trillado camino de cambiar todo y comenzar de nuevo, ahora
sí, definitivamente. La primera, es que tengan cuidado con
la tentación de la utopía. Y eso se relaciona con
las expectativas que se suele tener de los intelectuales en estos
procesos. Una utopía es la concepción de un estado
ideal para la humanidad y el intento de establecerlo en la tierra.
Siempre han existido utopías, desde luego. Pero para unas
tradiciones han tenido como función educar las inteligencias
para analizar el mundo, mientras que para otras han servido para
fundar planes tecnocráticos.
Los intelectuales modernos se han sentido a menudo conminados a
crear o alimentar nuevas utopías. Sobre eso deberían
nuestros revolucionarios reflexionar. ¿Es verdad que les
corresponde fundar la fe en un proyecto social determinado y justificar
los sacrificios que se derivan de su desarrollo? ¿El anhelo
de las utopías (establecer el reino de los cielos en la tierra)
es realizable o deseable? Yo optaría por decir que, si algo
debe hacer el intelectual, es tratar de inducir a una conciencia
lúcida sobre las limitaciones propias de la condición
humana para alcanzar la solución de todos sus males. Es decir,
no tiene por qué propiciar el surgimiento de la moral del
creyente que se acoge fielmente a un dogma, ni el conformismo con
un estado de cosas dado. Para evaluar o proponer políticas,
el intelectual no puede ser un proveedor de esperanzas ni un defensor
del soberano bien, sino alguien que sabe que, como en lo humano
no cabe ni el bien ni el mal absolutos, sólo puede ayudar
a distinguir entre lo aceptable y lo inaceptable, entre lo mejor
y lo peor. Y su compromiso, si acaso lo hubiere, es educar en este
sentido.
La segunda advertencia, es que se tenga cuidado con promover una
escisión demasiado radical entre cultura y vida cotidiana,
o entre tradicionalismos y universalismos, y un maniqueísmo
al concebir las relaciones entre estas alternativas. Se refiere
entonces al ciudadano que se quiere contribuir a formar.
Y aquí hay que recelar entonces de "los gritos de Casandra",
de las quejas de Occidente entero, contra la supuesta decadencia
de la cultura seria o la desaparición de las tradiciones
culturales regionales. En especial, de nuestra versión tercermundista
contra la globalización y de la defensa impostada de una
identidad cultural que no tenemos. De la condenación resentida
de los centros comerciales, la televisión, los supermercados,
las computadoras, la tecnología y una larga serie de etcéteras.
Este discurso se manifiesta en la moda del relativismo cultural
y en el elogio de la diferencia que está muy presente en
los Lineamientos que dan origen a esta nota.
No puedo negar que cuando paso frente al Sambil siento que hay algo
de verdad en ello. Sin embargo, no estoy segura de que la solución
adecuada sea asignarle un puesto de honor a la cultura, en el sentido
más elevado del término, ni dedicarnos al rescate
de unas tradiciones y una identidad que hace tiempo han dejado de
ser significativas para nosotros. Ni mucho menos, me parece prudente
denigrar de la cultura, así entendida, en defensa de la realidad
político-social, ni tomar como bandera política un
nacionalismo empobrecedor en ese campo que naturalmente tiende al
universalismo.
Plantear el problema como una elección entre la cultura y
la vida, entre la realidad material y concreta y la espiritualidad
y la belleza, o entre lo regional y lo universal, es simplificar
un debate mucho más complejo.
¿Vida cotidiana y vida intelectiva o cultural en verdad se
enfrentan y se trata de optar por promover una u otra? ¿Puede
decirse lo mismo de las culturas tradicionales frente a la globalización?
Tomando en cuenta las diferencias entre estos dos problemas, que
las hay, creo que la respuesta es no en ambos casos.
La oposición donde el arte está en los antípodas
de la gris rutina cotidiana, donde el artista incomprendido enfrenta
a su público burgués, donde el lenguaje poético
y culto se enfrenta a la lengua común, o donde las culturas
tradicionales deben resistir una globalización avasallante,
me parece una herencia romántica poco útil.
La verdadera alternativa es la contraria. Esa en la que el pensamiento
y la vida, o lo propio y lo ajeno, se impregnan y fecundan mutuamente
en lugar de oponerse y excluirse. Lo más enriquecedor, me
parece, es optar por un ideal de armoniosa continuidad entre lo
material y lo espiritual, por un diálogo entre lo nacional
y lo universal. Y no tener que optar, de manera excluyente, por
un ideal aristocrático o plebeyo o una cultura nacionalista
o universalista.
¿Puede la alta cultura, o la cultura regulada y promovida
por el Estado de acuerdo con un proyecto político, promover
la verdadera formación y el enriquecimiento personal de los
individuos? No lo creo. No me parece deseable, ni realista, santificar
el arte y despreciar lo cotidiano. Y tampoco satanizar lo mejor
de la cultura universal, o los indetenibles progresos de la industria
de la comunicación, la tecnología, el espectáculo
y el entretenimiento, a favor de una impostada, hierática
y muerta identidad nacional.
Sandra
Caula. Ensayista
La Constitución postergada
No
es fácil resistir la tentación de aludir a la patética
"revolución cultural" de estos días, pero
hagamos el esfuerzo y dejemos que las hojas de ese suculento rábano
sean tomadas por los buenos cronistas de los disparates criollos.
Esta vez nos ocupa la necesidad de un verdadero cambio en "el
sector", cuyas pautas han sido claramente trazadas en la nueva
Constitución de la República.
Lo primero: quienes tienen responsabilidad en la conducción
del centralizado aparato cultural del Estado se están "haciendo
los locos" con la aplicación del programa constitucional.
Si no, ¿cómo explicar la absurda coexistencia del
despacho de un viceministro (mal llamado Viceministerio) con el
vigente principio de autonomía de la administración
cultural pública? Piénsese, además, que no
estamos en presencia de la cómoda perpetuación de
un modelo derogado, sino de algo peor: de una programada involución.
Así, el paquidérmico Conac, por su carácter
de instituto autónomo, luce mucho más avenido con
el nuevo esquema, que el pomposo pseudoviceministerio. Nada más
lejos de la ruta autonómica y descentralizadora que el camino
tomado por ese anacrónico despacho: concentración
de poder en una instancia unipersonal y descarado desacato a decisiones
que representaban el inicio de un cambio importante. Me estoy refiriendo
a la instalación de los Consejos Estadales de Cultura y Patrimonio,
aprobada por el extinto directorio del Conac en el mes de mayo de
2000 y que de manera abrupta y autoritaria fue suspendida sin explicación
racional alguna. Después de su clamorosa apertura merideña,
este programa, que comportaba un importante avance en el traslado
de competencias a los estados y municipios, fue paladinamente suprimido.
Desconozco si alguna caricatura del mismo ha sido puesta en práctica.
Espero que no. Es preferible la inacción ("cordura",
según Borges) antes que la grotesca producción de
un Golem "tosco y anormal", por parte de algunos impostores.
Lo segundo: "el sector" (para seguir usando la jerga administrativa)
no se ha percatado a ciencia cierta del rumbo que le marca la Constitución.
Es urgente superar ese despiste, muy propio de una comunidad que
ha resultado ser más pasiva de lo que sus proverbiales querellas
internas hacían suponer. Se agrega a ello el lastimoso espectáculo
del silencio cómplice que protagonizan algunos enterados
de la inepcia e irresponsabilidad reinante o la alcahuetería
disfrazada de "corrección política" de quienes
a la hora de ser interpelados sobre algún evidente despropósito,
emplean lo que González Prada llamó "el arte
infame de hablar a media voz". Sin un descarnado análisis
de lo que tenemos enfrente, no podemos proponer soluciones válidas
y radicales. Sin el sano y fecundo disenso, no habrá consenso
legítimo.
Es imprescindible en este momento un amplio debate en el que podamos
evaluar experiencias de antaño y de hogaño, así
como deslindar y determinar los conceptos básicos de una
política cultural fundada en las cláusulas de nuestra
novísima Constitución. De esa manera, exploraríamos
los cauces para una vigorosa transformación de la institucionalidad
cultural, cuyas piezas claves han de ser la autonomía y la
descentralización. A propósito, observo con preocupación
que esta última aparece bastante disminuida como opción
en el documento publicado por el Conac bajo el nombre de Lineamientos
generales para la elaboración del proyecto de Ley Orgánica
de la Cultura. ¿La supresión del programa de los Consejos
Estadales no tendrá que ver con cierta aversión a
la transferencia de potestades del poder nacional a las regiones?
Algunos expertos también excluyen el desideratum de la descentralización,
como si la cultura quedase reducida a cuatro artículos de
la Carta Magna. No debemos olvidar que ésta no es una suma
de fragmentos, sino un cuerpo normativo unitario. Así, su
artículo 158 establece que la descentralización es
una política nacional y no una mera técnica de redistribución
de competencias. Pero no se quedó ahí el constituyente.
Además de fijar la obligación descentralizadora hacia
los estados y municipios, tuvo el buen tino de incluir un dispositivo
(artículo 184) que le otorga a las comunidades y grupos vecinales
la posibilidad de gestionar directamente servicios como el de la
cultura. ¿Han revisado esa norma los "expertos del Consejo
de Asesoría Jurídica del despacho del viceministro?"
(si nos guiamos por el citado documento del Conac, esta pregunta
termina siendo retórica). El aludido precepto es, sin duda,
una herramienta extraordinaria para desarrollar el principio de
participación cultural, tan relevante en la Constitución.
Conforma al lado de las cláusulas autonómicas y descentralizadoras
un régimen jurídico que nos aproxima bastante a un
Estado de Cultura, soñado por algunos ilustres venezolanos
de las primeras y sucesivas repúblicas.
Si de "interesadas" omisiones se trata, consigno otra.
A la hora de abordar el tema de la llamada "Ley de Mecenazgo",
el discurso prevalente da la impresión de que se fundamenta
sólo en una norma: la contenida en el artículo 100.
Con base en la misma, el sector económico privado parece
clamar en nota de "sinfonía en gris mayor": "¡Estimúlenme,
incentívenme!", como si la cultura tuviera que ganarse
siempre con regalos especiales el derecho a ser apoyada. ¡Ojo!
Revísese otro dispositivo básico de la Constitución,
antes de regular la materia. Me refiero al artículo 135 que
permite imponerle a los particulares, según sus recursos,
determinadas obligaciones por razones de solidaridad, en aquellos
servicios que con fines de bienestar social presta el Estado. ¿Debemos
excluir a la cultura de esa posibilidad? Este tema debe formar parte
del libre debate propuesto y no limitarnos a la copia mecánica
de normas fiscales foráneas, con el nombre de la Ley incluido
("Mecenazgo"), sin cuestionar su pertinencia. Sin menoscabar
la línea maestra de los necesarios incentivos al sector privado,
la carta de la ética debe aparecer en la mesa de la discusión.
Si la solidaridad se estimula con desgravámenes inexorablemente
deja de ser tal. Una armoniosa conciliación de las dos normas
y un amplio análisis de las diversas situaciones, facilitará
un "mecenazgo" de mayor cobertura.
No podemos seguir postergando la aplicación de la novedosa
constitución cultural con que contamos. Una visión
contextual de la misma puede impulsar desde ahora un proceso donde
la cultura sea para el país el centro que nunca ha sido.
No es con adscripciones a un ministerio determinado o con fusiones
mecánicas de institutos que lograremos avanzar. Retomar los
aportes de una tradición olvidada (la escuela, la casa, la
plaza y el barrio, como ámbitos de la cultura) desde una
perspectiva amplia y no meramente funcional o burocrática
y dialogar con el pasado sin ningún afán destructivo,
puede hacernos mejores seres humanos, aunque quizá no nos
haga "revolucionarios". Me conformo con lo primero.
Freddy
Castillo Castellanos. Ensayista
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