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Tributo
Antonia
Palacios y el lento oscilar de su escritura
Una escritura
que se sabe signada por la soledad, por el desamparo que conduce
a la muerte, la de Antonia Palacios toma el camino de una intimidad
que se enfrenta a sí misma, que se busca, tal como refiere Judit
Gerendas, "en ese proceso en constante desplazamiento, en espacios
caracterizados por haber sido ya recorridos por el silencio". Una
escritura que conjuga la narrativa y la poesía en una "tentativa
de recuperar a través de la memoria a esos seres amados que se han
ido". De este modo cree poder atrapar lo inapresable: "…el tiempo,
tan denso, tan sin fin"

Foto:
Vasco Szinetar
Antonia Palacios dio forma a la "fugacidad del gesto,
a la imagen sumergida en la memoria"
La
escritura de Antonia Palacios, de extrema belleza, trenza
su discurso alrededor de la nostalgia por seres que ya no existen,
con un lenguaje capaz de hacernos sentir una leve oscilación,
una movilidad percibida como una mínima vibración
que, en oposición contradictoria, en ciertos momentos puede
transformarse en una inmovilidad paralizante.
A partir de un incesante interrogarse por vidas que se han escapado,
desde la tristeza infinita producida por el decisivo hecho de la
muerte, emerge la tentativa de recuperar a través de la memoria
a esos seres amados que se han ido, y se crea una atmósfera
signada por la desolación, en breves narraciones intensamente
dramáticas y en poemas en prosa de imágenes de excepcional
intensidad.
Los mundos fantasmagóricos de ausencias y de pérdidas
son evocados por una conciencia que les otorga forma, para hacerlos
retornar en una escritura de particular sonoridad, cuyo ritmo produce
un efecto de movimiento contenido, intenso y concentrado, como si
fuera apenas el de una breve respiración. Escritura hecha
de aliteraciones y generadora de una musicalidad a veces disonante,
en correspondencia con el universo representado, signado por la
soledad y la incomunicación.
Es una escritura que se nutre de una visión fundada sobre
el oxímoron, en el que lo inasible se opone a momentos que
parecen congelados y la nostalgia por los seres amados a la dura
convicción de que toda posibilidad de comunicación
está ya ocluida.
La autora logra plasmar el movimiento, hacerlo perceptible en el
tiempo y en el espacio, hacernos sentir ese lento oscilar que ofrece
el título de uno de sus textos más memorables.
En ese texto, perteneciente al volumen El largo día
ya seguro (1975), todo se desplaza de una forma casi imperceptible.
La estabilidad de los objetos y del espacio mismo se disuelve en
el titilar de la luz y se transforma en algo fantasmal. El movimiento
de la mecedora representada se corresponde con el del texto, con
su vaivén, con su lenta oscilación. Todo aquí
tiende a un desprenderse, a un alejarse, en una intensa poetización
del movimiento.
Se trata de una escritura del despojamiento, cuya significación
última reside en el desamparo, en ese irse reiterativo que
desemboca en la muerte. Las bellas y trágicas imágenes
se subrayan mediante los recursos de la anáfora y de la aliteración:
"Irse perdiendo en las ausencias, sin la piel, sin el roce,
sin aliento. Irse quedando sin forma, sin presencia. Irse volviendo
polvo lentamente, polvo soplado por el viento" (Hondo
temblor de lo secreto, 1993, p. 17) .
La hablante lírica de estos textos se busca a sí misma,
en ese proceso en constante desplazamiento, en espacios caracterizados
por haber sido ya recorridos por el silencio. El movimiento perenne
plasmado en ellos generalmente no conduce a ninguna parte y se orienta
por rumbos desvaídos. Se escrutan sin piedad los pasos de
las figuras poetizadas, que se desplazan en el seno de la noche
y del olvido. Asistimos a la lenta marcha de los personajes y de
la propia hablante poética representada, que constituyen
una caravana de gente en fuga, participando de una marcha fúnebre
dolorosamente marcada por la fugacidad del tiempo.
Los recuerdos, temblorosos, flotantes, son los que generan el leve
movimiento, algunas veces suave y rítmico, otras áspero
y destemplado. La memoria recorre el espacio del tiempo, proustianamente,
impulsado por un vehemente deseo de reencuentro, aunque con la lúcida
conciencia de lo limitado de sus opciones.
Es un mínimo moverse, que termina siendo casi detenido en
el tiempo y en el espacio, en ese "hondo temblor de lo secreto"
que le da título a uno de sus últimos libros. El proceso
de vida, marcado por la soledad, se manifiesta a través de
estos mínimos gestos flexibles y girar de los cuerpos: a
través de la oscilación y del temblor.
Desde la mirada de la autora, entonces, la vida es un desplazamiento
que tiene lugar en espacios que frecuentemente no conducen a ninguna
parte, y se encuentran en medio de "esquinas sin destino".
Dentro de estos espacios se instala la ausencia y, junto con ella,
el deseo por la recuperación. Pero los puntos de apoyo se
vuelven inservibles, en medio de la desolación, y entonces
el deseo se va transfiriendo a un espacio utópico, en el
que puedan materializarse los sueños, los de la nostalgia,
espacios abiertos y aéreos en los que podría quizás
recuperarse el pasado, la infancia, los seres perdidos y los mundos
lejanos.
El otro espacio, el representado como lo real, se transforma en
un lugar primario y degradado, aunque incluso de un sitio tan abyecto
es posible aún ser desalojado: "No importa que te empujen,
te saquen de tu sitio, de tu propio agujero, guarida apenas, escondido
refugio"(Ob. cit., p. 31) . El mundo propio, de tal
manera devaluado, se siente estéril, desértico. Está
constituido por sitios que aprisionan, asfixian y limitan, en medio
de los cuales sólo se encuentran el vacío, la soledad
y la incomunicación.
Este espacio termina por contaminarse de inestabilidad y por ser
ocupado por lacerantes presencias. Las distancias cambian y se borran,
los límites se contraen y todo se diluye. En él se
mueven personajes fantasmagóricos, como en el oscilar de
un espejismo. La escritura logra dar cuenta de una tenue sustancia,
de la inefable presencia del aire. El ser humano representado, ese
ser querido por el cual se indaga, termina ubicándose en
el lugar de la fantasía, el espacio donde, quizás,
el misterio de la existencia pueda ser develado.
El aire, algo de por sí etéreo, de esta manera asediado,
intensifica su condición, disolviéndose y haciendo
contrapunto con el temblor y con la oscilación. En una última
vuelta de tuerca, sería lo único que podría
poseerse: "Empuño el aire con esta mano mía que
se estira en posesión de espacios" (Ob. cit.,
p. 45) .
La hablante se fusiona con el aire, a través del aliento,
el aire propio, la evanescencia, la presencia trémula de
su voz solitaria que se levanta en el universo así construido.
Al mismo tiempo, y en oposición oximorónica, hay también
un intenso sentir del propio cuerpo en movimiento, una conciencia
de su altivez y de su desamparo. La nostalgia por cuerpos ya inexistentes
convive con la seducción y el horror producidos por la muerte.
El cuerpo, el lugar de la devastación, remite a la condición
animal, al estar sujeto a las leyes de lo biológico. Pero,
a la vez, proporciona la forma desde donde se impulsa el deseo.
La visión en opuestos, la contradicción oximorónica,
lleva al texto a oscilar nuevamente, a un vaivén que desemboca
en la percepción del rostro propio como el espacio de la
pérdida de la identidad, como algo amorfo, cuerpo vaciado,
lugar para la nada, el centro de un deseo por siempre imposible
de satisfacer. Esta dualidad no resuelta, dentro de la cual se instaura
la duda, produce la oscilante contradicción que es la fuente
generadora de sentido.
Ante el desamparo del rostro frente al mundo, la hablante intenta
asir el tiempo, ése que se encuentra más allá
de lo real inmediato y que, como todo en este universo literario,
se halla en movimiento. Pero hay también un tiempo otro,
interno, que se opone al tiempo del afuera; aunque es fugaz y se
escapa pareciera ser capaz de convertirse en sustancia; mientras,
siempre en el registro del oxímoron, la voz poética
sueña con la atemporalidad. El tiempo parece estar abolido
y, a la vez, ser monstruosamente omnipresente.
Nos sobrecoge la grandeza de la búsqueda de Antonia Palacios
tras de lo imposible, intentando atrapar lo inapresable: "No
sé cómo enfrentar el tiempo, tan denso, tan sin fin"
(Ese oscuro animal del sueño, 1991, p. 19).
Ha logrado expresar la desgarrada desolación por la ausencia
y por la pérdida, y su voz ha logrado hacernos sentir el
silencio, un silencio que se percibe como algo vivo, material, audible,
una presencia escalofriante. El ser se vuelve hacia adentro, escuchando
ya solamente ecos, los de un tiempo interno detenido: "Yo sigo
pensando hacia adentro, allí donde resuena el eco de mi propia
nostalgia, donde todo se quema y la hora es inmortal" (Hondo
temblor de lo secreto, p. 14).
No puedo dejar de asociar la escritura de Antonia Palacios
con la de otras dos grandes escritoras venezolanas: Victoria
de Stefano y Hanni Ossott. Ellas han logrado expresar
el intenso anhelo de explorar la existencia, en su sentido ontológico,
y lo han hecho con pasión, sin actitudes complacientes, ni
consigo mismas ni con el lector. La indagación de la realidad
en constante transformación ha llevado a las tres a usar
la construcción oximorónica en sus textos. Han explorado
sin piedad su tiempo personal, impulsadas por el proyecto de inquirir
acerca de la vida y de la muerte.
Antonia Palacios, a lo largo de su sostenida producción
literaria, logró crear en sus textos un lento oscilar, un
discurso en movimiento, un columpiarse fugaz entre el ser y la extinción,
entre la presencia y el recuerdo. La tristeza y el despojamiento,
el espíritu trágico, se expresan en sus espacios textuales
a través de la movilidad, del vaivén. Logró
darle forma a la fugacidad del gesto, a la imagen sumergida en la
memoria, y, más allá del tiempo, a ese hondo temblor
de lo secreto.
Judit
Gerendas. Narradora y ensayista
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