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Ultimo Sábado
Dos
novelas alemanas (II)
Inventor
de acertijos ajedrecísticos, como lo califica Rafael Castillo Zapata,
el escritor de ficciones construye una verdad aparente que suspende
la incredulidad del lector a la hora de descifrar los enigmas que
el relato, al igual que un tablero de ajedrez, despliega en su trama.
Y es precisamente eligiendo "la escena emblemática del ajedrez como
motor de arranque" que dos novelas: En busca de Klingsor de
Volpi y Amphitryon de Padilla -comentada en este espacio-
tejen sus intrigas, armadas a partir de la experiencia de la guerra
en la historia alemana

Robert
Capa/ Madrid, noviembre-diciembre, 1936
"Los
problemas de ajedrez exigen del compositor las mismas cualidades
que caracterizan a cualquier otra actividad artística: originalidad,
inventiva, concisión, armonía, complejidad, y una
espléndida falta de sinceridad", escribió Nabokov,
ajedrecista diestro que, en ratos de ocio, entre novela y novela
y expedición entomológica, compuso complejos, irónicos,
paradójicos problemas de ajedrez. Como el inventor de acertijos
ajedrecísticos, como estratega sobre el tablero de un mapa
de campaña o de batalla, el escritor de ficciones se reconoce
por "su espléndida falta de sinceridad"; su trabajo
es tejer engaños, y hacerlos creíbles, mediante sutiles
trampas. Ya lo decía inimitablemente Coleridge, el
relato de ficción se basa en la posibilidad de construir
"una apariencia suficiente de verdad como para que el lector
de estas sombras de la imaginación estuviera dispuesto a
esa voluntaria y momentánea suspensión de la incredulidad
que constituye la fe poética". Fe poética y fe
lúdica coinciden en el arte de componer enigmas (los problemas
de ajedrez lo son; los relatos, por su parte, no son otra cosa que
enigmas desplegados, infinitamente pospuestos en su resolución).
De ese modo, al elegir la escena emblemática del ajedrez
como motor de arranque, bastidor simbólico a partir del cual
se despliega el mecanismo de la trama, Padilla y Volpi
se muestran conscientes de esa filiación fundacional entre
la ficción y el juego: la novela como una apuesta que se
define sobre las posibilidades infinitas de un tablero sobre el
cual, en parte por azar y en parte por el cálculo de las
dos inteligencias que se retan (el escritor que diseña su
acertijo y el lector que acepta el reto de descifrarlo), se mueven
las piezas de una aventura inventada.
Esta
invención, no obstante, en el caso de Padilla y de
Volpi, se arma a partir de un dato expoliado del archivo de
la historia oficial. Ambos, como vimos, escogen precisamente un
fragmento de la historia alemana que ha devenido mundial, transcontinental:
la experiencia de la guerra, el sentimiento de la derrota, el ascenso
y la caída del nazismo, la posterior persecución de
los criminales responsables del exterminio judío. Como dice
uno de los narradores de Amphitryon (Madrid, Espasa
Calpe, 2000) la novela surge de los vacíos, de las lagunas
que la Historia, con mayúscula, "va dejando al dilatarse
sobre el tiempo de los hombres y de las naciones". Uno de esos
vacíos que se presentan como mina de posibilidades ficcionales
es el que se ofrece en el caso de Adolf Eichmann, el célebre
criminal de guerra que sobrevivió a la derrota de Alemania
ocultándose bajo diversas identidades supuestas (Martin Borman,
Ricardo Klement), hasta su captura en mayo de 1960 en Buenos Aires.
A pesar de las pruebas aparentemente concluyentes acerca de la verdadera
identidad del hombre que murió en la horca en Tel Aviv dos
años después, tras haber sido hallado culpable en
el juicio que se le siguió en Jerusalem -de cuyas implicaciones
morales y políticas el libro de Hanna Arendt, Eichmann
en Jerusalem, es uno de los documentos más reveladores
que puedan leerse-, nunca pudo rebatirse la posición de los
que opinaban que en lugar de Adolf Eichmann había sido ajusticiado
otro sujeto, un doble, un suplantador. Es precisamente en este bache
irresuelto de la historia reciente, donde Padilla decide
desplegar el juego de especulaciones que anima el desarrollo de
su novela.
La idea de la suplantación sistemática de personalidades
de la alta jerarquía nazi durante los últimos años
de la guerra da pie para construir un agobiante y meticuloso fresco
de Alemania entre 1916 y 1945. Al comienzo de la aventura en la
que se van dosificando sabiamente los indicios de un enigma complejo,
dos hombres apuestan sus identidades frente a un tablero de ajedrez;
al término de la partida, en un tren que marcha lleno de
tropas hacia la zona de los combates, la laberíntica superposición
de las personalidades de Thadeus Dreyer y de Viktor Kretzschmar
se convertirá en el eje alrededor del cual gire el desarrollo
de una lucubración bélica minuciosamente tramada,
por la que circulan personajes memorables (el narrador a sueldo
Daniel Sanderson, el falsificador de cuadros e intuitivo detective
Remigio Cossini, el cínico soldado Alikoshka Goliadkin, y,
por supuesto, el propio, ubicuo, múltiple, misterioso Thadeus
Dreyer, consumado jugador de ajedrez, como el propio Eichmann).
La incertidumbre acerca de las razones que determinan el movimiento
de los personajes y su implicación en unos acontecimientos
de los que no son del todo responsables, no abandona nunca a quien,
leyendo, sigue intrigado el desarrollo de la historia. Pero son
los propios personajes los que viven esta incertidumbre como piezas
de un juego de ajedrez diabólico -humano, demasiado humano,
como lo demostró la experiencia alemana de eso que Hanna
Arendt llamó radicalidad del mal-: "comencé
a creer que la mano de mi viejo contrincante de ajedrez tiraba de
los hilos de mi vida aun desde ultratumba, como si los más
hondos rincones de mi existencia hubieran estado siempre a su merced,
desplegados ante sus ojos como piezas raquíticas sobre un
tablero de alabastro".
Rafael
Castillo Zapata. Ensayista y poeta
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