A CIEN AÑOS DE
SU NACIMIENTO
Mariano
Picón-Salas y el ensayo
"¿Puede la
palabra del ensayista poseer la misma convicción de su legado
humanista, puede hoy prometer 'ayudar a buscar una salida'?",
se pregunta Jorge Romero León luego de leer a Mariano Picón-Salas
y reconocer en su escritura un rol "salvador", una promesa de
redención o "guía de las necesidades y urgencias históricas de
la sociedad". De allí que Romero identifique al ensayo como "el
más mesiánico de los géneros". Un género que, además, visto desde
la perspectiva de Picón-Salas, se ocupa de "los problemas del
hombre como 'ser historiante'"

Iconografía
de Mariano Picón-Salas/Biblioteca Ayacucho
Picón-Salas:
"Parezco condenado a convertir
en ensayo todo cuanto toco"
Me
parece ésta una gran oportunidad para reflexionar, a través
de algunos de los ensayos de Picón-Salas, acerca
de las posibilidades de la escritura, la literatura, el ensayo
y el saber humanístico en la Venezuela de hoy. Y deseo
hacer esto de la manera más directa y concreta que conozco:
como si estuviéramos -de hecho estamos- en un salón
de clases. De paso, creo que, a diferencia de las llamadas ciencias
"duras", el espacio de la docencia es el más
apropiado para la investigación en las denominadas ciencias
humanas o sociales. Para ello, voy a proceder como si estuviera
poniendo en escena una clase sobre el significado de la escritura
y el ensayo para Picón-Salas; tomaremos algunas
de las ideas del propio Picón-Salas y las comentaremos,
al mismo tiempo que formularemos algunas preguntas sin afán
de responderlas; tan sólo las haremos para llevarlas con
nosotros a otra clase. Quiero comenzar con la siguiente frase:
"
son los problemas del hombre como ser historiante,
los que me preocupan más" ("Y va de ensayo",
Nuevos y viejos mundos / Biblioteca Ayacucho, Caracas,
1993, p. 501).
He aquí una delimitación del tema y la reflexión
de la cual se ocupa el ensayo: los problemas del hombre en la
historia o del hombre como hacedor de la historia. Es bueno remarcar,
en primer lugar, la amplitud del tema, del espectro temático
del ensayo. No se trata concretamente de un tema sino de una condición,
de un marco, de un "ambiente", podríamos decir,
de problemas donde se desarrolla o se mueve el ensayo: "
más
que el talento que se revela en determinada obra literaria, provoca
aplaudir la problemática dificultad que le dio origen"
(Ob. cit., p. 502), sostiene Picón. De hecho,
el asunto o el tema del ensayo puede ser un libro, un autor, un
episodio de la vida cotidiana: una frase, un evento, un invento
Sin embargo, para el ensayo y el ensayista ello no tiene otra
importancia que la de relacionarse con el "ser historiante"
del hombre. Importan por lo que tienen de "historiables";
esto es: de hacedores o participantes de la historia.
En segundo lugar, es bueno remarcar la importancia que le da Picón-Salas
al sitio de la historia y del hombre en ella o dentro de ella.
El no la representa en el sentido de imitar hechos o eventos,
aunque sea un relato más imaginado y construido que real.
El sujeto no se halla ni antes ni después, independientemente
de la época vivida o conocida, bien sea el período
colonial o el presente. A los ojos de Picón, el
sujeto es su hacedor, su "órgano". Es ella misma.
Y es desde esta puntualidad, esta presencia o existencia (no esencia),
por llamarla de algún modo, que interesa reflexionar acerca
del pasado y el porvenir: desde un punto presente y existente,
no desde algo esencial, abstracto y programático.
Del mismo modo que el artista, como el célebre fotógrafo
de Las babas del diablo de Cortázar,
halla un fragmento esencial donde se cifra la necesidad expresiva
de la obra, el instante donde todo se revela, el ensayista encuentra
el punto, el ser histórico, la inquietud o necesidad histórica
desde la cual se configura el lugar necesario del ensayo. Desde
este punto de vista, los temas del ensayo no son tan azarosos.
Detrás de su apariencia aleatoria se esconde una necesidad:
los problemas del hombre como "ser historiante".
Según esto, se trata de uno de los géneros, si no
el propio o único, que se ocupa de lo historiable o historiante
en (del) el sujeto. Si la novela simula un tiempo total donde
convergen yuxtaponiéndose una serie de microrrelatos o
vidas dentro de una unidad temporal "vacía"*,
debido a su abstracción o totalidad, el ensayo nos proporciona
un lugar siempre histórico (una serie de problemas y preguntas)
desde el cual se ordena, se comprende o se sostiene en un eje
temporal una serie de temas y acontecimientos. Toda la obra de
Picón-Salas, particularmente "Comprensión
de Venezuela" (1948), o "La aventura venezolana",
publicada alrededor de los sesenta, no puede ser comprendida de
otra manera.
"En Venezuela adolecemos todavía de improvisación
y pereza mental (
) cada mañana que me siente frente
a la máquina de escribir debo secretar un ensayo para no
desmerecer tan honrosa clasificación. (
) Parezco
condenado a convertir en ensayo todo cuanto toco
"
(Ob. cit., p. 501).
Vuelve a reafirmarse, como bien podemos ver, lo necesario
del género. Y esta necesidad se expresa en varios niveles:
uno cultural; el país lo requiere, es necesario para éste
porque de ese modo se colabora con el desvanecimiento de la "improvisación
y la pereza mental". Acompañado de la reflexión,
el ensayo disuelve lo obvio y natural en virtud de lo inteligible:
lo revelado y explicitado por el pensamiento, la escritura, la
inteligencia y la imaginación. Esto es muy importante,
pues nos señala uno de los horizontes, una de las fronteras
más importantes de toda escritura, particularmente la ensayística:
el lugar de la naturaleza y lo orgánico en la escritura,
la creación y la cultura. Otro nivel, más personal
y orgánico; un deber pero esta vez más lúdico
e individual: deber "secretar un ensayo", lo cual reúne
al género con lo natural y la experiencia en detrimento
del dominio del artificio y lo abstracto que presupone toda obra
cultural y artística. Se segrega un ensayo porque este
sujeto no puede segregar (producir, escribir) otra cosa.
Es importante subrayar que Picón-Salas prolonga
un rasgo que podemos rastrear en los grandes ensayistas, desde
Montaigne hasta Benjamin pasando por Martí
y Virginia Woolf: el reencuentro de la escritura, del
discurso, del arte (siempre artificial) con la naturaleza, lo
orgánico y la vivencia. Y, en este sentido, aquí
estamos en presencia de aquello que lo separa del ejercicio filosófico
y teórico.
No obstante, Picón-Salas, aun confrontando a éstos
con el ensayo, busca tender entre ellos puentes, no romperlos:
"La función del ensayista -cuando lo es como Carlyle,
Emerson, Santayana, Unamuno- parece conciliar
la Poesía y la Filosofía, tiende un extraño
puente entre el mundo de las imágenes y el de los conceptos,
previene un poco al hombre entre las oscuras vueltas del laberinto
y quiere ayudar a buscar un agujero de salida. No pretende como
el filósofo ofrecer un sistema del mundo intemporalmente
válido, sino procede de la situación o el conflicto
inmediato" (Ob. cit., p. 503).
Intentando tender estos puentes, Picón-Salas resaltó
el carácter híbrido del ensayo. Está compuesto
simultáneamente por la poesía y la filosofía,
por la imagen y el concepto. Se trataría entonces de un
género del discurso que constantemente renegocia con los
géneros totalizantes y canónicos, ya poseedores
de un lugar dentro de las instituciones literarias y sociales
del discurso. Pero, al lado de ese rol negociador, posee una misión
que tal vez no posean los otros géneros: un rol "salvador",
ayudante o guía de las necesidades y urgencias históricas
de la sociedad. En este sentido, creo que el ensayo, tal y como
lo entiende Picón-Salas, es el más mesiánico
de los géneros; es decir, guarda una promesa. O mejor dicho,
es, entre los modernos, el género que más se conecta
con los complejos y las necesidades mesiánicas y transformadoras
del sujeto, en el sentido de prometer, al comprender y entender,
un mundo mejor, de ofrecer salidas, reformar y redimir.
Desde esta perspectiva, no podemos pasar por alto el estatus que
Picón-Salas otorgaba a la palabra y la literatura:
ella redime, salva, promete, ayuda a buscar, a encontrar. Es éste
uno de los sentidos que nos permiten entroncar a Picón
con toda una tradición humanista de la palabra poética.
Sin embargo, el propio Picón desconfía de
ese humanismo o del carácter presuntamente imperturbable
de ese rol de la palabra escrita y la literatura: "
También
la literatura -nos dice- como todo producto humano se pone una
máscara que en nuestra edad puede ser una máscara
de gases" (Ob. cit., p. 503). En otros términos,
también la literatura, el arte y la cultura pueden apartarse
de su función netamente humanista, creadora, indagadora
del hombre dentro del hombre y volverse inconscientes y ciegos;
o peor: volverse solidarios de proyectos doctrinarios cuando no
abiertamente destructores como pudo el mismo Mariano Picón
constatar tanto en la Europa de entre guerras como en la moderna
y cada vez más mediatizada y tecnocrática de los
años sesenta.
De este modo, Picón-Salas podría ser considerado
entre nosotros como un escritor de "umbrales": pertenece
y demora, en muchos aspectos, dentro de la tradición humanista,
pero al mismo tiempo se despega progresivamente de ella al sospechar
de la interrupción frecuente de esa labor trascendental
y redentora (ética y estética) de la palabra poética.
Otra de las interrogantes que emergen al leer a Picón
es la siguiente: ¿puede la palabra del ensayista poseer
la misma convicción de su legado humanista, puede hoy prometer
"ayudar a buscar una salida"? ¿Puede? ¿Debe?
Pero antes de lanzarnos a responder, recordemos que Picón
reconoce en el ensayista la inmediatez. Lo concreto de la experiencia
y la existencia frente a lo abstracto: "Es cierto que
la mayor insistencia en lo concreto, la visión no sólo
intelectual sino plástica del universo, marcarán
una amable frontera entre el ensayista y el filósofo",
escribe (Ob. cit., p. 503).
El ensayista posee, es cierto, una función redentora, salvadora,
prometedora, pero está impulsado por una fuerza o necesidad
concreta que lo hace visualizar, tener una visión, una
imagen, más que una categoría o concepto abstracto:
"
diríamos, metafóricamente, que el
ensayista escribe cuando ha caído a sus pies una manzana,
y cuando con buen olfato de cazador y de poeta advierte que algo
va a suceder o algo está sucediendo..." (Ob.
cit., p. 503).
En
este sentido, el ensayista está provisto de destrezas e
instrumentos que parecen a menudo obsoletos para el pensamiento
científico moderno: la intuición y la impresión.
A diferencia del filósofo o el científico, el ensayista,
según Picón, no construye "leyes",
sino busca, dibuja, asoma, muestra, revela "síntomas".
El mismo lo dice: "Quizás el ensayista no se atreva
a convertir en leyes toda una serie de síntomas -como puede
hacerlo el filósofo-, pero sí los perfilará
o describirá" (Ob. cit., pp. 503-504).
El síntoma es concreto, es una huella, una significación
ligada o conectada a una realidad o experiencia inmediata, casi
instantánea, pero no de algo obvio. La ley, al contrario,
es abstracta; resiste a religarse de manera inmediata, mucho menos
instantánea, a la experiencia. Lo uno nos remite a lo visible,
lo otro a lo imperceptible. Por ello es que Picón
insiste en la "visión plástica" de lo
que ocurre o sucede. Resultaría interesante que destaquemos
el sentido "médico" y semiótico de la
observación que hace el mismo Picón; el síntoma:
huella o signo de una enfermedad; revelar entonces el síntoma
equivale a "curar" pero sólo desde el ensayo,
desde la reflexión; o mejor: desde una interrogante.
En la cita anterior, Picón-Salas habla también
de la necesidad en el ensayista de describir (o relatar), no como
el novelista, cuya descripción y relato están restringidos
a los personajes y sus relaciones yuxtapuestas o simultáneas
con el tiempo y el espacio, sino como una experiencia híbrida:
personal e individual y, al mismo tiempo, intersubjetiva, real,
transferible, "realista", escribe Picón;
es decir, objetivamente real.
A pesar del dominio ético e histórico del ensayo,
tal como se desprende del conjunto de citas que hemos evocado,
el propio Picón-Salas restablece una esencia estética
y literaria en él: "
aparte de que el campo
del ensayo no es exclusivamente ético (
) el problema
se transforma en el específico de la literatura que es
como las cosas se dicen" (Ob. cit., p. 504). Aquí
se pone de relieve lo que podríamos llamar la esencia del
ensayo según Picón-Salas: esta es la escritura,
la forma, lo estético, la conciencia acerca de la forma
como las cosas se dicen. A diferencia de la filosofía,
el ensayo se detendría más en lo estético
que en lo ético, aun si, como ya vimos, el ensayo se cifra
desde una mirada ética: "La fórmula del ensayo
(
) sería la de toda literatura; tener algo que decir;
decirlo de modo que agite la conciencia y despierte la emoción
de los otros hombres, y en lengua tan personal y propia, que ella
se bautice a sí misma" (Ob. cit., p. 504).
Desde este punto de vista, los ensayos de Picón-Salas
se reencuentran con toda una tradición humanista que sostiene,
primero, el dominio del destino trascendental de la palabra poética
y escrita, y segundo, la esencia estética de los géneros
literarios, la cual será disuelta, si no rota por la contemporaneidad.
Otras dos interrogantes me vienen entonces a la mente: ¿podría
considerarse el ensayo, hoy día, como un discurso cuya
misión sea revelar los "síntomas" de algo
que ocurre? ¿Podría el ensayo tener en la actualidad
esa función curativa, casi sagrada que le daba Picón-Salas?
¿Puede hoy el ensayo representarse como una experiencia
"realista"; esto es, objetivamente "real"?
Ahora bien, tratándose de un homenaje a quien fuera uno
de los fundadores de nuestra cultura moderna democrática,
sería una lástima si perdiéramos este chance
para vincular nuestra reflexión con nuestra condición
de venezolanos, con ciertos complejos que hoy, más que
nunca, se hallan revitalizados: el entusiasmo y el pesimismo,
la euforia y la queja. Parece completamente cierta la idea de
muchos de los grandes escritores, desde Dostoievski hasta
Meneses: mientras más cerca estamos de la pobreza
más próximos también nos encontramos de las
cosas básicas y fundamentales. Es en lo marginal donde
se desentraña el mundo, sostenía Brodsky.
Mucho podría decirse del pesimismo en Picón-Salas,
como en tantos otros escritores y ensayistas venezolanos. De hecho,
creo que para nuestro escritor ésta era una de las emociones
más básicas y recurrentes del venezolano. Para tan
sólo mencionar a Bolívar, tal vez la figura
más teológica o mítica del imaginario venezolano,
sobre todo en la actualidad, ¿no decía Picón
que "podía pasar del entusiasmo al pesimismo"?
En el mismo texto, "La aventura venezolana", sostiene
que "Desde la aflicción de hoy se miraba a la dorada
promesa del mañana" (Ob. cit., p. 9). Otras veces,
al revés: desde la aflicción del pasado se vislumbra
un mejor mañana. Aflicción, queja y desgracia por
un lado, promesa, utopía y abundancia por otro. ¿Acaso
no repetimos estos mismos complejos todos los días? No
obstante no creo que el pensamiento de Picón sea
fatalista o pesimista, a pesar de guardar una gran distancia con
respecto de las euforias optimistas hoy tan acentuadas. Un verdadero
ensayo nunca es del todo optimista pues guarda siempre una función
crítica, cuestionadora, o si se prefiere, parte de las
condiciones del acontecer, de un peso histórico y político,
de la inquietud de un problema del presente que impulsa y da todo
el sentido a la reflexión. El ensayo es crítico,
no una queja. No es falsamente optimista o iluso: es (de)constructor.
En cierto modo es mesiánico y redentor, pero su mesianismo
y redención están en relación con la condición
terrenal e histórica que lo impulsó. Si el pesimismo
se afinca en la imperfección, el ensayo de Picón-Salas,
sobre todo si lo comparamos con el inventario tan negativo que
levantaron los ensayistas positivistas y modernistas, es profundamente
antipesimista; el ensayista, como pudimos ver, crea puentes entre
la historia y la imaginación, entre la historia y la filosofía,
entre el pasado y el futuro, entre la poesía y el pensamiento.
No los destruye, como suele hacer el optimismo desenfrenado de
nuestros días, sobre todo en Venezuela.
Mucho también podría escribirse sobre el pensamiento
histórico de Picón-Salas. Además de
la importancia de la historia en sus ensayos, como hemos podido
revisar, creo que lo más interesante es la mirada en cierto
modo antihistoricista de Picón. Desde su perspectiva,
lo histórico, como suelen concebirlo los pensadores más
modernos y actuales, es por encima de todo un lugar donde se cruzan
múltiples relatos; es decir que la historia sería
un cuento y no sólo el gran relato que explica, revela,
redime, subordinando todos los fragmentos. La historia, como afirmaba
citando a Américo Castro, es importante por su "vividura":
esto es la cifra política de la historia, la experiencia
que relaciona (o donde se relacionan) el sujeto con los acontecimientos
y los otros.
Ya para finalizar, vale la pena destacar que para Mariano Picón
la cultura fue el espacio o encrucijada de las necesidades históricas
del hombre. Las condiciones o el lar que configura (aunque no
explica) toda obra. De este modo, para Picón-Salas,
y en esto coincide con los pensadores más importantes de
la cultura moderna, el valor de una obra no reside tanto en su
belleza como en su intención y necesidad: indagar el hombre
dentro del hombre y el espacio político e histórico
donde se lleva a cabo esa indagación.
*Cf.
Benedict Anderson. Comunidades imaginadas (FCE,
México, 1991).
(Conferencia
leída en las IV Jornadas de Investigación y Creación
de la Escuela de Letras de la UCV, en homenaje a Don Mariano
Picón-Salas).
Jorge Romero
León. Ensayista y Director de la Escuela de Letras de la
UCV