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Apuntes
Caligrafía
y argumento
Una
suerte de memoria de aquel tiempo en el que "la literatura podía
escribirse como la música" -quedando así una prueba de su autenticidad:
el original- es recreada por Sergio Chejfec cuando se halla frente
a esa "letra incandescente de la pantalla" que borra las marcas,
"las vacilaciones o retrocesos del artista". Hoy, el autor debe
pagar un precio por la falta de trazos materiales, de "manuscrito":
"la suspensión anticipada de su rol en provecho de la lectura" -apunta
el narrador

Pruebas
corregidas de Finnegan´s Wake
de James Joyce
Hay antiguas
operaciones manuales en la tarea de escribir que consideramos simples
y existen sin llamar la atención, pero que, si no tienen
incidencia en ciertas nociones literarias que solemos dar por sentadas,
en todo caso representan una escena desde la que simbólicamente
interrogan nuestra actividad. Creo que la labor activa del escritor,
o sea la escritura, se despliega sobre un terreno inestable, más
movedizo de lo que a primera vista puede parecer. Así como
más allá de la historia y de los géneros siempre
encontraremos en la literatura el eco de un origen oral, hay algo
del pasado en la tarea de escribir que perdura, que la compone desde
su aparición y la sobrevive como un sedimento, o sea la escritura
manual.
¿Qué dicen nuestras manos acerca de lo que hacemos?
Muchos escritores toman la caligrafía como una acrobacia
en desuso y un tanto impráctica, pero creen en ella con una
lealtad a prueba de nuevos instrumentos y ventajas utilitarias.
No sólo me refiero a los fanáticos de la letra autógrafa,
para quienes escribir es una actividad literalmente plástica.
Hablo más bien de los otros, en el extremo opuesto, los que
sólo escriben a mano direcciones y números de teléfono.
Las palabras, decía Benjamin, establecen una mímesis
insustancial con el objeto al que se refieren. No hay nada en las
cinco letras de "árbol" que nos señale gráfica
o fonéticamente un artefacto vegetal con ciertas características.
El lenguaje no precisa ser mimético, no necesita demostrar
la existencia referencial del árbol. Durante un largo período,
los escritores dependieron del despliegue caligráfico de
su escritura, el dibujo de la propia letra señalaba la materialidad
de su obra. No importa si esas letras eran un hito de adoración
narcisista, en algunos casos podía ocurrir. Lo concreto es
que del trabajo se derivaba un cuaderno lleno, una página
entintada como único soporte material, y documento, de lo
referido. Ese trabajo manual establece a su vez una relación
ambivalente con su resultado y su propia significación, porque
en tanto elemento original -y por lo tanto, llegado el caso, objeto
de análisis erudito o interés mercantil- está
dirigido a resistir las enmiendas que la misma circulación
literaria produce en los textos. Quiero decir, hubo un tiempo en
que la literatura podía escribirse como la música,
estableciendo una relación inmaterial con lo representado,
pero una parte de su naturaleza más profunda apelaba a la
idea de original, de documento y prueba de autenticidad, como sigue
ocurriendo con la pintura.
Ahora es cada vez más habitual referirnos a textos que son
originales en un sentido parcial de la palabra, porque carecen precisamente
de un soporte concreto, grafológico, que los sostenga. Desde
un punto de vista, los textos actuales tienen un gran parecido con
las llamadas instalaciones plásticas, en la medida en que,
al contrario de lo que ocurre con la pintura propiamente dicha,
no conservan las marcas, las hendiduras y las vacilaciones o retrocesos
del artista. Así como la instalación reúne
elementos de distinta procedencia, pero sobre todo de diferente
temporalidad, para conjugarlos en un momento único, que es
el de la recepción, del mismo modo el original literario
de hoy es negativo, está hecho en igual medida tanto de lo
borrado, de la abolición del tiempo, como de las señales
y enmiendas que lo hicieron posible. Autor y lector se confunden
al desaparecer las marcas. O mejor dicho, el precio que el escritor
paga por la falta de trazos materiales, de "manuscrito",
es la suspensión anticipada de su rol en provecho de la lectura.
Pero, claro, tampoco es un lector clásico, es un lector que
lee mientras escribe. Así, recién en el siglo XX la
composición de la literatura adquiere una insustancialidad
acorde con la ambivalencia de su relación con lo contingente.
El hecho es que el papel, en tanto superficie, está excluido
del trabajo, representa un elemento opcional que ya no es condición
de escritura, sino -apenas y en parte- de circulación. Es
por eso que no quedan registros de los empeños e indecisiones
del escritor. A veces ocurre que, acostumbrados a la futilidad del
papel, a la espera innecesaria de la página en blanco, consideramos
redundantes las señales que vayamos a poner sobre él.
Así la hoja adquiere una segunda naturaleza; primero es banal,
después se torna fantasmática, incomprensible, es
el peligro insondable, por ser única materia en un mundo
completamente abstracto, que impone los límites reales de
nuestra dedicación.
Hoy este tipo de circunstancias, como poseer una relación
abstracta con la presencia tangible de nuestros escritos, creo que
expone, en contraste, algunas de las acotadas posibilidades de la
literatura actual. No me refiero solamente a un débil vínculo
referencial con la realidad, ya desde tiempo atrás cuestionado
y relativizado, tampoco a la transitoriedad de las formas de representación,
que quizá debido a la proliferación gráfica
y electrónica son cada vez más solidarias; me refiero
a un trabajo que, al estar compuesto de protocolos puramente virtuales,
exige al autor desdoblarse, adquirir un rol paralelo y ser lector
de su propia escritura. En un punto esto es propio de la narración;
la novela es el género que inaugura la autorreflexión,
nace como prueba de propiedad intelectual, por ejemplo en El Quijote,
y llega al siglo XX como blasón estético e ideología
literaria con la llamada novela contemporánea. Pero la novedad
es que la autorreflexión de la novela encontró en
la escritura inmaterial un método, una destreza práctica
equivalente a su propia abstracción. Creo que allí
hay un núcleo de impulsos y sentidos contradictorios, en
el que se esconde tanto un drama autodestructivo como una promesa
de liberación. La escena que plantea esta escritura sin marcas
bordea la situación límite del testamento de Kafka:
decidir que lo creado no forme parte de lo contingente, apartar
lo escrito del curso de la realidad y que vuelva a la negrura de
donde provino. La inseguridad estética ambiguamente compensada
por una necesidad moral, que Kafka vivió a lo largo
de su trayectoria de artista. "Ojalá dure", anotaba
en su diario ante el milagro de haber podido escribir tres días
seguidos. Así como seguía a desconocidos por la noche,
del mismo modo Kafka consideraba el trazo de su letra como
una persecución que ejecutaba y de la que era víctima.
Pues bien, entre el destino que acaso permita la continuidad de
un hecho casual como la escritura, y la casualidad, que señala
que lo escrito es tan insondable como nuestro destino, hay una frontera
cada vez más delgada, sobre la cual debe hacer equilibrio
la literatura de hoy.
La escritura ha dejado atrás la acrobacia caligráfica
y su énfasis, cualquiera haya sido, para adoptar otra, la
del equilibrio entre partes de la realidad, o partes de la misma
literatura, que han dejado de aportar sentidos plenos. Antes podíamos
asistir a novelas enteras construidas alrededor de los avatares
del personaje, del grupo social, de la historia o del procedimiento.
Había un núcleo de significado empujado por una causalidad
convencional, verificable para todo el mundo y transmisible a través
de la literatura. Hoy los procesos discursivos se han complejizado
y la narrativa tiene dos opciones: servir como modelo para hablar
de un mundo ya residual, por medio de estrategias conocidas y que
toman el aliento y garantía de circulación afincados
en su misma previsibilidad, como para no defraudar a ningún
público; o actuar como un saber aproximativo, que no es un
discurso que media entre la realidad y su supuesta importancia sino
entre las versiones culturales que se disputan el significado del
presente. En un punto, la literatura ha llegado a ser una pregunta
por el sentido de nuestras acciones, no por el significado de ellas.
Para esto ha debido apelar a un registro argumentativo, como el
de una comprobación razonada. No importa que haya propuestas
literarias ajenas a esta pauta, la literatura no es algo que se
mueve de manera uniforme. La letra incandescente de la pantalla
advierte, en su brillo autogenerado, que es incapaz de ofrecerse
como prueba del mundo y que tan sólo puede ser un argumento
a su favor o en su contra.
Sergio
Chejfec. Narrador
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