|
Libros, Lecturas y Lectores
ARTE
Y PENSAMIENTO SE COMUNICAN EN "ARMONICO-DISONANTE" DE
MARIA ELENA RAMOS
La emancipación estética del sujeto
Una
"comunicación mutua, de doble sentido, entre arte y pensamiento,
entre el hacer creativo y las ideas", encuentra espacio en el libro
de María Elena Ramos, Armónico-Disonante, recientemente editado
por la UCAB. Así lo expresa José Jiménez, no por azar, en prólogo
a esta edición. Y es que por el volumen desfilan, entre otros, algunos
registros de las ideas filosóficas de distintos pensadores, junto
con referencias acerca de los artistas y las distintas épocas del
arte de Occidente
Foto
Fernando Sánchez
María
Elena Ramos construye "un arco de doble sentido
entre la filosofía y las artes"
En un breve texto, fechado
en 1995, fragmento de una carta, el gran escritor John Berger
cuenta cómo la hermana de David Hockney, según
el propio Hockney, cree que Dios "es el aire, el espacio
entre las cosas". "De este modo", continúa
diciéndole Berger a su interlocutor, "todo está
enraizado o moviéndose en Dios. Es una idea muy cercana a
la percepción de los pintores, ¿no te parece? No porque
los pintores sean necesariamente creyentes, sino porque el espacio
invisible es el que siempre están intentando pintar".
Los hermosos textos de María Elena Ramos reunidos
en el presente volumen plantean, desde el lenguaje teórico,
algo similar a ese propósito de los pintores: dar forma
al espacio invisible. Construir un arco de doble sentido entre
la filosofía y las artes. Restituir la compleja pluralidad
del mundo del espíritu y los procesos de convergencia de
sus diversos planos.
No se trata de establecer correspondencias externas, objetivas,
formales. El procedimiento elegido es el de "la vía
interior", que permite señalar, con San Agustín,
que "ir hacia el fondo puede ser sinónimo de ascender,
de ir hacia arriba" y adoptar, también con el gran pensador
cristiano, en lugar de la línea recta, la figura de una "espiral
que camina hacia dentro y una flecha que se eleva". Forma del
sujeto y tensión de la utopía, en cuyos sentidos habremos
de profundizar después. Interiorización. Ir hacia
dentro, que busca la luz en lo más íntimo. Como en
San Buenaventura. Como en Piet Mondrian o el arte expresionista:
"Subir desde el corazón y descender al corazón".
Estos textos establecen una comunicación mutua, de doble
sentido, entre arte y pensamiento, entre el hacer creativo y las
ideas. Una comunicación que se ve facilitada por la intensificación
de lo conceptual y lo visual en la cultura moderna: "Para los
modernos el hombre, con su pensar, con su mirar, con su usar del
mundo, ya lo está transformando".
En todo caso, el arte, y más en concreto la obra de arte,
aparece en términos generales en estos ensayos como un lugar
primordial de transformación, de metamorfosis. De cambio
de lo ya dado en otra cosa. Capaz, incluso, de invertir dentro de
sí el signo negativo del mal. Es, en consecuencia, un espacio
privilegiado para la búsqueda de la verdad, para la contrastación
crítica de las formulaciones filosóficas situadas
en un espacio postmetafísico, no esencialista, del pensar.
A la vez, en ese diálogo de la filosofía con el arte
se reconstruye teóricamente el marco cultural, el contexto
civilizatorio, de la creatividad artística, permitiéndonos
comprender mejor qué es el arte, cuáles son sus
funciones, y por qué cambia, según cambia el mundo
donde se inscribe.
Los distintos ensayos hablan de nuestra época, de este agitado
"ahora" que vivimos. Pero lo hacen fijando sus raíces
en nuestra tradición cultural, manteniendo un diálogo
continuo con algunos de los momentos decisivos de la historia del
pensamiento y de las artes. Son, además, textos escritos
en Iberoamérica, en Venezuela. Y eso quiere decir: abiertos
al mestizaje, al sincretismo universalizador, fuera de las visiones
particularistas o etnocéntricas, tan habituales por desgracia
en ciertas formulaciones teóricas europeas y estadounidenses.
Entre muchas otras incitaciones, vemos desfilar por este libro algunos
registros del pensamiento mítico, particularmente relevantes
para la teoría del arte, las ideas filosóficas de
los pensadores presocráticos, de Platón, Aristóteles,
San Agustín, San Buenaventura, Kant,
Nietzsche, Bergson, Walter Benjamin, o los
pensadores analíticos anglosajones, hasta llegar a Jean
Baudrillard. Junto con referencias y consideraciones acerca
de los artistas y las distintas épocas del arte de Occidente.
Y todo ello en comunicación con los maestros venezolanos
del arte moderno: Jesús Soto, Alejandro Otero,
Jacobo Borges
Sin olvidar la brillante celebración
del "ver" americano, del sincretismo y el mestizaje cultural,
que María Elena Ramos reconstruye a través
de un recorrido profundo por sus huellas, su presencia, en la prosa
magnética de Alejo Carpentier.
Pero, insisto, restituyendo el espesor cultural de nuestra tradición,
María Elena Ramos se interroga por nuestro presente.
Por un mundo en el que las formulaciones del pensamiento y de las
artes necesitan dar curso a la disonancia, al titubeo, a
la duda, como momentos constitutivos de sus formulaciones.
Eso es lo que se indica, por ejemplo, en el luminoso ensayo que
nos presenta lo plano como "eje conceptual de lo moderno".
Más allá de los aspectos formales que dan al plano
un protagonismo central en Cézanne y en el Cubismo,
María Elena Ramos lo convierte en un síntoma
de la "toma de consciencia de la pintura sobre la pintura misma".
Y con ello, también, en un elemento que nos permite advertir
cómo la filosofía y el arte modernos asumieron críticamente
los vacíos de sus pretensiones totalizadoras, reconociendo
sus limitaciones y reformulándose como "lenguajes para
acceder".
En su análisis de ese reconocimiento crítico de la
limitación de todo lenguaje, teórico o expresivo,
uno de los rasgos definidores de la mente moderna, María
Elena Ramos concede una función desencadenante a dos
categorías centrales del pensamiento estético en nuestra
época: sublime y disonante.
Frente al predominio de las categorías de belleza o armonía,
el pensamiento y el arte modernos, en los que ella indica como algunas
de sus constantes el fragmento, el concepto (o la idea) y la ambigüedad,
resultarían más afines con lo sublime y la disonancia,
que llevan en su interior el signo del dinamismo y la ruptura.
Particularmente brillante es el ensayo en el que analiza la noción
de aura, a partir de las formulaciones de Walter Benjamin,
estableciendo una sutil conexión de esta categoría
con el spleen, del que hablara Baudelaire, con la
melancolía. En el mundo actual, "el culto y la cultura
se van desocultando", y el aura inaccesible y distante es sustituida
por el shock punzante de lo demasiado exhibido en lo masivo.
En paralelo, indica María Elena Ramos, con el trastocamiento
que también tiene lugar de lo bello en sublime.
Pero en ese proceso no sólo aparece un registro melancólico
del aura, que nos lleva al pasado: "Hay un aura melancólica
de lo ya sido", sino que además podemos percibir todo
un conjunto de nuevas formas de aura características del
arte contemporáneo, y muy en particular del cine. Comparto
con María Elena Ramos este punto de vista. A pesar
de lo ajustado del contraste crucial entre la obra de arte tradicional
y la reproducible técnicamente en Walter Benjamin,
su idea del "desmoronamiento del aura" en la época
de la tecnología resulta difícilmente aceptable. Es
más, en mi opinión habría que hablar en sentido
inverso de una expansión del aura, propiciada por
la reproducción tecnológica, que dota al distante
original de un halo todavía mayor gracias a su omnipresencia,
similar a la de Dios, en el universo sin fin de las copias.
En su análisis de lo sublime, el punto de referencia fundamental
de María Elena Ramos son los planteamientos de
Kant. Pero lo más interesante es la manera sutil en que
aproxima esta categoría a la sensibilidad estética
actual, "más afín a la irresolución de
lo sublime que a las reafirmaciones de lo bello". De este modo,
lo sublime se considera "un temple estético del siglo
XX".
Ese "temple" tendría su correspondencia con las
ideas de apertura, de obra abierta, en las artes plásticas,
y de disonancia, en la música: "un temple interesado
(
) en las formas plásticas que se abren; en los acordes
disonantes que se fugan, en la música". En términos
musicales, nuestro universo estético llevaría entonces
dentro de sí un gran giro, una gran transformación:
"de la armonía apacible al acorde disonante".
Ahora bien, ese gran giro revolucionario tendría su motivación
en el propio devenir de la cultura y las artes. Arnold Schönberg,
quien con el paso a la atonalidad consumaría en la música
occidental la quiebra del sistema armónico tradicional, hablaba
de "la emancipación de la disonancia". Y la caracterizaba
con los siguientes términos: "El oído se fue
familiarizando gradualmente con gran número de disonancias,
hasta que llegó a perder el miedo a su efecto 'perturbador'.
Ya no se esperaba ninguna preparación para las disonancias
de Wagner; ni resolución para las discordancias de
Strauss; no nos molestaban las armonías irregulares
de Debussy, ni las asperezas contrapuntísticas de
los últimos compositores".
Es obvio que la disonancia tiene un fundamento objetivo en el carácter
de las series de sonidos, pero lo que me parece decisivo es que
Schönberg sitúa su efecto estético en
el proceso de la recepción, en la progresiva "familiarización"
del oído. Por eso, en último término, la disonancia
no se inscribe en el plano de la belleza, sino en el de la comprensión:
"Lo que distingue las disonancias de las consonancias no es
el mayor o menor grado de belleza, sino el mayor o menor grado de
comprensión".
Llegamos así al punto que nos permite apreciar, en toda su
relevancia, lo que constituye el hilo conductor de los ensayos de
María Elena Ramos: su atención al sujeto.
Sus textos nos muestran lo que podríamos llamar el privilegio
de la interioridad, del sujeto, de San Agustín
a Kant, de Bergson a Walter Benjamin, frente a las
concepciones exteriores, objetivistas, del arte y la experiencia
estética.
El sujeto, en su expansión individualista, es en realidad
el gran desencadenante de la toma de consciencia crítica
de las limitaciones de todo discurso: estético o expresivo,
y por ello, a la larga, el soporte de la gran revolución
de la filosofía y las artes en la época moderna. Podríamos
caracterizar ese proceso con la fórmula crecimiento del
yo.
Uno de los grandes protagonistas de la vanguardia, el poeta alemán
Gottfried Benn, observaba en su ensayo "El yo moderno"
(1919): "aún no se ha escrito la biografía del
yo, mas si profundizan en la historia de la relación entre
mundo y yo, verán con claridad la siguiente evolución:
cada vez se refuerza más el sentimiento de autonomía
del sujeto individual".
Pero lo más importante en el planteamiento de Gottfried
Benn es que ese crecimiento del yo se pone en relación
con la crítica del determinismo social y, en consecuencia,
con la afirmación de la libertad humana: "Hemos
sucumbido al tormento sobre la rueda del determinismo, al acoso
de procesos, a la lapidación cotidiana de una realidad sin
escapatoria. Pueden ustedes crearse a sí mismos, son libres".
Estamos llegando al fondo de la cuestión: las categorías
estéticas de lo sublime y la disonancia definen mejor que
otras el talante estético de nuestra época porque
permiten comprender en toda su radicalidad la creciente expansión
del yo, el grito de libertad, que supone la irrupción de
la vanguardia y el contraste entre la sensibilidad clásica
y la nueva sensibilidad contemporánea, con su fuerte dinamismo
y su carácter rupturista.
En realidad, las vanguardias artísticas del siglo XX acentuaron
un proceso cuyas raíces habría que situar a comienzos
del siglo XIX, en el Idealismo filosófico y en el Romanticismo,
en el primer momento en que toma cuerpo, a la vez en un plano teórico
y expresivo, la idea del yo creativo.
Se trata de un aspecto central en los tiempos actuales, en los que
la reivindicación del yo opera no sólo como vía
de ejercicio de la libertad, sino incluso como exigencia de recuperación
del mundo interior, de la intimidad, de lo privado, puestos cada
vez más en peligro por la incesante expansión de lo
público que caracteriza nuestro momento histórico.
La atención a lo subjetivo se descalifica a veces como una
forma de huida o de escape. Pero en realidad ello se debe a una
confusión de planos. Una cosa es el subjetivismo irracional,
instalado en su pura inmediatez, y otra cosa es la idea de una subjetividad
dinámica, mediada y confrontada con la objetivación
creativa de los diversos registros de la cultura humana, con el
pensamiento y las artes, y que lleva a la plenitud del yo, a su
enriquecimiento antropológico.
De
eso se trata. De reforzar la subjetividad. De propiciar una mayor
plenitud de la vida interior, frente a la alienación de las
consciencias y la tendencia a la nivelación del yo características
de nuestro mundo. Algo en lo que las artes y la experiencia estética
en su sentido más profundo desempeñan un papel fundamental.
Se trata, en definitiva, de propiciar instrumentos teóricos
para la emancipación estética del sujeto.
Pero eso implica que el horizonte teórico de estos ensayos
no acaba en sí mismo, en la pura teoría. La reflexión
estética, cuando tiene una fundamentación crítica
rigurosa, conlleva siempre una implicación, una exigencia
ética y moral. Ese aspecto alienta con un impulso realmente
notable en todos los ensayos de María Elena Ramos
aquí reunidos.
Su formulación más explícita se advierte en
su reivindicación del papel de "la libertad creadora".
Y ahí, en ese contexto, tomando como punto de apoyo la contraposición
que plantea Nietzsche entre "el hombre sobre
sí mismo" y "el hombre desde sí mismo",
podemos apreciar una vez más la fuerza de exteriorización,
la potencia creadora, de una subjetividad emancipada. Frente al
ser humano que se recluye en sí mismo, lo que se propone,
con Nietzsche, es un salir desde sí, que "libera,
penetra, abre y extiende, se siente ilimitado, pone a vivir el instinto,
amplía, es amoroso consigo mismo, se eleva desde sí".
Y es que, en último término, el arte y la experiencia
estética consumados, conllevan trascendencia, un ir más
allá de lo existente. Por eso el arte, en lo que tiene de
construcción, es un "laboratorio antropológico",
un registro conceptual y sensible que anticipa, en las modulaciones
más diversas, las posibilidades de realización del
ser humano. Su superación. El enriquecimiento de su razón
y su sensibilidad, que da más hondura a su ejercicio de la
libertad. Por eso el arte, en sus propuestas más exigentes,
lleva siempre dentro de sí el espíritu de la utopía,
la negación crítica del cierre de lo existente y la
prefiguración tentativa de lo humano aún por venir.
Como María Elena Ramos nos permite atisbar en el compromiso
radical que, de principio a fin, recorre sus hermosos ensayos.
(Prólogo
al libro de María Elena Ramos Armónico-Disonante,
UCAB, Caracas, 2001).
.
José
Jiménez.Catedrático de Estética y Teoría de las Artes de
la Universidad Autónoma de Madrid
|
|