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Reseña
El
libre vuelo de Judit Gerendas
¿Qué
voy a contar? Es un asunto que preocupa a todo narrador y que Judit
Gerendas aborda desde la narración misma en su primer libro de creación,
Volando libremente. La autora conoce -señala Ana Teresa Torres-
la infinita posibilidad del lenguaje para desencadenar la anécdota.
De allí su vértigo, producido no por la página en blanco sino por
"la libertad del lenguaje, tan arbitrario y magnífico, tan incansable
o perdido, como el vuelo de su personaje"
Releo
la dedicatoria del libro Volando libremente (Caracas:
Memorias de Altagracia y Fondo Editorial de la Facultad de Humanidades
y Educación de la UCV, 2000): "Para ATT, estas exploraciones
de la escritura". Es una dedicatoria frecuente, podría
pensarse. En este caso es una descripción precisa y exacta
del breve volumen que contiene nueve títulos. Hubiera podido
decir "cuentos" o "relatos" o "narraciones"
pero no me siento segura con ninguna de esas clasificaciones. Es
una duda que he percibido con otros textos de este período
de la vuelta del siglo. No me viene la palabra justa. Dejémoslo,
entonces, en "escritura" y aceptemos calificarla con Judit
de escritura explorada.
La autora plantea en este su primer libro de creación -pues
como crítica y estudiosa de la literatura tenía ya
unos cuantos en su haber- un asunto que sin duda preocupa a todo
narrador: ¿qué voy a contar? La autora sabe que, en
verdad, se puede contar cualquier cosa, que la posibilidad del lenguaje
para desencadenar la anécdota es infinita, o casi. Que basta
asomarse a la ventana, o salir a la calle, o como dice ella misma:
"estremecida por un ligero escalofrío, me levanto para
buscar un sweater con qué abrigarme". Con esa frase
pudiera terminarse un relato, pero también podría
comenzarse, o estar en la mitad. El vértigo de Judit Gerendas
no lo produce la página en blanco sino, por el contrario,
la libertad del lenguaje, tan arbitrario y magnífico, tan
incansable o perdido, como el vuelo de su personaje en "Volando
libremente": un zamuro en el cielo de Caracas o en cualquier
otro. El peligro es que "para ser escritora, había que
inventar una historia", y cualquier fragmento de vida es susceptible
de provocarla. El horror del vacío que supone narrar en la
vuelta del siglo es, precisamente, la conciencia hiperlúcida
de que todo es narrable. Una sombra que se cruza imperceptiblemente
con nosotros en cualquier esquina de la ciudad ("El muchacho");
las páginas rojas ("Un modesto informe sobre ceremonias
infantiles"); una foto vieja que nos sorprende en una gaveta
("Siempre habrá un tiempo para la nostalgia");
un recuerdo doloroso ("Una habitación propia").
Cualquiera de esas imágenes "se la pudiera considerar
con opciones para ser incorporada a una narración".
Dicho de otro modo, no cabe ya la inocencia de "encontrar"
un tema, de creer en su importancia, en su validez, ni siquiera
en sus posibilidades de seducción. Un buitre, un zamuro,
en realidad, bastan. Y sin embargo, es esa circunscripción
tan banal, la carencia de misterio, la incredulidad de la anécdota
o del personaje, lo que me parece un signo de ésta, pudiéramos
llamar postescritura. Aceptar que puede escribirse sin nada del
todo justificante, y que el argumento en cuestión es casi
un ser que acompaña la soledad. "Yo sólo quería
mi argumento para pasarle la mano por el lomo, para susurrarle una
canción y para escuchar a su vez el susurro de él".
Pero también para dibujar la divertida escena de la escritora
abriendo la puerta de su casa y allí, como si se tratara
de una vieja novela de Agatha Christie, descubrir al argumento
tirado en el piso, "el cadáver inesperado en la sala".
Y por otro lado, en ese horror al vértigo de la infinitud
de cuánto pudiera ser narrado, el vuelo exploratorio de la
escritura roza los pequeños rasgos -¿cicatrices?-
que han moldeado nuestra vida. Ligeros surcos, imperceptibles e
insignificantes para otros; de cierta densidad para quien narra.
Allí se aparece un segundo signo de la postescritura. El
agotamiento ante las demasiadas posibilidades de enmascarar la voz
y los innumerables recursos para crear un artificio desde el cual
escribir. El cansancio que supone inventarse un personaje para que
obedezca nuestras órdenes, cuando en verdad ya no es necesario.
Pudiera serlo pero también es prescindible. Escribir sin
esta máscara exige mucho pulso para acercar y distanciar
al Yo narrador del Yo empírico de modo tal que parezca que
quien narra es un personaje, y tan pronto creemos en su impostura,
aparezca la propia voz, dejándonos siempre en la duda de
quién nos habla. Ese pulso es magnífico en "Una
habitación propia", o en "Love Story" o en
"Alma Mater"; en casi todos.
También el lector sufre de vértigo, expuesto a la
posibilidad de que le narren cualquier cosa. El simulacro de la
ficción ha terminado por ser agotador a fuerza de superado
por la abrumadora producción mediática de "realidades"
de todo orden. Y en ese vértigo del simulacro, es un descanso
encontrarnos con esos pequeños surcos que parecen hablarnos
de algo "real", sin por ello aplastarnos con la certeza.
Por eso dije que no logro la palabra adecuada para explicar la naturaleza
del libro de Judit Gerendas. Tampoco es necesario. Basta
agarrar el libre vuelo de un ave "para de esa manera asumir
su textualidad sin tener que ofrecer justificaciones".
Olvidaba decir que este volumen contiene "La escritura femenina"
que ganó el Concurso de Cuentos de El Nacional en 1996, y
"De cómo yo no encontraba un argumento" que obtuvo
mención en el mismo. Y que nos tiene prometida una novela.
Ana
Teresa Torres. Escritora
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