Lo que leo es la tierra a las doce de la página seca

Artistas hay que a cierta altura de su poética se deciden por la ficción narrativa o por la autobiografía y pasan a mentar con viejas, nuevas palabras, la aventura recorrida. En el poema-prólogo de su nuevo libro, Lado —diseñado por Marisela Balbi con las pinturas de Víctor Hugo Irazábal y en edición de Binev— Luis Alberto Crespo convoca a la poesía que ha oficiado desde sus títulos iniciales y, verso tras verso, nos entrega su más nítido ars. He aquí ese poema introductorio del volumen que desde el pasado miércoles espera en la librerías por el lector, el otro poeta


Víctor Hugo Irazábal. Sin título 6, 1998


Víctor Hugo Irazábal. Sin título 7, 1998
En la resolana, en el sol de la sombra, en lo entreabierto…

 

Una escritura por toda sombra

Un pájaro canta. Pero lo que sucede es mudo.
Una rama tiembla, pero lo inmóvil es el rumor.
La tierra sigue afuera, pero la que piso queda lejos.
Un cerro sube y otro desciende: vuela el zamuro.
El monte es por dentro como una puerta sin abrirse.
Irme me empequeñece en la despedida.
Debo ofrecer de mí la pena.
La espina agradece tanta semejanza.
De donde soy me devuelvo. Adonde iré me detengo.
Las curvas de San Pablo ya no quedan atrás sino en el destino.
Nunca se volvió siempre y siempre se hizo desierto.
Bebo agua del polvo. Me crié junto a un río que pasaba
y no se iba.
Crecí a mediodía. De tarde regresaba a nacer.
El mundo era así: un país en las rayas de la mano,
las estrellas de Orión en la piel de la culebra,
la edad media en la oscuridad,
el ardimiento en la última luz de la ceniza.
Vivir fue desde el principio atravesar lo más enjuto en el cruce
y llegar, al fin, perdido.
Había un sabor a sed en la palabra cascajo,
un sonido de hacha en el recuerdo.
Yo decía ortiga para darle lujo a la nostalgia.
Carora decía y todavía se mueve la mapora derribada en el aire.
En el patio cuido lo marchito que tanto propaga la paloma tijúa.
Las cabras se parecen a la calle San Juan.
Tienen el rostro de la familia.
La de la tuna en la mirada es Blanca Herrera.
El gemido de estar sola es de Lucrecia Oropeza.
Los hombres, como el padre, prefieren la aridez del lino,
el gris de la perdiz en el pañuelo, la noche en la lectura de Poe,
en el poema de Nerval y en la lechuza del cuarto tapiado.
La realidad era el espejo grande donde se vio muerta la madre,
por el que pasaban los que se llaman como dice el mármol
y se adornan en lo invisible con una flor tostada.
Más allá asoma una puya de nada, un poco de ninguna cosa.
Durar en la tierra ha de ser pararse en la playa Pajarito
y saber quiénes somos es inclinarse sobre lo largo y lo nulo
o asomarse por la frente a lo puramente torcaza,
a lo elevadamente hondura.
Y un punto en todo: en la hora y en uno. Las doce. El aquí.
Y la sequía en la presencia y en la ausencia,
como cuando el sol sigue en los sentidos.
Además, ese no de la región al musgo, a lo húmedo,
ese entendimiento con el abandono y lo crispado.
La flor única es la de la vera y el curarí. En vez de savia la vida

sube a través del tallo y ofrece la lastimadura de la serranía.
Por eso se parece a un reino.
Cerca se alarga un sendero. Cerca, es decir, hace mucho.
No va, nos borra. No pisa, nos adentra.
Cada cerro nos sucede, no se alza.
Voy a la ventana: ando todavía por el sendero.
Estoy en un monte de yabos en la cafetería de la esquina.
Esta calle es aquel paso por el barranco, aquel encono.
Habito en la ciudad de una acera a otra por unas playas de humo.
Lo que trato de decir tiene la delgadez de donde provengo,
la arruga por las frases por las lomas.
Si quiero hablar de lo que me es lugar en mí,
la morada en la mirada y en la memoria,
he de tocar una luz cruda, un aire duro,
sentir el cují, pensar la espina, rozar el ocre
o mirar por él.
Escribo para callarme. Para privarme.
Lo que leo es la tierra a las doce de la página seca:
entre una y otra frase la intemperie insiste,
en la que se adivina, ilegible en el papel y en el pensamiento,
el balbuceo de una confidencia, el intento de gritar.
Una y otra vez, de un libro a otro, sin moverme de lo que escribo,
parado allí, en la mitad de la frase, en la mitad del día.
No importa el mundo al que yo vaya, si es verano o si es invierno,
si me cubro para entrarme en el abrigo
o si salgo de la camisa desnuda:
esté donde esté, aquí en Nueva York, en Europa bajo la nieve,
en el Páramo de Piedras Blancas, a la orilla del río Orá,
en la tormenta negra del Kukenán;
por más que mire a Antofagasta o El Colorado, que sepa de Gobi,
de las arenas de Tuat, al norte de Africa,
en Jepira o en Chimire, en el Cinaruco o en Macanao,
habrá la aridez de Pajarito y de Plumilla
la grieta de los cerros de Saroche y Turturia
en la misma palabra hirsuta, el mismo nombre de llanura en el
quemado,
lo igual caído, como en lo espinoso sobre lo hosco,
tan después del cuerpo, tan hundido,
menos intemperie que manera, que comportamiento.
Solamente solo, es decir, en la lectura de lo que no logro escribir
y me encandila en el papel y en el espejismo,
donde comienza el espíritu.
En la resolana, en el sol de la sombra, en lo entreabierto,
entre lo que callo y lo que me trago, como una orilla, como ese alambre
de lo escaso y lo carente,
más afuera, más irreal, a la sombra de la escritura, o apenas oscuro en
medio del resplandor,
el único matorral de la página y del paisaje.
Desde aquel día, cuando volví el rostro a lo que quedó para siempre de
espaldas,
las curvas de San Pablo por el valle y por el olvido,
largando ese amarillo polvoso que tiene el desamparo,
mostrando el brote del pasado y la retama en la llovizna
y en la puya de algo.
A ratos, mi mano pasaba por la ladera en mi entrecejo,
por la hendija del precipicio en mi mueca,
por el sucio del sepia en mi lágrima.
¿Qué ofrecer de nosotros sino el desconsuelo?,
salmodiaba la chuchuba.
¿Qué más lujo que la desolación?, repetía la flor amarilla.
Aquí es demasiado nadie para el yo,
decía alguien con un cuchillo entre las cabras.
Los loros pasaban anunciando lo irremediable.
Mi casa es ahora mi casa porque yo la nombro.
Y tú te pareces a lo que escribo porque has muerto.
Las curvas enmudecieron,
de ellas quedan dos o tres vocablos,
unas cuantas sílabas de Sarmiento
y el adjetivo sañudo que de tanto uso es ya rama de caudero.
Dime si te ves en lo que escribo,
si es sin después esto quieto y partido, que se sostiene apenas,
que se agarra al polvo que lo nombra,
o si todo sigue contrito y aterido cuando leas
y se atraviesa un borde, como una coma, una espina.
Creo que al escribir lo que oígo ha de sobrar la punta de la vocal,
el tizne del acento y tenga entonces que devolverme más al fondo,
a la sequía sin nosotros, la sequía sin el ser, la sequedad,
a la que aspiro y en cuya búsqueda me tardo en vivir
sin estar para nadie en los ojos y en el latido.
Porque no sé, aún no lo sé, cuándo soy mi libro,
cuándo me es escritura el mediodía ese tiempo parado
con que pienso lo eterno,
qué he dicho que tenga semejanza con lo borrado
y con lo que se vuelve ilusión en el abrojo.
La luz ocupa lo que escribo. El olvido. En ambos es mediodía.
En punto, como la poesía.
La escritura es apenas la sombra.
Precaria intimidad en lo ilimitado. Escaso silencio en la abundante
evidencia.
Mirada oculta en el mirar despierto.
El ensimismamiento en lugar de la vivacidad,
la mudez por toda elocuencia.
Una torcedura de horqueta, de quebrada,
un lado de cal,
el filo del temblor,
el comienzo de la berbería,
bastan para entrar a nuestra casa suelta.
El sentimiento del ocre,
el lado oculto de la espina,
el mediodía o nunca,
una costumbre de sequía,
bastan para exponernos al fulgor y lo sombrío.
Por conservar esta delgadez de lo real y de lo perpetuo escribo
un libro único,
un círculo de imágenes de tierra estéril,
una sílaba negra con la que marco el suelo blanco de la página
y del valle de arcilla de allá adentro.
Me escribo si el verano es dilatado, si digo hosquedad,
y rayo la página, único matorral en el vacío.
La palabra es lo último en este confín. No habla, no dice: ensombrece.
Protege de la distancia. Del silencio
que es arena en la sien, que es cieno seco en el habla.
No debo salir de ella: la luz desaparecería lo que pienso.
Me refugio en un nombre de escasas sílabas: Carora;
en una casa de nombre escueto: adiós.
Lo interminable es este papel sobre la mesa, este yermo sin ni siquiera un punto final.
Y acaso esto que dejo en la boca:

Luis Alberto Crespo. Poeta

 

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