Plástica

Flores como ofrendas
de Onofre Frías

En la Galería Medicci (desde el pasado jueves) y en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber a partir de mañana, Onofre Frías presenta el resultado de sus últimos años de investigación plástica tangible en paletas que adquieren, a veces, formas de flores, ramilletes con los que el artista busca comunicar esos extraordinarios secretos que tienen lugar entre el hombre y Dios


Foto Cortesía: Milagros Bello
Los "ramos para la divinidad, para el amado, para el amigo…" de Onofre Frías

 

Un relámpago de trazos, de manchas disgregadas, de pintura salpicada, de formas anamorfósicas, domina en los trabajos de Onofre Frías. Turbulentos cromos y ondulaciones rotundas, dominan en la compositiva. Implosiones de la línea, explosiones del trazo; múltiples recorridos, enroscados o expansivos, que forman un profuso ramillete de flores, rodeado de geometrías y figurillas. El trabajo es un interjuego de técnicas y de elementos confrontados, a gran distancia del formalismo tradicional. Encontramos símbolos de un imaginario sensitivo. Sólo ficción y poética, eflorescencia de formas en un pentagrama de acústicas y líricas. El artista crea la flor desde el núcleo inmanente de su ser. Es una fenomenología más que la realidad escueta de una naturaleza muerta. Ramilletes, sensuales y serpentinos que enfatizan el eterno femenino de las formas, el elan de un cuerpo que baila. Flores que son ofrendas.

El ramillete de Frías no es una realidad concreta, es una ofrenda que evoca una entrega anímica. Son flores del alma, como indican los títulos, imágenes de significados subterráneos que aluden al sentimiento y a lo humano; ramos para la divinidad, para el amado, para el amigo, connotando el amor que fusiona lo terrenal y lo divino. La ofrenda como gesto arquetipal y suprahumano.

La etnicidad en la obra
En nuestra geografía venezolana, la ofrenda forma parte también de una costumbre popular, de una tradición. En los Velorios de Niño o en la Paradura del Niño, típicas festividades de Venezuela, la flor constituye parte esencial. Las telas de Frías muestran calas, cayenas, capachos, bromelias, petunias, orquídeas, retomando el sentido de estas tradiciones, rememorando el culto y el homenaje amoroso a algún personaje. El ramillete contiene un sentido étnico que recupera en su representación costumbres olvidadas en las urbes. El asiduo contacto del artista con las islas caribeñas, sus ceremonias y festividades, así como su propio origen afroamericano (Frías nace en la región de Barlovento), sirven de aprendizaje y de conciencia de nuestro medio, del sentido de nuestro territorio antropológico y sus marginadas facetas. Igualmente, sus constantes estadías en París, medio de radicales replanteamientos del ser latinoamericano, han derivado en profundas inquietudes y reflexiones que se expresan en su obra. Resolver la compleja identidad de América Latina y sus axiomáticas disyuntivas, responder a las problemáticas ideológias que se suscitan no es cosa fácil. Muralismo mexicano, realismo social, nueva figuración, o cuerpos objetuales, ensamblajes e instalaciones —más recientes— son profundos y definitorios cuestionamientos, irreverentes y provocadores a veces, que han surgido en este siglo. Preocupaciones de varias generaciones de artistas que se han planteado el ser del continente, cada uno a su manera: Rufino Tamayo, José Luis Cuevas, Orozco, Gabriel Bracho, César Rengifo, para sólo nombrar algunos de los primeros, hasta nuevos nombres, como José Bedia, Ana Medieta, Ismael Mundaraín, Corina Briceño, Milton Becerra, en Venezuela, han cuestionado la cultura de Occidente y su implacable hegemonía sobre las culturas periféricas. Sus obras convergen a lo nuclear de nuestro territorio, en todas sus dimensiones: desde la fabulación, la étnica, la tradición criolla, la ritualística afroamericana, la geografía tropical y sus personajes, la raza, las mitografías indígenas, las arquitecturas locales. Resisten a la ambigua globalización posmoderna aun cuando no descarten sus heterodoxas técnicas, las pliegan y las reorientan hacia íconos de nuestro imaginario. En el mismo sentido, Frías, retoma la flor como ofrenda al otro, recreando ceremoniales y costumbres, trazos desaparecidos de gestos primigenios. La flor no es una fatua imagen decorativa, sino la connotación de un modo de ser de nuestro colectivo latinoamericano.

El artista trabaja con la bidimensionalidad o la tridimensionalidad y la instalación sin ningún problema; no abandona nunca el sentido estético; la pasión por lo nuestro; sin miedo a las críticas de la moda, se decide por el vocablo autóctono, por el ícono local y los símbolos de nuestra trama colectiva. En la Galería Medicci muestra pinturas de trazados gestuales, ramilletes místicos de imprevista belleza; en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber presenta además esculturas, ensamblajes con materias orgánicas, que se-mejan troncos e instalaciones multimedias interactivas, donde incorpora audífonos con músicas de festividades mítico-religiosas venezolanas. Está el Tamunangue, donde se oyen sonidos de los garrotes típicos de Lara; los Velorios de Niño de Barlovento, con tambores en ritmo de fulía; en otro, se oye la música de tromba de las fiestas guajiras. Cada audífono integra al espectador a una comunidad y a un territorio al que desde la urbe poco se tiene acceso. Es la recuperación de la memoria olvidada.

El "bricollage" plástico
Onofre Frías crea el "bricollage plástico", implica, además del uso de acrílicos y de pinceles, como en toda pintura contemporánea, también la utilización de las manos y los dedos para trazados más protuberantes y manchados. En el lienzo se colocan grumos "crudos" de pigmentos básicos; se cubren éstos, con un tul de polyester transparente, que se prensa suavemente sobre la superficie, quedando un sutil velo pegado a los pigmentos. Los dedos y las manos van tocando, palpando, aplastando, girando, sobre ciertas parte del tul, permitiendo que los pigmentos sobresalgan, mezclándose y derivando en trazados líquidos, en riachuelos gelatinosos y serpentinos, y manchas asimétricas de impredecibles formas, con colores híbridos y fuertes gamas tonales. Surge el imaginario ramillete con manchas impresionistas, gestualidades dinámicas y múltiples recorridos contracurvos, que forman los pétalos y el cuerpo de las flores. La partes del tul no fueron tocadas, conservan su virgen transparencia, donde aún se entrevé, el intocado pigmento bajo la superficie. Hay una suerte de presencia-ausencia entre la tactilidad de color que alterna con el tul. Para concluir el trabajo, se usa el pincel para realizar diseños trazados gestuales y figuraciones miniatura.

El "bricollage plástico" de Frías, implica tocar, pegar y pintar, en la contingencia sensorial y lúdica: un proceso de desconstrucción-construcción para producir la obra, desde el gesto manual hasta el modelado del pincel. ¿Es el grado cero de la pintura, preguntaríamos, emulando a Barthes? Se desrealiza el objeto pictórico, en lo heteróclito y lo heterodoxo.

Los signos
El lienzo es un campo complejo de figuraciones: en el medio protagónico, monumental, está el ramo frondoso; en sus alrededores y bordes, infatiles dibujos miniatura, sorpresivos e incongruentes: tijeras, exactos, navajas, reglas, rejillas, así como geometrías rectilíneas, oblícuas, pespunteadas, espirales, garabatos, creando un insólito mosaico de signos distintos que impide toda narrativa en la obra. Se rememoran los trazos cotidianos del taller, los instrumentos del trabajo artístico, efluvios de una antelación de espacio-tiempo de la preparación de la obra, fundiéndose en el presente de la tela en una atemporalidad imperecedera. Líneas y geometrías, gestualidades y dibujos, cromos cálidos y fríos, entre lo sereno y lo frenético, son los ejes racionales-pasionales relevantes que prevalecen: dionisíaco y apolíneo confrontándose.

Milagros Bello. Miembro de AICA-París. Curadora independiente

 

 

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