Libros, Lecturas y Lectores
De un sol a otro sol
Esa capacidad que tiene la metáfora de detener el más pleno movimiento de un recorrido, de un viaje, en el libro De un sol a otro de Luis García Morales es motivo de exploración para Stefania Mosca
Hay una experiencia prematura en la obra de Luis García Morales: la mismidad del tiempo. Más que su reiteración, es el flujo de lo permanente lo que focaliza la palabra de este poeta venezolano. En sus libros anteriores, predice el polvo donde naufragamos y "el ocaso que navega en las llamas del diluvio". Pero es ahora, cuando el paso del tiempo ha dejado la huella de todos los hombres que ha sido en sus mismos huesos, como el agua que es otra en el mismo río, cuando el poeta condensa, retoma y vuelve a proyectar la imagen constitutiva de su obra.
De un sol a otro es un paso más allá en esa búsqueda, tan prontamente revelada al poeta. El tiempo, como el río, es uno solo fluyendo en su mismidad. Ese sentido atraviesa como un carbón ardiente cada palabra, cada verso, el poema todo. La permanencia de lo efímero. La candente hora que ha sido la misma desde siempre y desconocemos nuevamente. Ante ese misterio asediante, ramificado y múltiple nos coloca el poeta. El vive la experiencia. Está quieto. Sólo contempla. Es portentoso el paisaje.
Esta perpetuidad paradójica que hace equivalente el nacimiento y el cadalso, tiene otra dote particular en las imágenes que forman el espectro del solo cristal que refleja la luz, lo vivo en la poesía de Luis García Morales. Es el ojo que ve en el paisaje la retórica eternidad de los gestos:
De un sol a otro
Vivimos en jardines
Turbados por la eternidad de lo efímero.Ese paisaje está atravesado de un lamento: ¿cuál?, nos preguntamos. No el que ve pasar el deseo sin culminarlo, sino el que ve el mismo deseo repitiéndose entre la piedra eterna y el ahora donde se expresa apenas fulgurante.
Si lo que esperamos y lo que hemos sido son equivalencias, si el ahora es ilusorio, ¿qué somos sino transcurso? Pero si el transcurso no nos pertenece, pues es tiempo y no carne, ¿qué somos? Dice el poeta:
Soy mi propio espejismo
Frotando ídolos en la arenaNo tengo pensamientos
Ni alma ni sangre
Sino un animal mirando hacia su abismoEsta ilusoria evanescencia es la del río. Nuestra unicidad se torna fatua en la muerte: o allí es donde elevamos el último tono de la nota que nos multiplica en lo vivo. Somos materia de herrumbre, cuerpos en disolución. Sin embargo, éste no es el lamento. Pues algo ve el poeta: aquello límpido que permanece pero, he allí la pena, que no podemos alcanzar. No nos pertenece.
En esa perenne reiteración de fulgentes instantes nunca vistos, aparece la idea de la noche. La clausura del tiempo, el fin que es un principio.
Crónica real de los sentidos
Todo en su más ardiente fulgorSe apaga
La llama escribe su breve historia
Con la eternidad de la cenizaLa mismidad que subyace en el transcurso desvirtúa lo real, lo torna ilusorio y fantasmagórico:
Algo se repite en nosotros con una triste obsesión:
Sombra de seres
a la sombra de un jardín
cultivan sombra de flores.La memoria marca de perpetuidad el cuerpo que está hecho para la obsolescencia. Una memoria atávica escrita en los maderos y en la piel. La memoria nos confunde pues otorga la espesura de lo real al instante efímero, al segundo palpitante. Todo está sostenido por esa "antigüedad siempre presente". Hacia esta disyuntiva o hacia ese secreto de la liviandad del ser, nos proyecta la poesía de Luis García Morales. Esa es la excursión que el mismo poeta inicia en Lo real y la memoria, en El río siempre y ahora en De un sol a otro. En el juego del ocaso y el alba, aparece el deseo, la mujer, la carne sensible, el paisaje poderoso y la ciudad: otro río, flujo de estridencias, sobreposición anhelante, que llena de objetos, de nuevos artificios los colores quietos de la vieja herida.
Los opuestos se igualan de un amanecer a otro. Un sentido se revela, en el sinsentido de la mismidad. Aurora de principios y finales, de clausuras y orígenes, el hombre transcurre como el río, su conciencia, atada a cierta inmortalidad, habita y llena de experiencias el envoltorio efímero de los cuerpos, donde la desdicha de la muerte y lo eterno hallan su único espacio "bajo el árbol". Aquí nos hallamos sujetos a la idea del porvenir, sólo para constatar las señales del pasado. La transfiguración continua de infiernos en paraísos, de velocidad en sosiego, del polvo en carne.
El río es la gran imagen, la del centro. Luego náufragos, ahogados, el pez, la piedra inerme, siempre la piedra lavada de tiempo.
Entre tu cuerpo y el mundo
El tiempo es la forma invisible
Que inventan los sentidosLuis García Morales nos propone esta lectura de lo real, esta herramienta que relativiza los extremos, que viene desde Heráclito y nos habla de otros sentidos. Transpone nuestra sensibilidad más allá de lo meramente deductivo. Más allá del lenguaje y sus pares significativos. La unidad de los elementos basada en la ilusoria vigencia de sus diferencias.
Tres libros hasta hoy son el producto del poeta, tres poemarios que no serán olvidados, que se apropiaron de la imagen de un niño perplejo ante lo inmenso y su misterio, a orillas del Orinoco. Tres libros en la historia de la literatura venezolana.
Stefania Mosca. Narradora
Foto: Enrique Hernández D´Jesús
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