Libros, Lecturas y Lectores

Quieta perplejidad

Una interpretación —sutilmente— descarnada del libro
La quietud
(Pequeña Venecia) de Yolanda Pantin es la que realiza el poeta español Jorge Rodríguez Padrón en carta a la autora —quien en exclusiva la comparte con nuestros lectores

 

Madrid, 14-7-98
A Yolanda Pantin
Caracas.

Querida Yolanda:

La quietud, con su cariñosa dedicatoria, renueva nuestro encuentro fugaz ahí, el pasado noviembre, y me permite retomar mi lectura de tu poesía. Y ha sido un verdadero placer, por más que no haya tregua para la complacencia en estos poemas. Más bien exigen el mismo esfuerzo de quien los ha escrito —si creo entender bien— para entender y asumir que la vida tiene que ser de determinada manera, y que el poema —por tanto— no se puede andar con demasiadas contemplaciones.

Esto es, lo que he dicho siempre que pertenece a la mujer; ésa su posición indeclinable. Ante la sorpresa y riesgo de su palabra, un desconcierto absoluto que nos obliga a parar y a pensar… Invocar a Blanca Varela: a eso me refiero; ella, su poesía, un buen ejemplo de lo que digo. Pero podría traer a colación, también, el nombre de Ana Enriqueta Terán… En esa sintonía, de radical intransigencia ante el engaño, y ante los subterfugios de las palabras, tus poemas.

Dice en la contraportada: "esa quietud del título, una tregua acaso". Yo me arriesgaría a decir paralización ante las más crudas (y crueles) evidencias. Porque, si leo bien, aquí todo se origina en una perplejidad en medio de la naturalidad de los hábitos existenciales; se abre un abismo o paréntesis, hay un corte brusco, siempre aleteante, que no nos permite acabar, ni quedar satisfechos o defendidos. Escritura como balance después de la batalla: voz que se decide a hablar, sin tapujos ni concesiones. Y miro entonces (es decir, leo) y tropiezo con cuerpos desgarrados y separaciones traumáticas, sobre todo con una áspera soledad, vibrando aún, con el mismo ritmo nervioso y parpadeante del lenguaje apresado en las síncopas de la electrónica... Quietud, insisto, como paralización: "cuando el chillido del ave rasgó el cielo/ del poblado desierto".

Y entonces hay más: islas y caminos y orillas, lugares propicios para esas epifanías, sólo posibles en un tránsito, en una peculiar provisionalidad: escribir para aplacar, para poner muros de contención a la amenazante vida que, a pesar de todo, sucede. La poesía, así, una acción heroica porque se consume en la entrega, o porque se materializa como reflejo inesperado que nos deslumbra ("Las marcas en el cuerpo", por ejemplo). Exodo, y se tropieza con los reclamos de la vida; encierro, y se abre, se atiende, otra dimensión, ¿no se ofrecen, también, los caminos de la infancia para ser transitados?: "La interioridad es un amasijo de órganos/ no el templo de una esencia sagrada/ se trata de algo tan antiguo y tan profundo/ como el odio a sí mismo o a la autocompasión" (en ese bello, gran poema, con Pasolini al fondo).

Al final, la poética: una confesión mayor, porque no se limita a la superficie de la teoría. No se trata de sumar retórica a la retórica, sino de alcanzar la transparencia (aunque no la seguridad) que la escritura permite. Nada de gestos vacíos; un sentido de "extrema depuración", lo que quiere decir de palabra más comprometida, que no elude responsabilidades: "es preferible el silencio/ a los bellos edificios de palabras que caen". Sin duda: el primero, en su solidez y en su permanente inminencia, impide el cómodo proceder de la mentira.

Saluda, de mi parte, a los buenos amigos de ahí (a Antonio, a Blanca Elena, a Eugenio, a Alfredo…) y recibe tú, con mi felicitación por el libro, un cariñoso abrazo.

Jorge Rodríguez Padrón

 

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