W. G.SEBALD, BIOGRAFO
DE LA GENTE CORRIENTE Y ESCRITOR A CONTRACORRIENTE
Peregrino
entre las palabras
Comunes mas
no banales son los relatos biográficos de los seres que pueblan
los oídos de W. G. Sebald, autor de origen alemán residente en
Inglaterra, dueño de historias con las que además reanima su necesidad
de tornar palpable el extravío del existir, tal y como se aprecia
en Los emigrados y Los anillos de Saturno, ambas
obras traducidas al castellano. Se le estima como un escritor
de culto y a manera de excepción quebró sus votos de silencio
y aceptó el reto de conversar con la novelista barcelonesa Nuria
Amat

W. G. Sebald:
"Escribir es vivir la vida
de los autores que uno ama"
Norwich
es una pequeña ciudad situada en uno de los rincones más
apartados de la geografía inglesa. En el mapa de esta isla
británica es fácil distinguir su punto negro lindante
con el mar, no lejos de donde solía refugiar su intimidad
el duque de Windsor, desertor por amor de la grave y sonada realeza.
Se dice de Norwich que es una de las pocas ciudades típicamente
inglesas que todavía existen. Sus habitantes cuidan de
sus casas y jardines con un esmero casi exagerado. En verano,
el blanco extremado de los muros contrasta con los arriates y
cestos de flores variopintas que se desparraman por todo el escenario
urbano convirtiendo cada casa en el escaparate de una floristería.
Un río también florido navega junto a una diminuta
estación de cuento. Los taxis llegan con puntualidad escrupulosa
a la hora de la cita y marcan una tarifa casi ridícula
cuando se la compara con el resto de las ciudades británicas.
Norwich es una ciudad para jóvenes y ancianos. De restaurantes
llenos y calles vacías, bicicletas e iglesias, con una
universidad y un teatro activos en extremo en contraste con este
quieto y vacío decorado. En esta ciudad colorida en exceso
para ser tildada de literaria vive y trabaja uno de los escritores
más reconocidos y secretos: W. G. Sebald. Acceder
a Sebald se convierte en una empresa bastante más
entretenida que la de llegar a Norwich, pero una vez la visitante
consigue estar frente al escritor se da cuenta de la gran coherencia
que existe entre el espacio en el que éste vive y su hermosa
literatura. Sebald ha dedicado gran parte de sus páginas
a recrear este condado de la Costa Este de Inglaterra tan vacío
como bello. Literatura pura tal y como estarán de acuerdo
conmigo quienes hayan leído las laberínticas y serenas
frases de sus libros. Apenas dos títulos han sido publicados
hasta ahora en nuestra lengua: Los emigrados (1996)
y Los anillos de Saturno (2000), ambos en Debate.
Max Sebald, así llamado por amigos y compañeros,
o el profesor Sebald para sus colegas y estudiantes de
la University of East Anglia, suele ocultar su presencia tras
la figura de un caminante más de aquellas tierras desoladas.
Aparece y desaparece por cualquiera de los innumerables edificios
modernos de piedra gris que conforman el joven campus en el que
todavía sigue impartiendo sus clases de literatura europea.
He llegado hasta Sebald a través de un colaborador
suyo, Peter Bush, traductor célebre (son conocidas
sus traducciones de Juan Goytisolo, Onetti, Luis
Sepúlveda...) y actual director del British Centre
for Literary Translation de la UEA. Dicho centro, en su escuela
de verano, ha organizado un seminario de traducción literaria
al que fui invitada a participar junto con otros escritores (Lorenzo
Silva, Manuel Rivas, Trezza Azzopardi, el mismo
Sebald
), al lado de traductores de renombre (Edith
Grossmann, Maite Solana, Miguel Martínez-Lague,
Jonathan Dunne, Ilide Carmignani
) y de estudiantes
en traducción literaria. Pero Max Sebald no es que
sea precisamente uno de los participantes al curso que más
prodigue su presencia. Trata de pasar desapercibido y lo consigue.
Viste de forma elegante: mocasines oscuros de brillo descarado,
pantalón de pinzas anchas y camisa a listas azules y blancas
perfectamente planchada. Antes de encontrarme con él por
primera vez debo, según lo pactado previamente con Peter
Bush, llamar a la puerta de su despacho y decir: "Hello.
I'm Nuria Amat". Así de fácil.
-Soy tímida.
-Max también es tímido, dice Peter.
Lectora insegura en tantas lenguas me pregunto si mi nuevo interlocutor
hablará francés.
-"Je me débrouille", dice Peter que dice
Max.
Instantes después descubriré que Sebald es
un escritor que mantiene con los diferentes idiomas europeos la
misma relación de antigua lealtad con la que trata de preservar
su escritura. Habla a la perfección varias lenguas. Como
lectora de sus libros, me he permitido situar a este autor en
el grupo de los grandes escritores periféricos de este
siglo. Junto a Conrad, Benjamin
, Sebald
es otro de los grandes exiliados del siglo XX. Su literatura
se distingue por permanecer en el extremo opuesto del escritor
de best seller. Para quien no ha tenido aún la oportunidad
de acercarse a sus páginas avanzaré que su primer
libro traducido al español, Los emigrados,
mereció ser considerado por la escritora y ensayista Susan
Sontag como el mejor libro del año. También
Javier Marías ha alabado los grandes méritos
literarios de Sebald. De ser un escritor tardío y prácticamente
desconocido, Sebald se ha convertido en un clásico.
Pero no se lo cree. Pronto oiré de sus propios labios su
empeño en presentarse como un itinerante de la literatura,
un peregrino de los libros. Alguien que ha llegado hasta aquí
casualmente.
El camino que conduce a la puerta del pequeño despacho
del profesor-escritor Sebald es de por sí un viaje
a su mundo literario. Como si de la entrada al museo de los libros
se tratase, nada más enfilar el corredor, donde a mano
izquierda y derecha se encuentran las puertas correspondientes
a despachos de profesores vecinos a la suya, la visitante empieza
a observar detalles muy reveladores del lugar hacia el cual dirige
sus pasos. Fotografías tamaño cuadro cuelgan de
las paredes con retratos de Bernhard, Mann, Wittgenstein,
Broch, Benjamin
Están aquí para
avisar que la puerta anónima tras la que se encierra el
escritor se encuentra cerca.
Así es, en efecto. En un pequeño tablero blanco
aparecen las letras impresas con su nombre. Junto a ellas, a guisa
de relicario, una fotografía-postal del joven Kafka
vuelve a desafiar la tozudez de la visitante entrometida.
Sebald se levanta a saludarme y me ofrece asiento.
Observo que se libera de sus gafas y las deja encima de la mesa.
Es la única vez que le veré sin ellas. Lo tomo como
una señal de confianza. Tiene el cabello blanco y el rostro
sonrojado y enjuto de montañero alpino. Tiene fama de arisco
y suele negarse por sistema a cualquier tipo de entrevista o asalto
a su vida personal. Los escritores somos ladrones de vidas y palabras
y Sebald , maestro en este tema, me habla contabilizando
las suyas.
Su oficio, lo sabemos por sus libros, es el de oidor de historias
y recuerdos ajenos. Ha dedicado gran parte de su vida a incorporar
el mundo de los otros en su viaje interno. Este mismo despacho
donde nos encontramos ahora es una reproducción milimétrica
de su vampirismo de recuerdos.
La primera pregunta es suya. Quiere conocer mi opinión
sobre la versión castellana del libro que llevo entre mis
manos. Le respondo que me parece muy buena. Mis palabras vienen
a confirmar lo que ya sabía y me dan pie para preguntar
a mi vez qué es lo que espera él del traductor de
sus textos. Después de meditar unos segundos, dice de corrido:
-¡Que lo haga bien!
Su exigencia en este sentido es sobradamente conocida por editores
y lectores. Reconoce que su escritura es elaborada y reclama a
su traductor que mantenga el tono de este artificio literario.
-El traductor necesita tiempo, lentitud en el trabajo y respeto
por el texto de autor. No me interesa un traductor cuya pretensión
única consista en llevar el texto al lector. Reviso todas
mis traducciones al inglés y me tomo todo el tiempo necesario
para hacerlo. Porque los editores se sienten satisfechos demasiado
pronto, les basta con que el traductor les entregue un texto mecanografiado.
Que se pueda leer. Y enseguida le dan el visto bueno. Ellos siguen
la leyes del mercado tan ajenas, por otra parte, a las de la literatura.
Este ha sido el motivo por el cual he tenido que volver a escribir
todas las traducciones inglesas de mis libros.
Considero útil recordar aquí que W. G. Sebald
es también un emigrado. Sus lectores sabemos que, nacido
en Allgäu (Baviera) en 1944, llegó a Norwich en 1970
para dar clases en la Universidad de East Anglia donde, desde
1987, ocupa la cátedra de literatura europea. Pero a Sebald
se le debe también la fundación del antes mencionado
British Centre for Literary Translation, del que fue director
hasta 1994 y cuyo prestigio es notorio.
Le hablo de su último libro: Luftkrieg und Literatur
(Aire de guerra y literatura), aún
no publicado en lengua inglesa y de cuya traducción se
está ocupando en estos días.
-Al contratar este libro con el editor inglés puse como
condición que yo debería decidir quién iba
a ser su traductor. Lo hicimos del siguiente modo. Mi editor contactó
con varios traductores del alemán. Y llevamos a cabo la
siguiente prueba. Les entregamos unas cuantas páginas,
fueron cinco traductores los que se presentaron libremente a la
convocatoria. Yo elegí la traducción que me pareció
mejor. Obra de una traductora, no joven, por cierto: Anthea
Bell. Para mis libros prefiero un traductor de cierta edad,
cincuenta años o más porque ellos conocen mejor
las palabras alemanas y saben cómo dar el verdadero sentido
del texto en otro idioma.
-Esta afición suya por la gente de cierta edad se manifiesta
también en sus libros.
-Sí. La gente vieja es más interesante. Tiene muchas
más cosas que contar. Y me gusta vivir las experiencias
de otras personas. La gente mayor tiene un pasado tras de sí.
Un pasado que suele ser mucho más interesante que los hechos
actuales que acostumbran a ser de una banalidad sorprendente.
Debo confesar que me interesa todo lo viejo. Viejas lenguas, viejas
frases. Pero no se trata, ni mucho menos, de una cultura elitista.
Mi oído está presto a escuchar a personas de todo
tipo, desde un obrero a un maestro de pueblo. Escuchar a ciertas
personas es lo mismo que leer libros. Ambas actividades son fundamentales
en mi vida y mi único trabajo consiste en transformarlas
en texto.
-Alguien le ha reprochado que su alemán es anticuado.
Presumo que su escritura es una forma de resistencia.
-El alemán de los jóvenes es horrible. Me aventuro
a conjeturar que en un espacio de tiempo no superior a diez años
el idioma alemán va a desaparecer. Por otro lado, debo
la escritura de mi libro Luftkrieg und Literatur
(Aire de guerra y literatura) a las inquietudes
de ciertos estudiantes alemanes que me mostraron su preocupación
por la ausencia de libros alemanes que hablasen de la destrucción
de Alemania durante la Segunda Guerra. Los escritores alemanes
han escrito demasiado poco sobre las torturas de guerra.
Salvo
Ingeborg Bachmann, apenas nadie más ha escrito sobre
la destrucción de Alemania. Esta terrible destrucción
ha sido censurada por sus propios verdugos. En mi libro solamente
intento responder a una curiosidad externa de ciertos estudiantes
inquietos que pasó a convertirse en una preocupación
tan personal y propia como para dedicar a ella este libro por
entero.
-Su literatura está dedicada a resucitar estas voces
anónimas a las que da vida mediante una escritura de disección
propia de mesa de operaciones. ¿Escritura de bisturí?
¿Lección de anatomía?
-La literatura no es nada sin el lenguaje. Yo escribo por amor
a las palabras. Escribir es peregrinar por las palabras.
Sebald asume que su estilo literario es frío, apagado,
sin carga emotiva aparente. Y por primera vez deja ir una frase
que repetirá varias veces a lo largo de nuestra conversación.
Como si la tuviera preparada de antemano:
-Se escribe con la cabeza y no con el cuerpo.
Cierra su frase como diciendo que no admite discusión sobre
ese punto.
-Sí. Ya sé que es una opinión pasada de moda.
-¿Y por qué razón incorpora fotografías
entre las páginas de sus libros como si quisiera confirmar
con ellas la verosimilitud de los hechos que cuenta?
-Mi literatura está hecha de todo cuanto me rodea. Lo mismo
pueden ser pescadores de playa, playas aisladas, vidas de escritores,
recuerdos ínfimos de mis paseos solitarios. Todo cabe en
un libro. Escribir es como pasear por la historia y por la biblioteca
de la vida. Ambas realidades son una sola cosa para mí.
Trato de vivir rodeado de las cosas que me gustan y considero
natural incorporarlas a mi escritura. Todo forma parte de lo mismo.
Escribir y vivir. Sólo entiendo la escritura como reflejo
de un mundo interior, privado. No me interesa el pasado por sí
mismo sino por todo lo que puede aportar a la propia vida.
Comento
con Sebald que la identificación de su vida con
la biografía de otros escritores es otra de las características
de su literatura. Acto seguido le pido permiso para leer en voz
alta algunas de sus frases: "¿La sombra de Hölderlin
acompaña a alguien durante toda su vida porque su cumpleaños
es dos días después que el suyo? ¿Es posible
que se haya tenido que asentar más adelante en esta casa
de Suffolk solamente porque en su jardín aparece el número
1770, el año del nacimiento de Hölderlin, sobre
una bomba de agua de hierro? ¿Cómo es que uno se
ve a sí mismo en otra persona y cuando no es a sí
mismo ve entonces a su predecesor?".
-Estas coincidencias me asombran. Son ellas las que me llevan
a vivir las experiencias de los demás. Escribir es vivir
la vida de los autores que uno ama. Aunque por otro lado, escribir
tampoco es lo más importante para mí.
Cuesta creerle. Miro a mi alrededor. Este mismo despacho tan atestado
de libros conserva variados fetiches literarios. En el suelo,
junto a mis pies, observándome desde abajo, descansa un
retrato enmarcado de Peter Handke. Parece encontrarse aquí
de forma provisional. Abandonado a su suerte o quizás defenestrado
de su antiguo lugar principal en el corredor. Seguramente es la
suma de una y otra cosa. Cualquier coincidencia tiene para Sebald
una explicación. Es algo que se sabe nada más
verle. O incluso antes, cuando la visitante intrusa logra introducirse
tímidamente en su terreno.
-Handke ya no es el escritor que fue. Me gustaron mucho
sus primeros libros. Pero poco a poco su escritura ha ido derivando
en algo bastante etéreo o desabrido. Al contrario de lo
sucedido con Thomas Bernhard que ha sabido mantener el
tono literario a lo largo de su vida. Por otro lado, tampoco me
parece extraño lo que ocurre con los últimos libros
de Handke. Un escritor por bueno que éste sea tiene
una vida creativa de veinte años. No más. Esta es,
me parece, la duración natural y los escritores deberíamos
no solamente saberlo (ya lo sabemos todos), sino tenerlo bien
presente. Claro que hay excepciones. Thomas Mann es un
gran excepción. Pero todos, incluso los mejores, tienen
sus límites de tiempo creador. Así ocurre con los
narradores y de manera más evidente en los poetas. Y si
estos últimos reconocen los motivos de un silencio a tiempo,
los narradores parecen querer resistirse a esta evidencia. A mi
modo de ver los mejores libros de Handke son los de sus
primeros veinte años de escritor. Luego resulta difícil,
por no decir imposible, mantener ese tono de alto nivel literario.
-¿Cuál cree entonces que es su mejor momento
creativo?
-Lo que yo hago no cuenta, dice.
Sonríe como si nuestra conversación no fuera con
él.
-Es cierto. No tiene importancia. Le hablo en serio. Yo empecé
a escribir muy tarde, a los cuarenta años. Por cansancio.
Por enfermedad. No sé decirle. Tuve una crisis importante.
Y desde entonces escribo sin ningún tipo de ambición.
Por una necesidad imperiosa de realizar un trabajo muy privado.
Seguramente como un medio de defensa. El ejercicio de escribir,
para mi sorpresa, se ha ido convirtiendo en algo cada vez más
importante para mí. Creo que seguiré escribiendo
hasta la muerte. He pasado toda mi vida dando clases y ya estoy
cansado. La universidad ya no es lo que era. Los escritores ya
no estamos bien vistos en este reino del saber y de la gran burocracia.
Por otro lado, la literatura exige todo tu tiempo. Mi idea es
retirarme a escribir a una cabaña que tengo por algún
lugar. Sin embargo, tampoco quiero depender de la literatura.
He visto a muchos escritores malograrse por requerimientos de
publicación. Es algo importante a tener en cuenta. No hay
que depender económicamente de la literatura porque entonces
se escriben cosas para los demás y no para uno mismo.
-En su libro Los anillos de Saturno usted ha manifestado
que no sabe si se sigue escribiendo por costumbre o por afán
de prestigio, o porque no se ha aprendido otra cosa, o por sorpresa
ante la vida, por amor a la verdad, por desesperación o
indignación; así como tampoco se siente capaz de
decir si mediante la escritura uno se vuelve más inteligente
o más loco.
-No concedo entrevistas. Tengo fama de huraño y reconozco
serlo. No me gustan las lecturas públicas ni las presentaciones
de libros. Suelo negarme a esta clase de eventos. Hago lo mínimo
para poder sobrevivir como escritor frente a mi editor. Pero volviendo
a lo que me decía. Todas las razones son válidas
para la escritura. O casi todas. Porque al parecer hoy en día
todo el mundo puede escribir. La literatura se ha convertido en
un gran supermercado.
-¿Estará entonces de acuerdo con quienes dicen
que los escritores se dividen en dos grupos. Los que escriben
y los que se pasean por los medios de comunicación diciendo
que escriben?
-Por supuesto. Y lo paradójico es que esta denuncia la
repiten, a veces, los mismos impostores literarios. Los que alimentan
el fuego de la publicidad literaria. Y lo peor es que esta segunda
categoría de autores está creciendo de forma imparable.
Antes, en Suiza, por dar un ejemplo a mano, había dos escritores
Max Frisch y Friedrich Durrenmat. Ahora, y le estoy
hablando de forma deliberada de un país muy pequeño,
hay tantos escritores como tipos de yogures. De vainilla, de fresa,
de fresa y chocolate. Dentro de nada podremos disponer de escritores
a la carta.
A lo largo de nuestra conversación coincidimos en que el
mercado del libro y el áurea publicitaria que éste
irradia no permite que los lectores podamos disfrutar de los buenos
libros que todavía se publican. Una gran ola de basura
literaria nos inunda de forma permanente. Además, le comento
a Sebald, el mercado editorial por lo que se ve puede fabricar
novelistas en serie.
-Como champiñones. Se publican muy pocas novelas realmente
buenas. Las novelas entendidas como normales no me interesan en
absoluto. La novela es ahora un género artificial. Quiero
decir, nada verdadero en el más puro sentido literario.
Con frases tópicas y frívolas. Sin ningún
afán estilístico. Ni sentido musical. Novelistas
que siguen las tendencias de la moda. Ensayistas que se limitan
a ser graciosos y a complacer su afán de protagonismo.
El texto de la novela requiere alguna suerte de artificio por
parte del autor. Algo que resulte elaborado. Una apuesta por el
lenguaje. Esto es lo que pienso. No me importa si dicen de mí
que soy un escritor anticuado. Soy anticuado.
-Nadie lo diría al verle.
-Tal vez tengo esta suerte. No parezco un escritor. De hecho,
y tal como están las cosas, lo único sensato es
retirarme a vivir en una cabaña, en el campo. Dejar de
dar clases porque la universidad acaba con la vida literaria de
uno. Es una constante lucha de fuerzas en la que siempre pierde
el escritor. Hay que irse. Todo se destruye.
Tampoco tiene Sebald aspecto de viajero, profesor o ermitaño.
Ni siquiera se parece a un personaje sacado de sus libros, porque
Sebald es exactamente como la prosa que escribe: especial,
límpida, culta, inteligente, rara. Nítida y circular
como un sendero alpino. Con una mirada joven de corredor veloz
y el cabello de un blanco fantasmal y peregrino.
Nuria Amat.
Escritora catalana