Creación

JACQUELINE HERRANZ-BROOKS EN EL BORDE DE LA ESCRITURA


Para esperar el perdón

Es largo y fatigante El camino a casa que ha emprendido Jacqueline Herranz-Brooks (Cuba, 1968). Sobre su bicicleta carga el peso de la harina del pan fermentado que no ha logrado alimentar
otra cosa que el silencio de su madre y el rancio calor en medio del cual se halla: "esperando
la misma hora sin saber por qué este cargo de conciencia que me hace volver, con pena de otros,
a la casa de mi madre". También confiesa la joven poeta y narradora que son muchas las veces
que hace y deshace el mismo camino para encontrarla "en medio de una sala rota, ella misma deshuesada y seca". Por el contrario, fértil y reconocida ha sido su producción literaria



Foto: Gisele Freund
Mural de la salud, París, 1964

De continuo tengo en la memoria
estas cosas, y se repudre
dentro de mí el alma mía.
(
Lamentaciones: 3:20)

He visto el árbol. No es la zarza ni arde pero tiene sus lindas torceduras y está, como aparición, en el borde de esta calle que subo y bajo, varias veces, en los últimos días. Es un trecho que acorta la distancia entre la zona alta y la baja del municipio donde vive mi madre.
Es muy temprano. Llevo unas florecitas y no sé por qué este cargo de conciencia.
En las esquinas, la calle se enloda, se abren unos pozos enormes entre una acera y otra. Una Claudia Cardinale está detrás de un enrejado pobrísimo. No he tenido que nadar, apenas esquivo los charcos, por eso están sucios mis zapatos.
La Cardinale está detrás de un entablillado, para ser exacta, y el aspecto italiano lo da el moño en el pelo casi deshecho, la piel morena, el vestido de flores y el tirante que cae dejando al descubierto el nacimiento de las tetas.
Todos estos días, durante el camino, pienso en la posibilidad de un cambio de vida. En algunas disfunciones que hagan posible encontrar el perdón. Y claro está que el perdón por amnesia no me gustaría padecerlo en este lugar donde tendría que aprender, de nuevo, a reconocer todos estos métodos únicos de supervivencia para regresar al bien común. El bien común que se reduce a patalear contentos dentro de la anormalidad circundante: una serie de tareas obsesivamente diarias que han de ejecutarse para subsistir cada uno de los días, y eso es lo que me aplasta.
Hago y deshago el camino hasta mi madre y la encuentro allí, en medio de una sala rota, ella misma deshuesada y seca, a punto de salir de su locura para entrar en la locura del pan. Y cuando le miro a los ojos para saludar en la entrada, todavía en la puerta sin apenas descargar la bicicleta, empiezo por describirme lo que será el camino redondo que va de la casa de mi madre a la panadería y lo que debe uno esperar allí entre la comidilla de viejos del barrio quienes han perdido, casi todos, los dientes, el pelo y gran parte de la memoria emotiva mientras el hambre los hace maldecirse unos a otros cuando se rasgan para ver quién llega primero a alcanzar la bolita semicruda de harina sin que puedan controlar los impulsos groseros de clavarle un codo al que está detrás o delante, da lo mismo.
Cuando termino de apoyar la bicicleta, como puedo, medio de costado, veo, una vez más, los cristales rotos, la puertecita carcomida e inmediatamente imagino lo que viene después de esta escena que es precisamente la escena de la cocina donde se amontonan las cazuelas negras y abolladas arriba de los azulejos destartalados y decido que me voy por ella a buscar el pan y así me doy espacio, me agujeteo antes de entrar definitivamente a la casa de mi madre donde es probable que tenga que pasar un par de años hasta que llegue la amnesia.
Me desgasto en imaginar que puedo salirme de esta normalidad que me acontece y no dejo de preguntarme qué es lo real, qué debo esperar de mí y si tiene que ver con esto de todos los días y si debe ser así o existe alguna otra posibilidad de disfuncionar y empezar de nuevo.
Sí, eso debo ser yo a esta hora de la mañana como toda esa gente absolutamente rancia de calor esperando la misma hora sin saber por qué este cargo de conciencia que me hace volver, con pena de otros, a la casa de mi madre.
A veces, mientras esquivo un charco, dejo de leer el viejo sistema de reconocimiento mutuo que se mezcla con la vida que me doy y se me dilata la cara. Pero esto no vale más que el tiempo que dura en mi cabeza antes de que aparezca el sueño de "cuando deje de ser la misma" y gracias a esto olvido alguna de nuestras decisiones, como las de no ceder espacio o la de irse arrinconando así una más allá de la otra y cada quien en su lugar: ella en la casa, yo en el borde del camino de su casa que varias veces se mezcla con la vida que me ha dado hasta que me tambaleo fuera de allí, lejos, durmiendo en cualquier pedacito de acera con cualquier extraño.
No vale más que lo que dura en mi cabeza mientras deshago todo el camino de vuelta con el pan y el pensamiento agrios, directo a iniciar una pelea, derechito a gritarle en cuanto llegue todas las formas que me invento para borrar la identidad y desaparecer lo que me acontece, tan general, que aparenta ser perpetuo.
Hago una cruz o miro al árbol que las hace: no sé por qué este cargo de conciencia e intento creer en el destino. Me obsesiona la unidad, lo uno. Es por eso que me aplasto contra la mierda y no encuentro más salida que burbujear dentro de ella.

("El camino a casa", del libro inédito Escenas para turistas).

N° 28 Año IV
Caracas, sábado 14 de abril de 2001
 
 
 
 
 
Banderillas
Adiós Curro
(Luis Pérez Oramas)
 
 
 

 

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