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Reseña
STEPHEN
MARSH PLANCHART
Una
niebla apenas rasante
Un
lenguaje "escueto, sencillo, liberador", detenido en una suerte
de "niebla apenas rasante",
se dispone en las páginas del más reciente poemario de Stephen Marsh
Planchart, La azucena victrola. Una poesía que César Seco
identifica antirretórica, despojada de metáforas, cuyo único lujo
es la "indagación profunda". Acaso por ello celebra este libro,
y por la singularidad de su tono,
su unidad y el silencio compartido
Subiendo,
un límpido trozo de cielo asoma, la neblina se escurre silente.
Es el valle La Mano Poderosa en Mérida. Vive allí
Stephen Marsh Planchart, poeta que ya una vez nos "tocara"
con Previa higuera (Fundarte, 1991), y ahora, con
La azucena victrola (Mucuglifo, 2001).
Sí, a un alto nos remite. Un fértil aroma verdea pendientes
y cumbres: un corazón de agua discurre bajo las piedras.
No obstante, en la página, hay una disposición otra;
atención: un ascesis del lenguaje y de la experiencia.
Ciertamente, las palabras parecieran caer de un quedo mirar a la
hoja en blanco como niebla misma. Desde que saliera de Caracas,
decidido a internarse en la montaña y llevar la vida del
contemplativo que es, Stephen Marsh habita este paraje, callado,
cerca del balbuceo, sin frecuentar círculos (salvo los afectos
y las correspondencias con Gelindo Cassasola y Gilberto Ríos)
y con su vida, que pareciera recogerse -transcurrir en espiral,
en torno a él- caminando la montaña.
Silencio grato me llevó por sus páginas, "niebla
apenas rasante", dice él, apacible, igual a su presencia
dentro y fuera del libro. Sin compulsión, sin asomo de incontinencia,
el silencio en que siente, indaga como leve resplandor las cosas
en el instante y atrapa su más inmediato acontecimiento.
Instante único, lo suscribe, poema (o anotación de
camino), agradecido de que sus ojos se hayan puesto a mirar el Humboldt:
"Menos solo / cuando alcance / la soledad
plural".
Sin referirlo anécdota, el instante se registra aparición-desaparición
en "el pozo de la mirada" y la soledad, es ella
sola, conteniendo todo alrededor: "Amo esta clara redondez
/ Y lo que de ella quedará /
Oh noche
la entre mis ojos / Oh río perdido de vista".
Poesía sin retención, antirretórica. Despojamiento,
¡ah! un único lujo: la factura humilde, o bien, su
indagación profunda: ¿Acaso puede un río
/ beberse a sí solo?
Las partes ordenan el libro en una sola relación integradora
de sus elementos, sin reductos fuera de su propósito: unidad.
Creo, ha podido mediar una meditación de años donde
escucha su verdad a ojos abiertos. El, el íntimo, consciente
de que sólo ocupa un lugar con toda su "dote de nada",
y de que es ésta, la plenitud: "
alcanzar la
forma encumbrada de una casa / vacía como la espera, abierta,
y albergue un horizonte / nuestras miradas".
Tiene distingo el sacudir el saco de las palabras y su relación
sintáctica. Despojamiento: "Su caridad es dura, austera
en su Don". Lenguaje escueto, sencillo, liberador, y cuya sola
presencia podemos retener en la misma niebla rasante del comienzo:
A la
Noche si aprieta
Se le opone una lámpara
La llama inclina en la sombra
La sombra huye luciérnaga
Tal un nocturno de follajes
La ilustraba el relámpago
Y se hacía llover.
¿Es que
la niebla borra y vuelve al agua? ¿Es que la voz la dice,
y detenido en su mirar, el poeta alcanza la blanca escarcha, el
polvo helado, la cumbre:
y lo alto
era también invisibilidad
de lo alto
Desde este feraz
sol, le saludo.
César
Seco. Poeta
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