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Umbral
FRENTE
A LA ABISMAL ESCRITURA DE MIYO VESTRINI
Apuntes
de una extranjera
"Leer
a Miyó Vestrini no es fácil: provoca sed", escribe Claudia Schvartz
en el prólogo
de la segunda edición de Ordenes al corazón, una lectura
que atiende los tejidos y el diálogo
entre los relatos del libro que presentará la Editorial Blanca Pantin,
el próximo 26 de abril en la Librería Macondo, y los poemas de la
autora de quien se conmemora
este año el décimo aniversario de su muerte

Foto: Archivo
Miyó Vestrini
¿Pero
cuál era el mundo de Susana
San Juan? Esa fue una de las cosas que
Pedro Páramo nunca llegó a saber.
Juan Rulfo
"
tomar decisiones era su debilidad, porque siempre eran
decisiones equivocadas". Sin embargo, una decisión siempre
es delicadísima de tomar para quien piensa que "un segundo
representa lo definitivo, la totalidad del amor".
Cosas así dicen o piensan los personajes de Miyó
Vestrini (1938-1991) en Ordenes al corazón
(Editorial Blanca Pantin, Caracas, 2001), un libro de relatos que
dejó inconcluso, otra "decisión" última
y sin retorno.
Y de qué decisiones habla esta mujer, incluyendo la de no
detener al marido que la abandona por una amante, de no hacer nada
sino estar en la cama, o cumpliendo paso a paso con el listado pegado
en la puerta de la heladera, como ayuda memoria de lo que se necesita
en casa
una casa que la abarca, pero donde la noción
cuerpo la transforma en un ser atrapado por la inercia, que
toma la decisión de no hacer nada, ni retener ni detener,
puesto que todo es equívoco y se pregunta apenas qué
desea, mera existencia a la deriva y como vaciada
"Un
hambre clandestina", condensa en mínima expresión
la oralidad monstruosa de una mujer en su menopausia, que espera
la definición clínica de una "protuberancia"
en "Todo el santo día", y mientras mira la televisión,
la cama llena de migas, observa con agudo ojo de mujer acostumbrada
al discurso político el desfile de mandatarios del mundo
el día de la asunción de nuevas autoridades
hombres, finalmente -y del poder- ante los ojos valorativos de una
mujer. Durante esta jornada de espera, ella piensa en la muerte,
que es un modo de pensar el alcohol, el deseo, los hijos, la literatura
francesa incluido el Marie Claire de su madre, figura capital de
este universo literario
o la importancia de la actitud frente
a la nevera abierta para el discernimiento de la diversidad cultural.
La pregunta "Qué hiciste todo el santo día"
viene a poner "música de comiquitas" a la gravedad
de la espera en que la protagonista recorrió el amplio abanico
de un escenario sacrificial.
Pero fundamentalmente, Miyó Vestrini habla de audacia.
La audacia de ser una mujer, con cabeza y cuerpo, capaz de reproducirse,
de firmar sus escritos y de pensar políticamente. Pero cada
una de estas capacidades plantea una pregunta, requiere decisión
y nueva audacia. También para el suicidio, claro.
Leer a Miyó
Vestrini no es fácil:
provoca sed.
Se la vuelve a leer y se encuentra claridad. Pero es fugaz, porque
resurge siempre la voz de un debate con el cuerpo. Además,
la trama de los cuentos parece latir. Ordenes al corazón
es un libro álgido -como el frío de esa mujer que
se cubre con cobijas a pesar del calor-, casi una trompeta de sonido
penetrante que va construyendo unos preciosos vacíos, unos
silencios valiosos
es que los relatos de Miyó Vestrini
son relativos al jazz.
Se trata de una escritura que obliga a seguir el rastro, a no perder
ni un instante la atención. Y, como en ciertas obras musicales,
hay acordes o pliegues que se repiten dando profundidad a la totalidad
de los cuentos. Al mismo tiempo que los integran y complican, corren
y descorren el centro de atención.
No es novedad que Miyó Vestrini era maestra en los
engarces, basta leer Las historias de Giovanna o el
poema "De letanías y pocas virtudes", de su libro
Pocas virtudes. Esto nos obliga a leer con atención
los poemas de Valiente ciudadano, que también
dejó inédito. Entonces descubrimos, por ejemplo, que
en muchos cuentos aparece un personaje que sólo se nombra.
Es Beatriz, que, en el cuento "Ordenes al corazón",
jura que hay una frase budista que cambia el karma y, si es repetida,
produce pura alegría; la misma Beatriz que afirma "eres
lenta porque tu signo es de tierra" en "El cielo del trópico";
y aunque evidentemente es digna de toda confianza, sólo es
mencionada casualmente y al pasar. Sin embargo esta mención
es un elemento que aporta también un matiz dramático.
Beatriz es recurrencia -en "El mensaje" es sólo
una voz imperiosa y seca (un sonido grave, de anuncio sostenido)-,
que tiene algo de repetición irónica que calibra el
tramado de los cuentos.
Ahora
bien, en Valiente ciudadano, el poema titulado "Beatriz",
a todas luces autobiográfico, habla de una mujer que "no
quiso participar en la grotesca ceremonia del elogio a la decadencia"
y por eso "se suicidó a los cincuenta y tres años"
dejando una "lista de equivocaciones y aciertos". "La
escritura es lo de menos, anotó, / y estampó su firma
con letra pequeña, / para que creyeran que era apócrifa".
Beatriz la que teje, la escritora, la suicida, la que deja todo
listo en precisa puesta en escena, es también la que urde
la trampa. (
)
Ironía y audacia, sí, campean en los relatos de Ordenes
al corazón, pero sobre todo inteligencia y honestidad.
Su nítido ojo narrador se divierte en la trama (internamente,
vertebra narraciones entre sí y externamente, las vincula
con los poemas) forjando, con la misma materia e intensidad, formas
diferentes. Y lo que empezó como poema se vuelve prosa sin
perder su condición de extrema densidad. (
)
Su lengua
nace en la escucha.
"Es mi cuerpo lo que molesta. Estoy toda vertida hacia adentro,
hacia sus ruidos y silencios". Y no pierde en ningún
momento su alto voltaje. Puede ser ambigua, violenta, erótica
En sus cuentos hay cuerpo; es decir, miedo, partos, comida, masturbación,
risa, enfermedad, abuso y muerte súbita, olores
y dependencia.
"Te lo dije mil veces: dejar de beber a tu edad es un suicidio.
El problema no es el alcohol en sí. Es la relación
que hay entre tú y lo que te rodea. Sin alcohol no hay relación.
Con nada". Es una presencia dura la del alcohol, que
se reitera a lo largo del libro. "Cuando todo terminó,
cambié las sesiones por grandes bebederas solitarias. Es
normal, fue el comentario cortés del psiquiatra. Así
que continué", escribe en el magistral "Un día
de la semana". "Alcohólicos Anónimos, ¿estás
loca? ¿Sabes lo que van a hacerte? Relacionarte con el más
grande de todos los alcohólicos: Dios", escribe audazmente
en "El cielo del trópico". Y en "La mujer
que hablaba sola": "el aliento cargado de cerveza y gruñidos"
reúne el alcohol en la ecuación de los cincuenta años.
Menopausia: imperdonable retracción o súbita ausencia
de dirección. Ese desconsuelo ¿es culpa? que en este
cuento se suma a la dolorosa cuestión del hijo, eje reiterado
en el mundo de Vestrini (
), que computa en uno de sus
poemas dos partos y diez abortos y ningún orgasmo.
Los hijos parecen sustraerse de la presencia de la madre y caen
en pesado silencio, bajo la égida de la institución
(ya sea el psiquiatra, la cárcel, el padre) y ven a la madre
como un ser que pesa, intraducible, aislable. La pena doble que
registra este opaco encuentro, en que hijo y madre se observan,
es uno de los temas más lacerantes del libro. (
)
Una dimensión política está imbricada en la
estructura misma de esta lengua española, adoptada -como
ella lo es- por Vestrini, el pintor, segundo marido de su
madre y cuyo apellido usará como seudónimo en lugar
del Fauvelles legítimo -"hablen y escriban oscuro y
dejarán de ser indios"- que la opone al francés,
su primera lengua, que aparece casi siempre en relación a
esa madre de horribles cantinelas discriminatorias, que la autora
describe con la "petitesse" de la burguesa de provincia.
"No quiero morir pareciéndome a mi madre", escribe.
Sin embargo algo del odio, espejo tan asfixiante, parece haberla
alcanzado. "Levanté la voz. Sé que nunca debo
hacerlo, porque no logro detenerme. Mi voz sale y se devuelve. Me
amarra y se marcha. Ella queda afuera, viéndome, y yo hablo,
me reviento los oídos y la lengua, hasta que regresa y me
calla, atravesada en mi garganta". (
)
Lo indudablemente grande de MV es la inteligencia con que
estructura esos cuentos: precisión para pensar los cortes,
climas de gran densidad, complejidad de los temas, multiplicidad
de texturas y planos que reverberan unos sobre otros.
Uno de los cuentos, "Un día de la semana", que
tiene dos versiones poéticas en Valiente ciudadano,
es un hito: sutil, político, íntimo. (
) Todo
está aquí destinado a la traición y el desprecio.
El sordo desconsuelo de la historia la haría ilegible, pero
la maestría de la autora al conjugar los planos mediante
precisos cortes hace de éste uno de los más brillantes
y terribles cuentos (Las historias de Giovanna muestran
la misma habilidad en ese recurso).
Una mujer que escribe tras máscara andrógina "Cuando
terminé, se escurrió hacia el suelo como un pañuelo
de seda" ha encontrado una precisa metáfora para describir
el orgasmo. Tanto en "El mensaje" como en "El día
que enloqueció mi mujer", "Indicaciones",
"La reja cerrada", "El sueño" y "Castor",
la autora habla del deseo, del amor y el cuerpo, de la vida.
Entonces aparecen el humor y -lisa y llanamente- el erotismo y la
belleza. La escritora, en fin, va más allá de la confesión,
escribe con el material de su vida y la trasciende, con escritura
impecable, pregnante.
Resonancias, ecos, parpadeos
aquí todo forma parte
de un único cuerpo, totalidad "en relación"
casi explosiva. Porque se trata de una mujer escribiendo desde el
fragor de su cuerpo, sin perder el hilo de sus tantas voces, como
quien hace equilibrio sobre un volcán en erupción.
Tensa y extrema, saca conclusiones con ritmo alucinante, sin perder
la seriedad ni la frontalidad. Porque no hay que olvidar que Ordenes
al corazón es el vertiginoso libro de una condenada,
una mujer que sabe sus horas contadas, pero que, como Casandra,
anuncia un destino que nadie escucha. Y que esta mujer es una poeta.
(Prólogo
a la segunda edición de Ordenes al corazón
de Miyó Vestrini).
Claudia
Schvartz. Poeta y ensayista
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