LA LECTURA, HUMANA Y
MILENARIA NECESIDAD
El
templo del sentido
Las palabras,
signos reveladores de nuestra vida y nuestra cultura, creadoras
de un mundo propio y solidario, de una "morada reconciliada",
reclaman un lugar de encuentro: el texto. ¿Y no es éste un templo?
"Templo del poema, de la coincidencia, del conjuro, de la comprensión,
de la aceptación", dirá Miguel Márquez en ocasión del Día del
libro y del idioma castellano, que se celebrará del 23 al 29 del
presente mes, semana en que se conmemora un nuevo aniversario
del nacimiento de Cervantes. Templo abierto al culto a la lectura
y a esa posibilidad de expresión que recoge las líneas que dibujan
con precisión los paisajes del andar del hombre, del andar del
poeta

La Biblia
"moralizada" de Jean le Bon
La
lectura es lugar de encuentro, de coincidencia, de la incidencia
en uno de aquello que nos revela, a través de signos y
de un largo trajinar con las palabras, el relámpago del
significado, la noche abierta del sentido, el lecho donde siento
y advierto, cuando me toca el verbo, cuando me interpela, una
zona novísima, primigenia, abierta de par en par a la pulpa
más recóndita, palpitante e inquieta de mí
mismo.
Entrar en uno mismo, a través del seguimiento atento a
lo que está allí, puesto ante nosotros por nosotros
y en la compañía del otro, a través de la
lectura de las palabras, de las frases, de los jadeos, de los
gestos, del repentino llanto, de la incomodidad ante cierta mirada,
de la risa nerviosa ante cierta forma de decir
, de un recuerdo,
de una imagen entrañable que vuelve con su poder conmovedor
a desarmarnos, de la carátula de un libro que aún
recordamos al ingresar el primer día de la escuela, junto
al intenso y fresco olor de la madera al sacarle punta al lápiz
primigenio, de aquella frase que todavía insiste en desenchufarnos
del mundo como por arte de magia. Entrar en el orden verbal que
nos pertenece, con todos sus dioses y animales, requiere de voluntad
para mantenerse en una lectura plural, ducha, experimentada. Una
lectura que nos amplía el universo a cambio del sufrimiento
que ponemos en la tarea de tratar una y otra vez con él,
con aquello que ha de hacer del mundo más o menos ficticio
o escenográfico para las escaramuzas del Yo, a cambio del
sufrimiento de confrontarnos con las palabras que necesitamos
escuchar, decir y desentrañar, un mundo de veras propio,
acompañante, solidario, solitario. Un poco de tristeza
y alegría ante la resolución de crecer a pesar y
sobre todo en contra de lo que intuíamos más fuerte
que el dolor, más inevitable acaso por su discurso apabullante,
para pasar a cierta disposición ganada por el afán
de la verdad, único que nos puede ayudar a vivir, a comprometernos,
a responder, a ser en el placer y en la adversidad.
Cuento un sueño: ríos de petróleo cercan
una especie de archipiélago y en él se alza una
pequeña colina que me luce protectora contra el río
de fuego que muy pronto ha de cobrar ferocidad, cuando estalle
el artefacto explosivo que descubro a la orilla del agua, puesto
allí por una fuerza demoniaca, destructiva, poderosa en
sus ganas de chamuscar toda empresa humana con el aceite hirviente
del subsuelo, con la lava quemante que ha de manar muy pronto.
Veo que algunos nadan muy rápido para escapar del inminente
fuego. Yo subo, por el contrario, a la colina y llego a un templo
abierto, como griego por las columnas aunque modesto y sin paredes,
bien aireado. Ese templo se llama, como lo dice en una tablilla,
TAO. Es obvia la referencia al equilibrio, al cese de la oposición
por la armonía de los contrarios, pero lo que me lo hace
personal, con lugar en mi psique, es que ese templo es el lugar
de la palabra, o mejor, sólo la palabra es capaz de crearnos
una morada reconciliada, no neurótica ni circular, sino
espaciosa y libre. Me explico. Este sueño lo relaciono
directamente con un poema que me toca de cerca, que lo escribí,
como suele ocurrir casi siempre, sin conciencia de lo que quería
escribir, pero sí necesitado de hacerlo surgir desde una
interioridad que reclamaba su espacio, su figura. El poema se
llama "La P" y me permito citar un fragmento:
(
)
Y la "P" que piensa en el pie
En la pisotada / en el psicoanálisis
Poderosa piel perdida
En la impotencia
La "P" infinita del perdón
Del para qué
De la parca con su marca
En el pétalo del paraíso y el desasosiego
Postración ante el asombro
Pretérito y presente
Como daga frente al porvenir
Como un palacio monótono
De puertas clausuradas por el tiempo
La "P" contra la vida puede
Y pinta postes / postas
Púrpura para no decir que sí
"P" y lágrimas vírgenes
En la posible alegría
Vuelta permisiva desolación
Puerto y paso para que pasen
Los pronunciados fracasos
Y previsibles partos
Donde la "P" se impone impar
Y de nuevo el sueño planea / la pereza
Y aparecen las puestas al sol
Planas plumas plúmbeas
En esta "P" de pozo pernocto
Desde pequeño y me pierdo
En esta "P" de piedra vulnerable
En esta perla devorada por el saqueo
Que franquea débiles portales
En esta "P"
Trato de encontrar una cueva
Donde el cangrejo sea el idioma
De la única palabra que funcione
Prendida la luz / el cuerpo del silencio
Como un templo
Este templo,
templo del poema, de la palabra, del encuentro, de la coincidencia,
del conjuro, de la comprensión, de la aceptación,
es para mí el lugar del culto a la lectura en su sentido
más amplio, lectura de los signos de nuestra vida y de
la cultura, leer como pasión, leer con atención,
leer como expresión activa de nuestra curiosidad inagotable
y de compasión ante tanta estulticia del mundo. Este escrito
deja de lado los elementos más personales y trata de destacar
la experiencia densa de tomar en serio las palabras, de que no
son algo allí dado porque sí, sino que sólo
por ellas nuestra conciencia es verdaderamente tal, con-ciencia,
con saber, con conocimiento. (Pero sin olvidar lo que dice María
Fernanda Palacios y curarnos, de cura, de tratamiento contra
el pathos de un saber ajeno a la interpretación:
"la verdad no está de frente ni arriba ni adentro:
el texto no tiene otra verdad que la de nuestro propio deseo,
por eso cada lector es el lector de sí mismo"). Tomar
en serio las palabras, decía, es hacerlas nuestras, palabras
que siendo de todos son intransferiblemente individuales, hechas
al calor de nuestro paso por el mundo, por la casa, el liceo,
el sexo, las pasiones, por el río y su abandono, por el
paso apurado y la paciencia. Un caldo de palabras que puede ser
superfluo y desabrido, o rico y con alma -preñado el cabrillo
de ritual interioridad. Palabras para contar, entender, saber,
escoger, separar, anudar, concluir, imaginar, bailar, enamorar,
desencantar, arañar, coger, maltratar
Sin ellas,
todo estaría perdido. Y el templo entonces es el lugar
de la palabra, del forcejeo, de la memoria, de la clarividencia,
de la vergüenza, del temor, de la ira, de la alegría,
el deseo y el consuelo.
II
Me detengo a contemplar imágenes de un recorrido que comienza
con una bella edición de Verne, en tres tomos, ilustrada,
regalo espléndido de mi abuela Trina el día de mi
cumpleaños. Cómo viajé de bueno por el mundo
cuando tenía diez años, qué francachelas
en islas solitarias llenas de peligros, gentes y aventuras. Luego
comienza una escolaridad que padecí hasta todo el horror
que puede experimentar un muchacho de 13 años cuando la
experiencia del aprendizaje se le convirtió en delirio
agotador, lleno de exigencias, de reclamos. Leer me producía
fastidio, cansancio. Leer digo los libros de las materias que
cursaba, los odiosos textos aquellos que marcaron mi paso eterno
por el infierno. Cansancio que sólo compensaban las lecturas
de esos "suplementos" hoy llamados cómics
que ciertamente suplementaron con sus fantasías mis viajes
por el universo y que sentenciaron mi escolaridad a un fracaso
inevitable pero fantástico sin duda. Luego viene Hesse,
el lobo de las estepas, Demian, y un autor escrito en esas páginas
que significó todo un reto para mi falta de entrenamiento
en el ejercicio de la lectura profunda, de la compleja; nombre
escrito en una edición argentina de las obras del autor
de Sidharta: Federico Nietzsche. Qué misterio tan
motivante y que fue adquiriendo forma hasta llevarme, en un proceso
lleno de contradicciones y que me ahorro de contar, a estudiar
filosofía y descubrir allí, ah Eliseo Diego si
pudiera decirlo contigo, los poemas, los poemas, los poemas. En
esa escuela de filosofía que tanto quiero recuerdo la impresión
deslumbradora que experimenté al descubrir que los libros
no sólo estaban para ser leídos, que era mi imagen
plana del mundo hasta ese momento, sino que también, y
ese día descubrí con los Buendía que el mundo
era redondo como una naranja, que también era posible escribirlos.
Cónchale, cuánto me costó llegar a esa conclusión
bienhechora. Cuántas fiestas le hubiese debido al colegio
y me hubiera evitado tanta metida de pata si esa posibilidad de
expresión me hubiese llegado en la época de estudiar
castellano y literatura, cuando estudiarla era algo así
como una expiación de culpas milenarias. El castigo como
un aprendizaje que sostiene en el fondo que el mundo está
explicado, y lo único que humanamente nos compete es aprenderlo.
Qué aburrido, qué conservador, qué reaccionario.
Tanta vuelta para llegar a la verdad que está fundamentando
desde el comienzo a este Colón de tierra firme: lo que
realmente importa es esa locaina imaginativa y creadora con la
que has estado rivalizando todo el tiempo, el mundo está
allí para que lo inventes, no hay calco, hay subjetividad
iluminada e iluminante. Lo que viene a significar que esa participación
activa en el acto de la lectura, la pertinencia de esa locaina
de la que hablaba, tiene que ver con el cómo esas palabras
que están allí frente a nosotros se hacen nuestras
sólo en la medida en que llegan a formar parte de nuestro
más íntimo diálogo, con la resonancia afectiva
y eidética que nos despiertan y animan a entender y dar
respuesta.
Para decirlo
con unas palabras que me acompañan mucho de Victoria
de Stefano, escritas a propósito de su experiencia
en el análisis: "leer es escuchar, darle el derecho
de palabra a las intenciones del otro, del que escribe, del que
narra, del que poetiza y se expresa. Apenas un sí. Porque
escuchar es responder; es, por obligación, un diálogo
desmandado, sin desenlace; al menos mientras el aliento ronde
amigablemente bajo el cielo del paladar. Sólo el que oye
está dispuesto a navegar, a dilatar al infinito el sistema
expansivo de las voces. Puede continuar a su gusto, puede reanudar
donde mejor le parezca, elegir esta o aquella versión;
puede rebasar, interpolar y también, si así lo quiere,
suspirar y tomar el relevo. Tristan Tzara pronunció
un día la sentencia: El pensamiento se hace con la boca".
III
Pienso mucho en un libro de citas, en un cuaderno que recoja los
fragmentos de una vida con las letras, las líneas del destino
en esa mano de papel donde se dibujan los paisajes de nuestro
andar con precisión biográfica y adivinatoria. Un
cuaderno que debería registrar también entre las
letras los ecos que las mismas nos despiertan al leerlas, las
reflexiones de soslayo, las imágenes que se activan, los
olores que advienen de pronto con su cálida presencia en
ráfagas sucesivas de escalofrío. Un cuaderno con
cuerpo de memoria, con sustento para la atención morosa
que deletrea las palabras como chupando camarones en un cuenco
de coco y de delicias.
Pienso en ese cuaderno como quien señala los tesoros de
su paso por los vagos mensajes y las razones radiantes de la tierra,
o los libros como el producto de la gesta del hombre y la mujer
por entender, por crear, por inventar, por trabajar las pieles
del sentido con manos de fino orfebre, con detenimiento para hundir
la escobilla y hacer mundos allí, en el espacio baldío
donde no se imaginaba vida alguna, y entre comas precisar una
intuición, un encaje de luto, una rara sospecha. Comas
para ampliar de palmera en palmera las consideraciones vibrantes
de la vida, para multiplicar las sendas, para navegar por el mar
exacto de nuestra hora con remos que hacen del viaje una aproximación
definitiva al canto y a la reflexión. Con puntos seguidos
para que la temporalidad se instale cómoda en su respiro
y pueda continuar con otras abluciones; de repente aparece el
punto y coma, que anula la secuencia sin decapitarla, dejándole
un respiro a la agonía de la que brotarán nuevas
hojas.
Valga un punto y aparte, pues, para comenzar la necesaria retirada,
y en la que me acompaña, como un talismán el escarabajo
de Samotracia -con su oro profundo y hecho de un ardor donde brilla
el jade-, un fragmento extraído de la hermosa, intensa
novela, Historias de la marcha a pie, que reitera mi goce
por esta suerte merecida que hemos tenido, y Dios nos la guarde
por siempre, quienes a mediodía encontramos en las palabras
la penumbra, techo fresco y generoso, el templo del verbo:
A mi derecha,
el sol iba dorando la ensimismada silueta de los oscuros cipreses.
Se refractaba el azul sobre los verdes (apretados nogales, algarrobos,
pinos mediterráneos), que eran normalmente umbríos.
Brillaban las margaritas silvestres, la absenta, el eneldo, en
las grietas rojizas de la ladera y la brisa campeaba propalando
polvillo de luz transparente en toda la extensión del paisaje.
De frente, la pura lejanía del horizonte bajo el soleado
vaho que subía del agua, unidos el mar y el cielo en una
inmensa franja surcada de envolventes nubes cuya silenciosa rotación
parecía más próxima que las mismas cosas
de la tierra. Más que los geranios en los balcones, más
que la ropa en los tendederos, que el alminar de la mezquita,
que el puerto, las grúas y los barcos, más que las
estoicas gaviotas en la dársena del muelle, que las zancudas
en la chimenea y que la flecha de las golondrinas sobrevolando
la bahía. El cielo y el mar venían a mi encuentro
con un vértigo de alta montaña. ¡Detente y
considera las maravillas de este mundo!
Miguel Márquez.
Ensayista y poeta