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Apuntes
La
cultura encadenada
La
escritora Alicia Freilich advierte, aferrada a argumentos de orden
histórico, el asomo
en el discutido proyecto de Ley Orgánica de la Cultura, de
"procedimientos del sistema totalitario
que paso a paso se pretende implantar en este país". Y, así como
acota que "una cultura
de por ley (...) sujeta a cualquier dogma (...) promueve ruinas
y burocracia sumisa...",
señala que "nuestra presunta Intelligentia (...) por ignorancia,
complicidad o dejadez,
duerme ahora una siesta cómoda pero suicida"

GAN/Biblioteca
Nacional/Museo de Arte Contemporáneo Sofía Imber/UCV
La
muy aliñada Ley Orgánica de la Cultura, a punto
de horno para ser Decreto de la Asamblea Legislativa, contiene bien
claros el concepto vertebral y los procedimientos del sistema totalitario
que paso a paso se pretende implantar en este país.
Desde Mao, pasando por Stalin, Mussolini, Hitler, Pol Pot, más
los Fidel Castro, Pinochet y Videla del Tercer Mundo, la historia
política contemporánea otorga al menos dos evidencias
rotundas: 1) Revolución, a la izquierda y a la derecha, ha
significado transformar para el retroceso, cambio para la involución,
cuando la cartilla revolucionaria se rige por la Ley del Talibán,
quien con fe y biblia de fanático levanta su nueva estatua
sobre las cenizas de la que pervivió durante siglos. 2) Un
régimen puede perder o debilitar ocasionalmente sus instituciones
básicas, pero mientras preserva y acrecienta su reserva intelectual,
tiene el mayor de los chances para renacer, convirtiendo el error
en acierto y el duelo por pérdida en renovada energía
para los avances.
Durante el gomecismo se gestó una escueta pero rebelde, culta
y perseguida "Generación del 28" para entregar
las armas filosóficas del relevo cívico-militar que,
muerto el tirano, dirigió a la nación con moderna
señal. A su vez, la dictadura perezjimenista generó
el rechazo desde una oligarquía dirigente de origen popular
pero apta y organizada que con mucho sufrimiento y coraje pudo instrumentar
los fundamentos de la democracia representativa. Esta, a su vez,
confrontó la resistencia crítica de una subversión
militante en guerrilla universitaria de urbe y monte.
Hoy, por paradoja y desgracia, bajo el expreso signo revolucionario,
nuestra presunta Intelligentia, hija pródiga de la
Cuarta República, ésa que aprovechó al máximo
una juerga ilustrada con subsidio del lubricante petrolero más
caro del siglo, por ignorancia, complicidad o dejadez, duerme ahora
una siesta cómoda pero suicida.
Se trata de una élite profesional crema y nata, proveniente
de la clase media, muy calificada en sus respectivas áreas
de gerencia cultural, y que ha dado muestras de su alta capacidad
técnica desde el sector público y privado que durante
cuatro décadas, con sus altos y bajos, derrotas y logros,
les presentó la más variadas opciones para la realización
y disfrute de una creatividad libre, como de nacimiento es, porque
la cultura que se da y recibe no puede ni debe ser concesión
jurídica y mucho menos regalo condicional de un gobierno
ni partido. Tampoco es decretable, pues proviene de la función
genéticamente más personal, subjetiva, espontánea
y sagrada del íntimo ser humano.
Contra este programa centralizador y de control oficialista, lo
normal sería una reacción de los intelectuales, artesanos
y burócratas de la cultura, criados en esos cuarenta años
de absoluta libertad. Allí precisamente radica su rol de
esencia en un régimen democrático. Pero sufren de
una repentina amnesia generacional manipulada a fondo por aquel
oportunista izquierdismo que fracasó en los años sesenta.
Por olvidar de dónde proceden y que nada viene de la nada,
están afilando cuchillo para su propia garganta.
Ahora, frente a tan peligroso vacío, funciona el instinto
libertario del venezolano y ese digno papel opositor es asumido
por el todavía libre periodismo informativo y de opinión
y por un liderazgo político muy joven, aún minoritario,
pero eficaz, responsable y oportuno en su vocación justiciera
para todos, cada vez más respetable y respetada.
Si a ver vamos, ¿quién desdeña leyes de mecenazgo
aplicadas desde hace tiempo y con éxito en sólidos
países? ¿Quién desprecia normas necesarias
para la protección social del desvalido hacedor de cultura?
Pero aquí, hoy, esos lindos árboles se trasplantan
como cebo para sembrar un horrendo bosque y adquieren su oculta
dimensión en el contexto de esta Ley Orgánica -marco
que prefija, redefine y reglamenta una cultura nacional y la encuadra
bajo su premisa revolucionaria sellada por la nueva Constitución.
Porque es el Estado, al final de este juego de seductoras trampas
legales, quien desde las Leyes Orgánicas de Educación,
Cultura ¿y también una próxima de Información?,
se reserva el derecho exclusivo, inapelable y decisorio de lo que
se enseña, inventa y divulga.
El viceministro Manuel Espinoza ha reconocido lo obvio al
declarar que el Inciba-Conac dejó un saldo muy positivo.
Pero considera que falló por "la ausencia de una política
cultural".
Al revés. Ese triunfo proviene exactamente de las muy variadas
políticas abiertas a la promoción descentralizada,
sin catecismo ideológico. De allí el prestigio musical
de Venezuela (orquestas, coros y solistas), que sus artes plásticas
y escénicas sean un obligado punto de referencia mundial,
que su Biblioteca Nacional fue modelo ejemplar, que sus Ferias del
Libro llegaran a un público masivo y, en conjunto, se provocara
tamaña explosión para un receptor exigente y proactivo
que repleta y participa en cuanta oferta de calidad se difunda.
Lo contrario, una cultura de por ley, orgánicamente sujeta
-en red- a cualquier dogma, servida con bandeja estatista para cualquier
autoridad de turno en las extremas izquierda y derecha, promueve
ruinas y burocracia sumisa consagrando al bufón de la corte,
a quien el rey sonríe complacido, pero la historia implacable
le exige una cuenta muy seria.
Alicia
Freilich. Escritora y periodista
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