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Reflexión
Sobre
las Carceri de Piranesi
Espacios
de alma más que de arquitectura, las Carceri de Piranesi
son para Marina Gasparini
una suerte de escenografía, imagen de las estaciones del Vía Crucis
de Cristo, con dimensiones
que pudiéramos reconocer "equivalentes a la desmesura interior que
nos encadena".
Porque si cada prisión es una "nueva caída de Cristo en su Pasión",
ellas dicen también "
de esa cruz que llevamos a cuestas". "Y es que las cárceles de Piranesi
son metáforas
de otras prisiones" -apunta la ensayista

El pozo /
Plancha XIII
A
Sylvia y Sandra,
mis hermanas
Prisiones
y ruinas dicen de Giovanni Battista Piranesi. Un sentimiento
desolado embarga el corazón de este veneciano que en 1740,
a los veinte años de edad, abandona la escenografía
de su ciudad natal por la soledad luminosa de la capital del viejo
imperio. Mientras Piranesi se aleja de Venezia, otros harán
de ella la llave que abre las puertas de confusas prisiones en las
que habitan la tortura y el abandono.
La primera edición de los grabados de las Carceri de
Piranesi fue publicada en 1745 y fechada por su autor en
1742. Dicen que estas imágenes son resultado de los delirios
febriles ocasionados por la malaria que sufriera en la campiña
romana. De ser cierto, y toda leyenda termina siéndolo, la
enfermedad le ofreció a este veneciano otra manera de imaginar
la aflicción. En 1761 hace una segunda edición de
sus "Prisiones". Hiende nuevamente el buril sobre las
planchas originales y agrega dos más a las catorce láminas
precedentes. La edición definitiva está conformada
por dieciséis imágenes en las que nuevas líneas
y una mayor oscuridad ahondan el espacio. Entre estas piedras, nada
parece tener fin. Tampoco el miedo y el abandono que se respira
entre esos pasadizos. Las incisivas e inquietantes sombras piranesianas
son como la herida siempre abierta de Filóctetes. En algún
recodo llora una queja que se transforma en esas imágenes.
Y es que las cárceles de Piranesi son metáforas
de otras prisiones.
Las cárceles de Piranesi las vemos con la confusión
y la perplejidad que estas imágenes dejan en nuestros ojos.
La minuciosidad del trazado piranesiano no desatiende las argollas,
cables y ruedas dentadas que han dejado de girar para ser cinceladas
en toda su infortunada redondez. Y recordamos las vigas de la lámina
que da inicio a la serie y lleva el título de la obra: la
agresividad de estos leños no nos es desconocida. En las
Carceri del veneciano, arcos, puentes y líneas
se multiplican ante nuestra mirada. En ellas, incluso el infinito
ha perdido su noción de lejanía inconmensurable. Entre
estos muros el hombre es abandonado al tormento de una gran confusión
espacial. Y nada más lejos de la noción que poseemos
de las cárceles que éstas de Piranesi. Aquí
el espacio no aprieta. Tampoco logramos escuchar nuestra respiración.
En la enormidad de estas Carceri sentimos una manifiesta
intención de su autor. Cuando la prisión es el tema,
pareciera que lo que nos encarcela tiene proporciones piranesianas.
En este lugar, el hombre es una figura adosada a un muro de piedra.
Y podemos presentir a los prisioneros de la pasividad, esos que
horadan la tierra en el círculo delineado por la apatía.
Los presos de Piranesi son seres anónimos que
en el trazo recuerdan a aquel fantoche de Honoré Daumier
gesticulando incansablemente desde la altura del taburete. Y es
que en estos espacios el hombre parece empequeñecerse ante
la inmensidad de las prisiones que habita. El énfasis está
en las cárceles, no en el encarcelado.
Por
las prisiones de Piranesi la pena pasea su desencanto. En
sus penumbras los lamentos se hacen sordos a oídos extraños.
En ellas aterra ver al hombre esclavo de su piedra como Sísifo
del acarreo de la suya. En estas construcciones escuchamos los ecos
del silencio. Ecos que cuentan fragmentadamente historias de otros
tiempos. Ecos que presagian nuevos dolores sobre viejas heridas.
Aquí no hay personajes que hablen desde la prisión.
Otras fueron las cárceles habitadas por Segismundo, Ricardo
II u Oscar Wilde. Segismundo veía sobre las piedras
de su torre las sombras a contraluz de su vida siempre encarcelada.
Y en las mazmorras de la torre de Londres coronamos de nuevo la
testa vencida del rey Ricardo II. Shakespeare nos impide
olvidar la tragedia del monarca. Mientras el rey abdicaba su corona,
Ricardo, el hombre, ganaba otra. Bolingbroke no irá
detrás de esa realeza, no la reconoce, tampoco la legitima.
¿Será que donde el monarca ostenta su cetro, el hombre
no es "la" majestad? Y es desde lo que en el hombre es
más hondo y soberano que Oscar Wilde nos lega su De
Profundis. La tradición religiosa nos recuerda que
el De Profundis es el canto ritual que se entona ante el
cuerpo muerto y aún no enterrado del fallecido. Ante el cadáver
de lo que fue su vida, Wilde canta. Desde la cárcel
de Reading se eleva una plegaria que nos incluye: Todos los hombres
matan lo que aman. Dice el poeta que unos lo hacen con la espada,
otros con un beso; unos con violencia, otros con cobardía.
Todos. No escapamos a nuestra condena. Unos la cumplen entre
los muros de la prisión; otros, los más, habitan diferentes
círculos del infierno. Cambia el nombre, no la sanción.
En las cárceles de Piranesi los grises pesan en el
alma como plomo sobre el corazón. La tristeza es insondable.
No hay puerta que nos impida la salida, pero no lo intentamos. Algo
nos dice de la inutilidad del esfuerzo. Mientras el alma nos pese,
sólo lograremos cambiar las formas de la celda. Y es esta
quizá una de las más dolorosas certezas que nos revela
Piranesi en sus láminas. Los dieciséis grabados
de las Cárceles, originalmente catorce, recuerdan las catorce
estaciones del Vía Crucis de Cristo. Cada estación
tiene su nombre, como nombre tiene cada prisión. Las cárceles
de Piranesi son imágenes de un vía crucis interior
que debemos recorrer a solas. Cada prisión es como una nueva
caída de Cristo en su Pasión. Las prisiones de Piranesi
son imágenes de esa cruz que llevamos a cuestas.
Cargamos con ella. Caemos. Pero, ¿dónde está
el centurión que nos ayude a levantarnos de nuevo?, ¿dónde
la Verónica con el paño que retrató la expresión
sagrada del dolor?, ¿dónde Magdalena y su amor? Responde
el silencio. Atormenta la estridencia de su impiedad.
En las cárceles del veneciano las palabras debemos ponerlas
nosotros. Somos los protagonistas de estas prisiones. Sus dimensiones
son equivalentes a la desmesura interior que nos encadena. ¿Será
necesario decir que las cárceles de Piranesi son espacios
de alma más que de arquitectura? Como personajes de estos
decorados, no queda sino percatarnos que la obra debe ser un monólogo
para un único espectador. Como actores de nuestro opus
entramos en la escenografía que Piranesi ha puesto
a nuestra disposición. Y no es difícil reconocer en
el apretado tejido de estas prisiones el perturbador encaje de la
"Serenissima". Así, una vez más, nos sumamos
al ruego de la letanía: ¡O dieu, purifiez nos curs!
/ ¡Purifiez nos curs! (Ezra Pound).
Marina
Gasparini.Ensayista
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