Tributo

Antonia Palacios, la vida desalojada

Antonia Palacios (1915-2001) vivió presa de un inmenso despojo existencial que la condujo
a considerar sus libros, a excepción de Textos del desalojo (1978), como "mediocres, por no decir malos", a más de dudar de sus méritos literarios, como se torna palpable por gracia
de la conversación que María Elena Ramos matizara con cierto tono confrontante hasta alcanzar
que la autora terminara por aceptar: "Pensándolo bien, toda la vida me he sentido escritora,
mala o buena"




Foto: Vasco Szinetar

Antonia querida:

¿Es en realidad la palabra una liberación o una insistencia dolorosa en el cuerpo como cárcel? ¿Ambas tal vez? También en tus textos aparece la cárcel como cuerpo. No sólo es cárcel la casa, sino el cuerpo propio, ese que a veces nos aísla, porque no oyes; o porque no puedes trasladarte físicamente con la misma agilidad de tu espíritu. Y allí uno siente que tu palabra es como un ruego. Hay un ruego de que exista en la poesía lo que no ha sido -o lo que ya no es- posible en la vida. La poesía es, en parte así, una reconstitución de lo ausente. MER



MER: Uno siente que el espacio en el que habitas es un sitio de valor doble. Por una parte una prisión (y tú hablas constantemente de la casa como sitio oscuro, cerrado, donde estás íngrima y sola). Pero, por otra parte, esa misma prisión te da la necesidad de violarla, de superarla, de vencerla. Creo que eso lo has hecho en parte con tu escritura. Con ella vences el cerco aunque siempre de uno u otro modo escribas sobre él, lo reelabores, lo representes. ¿Acaso mientras más cerco más poesía?
AP: No recuerdo (y los recuerdos no siempre son verdades) que el espacio que habito sea o haya sido para mí un sitio de valor doble. Por una parte una prisión y por otra parte la necesidad de violar esa prisión. No hablo de la casa como prisión. De lo que hablo es de mi soledad. ¿Acaso no sabes, o lo has olvidado, que tengo 10 años en mi habitación sentada en una butaca? Todo el día sola, en una soledad no elegida. Me dirás que por qué no aprovecho la soledad para escribir. Acaso si esto hubiere sucedido en un tiempo pasado lo hubiera hecho. Creo que nunca me he sentido una verdadera escritora y de eso hace un tiempo largo. Y si lo fui, cosa que dudo, dejé de serlo y no volveré a escribir ni una palabra más.
-Hay una reiteración de la casa en tu escritura, desde Ana Isabel en adelante, cada vez menos descrita como espacio exterior al narrador, cada vez, en cambio, más sentida como algo que se lleva dentro: casa como un modo particular de interioridad, un vacío a llenar y a la vez un espacio que da calor, en esa zona interior del espíritu que se llama paz, seguridad de amor, o certeza de lo real en que vivimos. Olvidémonos del concepto de prisión que antes dijimos, dime ahora más simplemente: ¿qué es tu casa (y la casa) para ti?
-La casa es el sitio donde vives. Es, como tú dices, esa zona de interioridad del espíritu que se llama paz, seguridad de amor. Para mí, mi casa es algo muy mío, así sea alquilada. Es el sitio donde pienso, donde trabajo, donde escribo. Esto último pertenece al pasado, porque dejé de escribir. Esos 16 libros que he escrito, de pronto los encontré mediocres -salvo Textos del desalojo- por no decir malos. Y hace un largo tiempo, la que llamaban la escritora Antonia Palacios es casi una burla. ¿Tú has leído Textos del desalojo?
-Sí, en otro tiempo. Y lo he leído varias veces.
-¿Te gusta?
-Mucho.
-A mí me parece muy bueno. Los otros libros no.
-Yo no estoy de acuerdo contigo.
-¿No estás de acuerdo?
-No, y yo creo que poca gente está de acuerdo contigo, pero si tú lo sientes así…
-Sí, porque yo los discrimino ahora, ahora, ahora sentada aquí en esta silla, ahora cuando los volví a leer. Hace muchos años que los había escrito y ahora encontré que eran muy fallos.
-¿Tú crees que escribes de alguna manera particular desde lo femenino? Ya sé que ésta es una pregunta muy tradicional, pero ¿hay algo de lo femenino que se traduce en tu escritura de manera especial, o en algún aspecto de tu escritura?
-Yo eso nunca me lo había preguntado, pero como me lo estás preguntando, te lo contesto. Yo creo que el hombre escribe de distintas maneras que la mujer, aun cuando escriban sobre el mismo tema. Yo no quisiera nunca escribir como un hombre, sino como soy, como una mujer que está contenta de serlo. Y estoy muy contenta, no de lo que he escrito, sino de haber escrito como mujer.
-Tú has tenido amigos de todas las edades. ¿Qué significó para ti pertenecer a grupos? ¿Cómo han sido esas experiencias? Tú has pertenecido o participado de varios tipos de grupos. Grupos de amigos que jugaban o grupos literarios. Otras veces grupos como Calicanto o como el Taller del Rómulo Gallegos, en donde tú eras el líder, el personaje protagonista.
-A mí me nombraron en el Taller del Rómulo Gallegos. Entonces yo hice un taller, y texto que traían pues era corregido, se le aceptaba o se decía que tenía esta u otra falla. Y cuando se terminó me vino la idea de hacer ese taller en mi casa y así surgió el Taller Calicanto.
-Recuerdo el pase del Celarg para esta casa Calicanto. Gustavo Morales me había llevado como oyente a tu taller del Rómulo. Faltaban pocos meses para terminar. Después pasamos a formar Calicanto, al inicio con Eduardo Liendo y con Guaura. Recuerdo que traje a dos muchachas de la Católica: a Elena Vargas, a Carol Prunhuber, estudiantes de Letras del Taller de la UCAB. Y así, cada uno de los miembros iniciales trajo a más jóvenes, narradores y poetas.
Quiero recordarte una parte de la pregunta:
¿Qué significaban para ti -que tienes una parte muy joven-, los amigos más jóvenes, los muchachos, los talleristas, los artistas?
-Yo me sentía muy bien con ellos y ellos conmigo. Porque yo por dentro soy joven. Yo puedo ser muy vieja pero por dentro tengo una cantidad de cosas que tienen los jóvenes, una cierta mentalidad. Se puede decir que me siento joven. Yo tengo más de 80 años pero me siento como se puede sentir cualquier persona, como cualquiera de 50 años, perfectamente. Puede que no lo sea, pero me siento.
-Hablemos de la existencia poética. Has dicho muchas veces que escribes como desde un dictado. La palabra te viene: precede por segundos, supongo, tu acto de escribir. Pero lo que quiero saber es ¿qué determina que ese escribir tuyo, que es puro aliento poético, haya tomado forma de prosa (poética) y no, por ejemplo de verso?
Hay allí varias consideraciones: una que tiene que ver con el acto poético como un acto que viene, que llega, que es una especie de diálogo consigo mismo, o con otro. Otra, que tiene que ver con el ritmo, el aliento, la respiración de la palabra poética que va constituyéndose. Y, por último, algo que se relaciona ya directamente con la forma final que toma ese decir: la poesía (la escritura llega a ser también una forma visual, y no sólo una forma del espíritu, y no sólo es un oírse, un aliento, un ritmo).
-Yo tuve una época, una época que yo llamé "de los fantasmas", en la que me despertaban. Yo no creo hoy en día que alguien me despertaba, sino que yo me despertaba. Pero yo decía que me despertaban y me ponían aquí en el suelo a escribir. Bueno, eso pasó en la realidad. Yo me despertaba y entonces sentía deseos de escribir, tomaba un lápiz, unos papeles cualesquiera y me ponía a escribir.
-¿Durante muchos años?
-¿Años?… tres, cuatro.
-¿Y cuando no hay fantasmas, cómo te llega? ¿Cómo escribes cuando no hay fantasmas?
-Pero los fantasmas no me decían lo que debía escribir. Bueno, cuando yo escribía sin fantasmas… como te diría… escribía guiada por algo que me parecía importante. Tenía que desarrollarlo para ponerlo en un libro.
-¿Tomabas notas previas?
-No, nunca. Empezaba el libro y lo dejaba, después lo volvía a tomar, me parecía mala una parte y la quitaba, entonces esa parte que quitaba la ponía donde me parecía mejor. Y así salía el libro.
-¿Por qué crees tú que ese ritmo interior de tu escritura te lleva a escribir en una prosa poética y no por ejemplo en la forma convencional de un poema?
-¿Y tú crees que mis libros sean una prosa poética?
-¿O tú los llamarías poemas en prosa?
-¿Tú crees que son una de esas dos cosas?
-¿Tú qué crees?
-Yo creo que son una realidad.
-La literatura es una realidad, pero ¿cómo la llamas?, ¿cómo nombras esa realidad?, ¿qué forma recibe?
-Una realidad es, por ejemplo, cómo inventar un cuento. Yo inventaba cosas y las llevaba al papel. Son cosas que se adaptan a la realidad.
-Pero no estamos hablando del problema de la realidad, yo sé que eso es una realidad, pero me interesa el problema ahora de la forma que adopta tu escritura, digamos entonces la forma que adopta esa realidad. Podrían ser versos y no lo son. Podría ser una estructura narrativa y no lo es.
-¿Tú dices que podría ser una narrativa y no lo es?
-No del todo.
-Yo creo que sí es una narrativa.
-A veces, en Ana Isabel y en algunos otros textos sí, en la mayoría creo que no.
-¿En otros no?
-En otros es más poesía, es un texto mucho más esencial, no hay referencias, no hay relato. Es como un poema, pero que no está escrito en la forma que le es más usual.
-Sí. Yo creo que algunos de mis libros tienen un tono poético. Un tono poético. Y en otros es más bien una copia de la realidad vista desde mí misma. Al verla en mí misma se transforma.
-¿Y por qué tú dices copia y no interpretación, por ejemplo?
-Copia porque, bueno, es una realidad que yo estoy copiando. Al copiarla ella se va transformando. Ya no es la misma realidad que yo pensaba que estaba escribiendo, sobre una plaza, vamos a suponer. Entonces yo describía la plaza.
Yo para escribir un libro paso no sé cuánto tiempo, me cuesta mucho trabajo porque no tengo definido lo que voy a escribir, eso va viniendo de acuerdo con lo que voy sintiendo. Entonces va llegando eso que tú llamas prosa poética o poesía o prosa tranquilamente.
-Pero, cuando tú empiezas a escribir un libro ¿tienes una idea más o menos articulada de cuál va a ser la narración?
-Lo que pasa es que yo escribí hace muchísimo tiempo y dejé de escribir hace ya mucho. Eso era algo que, antes, iba viniendo de acuerdo con lo que yo iba escribiendo.
-Me decías que siempre necesitas una realidad, una cosa a qué aferrarte. También uno puede aferrarse de algo menos externo, menos tocable, menos cosa, por ejemplo, cuando te aferras a un dolor muy personal…
-Aunque sea un dolor personal, es ya una cosa a la que yo me aferro. Y cuando me aferro allí, entonces empiezo a escribir sobre eso, y no sé ni cómo voy diciendo las cosas. De repente encontraba que no eran así, y rah, rah, rah, los rompía y se acabó. Entonces, eso mismo, me volvían otra vez las ganas de hacerlo y lo hacía completamente distinto.
-Hay escritores que dicen que necesitan un cierto sufrimiento para poder escribir. Y hay otros que necesitan más bien una gran paz, tener resuelta su vida, tranquilidad para poder escribir.
-Bueno, yo ninguna de las dos cosas, yo no necesito ni un sufrimiento para poder escribir ni una gran paz, sino que sencillamente es mi imaginación la que se pone en marcha y ella es la que manda en lo que yo estoy escribiendo: es mi imaginación, yo soy un ser imaginativo. Entonces, comienzo a escribir.
-Cuando tú eras niña…
-Sí, era un ser imaginativo.
-¿Cómo era? ¿Cómo actuaba ese ser imaginativo que eras tú, cuando eras niña?
-Siempre quise escribir, desde niña. Y como mi mamá era una mujer extraordinaria, cultísima, maravillosa, entonces yo de seis, siete años, escribía cositas. Yo he escrito toda mi vida, pero me presenté al público después que escribí un libro que no me pareció malo. Entonces lo mandé a la imprenta: Fue Ana Isabel, una niña decente, que es mi infancia.
Yo soy más que todo, para mucha gente, la escritora Antonia Palacios. Para alguna gente ya se acabó… Bueno… de todas maneras después de haber escrito 17 libros… pienso que se puede decir que se es una escritora.
-Cuando eras joven, ¿no te sentías escritora?
-No, cuando era joven no, pero siempre me gustó escribir.
-Hay artistas que tienen su ego muy claro desde el principio. Que extienden con su ego los dones que Dios les dio o que el destino o la vida les dio ¿sí? Y hay otros que tienen esos dones pero que no se los creen en serio, no confían en ese don, o son muy autocríticos.
-Bueno, yo cuando comencé a escribir Ana Isabel, lo que pasó fue que Arturo [Uslar Pietri] y Carlos Eduardo [Frías], que han sido siempre como hermanos, lo leyeron y les pareció muy bueno, leyeron los manuscritos y Arturo escribió a Argentina, a la Editorial Losada, que es una de las más grandes editoriales como tú sabes y mandó los originales y le dijo que si a él le parecían muy buenos, los publicaría. Los publicó. Enviaron una cantidad enorme de libros aquí y eso se vendió íntegro y en poquísimo tiempo. Entonces, yo me di cuenta de que podía escribir. Después, mucho después de Ana Isabel, me puse de repente, por eso que llaman de los fantasmas, porque me desperté como si me hubieran llamado, me puse a escribir aquí. Y así fui escribiendo un libro. Después pasó un tiempo largo y no escribía más. Y después fue escrito otro libro. De eso hace mucho tiempo. Fue cuando yo tenía 16 o 17 años. Imagínate el tiempo que hace de eso.
-Si no hubieras estado escribiendo, en tu vida ¿qué te hubiera gustado ser?
-¿Qué me hubiera gustado ser? Nada más.
-¿Nunca has echado de menos otra actividad?
-No. ¿Ser una mujer de teatro, por ejemplo, una artista? No. Escribir.
-Ni música, ni nada de eso.
-Bueno, quizás me hubiera gustado ser una música fantástica; es decir, componer música sí me hubiera gustado. Pero si me hubieran dicho que dejara la escritura por la música hubiera dicho que no. Siempre me gustó escribir. ¡Es mi vida! Pero ponte a escribir 17 libros, es la vida, porque yo no empecé de 2 años, ni de 4, ni de 8. Empezaría a los 16, a los 18, a los 20, por ahí. Y escribí Ana Isabel y pasó un tiempo largo hasta que escribiera otro y lo mandara a la editorial. Un libro con una figura, una edición muy bella, y dibujos de Durban y todo eso. Y ese libro se vendió íntegro y fue una cosa así como nunca vista. Entonces yo sentí que podía escribir. Me sentí escritora. Pensándolo bien, toda la vida me he sentido escritora, mala o buena.

(Fragmentos de una conversación celebrada en Calicanto en 1994).

María Elena Ramos.Crítico de arte

N° 29 Año IV
Caracas, sábado 21 de abril de 2001
 
 
 
 
 
 
 

 

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