ALBERTO ROSALES TRAS LAS HUELLAS DE LA IMAGINACION TRASCENDENTAL

El sujeto kantiano

Toda una vida dedicada a la filosofía, y más específicamente al estudio de Kant, hacen de Alberto Rosales uno de los más reconocidos pensadores a nivel mundial.
Y es que este filósofo venezolano no ha abandonado sus ideas a la suerte de su lengua natal:
"un libro en español apenas tiene difusión fuera del mundo de habla castellana,
y dentro de ésta el número de sus posibles lectores es exiguo", responde a Atanasio Alegre
cuando le pregunta por qué su más reciente título, Ser y subjetividad en Kant
(texto que precisa y da cuenta del sujeto kantiano),
fue escrito y publicado en alemán



Foto Miguel Gracia
Para Rosales, Kant intenta explicar el mundo a partir de la estructura de la mente


En mayo del año pasado publicó la Editorial alemana Walter Gruyter la obra del filósofo venezolano Alberto Rosales titulada Ser y subjetividad en Kant. A esta afamada editorial se debe la edición de las Obras Completas de Kant de la Academia Prusiana; igualmente, las Obras Completas de Nietzsche. El libro de Rosales, de 370 páginas, figura con el número 135 de la muy selecta colección de los Kant-Studien.

Esta es la segunda obra de Rosales en alemán. La primera fue su tesis doctoral Trascendencia y diferencia, aparecida en 1970 en Holanda. En alemán ha publicado Rosales otros trabajos en revistas especializadas sobre Heidegger y Kant.

Atanasio Alegre: En el prólogo de su obra dice usted: "Este libro es el resultado de un trabajo de largos años. Responde cuestiones con las que he luchado desde mis tiempos de estudiante". ¿Cómo ha sido el proceso de elaboración de ese trabajo?

Alberto Rosales: He contado la mayor parte de esa historia en algunos pasajes de mi libro, Siete ensayos sobre Kant, editado en la ULA en 1993. Comencé a estudiar a Kant en 1950. En esa época, y en diálogo con mis maestros de Venezuela y Alemania, me planteé algunas preguntas fundamentales que siguieron dándome vueltas por la cabeza en los años siguientes. A pesar de estar ocupado, sobre todo con Heidegger, el estudio de Husserl y Kant me puso en condiciones para abordar esas preguntas. Sólo a fines de los años sesenta pude exponer mis respuestas sobre ellas en un seminario dictado en la UCV sobre la primera Crítica de Kant. Fueron luego publicadas en el ensayo Apercepción y síntesis en Kant (1979). Como indican otros trabajos posteriores, reunidos en el libro de 1993, mi interés se desplazó luego de ese tema hacia una teoría de la subjetividad kantiana organizada en total y finalmente hacia la tarea de aclarar la génesis de las categorías a partir de ella.

A través de todo esto me vi obligado a alejarme más y más de la interpretación de Heidegger, sobre todo de su intento de derivar las categorías y toda la estructura a priori del sujeto kantiano a partir de lo que él llama la "temporalidad". Hasta mediados de los años ochenta había trabajado, por decirlo así, "a ratos" en esa tarea. A partir de entonces decidí dedicarme principalmente a ella, después de que Gerhard Funke, presidente entonces de la "Sociedad Kant", me anunció la posibilidad de publicar mi trabajo en la colección en que aparece ahora. Una etapa importante de esa labor en los últimos años fue mi visita financiada por la Fundación Humboldt a la Universidad de Colonia, donde pude consultar en el verano de 1996 literatura secundaria inasequible en nuestro medio y discutir ampliamente sobre mi trabajo con el profesor Klaus Duesing, quien es un viejo amigo y brillante colega. Los últimos años fueron bastante difíciles. Que un autor sepa claramente lo que quiere hacer no excluye que su trabajo, si no es un remiendo de citas y cosas dichas por otros, dé vueltas y revueltas hasta el último momento antes de alcanzar su meta.

-Hay algo importante que seguramente extrañará el público venezolano, ¿por qué ha escrito usted este libro en alemán, por qué no haberlo hecho en español?
-He procedido de la misma manera que los científicos y los filósofos en todas partes. Cuando un físico o un químico quiere hoy en día dar a conocer el resultado de sus investigaciones al mayor número de colegas de la comunidad científica mundial, busca publicarlo en revistas o libros de difusión internacional y frecuentemente en inglés, que es en la actualidad la lengua hablada o al menos leída en todas partes. Al hacerlo, el científico tiene la seguridad de que sus investigaciones, si ellas tienen algún valor, serán tomadas en cuenta en los países que tienen más tradición científica. Por el contrario, si bien el español es hablado por muchos millones de personas, no es todavía una lengua mundial como el inglés, ni una lengua científica, como ése y otros idiomas europeos. Y lo mismo vale para el filósofo y sus libros. Por todo esto he escrito mi trabajo en la lengua de difusión mundial con la cual estoy familiarizado desde mis tiempos de estudiante, pero estoy dispuesto a preparar su edición en castellano.

Por otra parte, si bien pienso que los que hablamos español tenemos el derecho de escribir y publicar en nuestra lengua, y yo he ejercido con un libro y más de cuarenta artículos, estoy plenamente consciente de las desventajas que tiene publicar un trabajo filosófico en alguno de nuestros países. Un libro en español apenas tiene difusión fuera del mundo de habla castellana, y dentro de ésta el número de sus posibles lectores es exiguo. Los medios de su distribución y venta son deficientes. Además, aun cuando un libro de filosofía en castellano se venda y se agote, es muy probable que sus ideas ya estén muertas al nacer. En efecto, las ideas están vivas solamente en la comunicación, cuando son recibidas y criticadas por un público de entendidos que las toma en cuenta en su trabajo futuro. Desgraciadamente, no existe en nuestro idioma una comunidad filosófica en la cual las obras sean enjuiciadas y criticadas en el verdadero sentido de la palabra "crítica"; es decir, separando lo bueno de lo malo en ellas y dando razones de tal juicio. Lo que se publica se hunde, las más de las veces, en el silencio más completo, no sólo porque se leen pocos libros y mucho menos se compran, sino porque muy pocos de los que leen tienen madurez intelectual suficiente para formular desde sí mismos una respuesta a lo leído. Leer un libro de filosofía y repetir su contenido en un examen escolar o en un artículo, como ocurre aquí frecuentemente, no es un signo suficiente de vida filosófica activa. Y cuando un libro o un autor de obras humanísticas es tomado en cuenta, se trata las más de las veces de manifestaciones viscerales de amistad o de odio por el autor, o de noticias "culturales" sin contenido. A veces pienso que publicar un libro en tales circunstancias es como echar al mar un mensaje dentro de una botella y quedarse esperando a que alguien vaya a recibirlo y responderlo. ¡No me va a decir usted, que es un escritor y conoce bien estas circunstancias, que ellas son un estímulo para la creación filosófica o literaria!

-Ciertamente, muchas veces uno escribe pasando por todo ese mundo, sobreponiéndose a esas deficiencias y entuertos, porque escribir se convierte en una forma de vida y no puede dejar de hacerlo. De todas maneras, creo que a quien sigue su pensamiento en nuestro país le interesaría conocer, al menos en esbozo, el tema de su nuevo libro…
-Creo que tal vez podría decir al respecto lo siguiente: la filosofía se ocupa de comprender la totalidad de las cosas y entre ellas al hombre mismo. Esa es una tarea, aun en el caso en que la tendencia particular de un filósofo consista precisamente en tratar de probar que tal empresa es un total disparate. Esa tarea es posible porque el hombre tiene la capacidad de formarse ideas muy generales que conciernen a vastos campos de entes e incluso a todos ellos. Una familia de esas ideas generalísima es, dentro de nuestra tradición occidental, la de las ideas del ser. Una subclase de las mismas es designada desde Aristóteles por las categorías o predicados del ser (por ejemplo, la cantidad, la cualidad, la sustancia, etcétera), que en la edad moderna algunos pensadores llaman también conceptos trascendentales. Kant piensa que las categorías no son propiedades ínsitas en las cosas, sino que tienen su origen en la razón humana y deben ser explicadas y derivadas a partir de ésta. Por ello su análisis no es una suerte de psicología, sino de un intento de explicar filosóficamente el mundo a partir de la estructura de la mente. Sin embargo, como suele ocurrir con la filosofía, no está completamente claro en la obra de Kant, y es por ello una cuestión disputada entre sus lectores, en qué actividad de la razón se originan y de qué modo nacen. Debido a ello, algunos intérpretes creen que Kant deriva esos conceptos del mero entendimiento, otros opinan que su origen está en la sensibilidad o la imaginación. A diferencia de estos autores, yo sostengo que, según Kant, esos conceptos surgen en última instancia de la autoconciencia y la intuición sensible en su referencia mutua y que, en consecuencia, salen a la luz en la imaginación que él llama trascendental. Esa interpretación, que al lego seguramente no le dice nada, es sin embargo esencial para determinar el contenido de esas ideas de ser y su conexión en un sistema, lo cual es a su vez importante para quien se ocupa de las preguntas últimas de la filosofía. No puedo negar que cualquier lector pueda tomar ese trabajo como una faena histórica sobre las opiniones de un hombre famoso del siglo XVII. Pero ese no es su sentido. Para quien le guste filosofar, una investigación semejante apunta a posibilidades de plantearse y responderse al mismo tiempo preguntas que el hombre sigue formulándose en su actual presente, sin que ello quiera decir que el valor de una filosofía consista en ser actual y estar a la moda.

El último párrafo de mi libro titulado Perspectiva de nuevas posibilidades pone de relieve algunos resultados del mismo, hasta entonces implícitos, y concluye con estas palabras: "El ente se copertenece así pues de modo inseparable con el tiempo y el ser y esta conexión es decisiva para la comprensión de las determinaciones del ser. ¿Qué ulteriores posibilidades yacen aquí encerradas para el pensamiento? ¿Abren ellas un camino que va más allá de la tradición?". Esas palabras revelan el sentido último de mi libro. Yo no busco en él ni hacer historia de una filosofía del pasado, ni aferrarme a Kant y presentar sus pensamientos como la verdad absoluta, sino aproximarme a través de su obra a posibilidades fructíferas para mi propio trabajo filosófico. Los resultados y las preguntas aludidas en el pasaje citado apuntan a la tesis que yo he venido pensando desde los años setenta, en parte por el camino de Heidegger, en parte contra él, tesis que ha quedado perdida en pasajes dispersos de mis publicaciones en castellano, en las cuales sigo trabajando con un entusiasmo más propio de jóvenes principiantes que de un profesor jubilado.

-¿Cuáles son los temas de esas publicaciones futuras?
-Todavía no puedo hablar de publicaciones, sino tal vez de campos de trabajo. Uno de ellos concierne a la idea de la filosofía. Desde el siglo XVII la filosofía sospecha de sí misma y se analiza hasta su autodestrucción. Sin ir muy lejos, en los cincuenta años que han transcurrido desde el renacimiento de la filosofía en Venezuela, hemos tenido entre nosotros tres corrientes total o parcialmente escépticas como el neopositivismo, el marxismo y la filosofía nacionalista o regionalista. Motivado por esta situación he publicado ensayos sobre el relativismo (1982), el camino de filosofar (1988), la filosofía relativista latinoamericana (1992), el llamado final de la filosofía (1998) y un escrito en alemán del año pasado, cuyo titulo es Unidad en la dispersión y resume mi propósito de descubrir y explicar en una concepción coherente, tanto la unidad de filosofar como su dispersión y autonegación. Por otra parte, tengo planeado publicar una selección de mis ensayos y conferencias sobre Heidegger, no sólo porque algunos de ellos pueden ser útiles como exposiciones de su filosofía, sino también para mostrar el camino que he seguido a partir de ella y que me ha conducido a una posición más independiente. A lo largo de ese camino ha sido especialmente importante mi estudio del "giro" del pensamiento de Heidegger, que he elaborado en diversas interpretaciones, de las cuales han aparecido tres en alemán y otras tantas en español. Hasta ahora yo me he limitado a sugerir en mis publicaciones, y de modo marginal, algunas de las tesis a las cuales he llegado por esa vía. En la última década, consciente del paso de los años y preocupado por la posibilidad de que un buen día no tenga ya tiempo ni fuerzas para terminar en debida forma, al menos, algunos de esos proyectos, he tratado de comenzar a presentarlos expresamente y como construcciones mías. Uno de esos intentos es el ensayo mencionado en último lugar sobre la idea de la filosofía, otro ha sido una conferencia sobre la naturaleza de la conciencia y su conexión con el cuerpo; así, pues, sobre el ser humano, todo lo cual apunta al final hacia los presupuestos ontológicos de mi interpretación (Bogotá 1994, Buenos Aires 1996). Una nueva versión que presenta esos presupuestos en forma más expresa aparecerá en alemán este año en un libro colectivo titulado Fenomenología en Latinoamérica.

-¿Se considera usted, amigo s, después de escribir dos largos libros sobre Kant, un pensador kantiano?
-Esta pregunta roza el problema del pensador y la tradición filosófica. A diferencia del científico que puede hacer ciencia sin tener un conocimiento profundo de la historia de su disciplina, quien hace filosofía tiene que ocuparse de su tradición. Ello es necesario, en primer lugar, porque el proceso histórico en el cual se ha desarrollado el filosofar es él mismo un objeto de la filosofía. Por otra parte, como la tradición no es simplemente lo pasado y lo muerto, sino la cultura viviente de un pueblo o de la humanidad que influye constantemente en todos nosotros, renunciar a la tradición filosófica tendría dos graves consecuencias. Por un lado, esa renuncia haría volver a la edad del biberón en filosofía y tendríamos que empezar a aprender a caminar de nuevo en ella. Por otro, como la tradición nos domina más cuando menos atención le prestamos, volver la espalda equivaldría a entregarse a su secreta tiranía. Ello significa que la actitud adecuada frente al pasado filosófico debe ser doble: hay que hacerlo consciente, a fin de no estar dominado ciegamente por él y poder enfrentarse con cierta libertad a las cosas mismas. Por otro lado, es necesario cultivar ese pasado, para aprender con los filósofos el oficio de pensar e ir recogiendo y conservando de sus opiniones lo que pueda ser útil para comprender hoy en día la realidad. Ambas cosas son imposibles, si quien estudia filosofía no se ha mudado a tiempo de la letra de los libros a la observación de las cosas mismas. De este choque entre el amor a las cosas y el estudio crítico de la tradición surge la chispa de la invención, sin la cual no hay grandeza en filosofía. El que trata de seguir ese camino en la medida de sus fuerzas no es kantiano, ni pertenece al "partido" de ningún filósofo. Pero como la senda del filosofar está rodeada de zanjas y despeñaderos en los cuales se cae fácilmente, hay quienes sienten el estudio de la tradición como un estorbo que les impide entregarse a la pura invención, por lo cual terminan repitiendo, sin darse cuenta, lo que ya ha sido pensado. En el extremo opuesto están aquellos que se buscan un campeón entre los grandes pensadores y toman sus palabras por la verdad absoluta, en una suerte de devoción fanática donde desaparece todo amor a las cosas mismas y florece la intolerancia frente a quienes piensan de otra manera.

Atanasio Alegre. Ensayista

N° 30 Aņo IV
Caracas, sábado 28 de abril de 2001
 
 
 
 

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