Apuntes

TRES MUESTRAS EN ESTADOS UNIDOS

La mirada de Van Gogh

Durante mucho tiempo fue el preferido de los psiquiatras, y hoy -a juicio de Julio Ortega-
de "los niños y, sin lugar a dudas, de las casas de subastas". Y es que, así como su vida,
la obra de Vincent van Gogh no deja de despertar interés en el mundo. Sólo en Estados Unidos,
a pocos días de diferencia, se presentan tres muestras: el MOMA recoge los retratos
que el pintor hiciera del cartero de Arles, el Museo de Arte de Saint Louis
se abre "al artista enigmático" y el Museo
de Bellas Artes de Boston "al luminoso"


Autorretrato con sombrero de fieltro negro

En el Museo de Arte Moderno de Nueva York se inauguró la muestra de los retratos del cartero de Arles que Vincent van Gogh pintó en 1888, dos años antes de dispararse un tiro y morir. Su amigo Joseph Roulin posó horas para él, sin saber que la mirada del artista lo quería perpetuar como un astro en el azul del cielo. El 11 de agosto de ese año le escribía a su hermano Theo: "Detrás de la cabeza, en lugar de pintar la pared ordinaria de un cuarto común, pinto el infinito, el fondo plano del más rico, intenso azul que puedo forjar, y por la simple combinación de la cabeza luminosa sobre el azul del fondo, logro un misterioso efecto, como el de una estrella en las profundidades del cielo azulado". Van Gogh pintó también a la mujer del cartero, y a la familia, con devoción y deleite ante la robusta y mundana presencia de estos habitantes plenos de la cotidianidad. "En mis pinturas quiero decir algo consolador, como lo hace la música. Quiero pintar hombres y mujeres con un toque de eternidad, cuyo símbolo fue una vez el halo, lo que tratamos de expresar con el resplandor y vibración del color…", le escribió a su hermano. En su gran retrato, el gigantesco cartero sostiene la mirada de Van Gogh como no lo había hecho ningún otro personaje: lo reconoce destinado al mensaje que le trae desde la mitología, como un absorto Mercurio puntual.

Días antes, el Museo de Arte de Saint Louis, Missouri, había abierto su magnífica muestra "Van Gogh y los pintores del Petit Boulevard"; y hace unos meses terminaba su recorrido en el Museo de Bellas Artes de Boston la muestra "Van Gogh: cara a cara". Si la de Boston proponía a partir del retrato que el más grande pintor agonista (1853-1890) se explica a partir de su sufrimiento, la de Saint Louis propone que hay otro Van Gogh, iluminado y luminoso.

El primero testimoniaba las visiones de su propio tormento, desde su compañera elegida en el oscuro burdel hasta los míticos zapatos de la pobreza; el otro hace que la fuerza de la naturaleza circule por los árboles y se derrame en el trigo como una luz nueva. La actualidad de Van Gogh señala la recuperación del sujeto como héroe paradójico y el valor del mundo emotivo como fuerza no del todo socializada. Hoy se piensa que la subjetividad y la emoción no son siempre expresables y, menos aún, legibles. Van Gogh dijo que buscaba conocerse a sí mismo en el proceso de aprender a pintar su autorretrato. Pero estas muestras, así como la saga de interpretaciones, demuestran que su mirada no ha cesado de interrogarnos.

George Bataille en su famoso ensayo "La mutilación como sacrificio y la oreja cortada de Van Gogh" (1930) había planteado que la presencia del sol en esta pintura sólo se podía entender desde esa mutilación (que ocurrió la noche de Navidad de 1888). Entre el sol (estrella) y el girasol (flor), el pintor habría padecido esa oposición obsesivamente, y se cortó la oreja que envió en un sobre a su odiado amigo Gauguin para vejar el orden social. Liberado por el sacrificio, la contradicción desaparece. Esta interpretación de Bataille es una de las muchas que, a partir del psicoanálisis, han buscado explicar la supuesta "locura" del artista. Martin Heidegger en su curso sobre "El origen de la obra de arte" (1935-36) entendió que los famosos zapatos, gastados hasta convertirse en emblemas del tiempo humano, eran zapatos que vienen del campo. En cambio, Meyer Shapiro en su ensayo "La naturaleza muerta como objeto personal" (1968) cree que son zapatos que remiten a la ciudad. Jacques Derrida, en su libro La verdad en la pintura (1978), lleva estos zapatos demasiado lejos cuando, a partir de Heidegger y Shapiro, afirma que son zapatos de mujer y alegorizan el útero. Su versión está influida por los famosos tachos de basura en las piezas de Beckett, que se han identificado como metáforas del vientre materno.

No menos ingeniosa es la versión del escritor brasileño Moacyr Scliar, quien en "La oreja de Van Gogh" cuenta la historia de un padre endeudado pero imaginativo que decide aplacar a su feroz acreedor, aficionado a la pintura de Van Gogh, llevándole en un frasco la famosa oreja recobrada. Cuando el otro arroja indignado el frasco, el padre duda si llevó la oreja derecha o la izquierda.

¿Qué tiene todo ello que ver con la pintura de Van Gogh? Casi todo, porque el arte hoy se entiende no sólo como un objeto independiente, sino como un lenguaje interpretado. Y si la obra es la historia de su interpretación, la actualidad de su lectura es un debate, la disputa por su sentido entre los espectadores y los museos. Por eso, estas tres muestras, la del MOMA dedicada al artista como mensajero de la consolación; la segunda, consagrada al artista enigmático (quien creyó era "más soportable lo insoportable"); y la tercera, al artista luminoso (cuya materia gozosa nos funde en la creación diaria del mundo), son versiones que corresponden a la saga de su varia interpretación.

Más común es la versión del artista que se sacrifica en la radicalidad de su búsqueda, como un rebelde solitario y marginal. Más reciente, la que cree en las equivalencias de la mirada, allí donde la nuestra se encuentra con la del artista y, en ese espacio, el sol de la locura se transforma en flor del nuevo día. El Museo de Saint Louis propone esta visión desde los lienzos líricos que posee del pintor: dos paisajes urbanos suspendidos en la luz y, quizá el más hermoso de sus óleos, Escalera en Auvers, de 1890.

Vincent van Gogh fue por mucho tiempo el pintor preferido de los psiquiatras. Hoy es el artista que prefieren los niños y, sin lugar a dudas, las casas de subastas.

Julio Ortega. Escritor peruano

 


Un par de zapatos

N° 30 Aņo IV
Caracas, sábado 28 de abril de 2001
 
 
 
 

Apuntes Visuales
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(Julio Ortega)

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