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Ultimo Sábado
Dos
novelas alemanas (y III)
Simulacro creado
por el hombre "para habérselas imaginariamente con su
propia suerte", el ajedrez viene, tal vez, a dominar la incertidumbre
en la que éste habita.
De este modo justifica Rafael Castillo Zapata que tanto Ignacio
Padilla (en Amphitryon)
como Jorge Volpi (en En busca de Klingsor) hayan enfrentado
el tema bélico armando
sus relatos "a partir del bastidor emblemático que este
juego les proporciona".
He allí el problema "matematicoajedrecístico"
desplegado en la novela de Volpi

Erich Lessing, 1956
Sujetos
sujetados al azar sobre el tablero del mundo, movidos por una voluntad
desconocida que a su capricho impone el ritmo de nuestra propia
existencia y frente a cuya presencia -ubicuo, impredecible deus
absconditus- no podemos desplegar sino la fuerza de nuestras
propias, infinitas, conjeturas, tratando de anticiparnos a lo por
venir sin demasiadas garantías de éxito, los hombres
hemos inventado, tal vez, algunos juegos para, en el espacio controlable
de una bien articulada simulación de la vida, dominar de
algún modo la desesperanza y la desesperación de la
incertidumbre en la que habita envuelta nuestra especie. En tal
sentido, el ajedrez quizás sea el juego de los juegos, el
más emblemático de los simulacros creados por el hombre
para habérselas imaginariamente con su propia suerte, con
su propia, indecidible existencia: los jugadores, más
que enfrentarse entre ellos, se enfrentan a la enorme incógnita
de lo que ha de ocurrir con las piezas y las plazas que deben defender
en una empresa que demanda, de ellos, el ejercicio de diversos tanteos
predictivos y de intentos conjeturales de anticipar los movimientos
del otro, modos de protegerse por adelantado ante la amenaza de
un golpe (una fortaleza sometida, un jinete derribado, un rey perdido)
que nunca se sabe a ciencia cierta por dónde y cuándo
ha de venir. No en balde, pues, Padilla y Volpi han
armado sus artificios narrativos a partir del bastidor emblemático
que este juego les proporciona, pues la aventura que proponen sus
novelas es precisamente la aventura del hombre enfrentado a fuerzas
que lo superan, incógnitas irresolubles, indecidibles,
que ni el saber ni la fe -y acaso en cambio sólo el juego
y el arte, ese otro refugio contra el miedo- pueden someter.
Simulacro de
la vida, simulacro de la guerra, simulacro de la batalla constante
en que la vida consiste (del enfrentamiento con unas leyes cuya
aplicación y cuyos efectos son siempre impredecibles y, a
la vez, incontrolables), el ajedrez es, también, el perfecto
simulacro de la ficción: el relato se arma, puede armarse
-y los más seductores se arman de ese modo- como uno de esos
refinados problemas de ajedrez a los que tan aficionado era el grandísimo
cínico de Nabokov; es decir que el relato se arma,
puede armarse -y los más seductores se arman no de otro modo,
así- a partir del planteamiento de un enigma, de la necesidad
de resolverlo y del despliegue calculado -y de la dosificación
estratégica y siempre consciente- de los indicios que permitirán
-si se sabe leerlos, si se es capaz de combinarlos como es debido-
la revelación del secreto, la reconstrucción del crimen,
la identificación del asesino, el descubrimiento del tesoro
enterrado. Así, los movimientos de las piezas del juego del
relato dependen de una ley interna, de un pacto implícito,
en función de los cuales el que propone los enigmas y el
que tiene que resolverlos, el escritor y su lector, se enfrascan
en una batalla de inteligencia y de paciencia, de perseverancia
y de lucidez. De este modo se construye y se sostiene la fascinación
de la aventura sobre el tablero sucesivo de unas páginas.
Y con mucha más razón cuando el dispensador de los
enigmas es un maestro de la mentira, un hábil trampero que
confunde las pistas, que revuelve los indicios, que muestra, como
Jorge Volpi, en sucesión abismal, cómo se desbaratan
una tras otras las conjeturas del que trata de hallar una senda
en el laberinto de la infructuosa búsqueda humana de la verdad.
Pues
el tema de En busca de Klingsor (Barcelona, Seix Barral,
1999), me parece, es precisamente ése: Klingsor no es sino
otro de los múltiples, huidizos, rostros de la humana necesidad
de certidumbre ontológica. Jorge Volpi ha elegido,
para volver a plantear ese asunto infinito, la sustanciosa materia
que le ofrece un fragmento de la historia de la ciencia y de la
técnica modernas: la lucha emprendida por las grandes potencias
para desarrollar aceleradamente, durante los últimos años
de la Segunda Guerra Mundial, las intuiciones de Enrico Fermi
y de Otto Hahn acerca de la posibilidad de la fisión
atómica y de la conversión del uranio, primero, y
del plutonio, después, en energía desencadenada (la
famosa reacción en cadena), punto de partida, como
es de sobra conocido, para el desarrollo de milagrosos artefactos
destructivos (la famosa bomba, fatalmente por fin hallada
y trágicamente por fin lanzada en infausto día para
el hombre). Esto, sin embargo, es una nuez anecdótica elemental
sobre la que se teje todo un entramado laberíntico de interpolaciones
de teorías científicas y de problemas filosóficos,
de biografías de físicos y de matemáticos,
de reconstrucciones documentales de episodios de la vida política
de Alemania, cuya intención más clara es hacer evidente,
con la capacidad especulativa del relato, la evidencia planteada
por Gödel acerca de la imposibilidad -para el hombre-
de conocer de verdad o en verdad una verdad (mucho menos la verdad),
de la indecidibilidad de toda certeza, incluso en los sistemas
más elaborados y coherentes; o la otra, planteada por Einstein,
de la experiencia siempre relativa del mundo; o la otra, por Heisenberg,
de la elusiva indeterminabilidad del universo subatómico,
del electrón perseguido e inhallable en un océano
alucinante de mareas luminosas. Que esta persecución siempre
derrotada de la verdad se despliegue a partir del relato de un loco
(las prerrogativas de la demencia son aprovechadas al máximo
para esta competencia de fusiones y confusiones, versiones y reversiones
de la existencia o de la inexistencia de eso tan parecido a la nada
o a Dios, o a la propia mente, que es Klingsor) no es sino una prueba
más de la despiadada coherencia con la que Volpi construyó
su acertijo, ese problema matematicoajedrecístico
cuya irresolución sigue atormentándonos una vez que
dejamos el libro detrás nuestro (y no delante), persiguiéndonos.
Rafael
Castillo Zapata. Ensayista y poeta
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