Tributo

Caupolicán
o apuntes sobre un ballenero

Caupolicán Ovalles (1936-2001) extremó la gesta del estar en este mundo para paladear
la poesía y todos los desfiladeros de la experiencia creadora. Actuó a contracorriente,
mas no osaría jamás olvidar su puerto de embarque o la barra desde la que se bebió
toda la belleza y la miseria del mundo, con más apetito que cualquier ballena: noticia registrada
en varias salas del Museo Reina Sofía de Madrid, bajo el nombre de Heterotopías.
Medio siglo sin-lugar
: 1918-1968, y de la que da cuenta Eurídice Arratia


Foto: Esso Alvarez
Caupolicán Ovalles hizo suya cualquier "iluminación profana"

Tengo al alcance de la vista las chucherías que heredé de mi tío Caupolicán: un retrato en blanco y negro de bordes maltrechos donde el poeta-hostias aparece de perfil con sus exuberantes bigotes negros, la mirada y el dedo índice apuntando a algo o alguien fuera del encuadre; ejemplares deshilachados de Elegía a la muerte de Guatimocín, mi padre, alias el Globo, Copa de huesos y otros de sus escritos; una antología imponente de Dada y Surrealismo de W. Rubin; un manual amarillento de organización celular del MIR con fecha de 1960; unas cajitas apolilladas de Neuralgina Eis ("el remedio de las neuralgias y de toda especie de dolores, fabricado en Caracas por V. M. Ovalles" -la rúbrica del doctor Víctor Manuel reproducida en elegante letra cursiva) las cuales, a pesar de que desde hace casi un siglo han sido desvalijadas de las pildoritas milagrosas, en vez de mermarse con cada cataclismo familiar reaparecen en cada una de nuestras casas como un atavismo que identifica a la parentela. Hay, sin embargo, otro voluminoso ejemplar de edición más reciente que nunca pasó por las manos de Caupolicán, pero que ciertamente considero parte de su legado: El catálogo de la exhibición Heterotopías / Medio siglo sin-lugar: 1918-1968 que recién clausuró este pasado febrero el Museo Reina Sofía de Madrid.

¿Tienes el catálogo? -me preguntó con interés Caupo cuando nos encontramos para almorzar a finales de diciembre en un restaurante de Las Mercedes. No, me disculpé, era realmente un mamotreto, imposible de meter en la maleta. Prometí que "la próxima vez te lo traigo" y para compensar la descortesía le ofrecí a cambio una cornucopia de detalles: Aunque tenía firmes intenciones de asistir esa noche del 12 diciembre a la inauguración de la megaexhibición "Visiones del Sur: Cinco propuestas en torno al arte en América", ese mediodía me encontraba en la rueda de prensa de la muestra más por accidente que por fervor académico. Había llegado puntual a la cita para almorzar con una artista amiga que participaba en la exhibición, pero la encontré abrumada con la instalación de su obra, mientras se lamentaba del abandono de su asistente que insistía en un interminable almuerzo madrileño. Para hacer tiempo, decidí alejarme de la cacofonía de martilleos, quejas sobre complicaciones con la aduana y cajas extraviadas que poblaban las salas del antiguo hospital, y asomarme al anfiteatro donde se llevaba a cabo ese coreografiado pas de deux que usualmente poco deja al azar, entre curadores y altos funcionarios del museo de un lado del podio y la audiencia que colmaba la platea.

Parada en el fondo de la sala repleta, no pude sino admirar la agilidad con que los periodistas garabateaban notas en sus cuadernos y los curadores desmadejaban un intrincado ovillo conceptual. Y realmente no era poca cosa la empresa que los últimos se habían propuesto: Cinco muestras (a "Heterotopías" la acompañaban "Más allá del documento", "No es sólo lo que ves, pervirtiendo el minimalismo" "F(r)icciones" y "Estétyka del sueño") agrupaban un siglo de producción creativa con cientos de obras de todos los soportes y técnicas imaginables (pintura, fotografía, video, escultura, instalación entre otros) y prometían asestarle un porrazo definitivo a concepciones anacrónicas y totalizantes sobre el arte latinoamericano. No pude dejar de notar que, curiosamente, esos tesoros habían desembarcado en las mismas costas ibéricas de hace 500 años para esta vez ser admirados, en vez de en la corte palaciega, en un museo igualmente amparado, al menos simbólicamente, por la figura de otra reina católica.

Así mataba el tiempo, ensimismada en vagas asociaciones, cuando tomó la palabra la curadora Mari Carmen Ramírez y se hizo evidente que inesperadamente entre tan vasto botín se había colado un cachalote, definitivamente vivificado por el viaje trasatlántico. Oí tu nombre entre los balleneros y pensé que en ese momento harías una entrada triunfal y dramática de esas que tanto te gustan. "No, la verdad es que no sabía nada. Pero voy a España antes de que…" -la frase de Caupo es interrumpida por Adriano González León quien se materializa junto a nuestra mesa para intercambiar alguna complicidad escrita en un papelito. "No te olvides, El Techo de la Ballena -traté de acaparar de nuevo la atención de Caupolicán- está en el tercer piso del museo bajo el título de constelación impugnadora".

Una constelación /
fría de olvido y de desuso.

Mallarmé
Un Coup de Dés

(citado en Heterotopías, p. 57)

El proyecto de "Heterotopías" que propone Ramírez y el mexicano Héctor Olea gravita alrededor de "una revisión crítica de los más destacados momentos de las vanguardias plásticas del siglo XX en América Latina, los cuales (…) han pasado desapercibidos en su complejidad y totalidad". En lugar del manoseado "paradigma historicista" los curadores proponen el modelo de constelación, la cual "implica una configuración arbitraria de puntos de vista así como de actitudes a menudo contradictorias o en abierta tensión, las cuales representan en sí propias, la multiplicidad tanto de posturas como de acercamientos teóricos y/o prácticos de nuestros artistas al proyecto original vanguardista".

En uso de razón

Se trata de esta manera de activar estas constelaciones "frías de olvido y de desuso" sin traicionar, en el caso de El Techo de la Ballena, su ímpetu anárquico, su carácter provocador y su voluntad impugnadora. Con estos parámetros nuevos, tal vez es el momento de mirar con mayor detenimiento el carácter performático de las acciones -parafraseando a Angel Rama- "terroristas" de El Techo de la Ballena donde se blandían como armas mortales "tripas, mortajas, untos, cierres relámpagos, abestina o caucho en polvo, desparramados sobre cartones y trozos de madera…" (como diría Adriano González León en su introducción al Homenaje a la necrofilia de Carlos Contramaestre). Y con performático no sólo me refiero a la teatralidad de las osadas intervenciones públicas de los balleneros, sino también a que en su carácter de evento vivo y perecedero éstas ocupaban brevemente un espacio liminal donde colapsan dicotomías de sacro / profano; despojo / objeto de arte; estado alterado / normalidad cotidiana. Y es en la imposibilidad de su reproducción donde reside no su debilidad, sino su poder subversivo.

Pero, por supuesto, siempre nos traiciona el deseo por la narrativa nítida. Esa tarde en el restaurante sucumbí a la tentación de pedirle a Caupolicán que me hilvanara la "historia definitiva" del movimiento. El gran fabulador se resistió a glorificar el pasado con un cuento lineal y perfecto. Encontraba más placer en la anécdota, sazonada con comentarios lúcidos sobre alguno que otro protagonista. Más que todo le interesaba las reverberaciones de esas fracturas, contradicciones y discontinuidades balleneras en el presente.

Pregunto ¿en qué consiste tener un espíritu de escritor? ¿Y en qué consiste escribir con la ballena -la fabulosa y vilipendiada ballena- en los brazos, o con la ballena diciéndole: escriba que desde el mar se le contempla y en la ciudad se le quiere? ¿Cuál es la razón para que un grupo de escritores y pintores se adhieran al mamífero o se manifiesten como "viviente calamar" para ser alimento exclusivo del cachalote?

Caupolicán Ovalles
Contraseñas

El método de este trabajo: montaje literario. No tengo nada que decir, sólo que mostrar.

Walter Benjamin
Das Passagen-Werk

Caupo no tuvo la oportunidad de volver a España, pero yo sí de releer o leer por primera vez algunos de los textos balleneros. Esto no lo hago con el ánimo de entregarme a la indulgencia de un séanse con el más allá, sino para entrar en una conversación con algo muy vivo y actual. Lo hago para establecer un diálogo con algo que me atañe y me interesa, y puedo decir con confianza, que interesa a un grupo de personas, la mayoría nacida después de los turbulentos coletazos de la ballena durante los primeros años de los sesenta, y en diferentes regiones del continente. Por ejemplo, nos complace prestarle atención al grito: "¡No diga que somos de la tierra porque le pego!" ante esos llamados destemplados que proponen una identidad medio cocinada en un guiso de lugares comunes, mitos nacionalistas y folclore entre comillas. O en un momento de renovado interés en la ciudad (como sujeto, como pretexto, como metáfora) entre artistas y críticos culturales creo productivo revisar el modelo practicado por los balleneros. "Si existe una obligación …ella es la de descubrir el mundo que se tiene ante las narices". Con los balleneros esta frase se traduciría en una errancia militante por la metrópolis caraqueña ("porque también esa ballena es nuestra ciudad, en la cual no hubo masturbatorio para el loco. Es nuestra ciudad que prostituye no a un adolescente sino a una anciana, con su perrita muy amada"). En lo estrafalario de sus acciones había un modelo cognoscitivo, alerta y lúcido. En ese divagar o flaneurismo crónico, hay una manera original de leer los espacios públicos, un modo todavía vigente de mirar, o mejor, de diseccionar a la metrópolis. (Para el flâneur las paredes en las calles son su escritorio contra el cual "apoya su libro de apuntes", notaría Walter Benjamin en su ensayo sobre Baudelaire). Los balleneros se lanzaron contra las calles y fachadas de los edificios, las vitrinas, los paredones, porque tenían la certeza de que bajo su apariencia inorgánica, éstos no estaban mudos. Allí encontrarían una sintaxis insólita que quedó capturada en montajes de imágenes visuales y literarias (Asfalto-Infierno de Daniel González y Adriano González León, por ejemplo) donde los elementos se mantendrán irreconciliados en vez de fusionados en una perspectiva armoniosa. El resultado de cierta forma reconstruye esa modernidad desigual, caótica, alucinante, injusta, rapaz que se esconde bajo las promesas de progreso.

Para mirar a los ángeles
En 1982 pasé una temporada en la casa de Caupolicán y Josefa. Vivían entonces en su adorado "París de Francia". Como recuerda mi primo Manuel Vicente: "sin ejercer ninguna paternidad de repúblicas poéticas, solo, sin más nadie que nosotros y la perrita Mandarina, Caupolicán se dedicó día a día al ejercicio de la paternidad y de la vida familiar". Llegado el fin de semana, parte de este ejercicio de comunión de familia consistía en ensamblar a la prole y llevarla a parques, castillos o cualquier otro monumento. Era contrato tácito que tanto los residentes permanentes como los visitantes nos sumergiríamos sin rechistar en esos rituales civilizantes. Un sábado marchamos al Centro Georges Pompidou a mirar una enorme retrospectiva de arte surrealista. Caupolicán levitaba absorto por las salas. Más que un espectador cualquiera se asemejaba a un chamán transportado en un rito muy privado, ejerciendo el derecho de hacer suya cualquier iluminación profana que le hiciera contraseñas. Durante la excursión poco habló y, contrario a sus costumbres, no hizo alardes de conocimientos eruditos. Nunca supe si su actitud era la reverencia de un discípulo o si se sentía que se tuteaba con viejos amigos. Pero en nuestro último almuerzo no dejó de insistir que al hablar de El Techo de la Ballena "no había que dejar de reclamar la carga surrealista".

¿Y quién reclamará la carga de los balleneros? ¿Quiénes son los descendientes de esta vanguardia? ¿Dónde están esos pequeños saltamontes, aprendices infatigables a los que nos acostumbraron las películas de kung-fu y el anecdotario de la historia del arte? Tal vez no se trata de buscar herederos directos pero usar este techo flexible como catapulta para generar lecturas más amplias sobre diversos aspectos del arte y la cultura contemporáneos. Por eso, aparte de los artistas venezolanos en deuda con el legado ballenero, mencionados por el coleccionista y estudioso de movimiento, Ignacio Oberto, en su articulo: Los Beats, su cultura y El Techo de la Ballena, revisitados (El Universal, 17-2-96) me tienta buscar correlaciones extrafronterizas e interdisciplinarias. Y aquí quiero seguir ese modelo constelar "que prohíbe todo tipo de lecturas categóricas, permitiéndose incluso contrapuntos entre obras que no estuvieron unidas en el tiempo de producción ni en el espacio generacional".

En estos días la investigación de las basuras de Caupo, me sirve de guía personal, de método de exploración, para acercarme a la producción de un grupo de jóvenes artistas mexicanos que recorren las calles de Los Angeles obturando el click de sus cámaras fotográficas y de video. Van así desmistificando a la ciudad del eterno y soleado presente. Sin abogarse por la retórica de denuncia o practicar la fotografía de reportaje, en sus obras los enfrentamientos en un mismo espacio de diferentes sistemas económicos, temporalidades y realidades culturales son enunciados por grotescos Mickey Mouses gigantescos con sombreros de rancheros que custodian destartaladas taquerías. Estos artistas también andan por ahí, revolviendo el detrito maloliente urbano y "rayando sobre la noche, rayando sobre el día, rayando sobre nuestro amor y odio, y rayando en nuestra entraña para vivir. Cuando menos se busca la verdad con dolor, aquí…" A Caupolicán le hubiera complacido eso.

Eurídice Arratia. Curadora de arte y crítico


Portada de Rayado sobre el Techo No. 3

N° 30 Año IV
Caracas, sábado 28 de abril de 2001
 
 
 
 

Apuntes Visuales
Tres muestras en Estados Unidos
La mirada de Van Gogh

(Julio Ortega)

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Dos novelas alemanas (y III)
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Tributo
Caupolicán
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(Eurídice Arratia)
 
 
 
 

 

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