DE
LA TRAGEDIA GRIEGA A LA CRISTIANA
Las culpas de Hamlet
El hombre,
"en la tradición judeo-cristiana, ya nace culpable",
dirá Alejandro Oliveros frente
a ese héroe trágico de Shakespeare cuyo sentimiento
de culpa lo condena a la locura: Hamlet.
Otra cosa es el héroe griego de Esquilo: para Orestes,
la venganza es necesaria. Sin embargo,
tanto la tragedia griega como la cristiana guardan "varias
e inquietantes" analogías:
desde la imagen alrededor de la cual se desarrolla la acción
hasta la unión de las viudas
con los asesinos. La "diferencia más notable
entre las dos tragedias es producto de las culturas religiosas
de sus autores",
apunta el ensayista

Eugène Delacroix / Hamlet asesina a Polonio (1855)
Los primeros estudiosos
que se preocuparon seriamente por la conducta de Hamlet, príncipe
de Dinamarca, fueron los críticos románticos. Para
Schlegel y Coleridge, como para Hazlitt y
Lamb, el comportamiento de los personajes en la escena
era el mejor criterio para juzgar una obra dramática. Se
trataba de una crítica conductista que consideraba con
desdén otros aspectos, como la estructura de la pieza,
su unidad, decoro y así. Y si de comportamiento se trataba,
ninguno más enigmático que el de Hamlet, convertido
por los románticos en modelo del héroe: nocturno,
díscolo, excéntrico, inexplicable, insomne, solitario,
incomprendido, suicida.
La gran pregunta
sobre Hamlet, la pregunta de las preguntas, tal como la entendieron
los románticos, es la más difícil de responder:
¿Por qué el joven no ejecutó la venganza,
tal como se lo había exigido el fantasma de su padre en
las primeras escenas de la obra? De haberlo hecho se habrían
evitado las muertes de Polonio, Ofelia, Laertes, la reina Gertrudis
y el mismo príncipe. Una de las explicaciones es que Hamlet,
la obra, es una tragedia cristiana que se desarrolla en la Dinamarca
cristianizada de la Edad Media. En la tercera escena del tercer
acto, Hamlet, el príncipe, expresa su convicción
en el más allá, en su existencia, tal como lo asumían
los cristianos. Y lo hace, justamente, para justificar la postergación
de su venganza:
Ahora podría
hacerlo, ahora que está rezando. Lo haré y así
se irá al cielo
Un bribón mata a mi padre
y por ello, yo, su único hijo, envía al cie-lo a
ese canalla
No, detente, espada, y búscate una ocasión
más horrible, cuando duerma embriagado o tenga cólera
o en el incestuoso placer de su lecho. Cuando juegue, cuando jure,
o en el incestuoso lecho o en algún acto que tenga sabor
de salvación.
Shakespeare
no lo dice. Pero si enviara a su padrastro al cielo, ejecutándolo
en el acto de la oración, Hamlet se estaba condenando a
ese "infierno tan temido" por los habitantes del medioevo.
Aunque todas las circunstancias se formaban para animarlo a la
venganza, los obstáculos e impedimentos eran, por lo menos,
tan consistentes y numerosos. Venganza y perdición eran
una sola cosa para el cristiano príncipe de Dinamarca.
En la Grecia
heroica, por el contrario, cualquier héroe hubiese realizado
la venganza sin mayores problemas. El caso extremo es el de Orestes,
quien tiene que vengar la muerte de su padre. Y no con el asesinato
de un tío corrupto y disoluto. Sino con la muerte de Clitemnestra,
su madre, causante de la enredada muerte de Agamenón, su
padre. No tenían mayores inconvenientes los héroes
griegos a la hora de vengarse. Como siempre, lo entendían
en términos de necesidad. Era absolutamente necesario que
Orestes se vengara, así fuera en su propia madre. Una diferencia
hay que notar, sin embargo, Orestes contaba con el apoyo de un
dios, Apolo. Hamlet apenas cuenta con el de un fantasma, el cual,
por añadidura, apestaba a azufre, el olor que se describe
para los paisajes infernales. Lo que en Orestes, y demás
héroes griegos, es algo relativamente sencillo, en Hamlet
es algo imposible.
Se ha tratado,
con desigual fortuna, de vincular el sentimiento de culpa con
determinadas formas de expresión religiosa. Y no es impropio
destacar la insistencia de las tradiciones judeocristianas en
el fenómeno de la culpa como uno de los fundamentos de
sus teologías. Tal vez sea menos apropiado vincularlo y
convertirlo en uno de los pilares del monoteísmo. Especialmente
cuando la misma noción de monoteísmo ha sido sometida
a revisiones inquietantes. Como la que proponen los colaboradores
del reciente Pagan Monotheism in Late Antiquity. En la
introducción a este volumen, cuya importancia para los
estudiosos de las religiones no se puede exagerar, se cuestionan
ideas recibidas y digeridas por la mayoría de los estudiosos
contemporáneos. Allí se dicen cosas como estas:
El monoteísmo,
independiente casi siempre del cristianismo y el judaísmo,
se estaba difundiendo cada vez más en tiempos de la Antigüedad
tardía.
No sólo
los filósofos, sino una parte fundamental de los paganos
de la Antigüedad tardía eran monoteístas de
manera consciente.
Ser pagano
en ese período no significaba, necesariamente, que uno
no era monoteísta.
El monoteísmo
pagano era una tendencia profundamente arraigada en la filosofía
antigua.
De modo que
igualar culpa con monoteísmo tendría como consecuencia
la necesaria igualdad entre culpa y paganismo, habida cuenta la
existencia de un "monoteísmo pagano".
La incapacidad
de Hamlet para adelantar la venganza exigida por el fantasma de
su padre va a tener consecuencias nefastas. A nivel colectivo,
llevará a la muerte a mucha gente honesta. Algunos de una
inocencia emblemática, como Ofelia. A nivel personal, la
postergación de la venganza, una postergación infinita,
será la causa de un deterioro irreversible de su salud
mental. A medida que avanza el drama, percibimos, con profunda
tristeza, cómo el noble danés se va hundiendo en
la penumbra insondable de la melancolía. Se refugia en
un solipsismo que lo incapacita para relacionarse con sus semejantes
que han podido ayudarlo. La situación de Hamlet no podía
ser más desesperada. El fantasma de su padre le reclama
ser vengado. Pero, como buen cristiano, Hamlet sabe que esa acción,
no importa cuán justa pueda parecer, lo condenaría
eternamente a los ojos de su dios. Y este dios había dicho,
por intermedio de San Pablo, que sólo a él correspondía
la vengan-za: "No os venguéis vosotros mismos, amados
míos; antes dad lugar a la ira de Dios; porque está
escrito: mía es la venganza".
Hamlet es
un hombre respetuoso de la fe cristiana, el problema es que esta
posición contradice las exigencias del fantasma. Como resultado
se siente cada vez más culpable. Y este sentimiento de
culpa es lo que lo distingue de los héroes griegos. "La
venganza entre los griegos no era un problema, era una solución",
nos recuerda la profesora Pepin Burnett en su necesario
trabajo sobre la venganza en la tragedia ática e isabelina.
A comienzos de la Ilíada leemos que Agamenón,
máximo comandante de los invasores griegos, pone en peligro
la empresa troyana por lo que no puede calificarse sino de capricho.
Se ha robado la hija de un sacerdote de Apolo y el hijo de Leto
ha hecho caer la peste sobre el campo aqueo. Después de
muchos estragos en las filas del ejército, Agamenón
accede a devolver la joven a su padre. Cientos son los soldados
muertos víctimas de la enfermedad. Sin embargo, ningún
sentimiento de culpa. Agamenón simplemente ha reaccionado
ante la acción punitiva de Apolo. La suya es una transgresión
que fue debidamente castigada. Nada de culpas. Lo contrario. Apenas
se retira el sacerdote con su hija, Agamenón comete otra
acción infame. Despoja nada menos que a Aquiles de su esclava
más querida. Nuevos males llegan al campo de los griegos
cuando Aquiles se niega a seguir combatiendo. Agamenón
no se da por aludido y rechaza devolver la muchacha. No es original
recordar que Agamenón no sintió culpa ni en el momento
nefando en que sacrificó a la más dulce de sus hijas,
Ifigenia. En su estudio sobre los orígenes de lo sagrado
en Grecia, Walter Burkert indica que "la práctica
de la confesión está visiblemente ausente de la
Grecia clásica". Y es lógico. Sin culpa, la
confesión es superflua. Para Dodds, la culpa sería
una actitud posthomérica. Y para Nilsson, la culpa,
entre los griegos, habría sido un aporte, rápidamente
superado, de las sectas órficas.
Hamlet, por
desgracia, no es griego. Es danés. Y su situación
no puede ser más distinta. Se siente culpable por no satisfacer
las demandas del fantasma del padre. En un momento de su depresión
llega a compararse con las bestias: "How all occassions
do inform against me / and spur my dull revenge. What is a man
/ if his chief good and mark of his time is / but to sleep and
feed? A beast, no more". El Diccionario de Oxford define
culpa como "failure in achievement of duty".
Que podríamos traducir como "incapacidad en el cumplimiento
del deber". Y eso es, precisamente, lo que presenta Hamlet,
una "incapacidad para cumplir con su deber". Y su deber
es vengar a su padre. Una tarea que el fantasma se encarga de
recordárselo con molesta insistencia. Tiene que dar muerte
a su tío, Claudio, el asesino. En apariencia, nada le impide
a Hamlet ejecutar la venganza. Nada y todo. La culpa se apodera
de él tempranamente. Y cargará con ella durante
los cinco actos de la tragedia. Hasta que la muerte, no indeseada,
lo libere de la carga.
***
El complejo de Hamlet es su complejo de culpa. Su incapacidad
para cumplir con su deber lo convierte en un miserable. Vive su
Hades de la manera más desgarrada. Su Hades es la melancolía,
la locura, la cuerda floja del suicidio. Poco antes de la Segunda
Guerra Mundial, en una Alemania tan podrida como la Dinamarca
de la tragedia, Karl Jaspers señaló las consecuencias
de esa incapacidad para actuar: "El no actuar es también
una acción; a saber, omitir. Esto tiene asimismo sus consecuencias:
una inacción sostenida y sistemática conduciría
necesariamente a un rápido hundimiento. Sería una
forma de suicidio. Si yo puedo hacer algo y no lo hago, yo soy
culpable de las consecuencias de mi abstención". La
culpa de Hamlet es suicida, pero también homicida. Porque
no de otra manera se debe considerar la muerte de Polonio. Lo
que hace Hamlet es descargar su culpa en los demás. No
puede matar a Claudio, pero sí al infeliz e inofensivo
Polonio. Lo mismo con Ofelia. La señala con el dedo. La
carga de insultos.
Quiere "echarle"
la culpa de su culpa. Hamlet parece creer que la familia de su
prometida es la culpable de sus miserias existenciales. Acaba
con Polonio, acaba con Ofelia y acaba con Laertes, aunque tenga
que morir en el intento. Tal vez no le falte razón al profesor
López Pedraza cuando escribe que "la culpa
y la psicopatía están tan íntimamente vinculadas
que no se puede hablar de la una sin la otra
culpa y psicopatía
se igualan".
Toda culpa
es persecutoria. Se convierte en sombra. Y es agobiante, terriblemente
pesada. La gente habla de "agobiado por la culpa"; "no
puede con el complejo de culpa"; "la culpa lo va a matar".
La culpa es algo que se siente. Como el calor o la fiebre. El
Diccionario madrileño enumera once palabras derivadas del
término. Entre ellas algunas tan ambiguas como "culpante"
o tan cacofónicas como "culpación", de
la eufónica "culpatio" latina. Al definir culpa,
los académicos de Madrid son, como siempre, imprecisos.
Vendría a ser una "falta más o menos grave".
Y pienso en Hamlet. Su falta, ¿era más o menos grave?
Grave debe haber sido porque precipitó a la muerte a tanta
gente honesta.
Toda
culpa es persecutoria. Y todo culpable es un paranoico. Aunque
lo contrario no siempre es cierto. Hamlet es culpable y paranoico.
Pero es un paranoico con razón. Cree que están conspirando
en su contra y es verdad. El dolor de la culpa también
es persecutorio. No cesa. No se trata de un dolor agudo. Como
el de la puntada de costado, que acompaña al neumotórax.
No hay decúbito favorable para el dolor de la culpa. Es
como una de esas dolencias que los pacientes refieren como: "No
se va"; "Siempre está allí"; "No
se me pasa". Estos dolores son susceptibles de desaparecer
con los analgésicos. Pero pasada la acción terapéutica
regresan con la misma intensidad. El sueño es el analgésico
de la culpa. Pero, al despertar, es lo primero que acude a la
conciencia. El insoportable dolor de culpa.
El siglo
XX descubrió, o inventó, una nueva categoría
de culpa. La culpa colectiva. Me parece que fue Jung el
primero que utilizó el término para referirse a
la Alemania de la posguerra. Toda la nación alemana amaneció
culpable de genocidios impensados. Se generalizó y se encontró
culpables a todos los alemanes que vivieron en Alemania entre
1932 y 1945. No importaba la edad, credo, sexo o filiación
política. La nación tenía que ser redimida
y se pensó, no sé si equivocadamente, que el primer
paso hacia la redención era reconocer la culpabilidad.
Así, a la patria de Goethe le correspondió
el dudoso honor de ser el primer país culpable in totto.
Con semejante acuerdo se liberó de culpas a otras empresas
genocidas. Joseph Conrad se encargó de reseñar
una de ellas. La de los belgas de Leopoldo en el Congo. En El
corazón de las tinieblas, el protagonista, el borroso
míster Kurz, sucumbe ante el complejo de culpa y será
poseído por la más escatológica de las locuras.
Pero a pesar de los millones de víctimas de las potencias
coloniales, aparte de Kurz, no hubo culpables. Y mucho menos un
país entero. Alemania fue considerada culpable y todos
los alemanes. Bélgica, Francia o Inglaterra fueron halladas
inocentes. Lo mismo España, causante, según fuentes
del MIT, del más espantoso de los genocidios. El de los
indígenas de las culturas americanas.
La culpa,
como el incesto, resiste las más diversas definiciones.
En otro diccionario de la Universidad de Oxford, uno pensado para
los estudiantes avanzados del inglés, el Oxford Advanced
Learner's Dictionary of Current English, se habla de la culpa
como la "condición de haber actuado mal. Pero haber
actuado mal, o lo que para nosotros sería actuar mal, no
es suficiente para sentirse culpable. No al menos entre los griegos
de la edad heroica. Orestes, con quien Hamlet ha sido comparado,
después de dar muerte a Egisto y Clitemnestra, su madre,
confiesa no padecer ningún sentimiento de culpa. En el
segundo cuadro de Euménides, Orestes, postrado ante la
imagen de Atenea, exclama:
¡Oh,
Palas! Tú has salvado mi casa; tú me restituyes
a aquella patria de la que yo estaba privado. Y dirán los
helenos: "Ahí tenéis al hijo de Argos, que
ha recobrado posesión de la hacienda de sus padres gracias
a Palas y Apolo". Me marcho ya a mi patria.
Y se va.
Orestes no
es culpable, ni se siente culpable. No puede ser juzgado por la
simpleza chata del Diccionario de la Real Academia. Que
habla de culpa como, "falta más o menos grave, cometida
a sabiendas y voluntariamente". Es decir, todo lo que hizo
el hijo de Agamenón. Para los griegos, al menos desde Homero
hasta Esquilo, el héroe no conoce la culpa. Actúa
por necesidad, como Ulises con los pretendientes. No quiere decir
que no exista el castigo. La transgresión es castigada
las más de las veces. Como la hibris. Pero ni siquiera
la hibris produce sentimientos de culpabilidad en el héroe.
Agamenón no siente culpa cuando secuestra a la hija del
sacerdote de Apolo y la peste se apodera de sus ejércitos.
Su terquedad será vencida. Pero no porque se sienta culpable.
Al día siguiente de restituir a la joven, el pastor de
hombres, como se recuerda, se trae a su tienda a la Briseida de
Aquiles. Tiempo después la restituirá. Aunque no
por sentimiento de culpa. Lo que lo decidió fue el vano
intento de volver al molesto héroe al campo de batalla.
Tal vez haya
sido Esquilo el último gran dramaturgo de la "cultura
de la vergüenza". No estoy seguro. De lo que sí
estoy seguro es de que Shakespeare, con Sófocles,
es el más grande poeta dramático de la "cultura
de la culpa". Sófocles, seguidor de un culto
politeísta en franca decadencia. Y Shakespeare formado
en prácticas religiosas monoteístas. Para ambos,
la culpa es una enfermedad que transforma a los héroes
en víctimas. Llámese Edipo o Hamlet. Hamlet,
la obra, es una tragedia cristiana. Allí cada quien es
libre de sus actos. De eso se trata el libre albedrío.
"Se pudo no pecar, pero también se pudo pecar",
recuerda San Agustín. "Se pudo no vengar, pero también
se pudo vengar", agrego yo. En cualquier caso, el hombre,
en la tradición judeo-cristiana ya nace culpable. Una condición
inimaginable para un griego de la época heroica. E inimaginada.
Y con razón. Se trata de una de las nociones más
arbitrarias de cultura alguna. ¿Culpable de qué?,
preguntaría el habitante de Atenas y Tebas. No obstante,
las analogías entre Hamlet y Orestes son varias e inquietantes.
En ambas
tragedias la acción se desarrolla alrededor de la imagen
del padre muerto. Padre y rey, por añadidura. Ambos fueron
asesinados por alguien de la misma sangre. Por su primo, el griego;
por su hermano, el danés. Las dos reinas viudas se unen
en matrimonio o concubinato con los asesinos. Y, tanto en la lejana
Argos, como en la fría Dinamarca, el príncipe heredero
es obligado a encargarse de la venganza. Ni Orestes ni Hamlet
son los héroes más indicados para la empresa. Carecen
de la determinación de Ayax o Héctor. No poseen
la obstinación de Aquiles ni la astucia de Ulises. Al final,
la diferencia más notable entre las dos tragedias es producto
de las culturas religiosas de sus autores. El pagano Esquilo
permite que Orestes siga con vida. Una decisión que el
cristiano Shakespeare no es capaz de compartir. El dulce
príncipe ha de morir de la manera más violenta.
Para los que lo conocemos bien, y lo amamos, es claro que tanto
"sound an fury" en la última escena, apenas sirvieron
para disimular la realidad tan dolorosa de ese "rápido
hundimiento". Esa forma tan poco disimulada de suicidio.
(Conferencia leída
en las IV Jornadas de Investigación
y Creación de la Escuela de Letras de la UCV,
en homenaje a Don Mariano Picón-Salas).
Alejandro
Oliveros. Ensayista y poeta