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Apuntes
"PLATA
QUEMADA", DE RICARDO PIGLIA
La fascinación del mal
El nombre de
Ricardo Piglia viene a ser erigido como el de uno de los narradores
más innovadores del siglo XX. Apunta Víctor Bravo
que su obra interroga la tradición argentina
y "ha resignificado la ficción como el espacio de las
representaciones de la conciencia crítica",
a más de convertir sus títulos en "propuestas
de inusitada belleza y pensamiento".
Así, con Plata quemada, título publicado en
su país en 1997 y que hoy es relanzado
desde España, desenmascara lo ilusorio y dibuja la humana
fascinación por el mal

Foto: Angela
Bonadies
Ricardo Piglia interroga la tradición argentina
Ricardo Piglia (1940)
es uno de los narradores argentinos contemporáneos de mayor
visibilidad. Sus novelas y cuentos, profundamente autorreflexivos,
interrogan la tradición argentina, realizan una lectura inteligente
y distanciada del horizonte borgiano, y ha resignificado la ficción
como el espacio de las representaciones de la conciencia crítica.
Respiración artificial (1990), La ciudad ausente
(1992) y Nombre falso (1994) representan propuestas de inusitada
belleza y pensamiento, donde lo real es interrogado en sus bordes,
en su enmascaramiento de lo ilusorio, en los signos que excluye,
en la persistente irrupción del mal.
En Plata
quemada (publicada inicialmente en Argentina en 1997 y recientemente
editada en España con entusiasta aceptación de la
crítica), el mal alcanza un punto extremo de su representación:
la fascinación, más allá de los interdictos
morales y de preservación del orden.
Sin duda fue
Sade uno de los primeros en mostrar esa fascinación,
esa posibilidad de lo humano de desatarse de todo control, del orden
que le es constitutivo para su propia preservación, y avanzar
hacia esa experiencia absoluta del mal, que brilla en un instante
de plenitud, el instante a la vez de su propia destrucción.
El hombre es el homo éthicus, pues todos sus horrores,
hasta los más extremos, tienen su ancla moral; pero existe
un momento que anula toda finalidad, toda teleología, toda
duración temporal para privilegiar el instante en su intensidad;
el mal se presenta entonces en su gratuidad, en su sin razón,
en el brillo insoportable de su pura fascinación. Es el momento
en que los fundamentos de la existencia y de la sociedad son negados.
Heidegger ya ha señalado que Nihil est sine ratione,
nada es sin fundamento, y ya Leibniz llamó a la proposición
del fundamento, el principium rationis, lo que indica que
toda negación del fundamento es la negación de las
raíces de la razón misma. Bretón, desde
esta perspectiva, saludaba Del asesinato como una de las Bellas
Artes (1839), de Thomas de Quincey, quien ve en el asesinato
el acto puro por excelencia, aquel que se desprende de toda sujeción
moral y brilla -diría De Quincey- estéticamente.
Plata quemada
es novela de la representación del acto de la gratuidad,
aquel que hace estremecer los cimientos de toda sociedad y todo
orden: la representación de la aniquilación -gratuita-
de lo que le es constitutivo a la sociedad: la vida y los bienes.
Toda representación de la destrucción de lo más
preciado va acompañada de una fascinación que parece
emerger de lo más oscuro de lo humano, la manifestación
de lo que no debió haberse manifestado. El "afuera del
género policiaco" donde se sitúa la novela de
Piglia se encuentra lejos del diagrama inicial establecido
por Poe, y cerca de lo que ha llamado el "relato negro",
la representación narrativa del delito, sin el correaje de
lo policiaco inventado por Poe. La novela relata, partiendo
de un hecho real que se produjo en 1965, entre Buenos Aires y Montevideo,
la preparación y realización de un asalto a un banco,
la huida del núcleo de la banda, traicionando a sus diversos
cómplices, y en una serie incontable de asesinatos, la persecución
por parte del comisario Silva, el acorralamiento de la banda y la
resistencia y la quema del botín -la plata quemada- antes
de la derrota final. Contada en un múltiple desplazamiento
de perspectivas, en un desplazamiento igualmente de los testimonios
y del archivo, entre lo subjetivo y lo objetivo, el relato nos va
a mostrar, en los múltiples asesinatos, en la ciega y orgiástica
resistencia, en la quema de la "plata", la representación
de la gratuidad de la destrucción, el brillo y la fascinación
del mal.
El mal es lo
ominoso que acecha entre los pliegues del orden; así lo expresa
una perspectiva racional de la novela: "Muchas veces Silva
se quedaba levantado hasta la madrugada, en su casa, sin poder dormir
y miraba la ciudad desde la ventana, a oscuras. Todos trataban de
ocultar el mal. Pero la maldad acechaba en las esquinas y dentro
de las casas". Lucía Passero, un personaje ocasional,
testigo desde la vidriera de una panadería de "una verdadera
orgía de sangre", tiene conciencia de la fascinación
de lo que observa, "mejor que en el cine", y desde su
racionalidad logra identificar las raíces de esa fascinación:
"Volvió a experimentar, lo que ella misma llamaba la
tentación del mal, un impulso que a veces le daba por hacer
daño o ver a alguien que le hacía daño a otro
y contra esa tentación luchaba desde chica". Esa tentación
se expresa también, de manera confusa, en uno de los criminales:
"La maldad
no es algo que se haga con la voluntad, es
una luz que viene y que te lleva". En este relato de robo y
persecución las diferentes formas del mal se plantean, siempre
en términos de gratuidad, siempre lejos de toda sujeción,
todo moralismo y toda ley -incluso lejos de las "leyes"
y reglas de juego implícitas entre los criminales-. Lejos
incluso del miedo. Y quizás aquí se encuentre uno
de los puntos fascinantes de este relato: la representación
del vivir las diversas formas del horror y de la aniquilación,
sin miedo. ¿No era ésta la fascinación que
la orgía producía en Nietzsche? Los asesinatos
gratuitos, como representaciones del mal absoluto, pueden ser atribuidos
a la demencia, pero la "quema" del dinero es la aniquilación
gratuita del gran símbolo de la riqueza de la sociedad, y
ese acto no tiene atribución posible sino lo innombrable
y lo no representable del mal.
Marcel Mauss,
en su "Ensayo del Don" describe un "comercio"
de destrucción de bienes propios, el "potlatch"
de los indios del noroeste de América, donde un rival queda
desafiado por la destrucción solemne de la propia riqueza,
y su respuesta no puede ser sino una destrucción mayor de
los propios bienes. Sin embargo, el "potlatch"
es una suerte de sacrificio con un sentido, en ese tipo de sociedades.
A pesar de que la novela de Piglia menciona expresamente
el "potlatch", el acto de destrucción del
los dólares, la "plata quemada" carece en la novela
de otro sentido que no sea el de la gratuidad absoluta, el absoluto
del mal. La novela describe el horror y la parálisis pues
ese acto es innombrable. Señala el narrador: "Si la
plata es lo único que justificaba las muertes
y ahora
la queman, quiere decir que no tienen moral, ni motivos, que actúan
y matan gratuitamente, por el gusto del mal, por pura maldad, son
asesinos de nacimiento, criminales insensibles, inhumanos".
Ese brillo,
acaso inhumano, que de Sade a Baudelaire, de De
Quincey a Bretón ha sido colocado en el mismo
lugar donde por un instante brilla lo estético, es la más
extrema refutación del interdicto, de la ley, de lo que cohesiona
realmente a una sociedad y que Nietzsche llamara el instinto
de rebaño.
Víctor
Bravo. Ensayista
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