Libros, Lecturas y Lectores

"MANUAL DE LENGUAS INDIGENAS DE VENEZUELA"

Muchas tierras poéticas

Pensado para permitir un acercamiento no sólo de estudiosos y especialistas sino también de aficionados a las lenguas de los primeros habitantes de América: los indios, el Manual de lenguas indígenas de Venezuela (Fundación Bigott) es una muestra de la revitalización del universo lingüístico de nuestros antecesores, que se viene dando actualmente en el país y que José Antonio Yepes Azparren invita a descubrir. Un manual que recoge los trozos sobrevivientes de culturas milenarias


Mujer wayuu
/ Tapurí, Alta Guajira. Estado Zulia, 1980

Borges, el inevitable aeda ciego, dejó dicho en alguna parte que "los americanos, del norte o del sur, somos europeos transplantados…". Sí, es cierto, pero con sangres mezcladas y en ese transplante también nos fue dada la sangre del indio. Me refiero, claro, a los que tenemos ancestros con varias generaciones en el país. Cualquier rastreo genealógico demostraría tal aserto. Sin pretender jugar al indigenismo ni a ningún telurismo trasnochado, es innegable que ellos fueron y seguirán siendo los primeros habitantes de América. Diré además que me acompaña la certeza más que la creencia de que las culturas indígenas, a juzgar por el alto grado de complejidad y gran poesía alcanzada (sistema lingüístico y simbólico) por las diversas lenguas que aún podemos interrogar, fueron y son de una importancia y de un refinamiento espiritual -la letra es alma y, por tanto, espíritu- mucho más esenciales de lo que propendemos a considerar. Por ello la pérdida irrevocable de muchas de ellas es signo fundamental e inocultable de la degradación de la historia, de nuestra historia; como resultado de ese proceso de transculturización brutal iniciado con el descubrimiento y la conquista, al que no me referiré en estas líneas por no ser pertinente repetirlo de tan sabido, como también resulta innecesario y harto abrumador referirnos a América como el "Nuevo Mundo". ¿Hasta cuándo Nuevo Mundo?, a menos que -entre otras sinrazones que podamos ensayar- se quiera justificar con ello el hecho de que en nuestro continente no hayamos logrado construir estructuras e instituciones sólidas (y eficientes) para sustentar y mantener nuestras respectivas democracias…

Quien estas líneas escribe sólo puede hablar como un hombre "transplantado" que se ha acercado con interés y amor a algunas lenguas indígenas, además de una irrefrenable curiosidad de comparar y sorprender afinidades entre tal diversidad lingüística. Recuerdo que fue el insustituible Octavio Paz quien afirmó en más de una ocasión que al morir un idioma desaparecía una manera de ver y comprender el mundo (cito de memoria ante la imposibilidad de encontrar los lugares que resguardan tal hallazgo) y, por consiguiente, digo yo, ello acarrea sin remisión la desaparición inexorable de una cultura: como ha sucedido en nuestro país con por lo menos ochenta lenguas indígenas (nadie ha podido remediar que las sigamos llamando de este modo tan equívoco), sin mencionar cuántas fueron borradas del resto de nuestro continente. También se puede dejar inscrito aquí -sin ningún mérito de mi parte; pues aunque ignorado es ya un secreto lugar común- que cada vez que muere un indígena viejo desaparece con él una íntegra biblioteca.

No pocas palabras que nombran nuestras ciudades, pueblos, ríos, lagunas, quebradas, montañas y otras formaciones geográficas, son de origen indígena (topónimos). Así, en nuestras vidas, tales presencias o residuos (palabras) de culturas milenarias han tenido una importancia capital de la que apenas una minoría somos conscientes. El fenómeno no es ajeno al resto de América. Ellos, los primeros habitantes de esta tierra, a la cual llegaron en inmigraciones varias y sucesivas hace ya más de 35.000 años, fueron poblando este continente salvaje (tan viejo como el europeo), dándoles puntos de coincidencias y desigualdades igualmente profundas y contradictorias que terminaron por formar un tejido, de gran riqueza de matices, del que apenas nos quedan ya fragmentos, trozos, irremediables pedazos sangrantes de un diálogo inconcluso o de un monólogo casi siempre silencioso, junto a apenas unas treinta lenguas sobrevivientes -que afortunadamente atraviesan hoy por un proceso de franca revitalización y recuperación, después de una toma de conciencia que ha llevado más de quinientos años en darse, no pocos, claro, pero al fin comienza a suceder.

Quien haya escuchado o leído algunas de tantas palabras que designan muchos de nuestros lugares (o instrumentos y utensilios "aborígenes", para utilizar otra expresión de jaez inevitablemente peyorativa) podrá descubrir el extraordinario parecido entre ellas (por su sonoridad y representación escrita) a lo largo del continente. Hablo del parecido pero también existen divergencias igualmente enormes e imposibles de ignorar.

Como escritor no ha dejado de sorprenderme la belleza de muchas palabras indígenas. La primera que aprendí de niño fue Tarabana, nombre de una hacienda de cañas dulces -en el Estado Lara-, que perteneciera a mi abuelo paterno (con un gran trapiche, ya en ruinas, para elaboración de azúcar blanca): bello lugar de importancia histórica en más de un sentido (imposible de explicar aquí por razones de espacio), que está en peligro de desaparecer por desidia e ignorancia de nuestros gobernantes. Esta palabra es de origen achagua (o axagua), de la familia lingüística arawak, que junto con la familia lingüística caribe y la familia lingüística independiente formaron las tres ramas que poblaron nuestro país. Los arwacos (o arawak) antes de llegar a nuestro país hace unos 8.500 años, pasaron por Brasil y dejaron allí otra palabra del mismo precioso linaje: Itabira, pueblo donde nació el gran poeta Carlos Drummond de Andrade (1902-1987). ¿Quién no recuerda su famoso poema "Confidencia del itabirano"?: "Algunos años viví en Itabira. / Principalmente nací en Itabira. / Por eso soy triste, orgulloso: de hierro". En Venezuela encontramos otra palabra muy similar de la misma familia en una población situada a orillas del río Torbes, al límite con la ciudad de San Cristóbal: Táriba, donde, según la leyenda, a finales de 1600 hizo su reaparición resplandeciente en una tabla (que antes había sido su retablo y del cual se había borrado) la imagen de la virgen, que hoy se venera allí bajo esa advocación.

Cuanto hasta acá he referido lo he hecho a propósito del extraordinario Manual de lenguas indígenas de Venezuela (2 tomos), que recién acaba de publicar la Fundación Bigott, debido al minucioso trabajo de años de dedicación de los antropólogos Esteban E. Mosonyi y Jorge C. Mosonyi, además de un valioso equipo multidisciplinario. La utilidad e importancia de la referida obra es de primer orden, incluso para los legos en el tema, como es mi caso, pues permite acercarnos a diferentes lenguas indígenas sin tropiezos, ya que este manual ha sido pensado para permitir ese acercamiento hasta a los aficionados, aun cuando los resultados y el gran acopio de información sobre cada idioma estudiado resulta de inapreciable ayuda, sin lugar a la duda, también para los estudiosos y especialistas. A continuación enumero la selección de las diez lenguas escogidas entre las hoy existentes, cuyo estudio traza o hace posible este manual: warao, baniva, cuiba, guajibo, guajiro, kariña, ñengatú, pemón, yaruro y yavitero.

Creo innecesario resaltar el hermoso diseño gráfico, rústico y elegante a un tiempo a que nos tienen acostumbrados las ediciones de esta prestigiosa fundación. Lo que sí no resulta vano es subrayar con entusiasmo que tal aporte fundamental se inicia con una valiosa introducción sobre las lenguas indígenas en Venezuela, muy pormenorizado, donde se vincula cada idioma según el área geográfica que habitaron y aún hoy algunos grupos sobrevivientes continúan ocupando. Tales líneas preliminares abundan en datos valiosos y nociones generales que rodean el tema sustancialmente y nos informan de los tópicos más variados que su desarrollo necesariamente genera, como la relación de las lenguas desaparecidas y cuáles podrían aún recuperarse; el presente y futuro de los idiomas indígenas en Venezuela; los procedimientos empleados en la descripción de las diferentes lenguas abordadas, el papel del educador indígena ante las lenguas aborígenes. Ramificaciones necesarias que nos hablan a las claras de la erudición de sus autores y de la pasión con la cual fue escrito este manual, así como la innegable veracidad de los datos aportados (aun cuando muchas veces, en las páginas introductorias, estemos menos en desacuerdo con lo dicho que "en el decir que dice por la manera" para utilizar una fórmula acuñada).

Menester es resaltar como de primera importancia que este manual nos revela la traducción etimológica real de las palabras consignadas, como no lograron realizar los primeros investigadores; pues no disponían de intérpretes indígenas, como es el caso del sabio Lisandro Alvarado, que debió conformarse, sin desmérito de su tarea pionera, en dar las más de las veces aproximaciones y diversas posibilidades de los significados de las palabras estudiadas, obligado por las carencias de su tiempo a prescindir de la indagación etimológica en su célebre diccionario.

El lector quedará satisfecho de las características novedosas de este manual, del mismo modo que su lectura será de verdadero provecho, no encontrándose lagunas ni omisiones enojosas en un tema del cual por ser tan arduo y movedizo no resulta fácil salir airoso. Como interesado he agradecido con morosa delectación la lectura que en sus páginas se nos brinda, sin ninguna suerte de limitaciones documentales ni de otra índole. Sobre cada lengua tratada, los autores contaron con coautores indígenas dueños de sus respectivos idiomas maternos. Asimismo cada lengua cuenta con su introducción, la información sobre su fonología (su sistema vocálico y consonante), sustantivos, pronombres, adjetivos, verbos y se incluyen a su vez oraciones simples, oraciones compuestas, textos bilingües (para ser cotejados con el español) y finalmente un glosario de palabras y la bibliografía fundamental existente. De esta manera, cada apartado desarrollado ha sido escrito con la necesaria minuciosidad. Y, por supuesto, los temas tratados para introducirnos varían según esas especificidades resaltantes de cada lengua.

Indudable es que este Manual de lenguas indígenas de Venezuela viene a enriquecer los estudios etnológicos entre nosotros y que está tratado y desarrollado (tanto el plan de la obra como su diseño gráfico) para facilitar su lectura y hacer de veras ameno el adentrarnos al menos en una parcela significativa del universo lingüístico de nuestros antecesores y primeros habitantes "naturales" de este país, que este manual nos sigue invitando a descubrir. Gracias a ediciones imprescindibles como ésta, el lector tendrá noticias de la revitalización que viene favoreciendo a las lenguas indígenas que son hoy "una realidad viviente, un patrimonio capaz de sobrevivir y aun de fortalecerse" (p. 56), por lo que nuestra cultura indígena no se perderá del todo y, al mismo tiempo, podemos al menos intuir y en algunos casos hasta hacernos una idea más precisa del grado de desarrollo que alcanzaron estas civilizaciones milenarias por el reflejo de sus almas que nos legaron en sus palabras, en sus muchas tierras poéticas.

José Antonio Yepes Azparren. Poeta y ensayista

N° 31 Año IV
Caracas, sábado 05 de mayo de 2001
 
 
 
 
Crítica
Darío Ruiz Gómez
Ciudad universitaria
(Juan Carlos Palenzuela)
 
Libros, Lecturas y Lectores
"Manual de Lenguas Indígenas
de Venezuela"

Muchas
tierras poéticas

(José Antonio
Yepez Azparren)
Reseña
Alfredo Camejo

A bordo la mirada

(Holanda Castro)
 
 
 

 

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