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Reseña
ALFREDO
CAMEJO
A
bordo la mirada
El paisaje de
los espacios y los cuerpos, las reflexiones, lo vivido, encuentran
un territorio
común en la poesía de Alfredo Camejo. He allí que Holanda Castro
descubre en A bordo la mirada, su más reciente poemario (editado
con el apoyo de la CAF), un "juego geométrico
de complejización de las emociones". Y es que, quizá por ser urbanista
y poeta,
"Camejo no hace diferencias entre la arquitectura de las ciudades
y la del poema".

La poesía de
Camejo está imbuida en un juego geométrico
de complejización de las emociones. El recorrido que se siente
a lo largo de este libro es el de un espectador por vocación,
lo que también anota en su presentación Rafael
Castillo Zapata; un juego enamorado de la rotación de
los signos que se sucede a su alrededor. Como bien expresa el título,
quizás esta figura pueda ser tomada como el hilo unificador
de la colección de poemas A bordo la mirada, muy orientada
hacia la sensibilidad de un próximo siglo, signado por el
conocimiento técnico.
Esta
apreciación no es gratuita, pues Camejo es arquitecto
y urbanista, además de poeta, que viene publicando desde
finales de los setenta. Y este dato no se nos escapa durante la
lectura: Camejo no hace diferencias entre la arquitectura
de las ciudades y la del poema. El conocimiento de las formas, estructuras,
espacios, vacíos, es completamente transpolado a las letras
dejando ver construcciones simétricas que, sin embargo, se
permiten un espacio para dudar, para suspenderse en el vacío
metafísico:
El entendimiento
persigue en la forma
de la esfera la expresión más patente
de su esfuerzo.
Se deleita a sí mismo en la placentera
perfección de su curvatura.
El espacio le otorga una independencia
que de ningún modo alteran los eventos
circundantes.
El entendimiento ha conseguido una
manera rotunda de mostrarse
como un simple objeto ufanándose por ser
al fin visible.
Analogía que acaba en la soledad del
argumento.
Acaso ilusión agazapada en la geometría
a la caza de la idea pura y remota.
Muda aspiración a comprender el esquivo
error de las explicaciones.
("Evento
curvo", p. 47)
La suspensión
de las certezas es un rasgo que salta a chispazos después
que se ha llevado a cabo la artificiosa construcción de los
conceptos en verso. Se escuchan chirridos de alerta en cada silencio
al que apuesta Camejo durante la sintaxis. Ningún
orden puede contener estos asaltos de duda, de desfallecimiento
y de vacío, ninguna línea o plano; incluso el voyeur
duda por un momento de su rol:
Hace rato que lucho contra mi vocación de espectador
("Hago lo que puedo", p. 26)
En éste
y otros poemas, el espectador se esfuerza en igualar observación
y percepción. Esta batalla ya es ganada por Camejo
al entregar esta publicación, pues si existe alguna barda
entre esos dos territorios de lo humano, el texto la desplaza. El
vaivén observación-sensibilidad es imperceptible,
y en esa vaporosidad, ese modelaje invisible de palabras y sensaciones
está el secreto del conjuro a la duda y a la soledad.
Holanda
Castro. Crítico
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