CUANDO
LOS HOMBRES DE CARNE Y HUESO SE DILUYEN EN EMBLEMAS
Poética del cine
venezolano
Una mirada panorámica
sobre el cine nacional del siglo que recién culmina, motivada
por la curiosidad de discernir "¿por qué no
hay héroes en el cine venezolano?", conducen
al guionista y director Oscar Lucien a aseverar que nuestra filmografía,
más que entretener, se distingue por "una impronta
épica" que "impregna toda la arquitectura narrativa
y estética de las películas venezolanas" y
torna difícil "distinguir las peripecias dramáticas
individuales". Y es que "el todo termina comiéndose
la parte"

Foto: Archivo
Beatriz Valdés y Mariano Alvarez en Manuelita
Sáenz, película que augura "nuevos derroteros
para el cine"
Por
qué no hay héroes en el cine venezolano puede
ser un interesante recurso retórico para dar una mirada
panorámica al cine venezolano a lo largo del siglo que
acaba de concluir. Corremos el riesgo, sin embargo, de que la
interpelación prejuicie un tipo de respuesta, y se nos
reproche el no haber sido capaces de crear héroes al estilo
Rambo, Rocky o Schwarzenegger. O más lejos en la historia,
a los aguerridos personajes de las praderas americanas, llámense
Buffalo Bill o cualquiera de los bravos guerreros cortadores de
cabelleras de caras pálidas. Mucho menos un Superman o
un Batman. No hemos creado un Charlot y ni siquiera , más
cercano a nosotros, un personaje popular de la entidad universal
de Cantinflas. Pero no nos engañemos. No creo que se trate,
solamente, de una incapacidad propiamente narrativa o dramatúrgica.
Si algo distingue al cine venezolano es su vocación social
o, en otros palabras, su orientación sociologista.
La anécdota,
el tema, el problema o argumento, predominantemente de índole
social, impregna toda la arquitectura narrativa y estética
de las películas venezolanas. Los personajes, hombres o
mujeres de carne y hueso, se diluyen en tipologías sociales,
en emblemas. El malandro, los marginales, la secretaria, el funcionario,
el obrero, el policía, el papá clase media. Por
regla general, el tema se sobrepone a la naturaleza física
de los personajes. Su condición psicológica, los
sentimientos y motivaciones que orientan su conducta quedan diluidos
en una problemática social. Y esto, por supuesto, va en
contracorriente de una poética de la heroicidad. El héroe
es único. Actúa y se desenvuelve en su singularidad.
Nuestro cine
es más bien de impronta épica. Los pobres, el delincuente,
la clase media. Pocas veces, el drama vivencial y profundamente
humano de un cierto Pedro Pérez, viviendo en concubinato
con una María Rodríguez y con cinco pequeños,
que un día recibe una notificación de reducción
de personal que lo deja a la intemperie, sino el problema "más
trascendente" del desempleo. Cuesta tanto distinguir las
peripecias dramáticas individuales en el contexto de un
marcado fresco social. El todo termina comiéndose la parte.
El
retrato social: poética de la realidad
Resulta temerario hablar de géneros en una producción
escasa, discontinua como la cinematografía venezolana.
El cine norteamericano, la industria de cine por antonomasia,
ha logrado a lo largo de su historia crear unos géneros
distintivos que formaron el imaginario colectivo de los espectadores
del siglo XX. El western, el cine policial, el musical,
la ciencia ficción, además de comedias, dramas y
aventuras constituyen una variada oferta dentro de una industria
de vastas proporciones. Pero hay algo más, que destaca
como rasgo esencial. El cine en Norteamérica es entertainment,
un espectáculo para una audiencia. Y debe ser, entre otras
cosas, rentable.
Por el contrario,
el cine venezolano ha sido, esencialmente, una toma de posición
frente a la realidad. Los cineastas, más que artistas,
son activistas sociales, cuando no directamente políticos.
Más que para entretener se hace cine como instrumento de
denuncia o para promover una toma de conciencia sobre una situación
en particular. Y es esta suerte de retrato social como poética
de la realidad lo que sobresale en una mirada panorámica
al cine venezolano del siglo que acabamos de dejar atrás.
De la penetrante
lucidez de Mariano Picón-Salas procede la constatación
de que Venezuela entra en el siglo XX en 1935 con la muerte del
general Juan Vicente Gómez. Pero curiosamente, Gómez
se interesará por el cine, creará los laboratorios
cinematográficos nacionales y procurará que se filmen
todas sus actuaciones públicas. Y aunque se trate de una
producción documental de carácter institucional
y oficialista, permanecen hoy, para la memoria de los venezolanos,
invalorables testimonios de la vida y época del dictador
de la Venezuela de comienzos de siglo. Sin embargo, nunca pudimos
desarrollar una industria sólida y permanente y lo que
podemos inventariar es una ininterrumpida colección de
iniciativas individuales, de éxitos y fracasos que constituyen
la historia no escrita del cine venezolano. Muchas de esas películas
ya reflejan la impronta de lo social que venimos resaltando.
Recordemos,
por ejemplo, Juan de la calle (1941), de Rafael Rivero,
con guión de Rómulo Gallegos, que atrapó
la atención del público de la época y tuvo
su impacto fuera del país. Gallegos construye la
historia a partir del hecho real de un joven huérfano que
toma el camino de la delincuencia. Como en buena parte de su obra
literaria, el escritor asume un tono moralista: la acción
benéfica de la sociedad que recuperará del camino
del mal al joven adolescente.
Otra experiencia
notable, sobre todo por sus pretensiones de hacer un cine industrial,
al esquema Hollywood es la que realiza la empresa Bolívar
Films, fundada por Guillermo Villegas Blanco en 1940. La película
más importante, por el reconocimiento que recibe en el
Festival Internacional de Cannes, es La balandra Isabel llegó
esta tarde (1949). En el argumento y en la calidad fotográfica
del tratamiento de esta melodramática historia de amor,
lo social tiene un peso significativo. Filmada en estudio y en
locaciones reales, la película guarda como testimonio documental
la miserable vida en torno al puerto de La Guaira y sus barrios
adyacentes.
Poco después,
César Enríquez realiza La escalinata
(1950), que inspirada en los esquemas del neorrealismo italiano,
muestra en los tempranos cincuenta el proceso de marginalización
de la ciudad de Caracas. La escalinata, más que
realidad física es una metáfora de la situación
económica y social de quienes viven miserablemente bajo
los puentes de la ciudad (los pobres) y sueñan con mejorar
sus niveles de vida cuando logran subir la empinada cuesta que
los comunica con el mundo de la escuela y de las posibilidades
de empleo.
Y este peso
de lo social, el poblamiento de los cerros caraqueños por
quienes vienen a la ciudad en busca de un destino mejor, es también
el escenario dominante de la acción dramática de
Caín adolescente (1958), primera película
de Román Chalbaud, reconocido realizador que a lo
largo de su amplia filmografía ha logrado construir una
estética de lo popular.
El cine de
los sesenta es un cine político. Esencialmente de naturaleza
documental, la producción cinematográfica forma
parte de los medios de lucha y de participación en la convulsa
situación política de esos años de guerra
fría. Cine urgente, cine imperfecto. Más que producir
obras estéticas, se trata de denuncias o llamados de conciencia
sobre las "lamentables condiciones de vida de los desposeídos
y contra el enemigo imperialista". Es un cine con poca visibilidad
hacia amplias audiencias y restringido a los circuitos universitarios
o de los sectores más politizados de la sociedad.
Los años
setenta marcan un momento importante de la cinematografía
criolla. Se inicia tímidamente una producción que
intenta alcanzar a audiencias más amplias. Digamos que
por primera vez, un vasto contingente de público se ve
"reflejado" en las pantallas. Se reconoce en esos personajes
que hablan su lenguaje, identifica los espacios geográficos
donde se desenvuelve la trama y se siente, en alguna medida, concernido
por la problemática expuesta. Varias de estas películas
abordaban el tema de la guerrilla o sus consecuencias, y en el
contexto de una producción escasa se generalizó
la idea de que todo el cine producido era de "guerrilla o
de tema político": Cuando quiero llorar no lloro
de Mauricio Walerstein, y Compañero Augusto
de Enver Cordido, son los filmes emblemáticos de
esos años promisorios.
Los ochenta
consagran los temas dominantes de la violencia, la delincuencia
y de la marginalidad. Soy un delincuente de Clemente
de la Cerda marca el imaginario de la época. Junto
a este cine, de considerable acogida en las salas comerciales,
se desarrolló vigorosamente un cine de cortometraje documental
que representa uno de los logros más importantes de la
segunda mitad de nuestro "pequeño siglo XX".
Un cine que logró mostrar las múltiples caras de
la "venezolanidad". Rostros indígenas, poblaciones
negras, conglomerados urbanos, personajes populares ocuparon una
presencia importante en una cultura dominantemente metropolitana.
La propia gente, largometraje que unía los cortos
Yo hablo a Caracas, Miami nuestro y El afinque
de Marín de Azpurua, Oteyza y Penzo,
respectivamente, constituyen una muestra contundente de la calidad
e importancia de ese cine. También en los ochenta, el cine
Super 8, desde sus irreverentes búsquedas experimentales
conquista los espacios internacionales, abriendo nuevos puertos
a la cinematografía nacional.
Y, finalmente,
en los noventa, nuevos realizadores comparten la escena con los
veteranos. Se consolida una apertura hacia otros temas y a otras
sensibilidades. La motivación social parece ceder paso
a la pulsión individual. En todo caso, pierde peso en el
diseño argumental y en la forma menos realista y naturalista
de abordar los temas. Cosas de la posmodernidad, quizás.
El rotundo éxito de la Manuelita Sáenz, de
Diego Rísquez, que marcó el cambio de siglo,
augura nuevos derroteros para el cine venezolano en el milenio
que recién ahora se inicia. Y como la magia del cine sólo
se realiza en la intimidad de una sala oscura, su butaca está
disponible para comprobarlo.
Oscar
Lucien. Cineasta