Libros, Lecturas y Lectores

Venezuela: cómo se forjó su presente

Elisa Lerner y Rafael Cadenas son sólo dos de los sesenta venezolanos que tomaron nota de las facciones y fracturas de la recién finalizada centuria. Los tres volúmenes de Venezuela siglo XX: visiones y testimonios (Fundación Polar), que reúne a estos especialistas, son para el historiador Manuel Alfredo Rodríguez un vasto mural que forja el presente de Venezuela. El pensamiento económico, la historia del deporte, la sabiduría gastronómica, la mirada en el porvenir, entre otros, son temas que encuentran resonancia en esta obra

Venezuela siglo XX: visiones y testimonios es como un vasto mural que exhibe el acontecer de nuestro país durante la recién pasada centuria, y los altibajos del empeño en caracterizarla como la del logro de la civilidad y el señorío de la cultura. Sus tres volúmenes son obra de sesenta reputados especialistas que describen y analizan las más variadas manifestaciones del quehacer colectivo durante ese accidentado período. Es, en verdad, un trabajo de aliento enciclopédico.

Ninguna actividad influyente en la forja del presente venezolano escapó a la previsión del Comité Editorial. Mientras Héctor Silva Michelena escribe sobre el pensamiento económico, Francisco Faraco narra la historia de la banca, José Rafael Lovera ratifica su sabiduría gastronómica, Patricia Márquez explica la presencia del "malandro" y Carlos Irazábal Arreaza cuenta la historia del deporte, y nos revive las hazañas de los beisboleros que nos regalaron el campeonato mundial amateur del 41, así como las hazañas individuales de figuras legendarias como doña Cristina Egui, Vidal López, Teo Capriles, Leo Márquez, Simón Chávez y ese caballero de irreductible juventud llamado Hermann (Chiquitín) Ettedgui.
No sólo por dictado de mi oficio, sino por la imperiosa necesidad de repensar nuestra historia con criterio científico y de sustraerla a la fabulación interesada, considero fundamentales las conversaciones del equipo editorial con los historiadores Ramón J. Velásquez, Elías Pino Iturrieta, Manuel Caballero y Germán Carrera Damas, así como los trabajos de Simón Alberto Consalvi, Karl Krispin, Margarita López Maya, Aníbal Romero, Boris Bunimov Parra e Inés Quintero. También se concede atención a episodios cargados de consecuencias como los polémicos juicios por responsabilidad civil y administrativa de 1945 (Omar Alberto Corredor), el asesinato del teniente coronel Carlos Delgado Chalbaud (Jorge Dugarte Contreras), y el enjuiciamiento y deposición del presidente Carlos Andrés Pérez (Enrique Urdaneta Fontiveros).

Este gran recuento no queda en las visiones y testimonios del pasado, sino que también apunta al futuro. Bajo el rubro "Con la mirada en el porvenir" escriben sobre diferentes temas José Luis Vethencourt, J. M. Briceño Guerrero, Asdrúbal Baptista, Luis Pérez Oramas, Maritza Montero, Ramón Piñango y el poeta Rafael Cadenas con un impresionante ensayo "Sobre la barbarie". Mas no todo es rigor en este libro austero por su índole. La nota de humor la pone un delicioso trabajo de Elisa Lerner sobre los usos y costumbres de la centuria que ratifica sus agudas dotes de observadora y, en este caso, la emparienta con la más noble tradición del costumbrismo hispanoamericano.

La responsabilidad de Venezuela siglo XX: visiones y testimonios recae en un Comité Editorial integrado por Rafael Cadenas, Isaac Chocrón, Maritza Montero, Luis Pérez Oramas, Ramón Piñango, José Luis Vethencourt y Asdrúbal Baptista, este último con la tarea de coordinar y cuidar la magnífica edición. El patrocinio de la misma corresponde a la Fundación Polar, que así persevera en la línea de excelencia y utilidad iniciada con el ya imprescindible Diccionario de Historia de Venezuela, cuya primera edición data de 1989 y fue dirigida por el inolvidable maestro Manuel Pérez Vila.

Manuel Alfredo Rodríguez


Foto: Archivo

Así que pasen cien años
En esta crónica del siglo, Elisa Lerner, siempre
con esa fina agudeza para el detalle, describe
las transformaciones del país, desde la oscura época
del gomecismo, hasta las turbulencias de las últimas
décadas. Aquí algunos fragmentos que sirven
de entrada, a la espera del primer plato

"(…) Promediando los años cincuenta se dio término a esa tribulación que era el comedor de una familia venezolana, casi toda de pie frente a la mesa, al igual que si se tratara de una barra, pero de ningún modo española, alegre y bulliciosa. La familia pobre, mas de larga dignidad, que era nuestra clase media, comía por callados turnos escuetas raciones de pabellón criollo y repetidas tazas de guarapo, donde al fondo de las tazas de losa dormían las rabias rojas de un agobiante calor tropical ignorante, todavía, de las convenientes caricias refrigeradas del aire acondicionado. La entrada a nuestros comedores de famélicos en ocasiones fue precedida por un secreto pudoroso de casi bonitas romanillas para ocultar un hambre orgullosa. Humildes recepciones, si es que podría llamárselas así, las de los cuarenta, donde como trae a colación con compasión algo burlona Rodolfo Izaguirre en su novela Alacranes, entre los invitados se repartía un poco de ensalada de gallina, a la que curiosamente se le llamaba ensalada rusa para darle, a tan poca cosa, roce feliz de aristocracia rusa acomodando su destierro en algún hotelito de la Costa Azul, y seguido lo pseudo ruso del postre consistente en una precaria gelatina (a su favor tiene la fama que luego le ha dado la culinaria hospitalaria), una pizca de quesillo y un triste final de torta casera con ropaje nevado, hechura cariñosa de alguien no muy experto. Porque lo de la ensalada rusa para dar nombre a nuestras modestísimas raciones de ensalada de gallina de los años cuarenta, sólo es precedente verbal de las mentirosas ilusiones que los venezolanos albergan en medio de circunstancias nada favorables. Cuarenta o cincuenta años después, en nuestros barrios de la miseria y del peligro, Jacquelines y Darlings, niñas con nombres de herederas norteamericanas, mal viven o pueden morir de un momento a otro, acosadas por el fuego pistolero de las bandas. (…)

Durante las primeras épocas, el whisky fue regalo y solaz para esa oligarquía. Años después, con el bipartidismo y una moneda llena de gracia, el whisky fue la magna y nunca confesada ilusión de la más igualitaria de las felicidades. El "Etiqueta Negra" a precios que se acomodaban a todos los bolsillos, más que la de un preciado escocés fue, por excelencia, la marca ideológica de nuestra democracia y, mientras se retozó paritariamente (parasitariamente) a base de una botella de "Etiqueta" o de "White Label", se olvidaron antiguos mal humores que venían desde la Guerra Federal o desde cualquier nunca aclarado laberinto del mestizaje. Robustos o menos robustos, todos joviales, sonrieron con algo de la sonrisa luminosa de aquel derrocado presidente que, en lo personal, con fiestas del whisky, intentó aligerar las últimas señales de lo que restaba del autoritarismo gomecista. (…)

Con toda justicia Singer ha debido ser el apellido de muchas madres venezolanas que le dieron pan y sostén a sus hijos agarradas al cuerpo casi conyugal de sus máquinas de coser. Sucedería de tal modo en los treinta y en los cuarenta. Mujeres solas, porque los hombres desaparecieron del hogar en los desarreglos íntimos de la apatía y de una sobrecogedora misoginia nacional que tiene su parangón máximo en nuestro Benemérito. No en vano corre sobre él mismo esa aterradora anécdota, relacionada con el final de una noche de amor y que no querrá concluir al lado de la amante a objeto de impedir que, en medio de la última ternura nocturna, pueda filtrarse alguno de los secretos del poder. Historia que García Márquez recoge en El otoño del patriarca. (…)

En este ir y venir volvemos a los cincuenta, cuando el país fue dirigido por un pequeño déspota imperioso, de formación militar. Decía gobernar a nombre del ejército, pero su vocación verdadera era la de maestro de obras. Por encima de todo, su religión era el cemento. Lo que sucedió es que ese cemento enorme en que se convirtió el país, de crónica manera, se ensangrentó con sangre de venezolanos. En tanto, empezaron a aparecer constructores italianos: bajos, fornidos, de ojos verdes, de endiablado talante comercial. Se parecían tremendamente a Raf Vallone. Taciturnos, comían a todo meter pasta mediterránea en pensiones italianas improvisadas en las cercanías de Sabana Grande, y querían triunfar porque las militantes ilusiones hacia el Fascio, finalmente, los había llevado a la nada esperanzadora derrota en una guerra mundial. (…)

Durante los felices años del medinismo, habría de iniciarse o de acrecentarse la fortuna de otra camada de venezolanos, inteligentes y sensibles, convertidos en importadores estratégicos o en embelesados urbanistas. Los años de la honradez extrema, ojo, aún no estaban por terminar del todo. Pero en cierto momento ya no se dice que la pobreza es decente. Aunque estábamos lejos de las reglas económicas de los noventa cuando es usual la frase: "billete mata galán". Y para entonces no tardarán en ponerse de moda los titanes del trabajo exitoso. Ya en los cincuenta entre esos hombres de éxito que comienzan a disputarse el favor del gran público, estaba el joven Renny Ottolina. Renny en la televisión era una figura urbana nueva, educada, caballerosa, dotada de una voz poderosa y que con atemperada gracia nos hablaba de cosas banales y amables. En el país silenciado a la fuerza, regañado anualmente por el inclemente discurso que giraba en torno a un monocorde destino encementado, la voz de Renny pareció, de ahí su enorme éxito, un adiós a la ruralidad, a la zafiedad y mala educación de los tantos hombres elementales que, en mala hora, habían dirigido nuestros destinos".

Elisa Lerner


Foto: A. J. Stephan

Sobre la barbarie
Rafael Cadenas, sin duda uno de los grandes poetas
del país, reflexiona en este ensayo sobre la barbarie,
sobre las fuerzas del mal, que con vigilante constancia
han estado presentes en el siglo que acaba
de terminar. Venezuela no escapa de este recorrido

"(…) En suma, lo que la educación ha de buscar, según Adorno, es liberar al ser humano de esa minoría de edad que a veces suele prolongarse hasta la vejez y la cual abona el terreno para el surgir de dictadores, figuras mesiánicas o simplemente gobernantes que se consideran portadores de una misión histórica. En su concepción no tienen cabida las grandiosidades destinadas a nutrir egos insaciables. Una frase suya me parece digna de sustraerla al olvido y tenerla a la vista. Es esta: "una democracia exige personas emancipadas", vale decir, seres que hayan alcanzado de veras y no sólo por acumulación de cumpleaños, mayoría de edad, lo que es clave para evitar los extravíos colectivos.

También importa mucho destacar que Adorno rechaza el nacionalismo, lo encuentra anacrónico en esta época de asombrosa comunicación internacional y uniones supranacionales, que por cierto se han desarrollado más desde 1970, fecha en que se publicó su libro. En Venezuela, por cierto, se observa una contradicción rayana en lo absurdo: una prédica de unidad continental con signo bolivariano y un nacionalismo en alza que a veces llega a ser ofensivo en algunas de sus manifestaciones. De ahí que tal proyecto de unidad de los "países hermanos", no rebase la retórica insustancial de los discursos, mientras el nacionalismo se mantenga intacto. Venezuela tendrá que tomar otro camino, ajeno a ese morbo que aqueja a todas las naciones a tal punto que tal vez no sea exagerado considerarlo su otra religión, la cual, por añadidura, lleva en su seno la guerra. Yendo más lejos, Adorno afirma: "El clima que más favorece la repetición es el nacionalismo resurgente". (…)

En realidad, barbarie para Adorno es sobre todo lo extremo: el prejuicio delirante, la represión, el genocidio, la tortura. Quedan fuera entonces manifestaciones que ensanchando el espectro, deben incluirse dentro de la idea de barbarie, que por lo demás es lo que de manera espontánea hace la gente. En Venezuela, las conocemos bien. Es barbarie la delincuencia que azota al país desde hace años o la corrupción o burlar la ley o dañar el ambiente o la violencia policial o el engaño al fisco o las trampas electorales o el desprecio a las minorías por las mayorías o el maltrato a la mujer y al niño, en fin, sería imposible enumerar todos los actos de barbarie que suelen cometerse. (…)

El breve recorrido que he hecho por el infierno del siglo, omitiendo muchos datos, tiene viso de danza de la muerte cuyo acompañamiento está constituido por ideas que han hecho presa en lo colectivo, y para la cual no se vislumbra término. Se puede ejecutar en cualquier lugar del planeta, pero como nunca sabemos en cuál ni cuándo, siempre somos sorprendidos por la macabra escenificación. Es la "negra leche" del poema de Paul Celan que bebemos a toda hora, al leer el periódico, al ver los noticieros televisivos, al oír la radio; es la gigantesca sombra del siglo XX. (…)

Es evidente que todas las revoluciones han sido un fracaso, además con un costo incalculable de sangre, pero todavía hay personas, casi siempre generosas, que creen en la de nuestro tiempo. Tal vez piensan que la próxima será distinta, que la libertad será preservada, que se evitarán los errores cometidos por las anteriores, y por fin las mañanas cantarán, pero de hecho lo que hacen es perder el presente, el otro nombre de la vida, sacrificándolo en nombre de una fantasmagórica tierra. Podrían optar por la evolución, pero ella no es espectacular, no posee rebrillos alucinantes, no se presta para el lucimiento del yo, no brinda muchas ocasiones para los discursos excesivos, no alienta esa hybris que los dioses castigan. Es modesta, es prudente, es cívica. Adolece de lentitud acaso porque sabe que los procesos necesitan más tiempo del que exige la impaciencia, la cual a veces por apresuramiento daña lo que intenta hacer, considera bárbaro lo de que el fin justifica los medios, pues son éstos los que determinan los fines; la calidad de los medios es crucial. Cree más en la intrahistoria que en la historia, y a diferencia de la revolución que, inexplicablemente, olvidando a Marx, le rinde culto al nacionalismo, lo hace a un lado porque entorpece la amistad entre los pueblos, de suyo difícil, y en nuestro tiempo hay una razón más, de enorme peso, que lo condena: mientras exista es imposible salvar el planeta, pues hasta ahora los egoísmos nacionales han sido más poderosos que el instinto de sobrevivencia de los seres humanos.

Hoy, terminando el siglo y después de presenciar sus horrores, sólo pienso en términos de individuo, de lo que ocurra en él, de lo que él puede hacer. Creo que lo decisivo es su trabajo interior, ese lidiar con su psique, su disposición para verse sin mentirse, su apertura al misterio".

Rafael Cadenas

N° 32 Año IV
Caracas, sábado 12 de mayo de 2001
 
 
 

Reflexión
La Ciudad Universitaria: paisaje después de la batalla

Parte de pena
(Rafael Castillo Zapata)

Proyecto político vs universidad
(María Fernanda Palacios)

La universidad
que deseo

(Gisela Kozak Rovero)

Requiero
una disculpa

(Holanda Castro
Víctor Galarraga Oropeza)

 

Libros, Lecturas y Lectores
Venezuela cómo se forjó su presente

(Manuel Alfredo Rodríguez)

Así que pasen
cien años

(Elisa Lerner)

Sobre la barbarie
(Rafael Cadenas)

 
 
 
 
 
 
 

 

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