Reflexión / Conflicto UCV

La Ciudad Universitaria: paisaje después de la batalla

Diríase que "factores" y "actores" extra e intramurales contribuyeron a subir de tono
el conflicto protagonizado por los estudiantes que para reclamar un proceso de transformación
de la UCV tomaron las instalaciones del Consejo Universitario. Hoy, cuando la calma
ha sido restituida, cada palabra, gesto o movimiento se transfigura en pista para intentar hilvanar
un diálogo. Así se lo proponen desde la Escuela de Letras los profesores María Fernanda Palacios, quien trae a la hora actual la relación proyecto político / Gobierno vs Universidad,
mientras Rafael Castillo Zapata desglosa el "parte de pena" de la "guerra"
en la que derivó el conflicto, y Gisela Kozak Rovero le hace contrapeso al discurso
de "todo es malo". Como una sola voz, Holanda Castro (egresada)
y Víctor Galarraga Oropeza (estudiante) requieren disculpas
de parte de sus pares y no suscriben
ningún tipo de violencia


Foto: Paulo Pérez Zambrano
Plaza del Rectorado de la Universidad Central de Venezuela después de la "toma"

Parte de pena

1. Todos queremos protagonizar. El rector, los que toman por asalto, los que declaran, los que reparten proclamas en la Plaza Cubierta, el Fiscal General, el más mediocre de los estudiantes de Filosofía, el que toma el micrófono en las asambleas y vive su medio mediático minuto de reconocimiento público. Todos tenemos hambre de ser reconocidos: el que acampa en el campus con su carpa y el que la arranca de cuajo como un hongo molesto. Marcar territorio, hacernos con un rostro. Escribir a propósito de estos abriles revueltos.

2. Tomarse la palabra, tomarse el derecho, tomarse los espacios, tomarse el poder de decidir por los otros y de imponerles a los otros lo que se ha decidido en nombre de ellos y a favor de ellos sin que ellos se enteren. El protagonismo es arbitrario; el protagonismo es maniático, maníaco. El protagonismo es sordo, narcisista y autónomo. Originario: detrás de él no hay nada, delante de él su propia sombra. Sólo su verdad es la verdad. Por eso se cree inmune, impune.

3. El protagonismo es impredecible, lo domina el azar. Prospera precisamente en un país que hace mucho tiempo se declaró portátil, de improvisadores natos, de buhoneros vocacionales, de buscadores de puestos, de buscadores de pleitos. Pendientes del premio gordo de la vida, sólo se enardecen cuando la dádiva falla, cuando el gran dispensador no cumple. Entonces salen a relucir los pliegos conflictivos y los paros escalonados. Confunden la universidad con una ubre y berrean cuando ya no pueden seguir mamando.

4. Autoridades sordas, autoridades apáticas, autoridades lerdas, empozadas en insufribles sesiones de consejos donde nada se resuelve y todo se pospone. Luego se sorprenden cuando un grupo desesperado levanta la voz y decide sacudir el polvo acumulado debajo de la mesa de sesiones. El que siembra vientos recoge tempestades.

5. Cómodos, acomodaticios, apoltronados profesores y estudiantes encienden el televisor y sintonizan Globovisión para enterarse de las noticias. Ven los toros desde la barrera. Volverán, cuando las actividades se hayan reanudado, con sus caras tan lavadas a seguir medrando a costa de su pasar agachados, embaucando, desentendiéndose, mirando para otro lado. Y después se preguntan por la crisis. Y hasta aportan alguna sugerencia, como quien espanta una mosca.

6. La universidad dominada por su propia inercia: dejar hacer para que me dejen seguir haciendo. Hacerse la vista gorda, una técnica que tan bien conocemos: mejor no sancionar, mejor no llamar a las cosas por su nombre, correr la arruga, posponer, dilatar. Las transformaciones se emprenden de este modo: maquillando, retocando, dejando que todo siga en el fondo igual mientras una nube de palabras altisonantes envuelve a los mismos protagónicos y originarios de ayer y de hoy bajo la cortina de humo de sus consignas y sus comunicados.

7. Si se juzga por el modo en que algunos profesores y algunos estudiantes se expresan en sus panfletos y en sus declaraciones, habría que preguntarse seriamente si las represas que se agrietan, si los antiequinocciales diseños de algunos edificios de Caracas, si los farragosos párrafos de ciertas leyes, si las demandas por mala praxis médica o las concordancias violentadas en una nota de prensa no son, en buena medida, el resultado de esa degradación estrepitosa del lenguaje que entronizó el uso del verbo conllevar en todos los discursos. Quién sabe si lleguemos a desplazar al suave abrir y al estable acceder con el uso indiscriminado de crudos neoverbos como aperturar o accesar. Quién sabe si por confundir dos adverbios, nuestros matemáticos hayan encontrado versiones inéditas del teorema de Gödel. Quién sabe si, por no saber colocar una coma, una variable de cálculo convierte un estacionamiento en un laberinto y unas escaleras en rampas para descoyuntar tobillos. Quién sabe si estamos entrando en la era de una neolengua que también nos permita ser protagónicos: inventar nuestras propias palabras y pronunciarlas, pronunciarlas, pronunciarlas, aunque nadie nos entienda.

8. Al menos, las feas butacas de semicuero color araguato del salón de sesiones tendrán que ser reemplazadas. Que la Facultad de Arquitectura se pronuncie. Para algo habrán servido los fogones improvisados sobre una estantería de caoba y las barricadas de bambú. ¿Quién dice que un cambio de decoración no sea una forma de demostrar que algo se ha transformado? ¿No hemos cambiado acaso las palabras para hacer creer que estamos alcanzando la revolución? Rebautizar: ya tenemos dos años aprendiendo. Aprendamos, pues, a partir de ahora a redecorar. Adornemos nuestras fachadas, cambiemos la distribución de los muebles. Y todos tan felices.

9. Todo es presunto, todo es supuesto: vivimos bajo la ley del miedo de la incapacidad de reconocer al otro, a lo otro, y decir esto es esto. El presunto delincuente, el supuesto corrupto. País de indicios y de indiciados donde la realidad se esfuma. La universidad es parte de esta vida presunta, de esta vida supuesta, de esta vida indicial. Apenas si se atreve a pensar que en verdad existe.

Rafael Castillo Zapata. Poeta y ensayista
Profesor de la Escuela de Letras de la UCV


 

Proyecto político vs Universidad

Aquel viejo antagonismo: Gobierno vs Universidad, tiene hoy características muy diferentes que conviene precisar. Después de la caída de la dictadura de Pérez Jiménez, ese antagonismo se expresó como una lucha ideológica entre izquierdas y derechas. A pesar de las acciones radicales de uno y otro lado, el debate era parte de la vida política dentro de la UCV, pero ella nunca ha estado al servicio de ningún proyecto político gubernamental. Y prueba de ello es que de allí surgieron las mayores críticas a la Cuarta República y buena parte del proyecto político de la Quinta. Y aunque a simple vista parezca paradójico, es justamente por esto que las fuerzas de choque de este Gobierno quieren "quebrar" su institucionalidad y convertir a los defensores de su autonomía en "enemigos del pueblo". Se trata de un paso indispensable para hacer de ella un instrumento servil. La lógica es muy simple: "si ya estoy en el poder, debo quebrar todos aquellos instrumentos de lucha democrática que yo utilicé para llegar al poder". Estamos frente a un proyecto político que explícitamente se plantea como una necesidad el perpetuarse como estructura de poder totalitaria, modeladora de la conciencia de todos los venezolanos. Por supuesto que, en la práctica, las situaciones son más complejas: hay acontecimientos incontrolables y hasta el mismo Gobierno tiene que estar formado, al fin y al cabo, por hombres que resultan menos previsibles de lo que requiere el "proyecto". Sobre todo si entre ellos todavía quedan -esperemos- personas con autonomía de conciencia, capaces de decir "no". Pero las ocurrencias espasmódicas, los bandazos inmediatistas, la irracionalidad de sus políticas, y aun los matices individuales, no deben engañarnos en cuanto al carácter totalitario del proyecto en sí. Creo que la crisis de la UCV ha hecho todo esto más evidente.

Para ser autónoma una universidad necesita, ante todo, serlo internamente. Y esa autonomía expresa en un ordenamiento legal se asienta en otra más difícil de violar: la autonomía de conciencia de los profesores y estudiantes que la integran. Esa autonomía sirve de freno al desarrollo de lo totalitario de cualquier proyecto político. Y es esa autonomía la que está en juego hoy. La lógica totalitaria del proyecto político "en marcha" no quiere una universidad desde la cual surgen no sólo críticas puntuales a sus políticas, sino instrumentos de denuncia a sus inclinaciones y prácticas totalitarias, además de alternativas políticas diferentes y, sobre todo, ciudadanos conscientes de su autonomía.

El partido de Gobierno y su proyecto político tiene y debe tener en la universidad su lugar como parte del debate. Pero no puede convertirse en el regulador, mediador, juez, árbitro y jurado de ese debate. Y mucho menos puede aceptarse que mecanismos terroristas, como el de la reciente "toma" del edificio del Consejo Universitario, se impongan y legitimen como parte constitutiva de ese debate. Y eso es lo que está ocurriendo.

Si bien el tema no podría agotarse en un simple artículo, quisiera advertir sobre algunas señales alarmantes que la reciente crisis ha puesto al descubierto. Hablo de tendencias peligrosas en la atmósfera social y el clima político que vivimos; tendencias que no las produjo la toma ni desaparecen con ella; al contrario, la toma tan sólo las acentuó de manera tal que, quizá, ahora, las podemos reconocer.

Una de ellas se hizo palpable con la elaboración y afiche público de unas "listas negras" denunciando como "enemigos" de la comunidad a una serie de profesores. Este hecho no debe dejarse pasar sin repudiarlo y recordar cómo esas listas hacen las veces de juicio sumario y desatan persecuciones inquisitoriales. En la marcha de los tomistas hasta la Asamblea Nacional, las listas se convirtieron en grotescas pantomimas donde unos estudiantes disfrazados de gorilas, portando cartelones al cuello con los nombres de esos profesores, eran golpeados con palos y pateados por estudiantes disfrazados de jóvenes patriotas. A esta imagen se le superpone el comentario "neutral" del periodista, diciendo que "los muchachos amenizaban la marcha con su creatividad". La historia enseña que de la pantomima a los hechos no hay tanto trecho. También en Roma se amenizaba creativamente al Soberano con espectáculos de crueldad y barbarie.

Otro peligro semejante surge cuando el poder localiza un chivo expiatorio para proyectar en él toda la sombra de una sociedad. En este caso se trata de la "impopular" Bandera Roja; y sé que al decirlo corro el riesgo de ser acusada de "hacerle el juego". Pero, por eso mismo, no puedo dejar de advertir que se está haciendo de ese grupo el recipiente del odio de la comunidad universitaria. Independientemente de que sus políticas hayan contribuido a estimular el pandillismo en la universidad, no podemos permitir la vieja práctica fascista que consiste en lanzar el odio de la sociedad contra un grupo o sector. Hoy son los activistas de "Bandera", pero mañana todos los que opongan acciones efectivas al proyecto político del Gobierno podrán caer bajo ese rótulo. Esta consigna ya ha calado en los medios de comunicación y en los sectores menos politizados de la universidad. Recuérdese cómo muchos judíos se alegraron con la limpieza de comunistas que hacían los fascistas, hasta que les llegó el turno; y cómo muchos de los que aplaudieron la represión stalinista contra los kulaks, terminaron luego en los campos del GULag; y aun, cuántos no saludaron la crueldad de Fujimori contra Sendero Luminoso y luego fueron impotentes ante el aparato represivo de un Montesinos.

Otro asunto, demasiado complejo para intentar analizarlo aquí, tiene que ver con la manera como una mentira se convierte en verdad; pero no puedo dejar pasar el escándalo moral que implica el que uno de los tomistas declarara frente a una cámara, el lunes por la noche, que ellos fueron atacados con bombas lacrimógenas cuando toda esa inmensa masa de estudiantes y profesores que estuvo allí sabe muy bien quiénes las tenían y contra quiénes se lanzaron esas bombas. La falsificación de la historia comienza con este tipo de mentiras: la mentira que al no poder borrar la verdad de un hecho, lo diluye y desvirtúa convirtiéndolo en un "asunto de opinión".

En esta apresurada lista de peligros, los universitarios también tenemos que incluir y reflexionar sobre la sarta de absurdos que lanzó en una de sus apariciones televisivas el vicerrector Mariña. No me refiero a su dudosa conducta durante los sucesos. Hablo de algo más grave: de su proyecto y del fascismo que encubre su delirio tecnologizante. En la base de su "paradigma" yace un mal encubierto temor y desprecio por la función docente y la fantasía totalitaria de una comunidad amorfa, que bajo una falaz retórica igualitaria, sustituye el debate, el diálogo y la reflexión de estudiantes y profesores, por el simplismo de una "participación" mecánica en forma de "encuesta". ¿Terminaremos en las universidades transformándonos, también a juro, con un referéndum mediatizado por unos despotenciados "Poderes"? ¿Vamos a comernos el cuento de una participación automatizada para "agilizar" el debate?

En política toda forma de desprecio prepara o instaura el fascismo de cualquier signo. Y es que el fascismo, en primera y en última instancias, es desprecio al hombre en el hombre. En un magnífico lapsus Mariña dijo que: "…el resto de los profesores" (los que queden por fuera de su "paradigma") tendrían que "someterse a una fauna en extinción" (sic). Y si bien esta frase deja al descubierto su desprecio, su inconsciente se encarga de señalarnos dónde está lo regresivo y quién es el bárbaro.
Esta crisis, hasta ahora, por lo menos ha servido para algo: demostrar que la UCV sí es capaz de reaccionar contra el fascismo, así se disfrace -como siempre- de revolución popular y reciba espaldarazos del más alto poder. También sirvió para que muchos vieran lo que está en juego y dónde está la amenaza.

María Fernanda Palacios. Poeta y ensayista
Profesora de la Escuela de Letras de la UCV


 

La universidad que deseo

En la universidad que deseo la formación no acaba en un título: postgrados, cursos, el campus virtual, difundirán cotidianamente los nuevos conocimientos que, además, alcanzarán a aquellos que no estén vinculados a la institución. Las revisiones de los pensa serán permanentes, puesto que constituye un absurdo que las innovaciones en el conocimiento no se reflejen en ellos. Las escuelas y facultades se comunicarán a través de áreas de estudio transversales. Un tecnólogo o un científico entenderán las consecuencias de su labor en la sociedad; un humanista no le tendrá miedo a la computación y a la ciencia y la tecnología como agentes de transformaciones en todos los ámbitos. El estudio estaría unido a la experiencia y al trabajo en empresas públicas y privadas.

Los líderes de esta comunidad -profesorales, estudiantiles- no surgirán de acuerdos partidistas sino de la actuación académica, los organismos de cogobierno, los centros de estudiantes, grupos de trabajo, grupos de investigación y asociaciones diversas. Si un docente no cumple con el programa, no da clases, no produce libros o artículos, no introduce novedades, tiene que salir de la universidad, al igual que los alumnos incapaces de responder al privilegio y al derecho de una educación gratuita (gratuidad que no niega que los sectores pudientes financien la educación de sus hijos). Los candidatos a autoridades rectorales y decanales serán doctores y titulares, con trayectoria académica reconocida.

¿Y la autonomía? Autonomía es libertad de cátedra, eficacia administrativa, redefinición de las relaciones sociedad-universidad y la capacidad para sustentar una imagen pública que sea confiable y coherente. Implica tener ingresos propios, disminuir la dependencia hacia el Gobierno, eliminar la burocracia innecesaria. Autonomía es entender que la universidad no es un país sino una institución con reglas propias, en la que democracia significa la convivencia y el diálogo entre todos los sectores; no que voten todos los obreros, empleados, estudiantes y profesores, mantener contratos colectivos difíciles de cumplir o convertir a la universidad en una proveedora de servicios estudiantiles más que de calificación profesional o de una posibilidad real de una vida digna. Autonomía es entender que la universidad puede ser evaluada por otros sectores de la sociedad; que cada institución debería fijar los sueldos de sus docentes y eliminar un instrumento populista e igualador hacia abajo como las normas de homologación; que no es justo que un profesor que cumpla con su trabajo gane lo mismo que uno que no lo hace o que alguien con doctorado entre al escalafón como instructor.

¿Principios esenciales? La democracia, los derechos humanos, la existencia de múltiples sectores sociales y culturales, la apertura a todos los saberes y a las innovaciones pedagógicas y tecnológicas, la formación de ciudadanos -no víctimas o victimarios- que no hagan de condición étnica, social, económica o cultural un pretexto para menospreciar a los demás, despertar la compasión o justificar conductas violentas. Desde esta perspectiva, la universalidad del saber actual tiene que asumirse partiendo de la diversidad de situaciones culturales, sociales, económicas, políticas, étnicas, regionales, de género y orientación sexual, que se desenvuelven en medio de las tensiones entre los aspectos negativos y positivos de la globalización y las necesidades particulares del país en el contexto de Latinoamérica y el Caribe.

Estos deseos comienzan a hacerse realidad, pero sucede que fuera y dentro de la universidad las opiniones mayoritarias oscilan entre aquellos que exaltan el populismo de la institución (ex tomistas, empleados, obreros y profesores anacrónicos) y los que piensan que la UCV es "la chivera del conocimiento" (Primero Justicia) o una institución desfasada. Frente a los profesionales mediocres, están los buenos. Hay empleados y obreros que no cumplen con sus obligaciones, pero hay quienes sí lo hacen. Si se habla de investigaciones inútiles que no se difunden, es preciso señalar las que han quedado engavetadas porque ningún sector de la sociedad quiso aplicarlas y las que han recibido premios y han sido puestas en práctica. Existen documentos y prácticas institucionales que asumen abiertamente la transdisciplinariedad y las innovaciones tecnológicas, así como la necesidad de ayudar a los alumnos de instituciones públicas que no pudieron ingresar (Programa Samuel Robinson), y revisar a fondo los instrumentos de admisión estudiantil. Se ofrecen servicios médicos y odontológicos a otras comunidades y existen empresas universitarias exitosas. Se está conformando el campus virtual y hay reformas o comisiones de reforma en unas cuantas facultades y escuelas. Conozco las corrientes renovadoras que comienzan a hacerse sentir y deploro la imagen de la UCV, producto de mediocres gestiones y de la ausencia de una buena política informativa. La UCV deberá definirse por los profesores y estudiantes que se destacan y ganan premios, por los que simplemente cumplen con dignidad sus labores cotidianas, por su belleza, su potencial tecnológico, su pluralidad de pensamiento. Se requiere de tiempo para vencer el miedo al cambio, el discurso triste de algunos derrotados de los años sesenta, el despilfarro, la politiquería de las autoridades, la "ranchificación" del espacio, a los reaccionarios que hablan de transformación con el fin de hundir a la universidad en el populismo y en la ignorancia, y a los empleados, obreros, profesores y estudiantes que disfrutan de privilegios inadmisibles.

El discurso de "todo es malo" provoca conductas fascistas: para muestra los signos de totalitarismo de un Gobierno que hizo tabla rasa con el pasado. Si se paraliza el proceso ya comenzado todos seremos responsables, Gobierno incluido, y las consecuencias serán impredecibles.

Gisela Kozak Rovero. Narradora y ensayista
Profesora de la Escuela de Letras de la UCV



Foto: Paulo Pérez Zambrano


Requiero una disculpa

Entre esos tipos y yo hay algo personal
Joan Manuel Serrat

Por más sábados que mi ocio conquiste y por más valiosas que sus reconocidas metáforas sean, no soy de los que colocan en el tocadiscos las obras completas de Silvio Rodríguez. Sin embargo, luego de cinco semanas, de ficciones y aflicciones, por entregas y entre actos, como último recurso he tenido que volver sobre los argumentos de Víctor Jara, Mercedes Sosa y el imaginativo Lennon para tratar de entender lo que en cientos de horas televisadas y leídas no logré explicarme: cuál es la herida abierta de la que los tomistas de la UCV -que no los del padre Aquino- son el síntoma.

No entiendo por qué el pasado revolucionario latinoamericano tiene que ser vivido como un trauma, un trauma reprimido que pulsa -pulsional-, que ha dado muestras, tristemente y para nuestra deshonra, de un inconsciente fascista que persigue a estudiantes y profesores en listas negras y ataques armados.
Me pregunto por qué una parte de nosotros piensa que el discurso de emancipación es kitsch y pasado de moda, mientras la otra asegura que es un proyecto a medias, inacabado, que nos toca coronar gloriosamente. Es así: una parte de nosotros no vota para elegir a sus autoridades y después "no se sienten representados"; la otra parte toma los espacios de representación por asalto. ¿Quiénes son unos y quiénes son otros? La fauna de nuestro pueblo da para todos.

Lo cierto es que tampoco entiendo cómo un grupo de condotieros con "buenas intenciones" llegan a esgrimir como conquista haber hablado de la verdad obvia, de esa verdad sabida pero callada por todos sobre la necesaria renovación, y menos entiendo que se les otorgue tanta victoria y tanta cámara.
Sé que vi a muchos estudiantes (¡muchos!) en la plaza del Rectorado, abajo, no en el alto balcón, exigiendo la salida de los invasores, mientras estos guabineaban arriba, con la misma actitud que denunciaban en las autoridades. ¿Será un plan maquiavélico que corre por los ductos del aire acondicionado del edificio de Villanueva, que transforma a todo el que pase más de cuarenta y ocho horas adentro? Las excepciones han sido pocas.

Nadie me ha explicado cuáles serán las sanciones ni quién las va a aplicar, pero supongo que alguien tendrá que asumir el costo del daño al patrimonio, de las semanas con gastos pagos en el resort de la Sala de Sesiones (incluyendo las visitas guiadas a la piscina); que alguien se encargará de limpiar el recuerdo de las romerías que se armaban frente a las cámaras de televisión y que va a responsabilizarse por la "toma de pelo" a los estudiantes.

Yo vi las armas, los niples, los panfletos perfectamente impresos -olorosos a tinta fresca-, me ahogué con bombas lacrimógenas, pero no entiendo aún cómo estudiantes que no tienen para pagar la restauración de la silla de Vargas, o un comedor en veinte o treinta bolívares, pudieron financiar estas provisiones.

Eso sí, he escuchado de los planes nobles de estudiantes y profesores que no quieren seguir poniendo a prueba la resistencia de la institución pero que no van a ofrecer la otra mejilla. Que no se quieren mofar de la gente, que no desprecian al país. He escuchado de las cosas que deben acabarse dentro de la universidad: los estudiantes que no se ganan el cupo (hijos de profesores o empleados), o quienes se los ganan en subastas al mejor postor; los profesores subpagados, los incompetentes y reposeros; el "diez es nota y lo demás es lujo", los repitientes infinitos y las autoridades impunes.

Una sola cosa entiendo con claridad y me molesta, me deja un sabor amargo en la boca: aunque la "victoria popular" haya "roto la institucionalidad" y todavía quede por esperar cuál es la segunda o tercera o cuarta etapa (acaso en diciembre, a nueve meses del secuestro, veamos el nacimiento de un nuevo rector, concebido en un mes de encierro), y los planes de enmienda sean numerosos y ya estén en marcha -según dicen-, ninguno ha tenido la valentía y decencia de ofrecer una disculpa por este vergonzoso capítulo, en que lo único en verdad tomado, a la fuerza, entre panfletos y sucias colchonetas, fue la honra de la Sala de Sesiones.

Holanda Castro. Egresada de la Escuela de Letras de la UCV
Víctor Galarraga Oropeza. Estudiante de la Escuela de Letras de la UCV

N° 32 Aņo IV
Caracas, sábado 12 de mayo de 2001
 
 
 

Reflexión
La Ciudad Universitaria: paisaje después de la batalla

Parte de pena
(Rafael Castillo Zapata)

Proyecto político vs universidad
(María Fernanda Palacios)

La universidad
que deseo

(Gisela Kozak Rovero)

Requiero
una disculpa

(Holanda Castro
Víctor Galarraga Oropeza)

 

Libros, Lecturas y Lectores
Venezuela cómo se forjó su presente

(Manuel Alfredo Rodríguez)

Así que pasen
cien años

(Elisa Lerner)

Sobre la barbarie
(Rafael Cadenas)

 
 
 
 
 
 
 

 

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