EL
SONIDO DE SALVADOR GARMENDIA CIRCULA POR NUESTRAS VIDAS (I)
"Yo
no tengo remedio"
Todo lo que
Salvador Garmendia dejó dicho es ajeno a la impostura,
y su vida fue
gesto generoso que aquí logra reseñar Milagros Socorro,
en un difícil ejercicio
que pugna con el espacio para alcanzar a condensar las opiniones
del escritor acerca
de asuntos venezolanos, sin desmedrar el ingenio y la frescura
de sus declaraciones. "Como se verá tras su lectura,
también el periodismo nacional ha sido abatido
con lo que será la más grave ausencia de la gracia",
sentencia Socorro

Foto: Oswer Díaz Mireles
Una influencia "tanto intelectual como
amorosa" fue la de Salvador Garmendia
La prueba de que Salvador
Garmendia no ha escrito todavía la última página
de su formidable legado se vio palpable el día de su funeral,
una especie de fiesta tibia y melancólica que congregó
el mayor número de escritores venezolanos que se hayan
visto nunca en un mismo salón. Varias generaciones de narradores,
poetas y ensayistas -también cineastas, artistas plásticos
y músicos- formaron una guardia de gratitud, reconocimiento,
respeto y cariño en torno al más generoso de nuestros
grandes escritores. Autores de obra madura, así como jóvenes
cuyos primeros libros fueron presentados por Salvador e impulsados
por su prestigio, estaban allí en la actitud de quien devuelve
con el mínimo homenaje de su presencia los muchos dones
que recibiera de tan dulce maestro.
Cualquiera
que sea el destino de la narrativa venezolana, la impronta de
Salvador Garmendia estará en ella impresa con el
profundo tañido de una influencia tanto intelectual como
amorosa, así en el ceño como en la risa. Y sus oficiantes
lo rodearon en la última hora con la diligencia, la entereza
y la humedad en los ojos con que se empiezan o se terminan los
propios libros.
En los párrafos
que siguen he intentado condensar las opiniones de Salvador
Garmendia acerca de asuntos venezolanos por los que en varias
ocasiones lo consulté, mediante entrevistas periodísticas
que fueron publicadas en diversos medios. He tenido que hacer
un prensado forzoso que le reste longitud al texto sin desmedrar
la frescura, la espontaneidad y el ingenio de sus declaraciones.
Como se verá tras su lectura, también el periodismo
nacional ha sido abatido con lo que será la más
grave ausencia de la gracia.
Los
poderes creadores del pueblo
"El arte popular generó (o degeneró en) un
mercado peligroso porque ha hecho una feria de este tipo de manifestaciones.
Ya no hay un buen tallista, sino mil tallistas iguales. Los tallistas
empiezan a repetirse, cada uno copia el modelo que por cualquier
causa ha sido exitoso
si yo hago este Bolivita flaquito
y se vende, para qué voy a hacer otra cosa. En eso hay
muchos farsantes, buhoneros del arte, artesanos que encuentran
una manera de ganarse la vida vendiendo un producto".
"Finalmente,
los tales poderes creadores del pueblo apuntan a nada, a ningún
lado. Eso es un invento de la izquierda lírica de los años
sesenta. Es la retórica de una izquierda soñadora
que creía que sus mejores aliados estaban en los cerros
y con ellos harían la revolución (un disparate,
porque a ningún habitante de los cerros le interesa para
nada la revolución) y se santificó la imagen del
hombre del pueblo y se le atribuyó belleza y sacralidad
a todo lo que éste dijera. Una gran distorsión porque
en muy pocos casos hay gente de la pobreza extrema que supera
esas condiciones y llega a ser un artista o un escritor. Son raras
excepciones. Hay que tener presente que eso es así. Lo
demás son banderas para engañar bobos, que no tienen
ningún sentido".
Milagros
Socorro: Usted ha trabajado mucho en televisión, ¿qué
clase de difusión cree usted que hace este medio de la
creación popular?
Salvador Garmendia: En la televisión se falsifica,
se destruye el valor que tienen expresiones tan auténticas
como el tamunangue, por mencionar sólo una; se homogeneiza
y se lanza a la publicidad como un producto más. Tú
vas a ofrecerle unos chimbángueles a un canal de televisión
y te dicen que no, sobre todo cuando ven el arte en que andan
los bailarines. Yo soy partidario de que las manifestaciones populares
no deben ser extraídas de su entorno, sino que deben ser
vistas en su paisaje, entre su gente: allí conservan su
valor. Al sacar estas manifestaciones de su lugar y de su contexto
religioso se convierten en un show más y, entonces, las
pagadoras de promesas no pueden ser, como lo son, señoras
gastadas con las piernas llenas de várices, sino muchachitas
bonitas; y no pueden aparecer con cualquier trapo como de hecho
lo ofician en los pueblos sino que tienen que ponerle unas pantaleticas
de colores a estas negritas y una camisa bien planchada a estos
muchachos. Se convierte en una caricatura. Al ponerlo en limpio
se le extrae toda la sangre y toda la ponzoña y entonces
lo que era arte, alegato, reclamo y provocación comienza
a circular como un producto más de la banal oferta de la
televisión y la publicidad.
Del
gran personaje
"Del barrio caraqueño ha salido el primer gran personaje
de la literatura venezolana, el único personaje autóctono,
que ha brotado de la vida de allí y que no se parece a
nada, que es único en su especie, y que es el malandro.
El malandro es un hombre que tiene una manera de vestir propia,
una gesticulación propia, una manera de hablar y de comunicarse
única en su especie, tiene su propio idioma casi, tiene
su propio medio de vida. Los malandros forman una red allí
adentro, una forma de vida, una jerarquía. Su vida es una
continua pelea. Está exponiendo la vida a cada momento.
Ese personaje no ha sido tratado por la literatura venezolana
sino muy tangencialmente y siempre visto desde abajo, desde la
mirada del que vive en plano. No hemos sabido ver en el malandro
el gran personaje literario que está llamado a ser, por
su gran fuerza, por ser el único que tiene un sentido trágico
de la vida, porque lo expone todo en cada instante, y porque no
tiene porvenir".
De
la telenovela
"La telenovela es un anacronismo que parece hecho hace cuarenta
años. Yo escribía una telenovela donde José
Luis Rodríguez era el galán y Mayra Alejandra, una
muchacha muy bella, era la protagonista; él era rico y
ella pobre. Este muchacho rico hizo muchas maldades, incluso le
puso un muchacho a Mayrita, pero al final se arrepintió
y quiso casarse con ella. La cuestión era si Mayrita aceptaba
casarse con él, con todo y las vagabunderías del
tipo, para ser casada; o que fuera valiente y encarara la situación
teniendo su hijo sin casarse. Abrimos una especie de encuesta,
para preguntarle a la gente cuál creía que debía
ser el desenlace. Llegaron muchísimas cartas y todas las
que llegaban del barrio opinaban que Mayrita tenía que
casarse. ¿Cómo no iba a casarse con José
Luis? ¡Qué pendejada tan grande! ¡Que se case!
José Luis es rico y buenmozo. Mientras que las cartas que
llegaron de la universidad, iban por la rebeldía, la posición
feminista. Tuvimos finalmente que casarla".
De
la gente decente
"Yo he escrito siempre sobre la clase media. Pero yo soy
anterior a la clase media, nací antes de que esa clasificación
existiera como tal en Venezuela, porque entonces había
ricos, pobres y gente decente. A esta clase de la gente decente
pertenecía mi familia. Esta familia tal vez tuvo dinero
en otro tiempo. Mi abuelo era un hombre rico, era un agricultor
e industrial de renombre en el Estado Lara y muy amigo de Gómez.
A ese mundo pequeño de estrechez pertenecí yo, de
formación mediana porque era difícil completar el
bachillerato y casi imposible ir a la universidad, sobre todo
para la gente del interior. Para un muchacho del interior ir a
Caracas a estudiar Derecho o Medicina era un acontecimiento importante,
y se hacía un enorme esfuerzo para mantenerlo. Había
familias, como la mía, que no podían hacer ese esfuerzo.
Por eso mis seis hermanos, siete conmigo, no llegaron a la universidad,
ninguno. La formación en los años treinta era poca.
Si a alguien le gustaba leer tenía que procurarse libros
por su cuenta; en mi caso, yo tuve la suerte de que mi hermano
Hermann Garmendia, periodista y poeta, era un hombre de
extensa cultura, conocedor de la literatura moderna, que me transmitió
todo eso".
MS: Oscar
Rodríguez Ortiz ha observado en su trabajo literario
una evolución de su visión del mundo. De tétrica
y expresionista, dice Rodríguez Ortiz, ha pasado
a una visión del mundo más cordial; él se
pregunta si será que usted ha terminado aceptando que la
sociedad no tiene remedio.
SG: Esa es la observación de un crítico muy
inteligente y agudo, que está llena de verdades. Pero yéndonos
a un plano más íntimo, yo diría que quien
no tiene remedio soy yo. Yo descubrí que no tenía
remedio, entonces debo tener compasión de mí mismo,
puesto que no tengo remedio. Esa actitud como compasiva, que me
hace escribir esos artículos, ha cambiado por completo
la faz de mi literatura; la ha hecho mucho más interior,
más tranquila, menos agresiva y feroz. Esa actitud no la
tengo sólo yo: el país está también
quebrantado; la clase a la que pertenezco está sumamente
golpeada
pero, definitivamente, quien no tiene remedio soy
yo, y por eso me tengo compasión.
-¿Cuál
cree usted que es el destino de la clase media en Venezuela?
-Tendrá que irse desarrollando junto con la totalidad del
país; y eso se hará dentro de una perspectiva nueva,
va a ser distinta de lo que ha sido hasta ahora, porque todo el
país va a sufrir una serie de cambios cuyo signo ignoramos.
Y la clase media se va a mover con esas transformaciones porque
ella vive empujada por sus necesidades, unas necesidades elementales
y básicas. En primer lugar, la casa, el apartamento, lo
que hace que alguien sea de clase media y no marginal. Y, luego,
tener un buen trabajo que le permita gozar de comodidades. Y pivotando
entre estas necesidades, la clase media avanzará, seguramente,
hacia los esquemas de vida del desarrollo basados en una vida
cotidiana más próspera pero probablemente más
infeliz porque le faltará vida interior y se va a sentir
víctima justamente de las cosas que la alimentan.
Milagros
Socorro. Periodista