|
Cine Foro
Reinaldo
Arenas segundos "Antes que anochezca"
Antes
que anochezca, película exhibida recientemente en algunas salas
de Caracas,
basada en la autobiografía del novelista, ensayista y poeta cubano
Reinaldo Arenas,
da pie a una reflexión en torno a la discriminación y violación
de los derechos humanos
por razones de disidencia política y de orientación sexual. El foro
convocado
en la Sala Margot Benacerraf por Amnistía Internacional, Acción
Solidaria, Artistas por la Vida, Consenso VIH/SIDA y el Grupo 1o
de Diciembre, además del apoyo de la 20th Century Fox,
contó con la participación, entre otros, de Luis Duno Gottberg,
Jorge Romero León
y Rodolfo Izaguirre, quienes hoy vuelven sobre sus ponencias para
el lector de Verbigracia

Reinaldo
Arenas
¿Cómo
satisfacer nuestros deseos de justicia y equilibrio social sin caer
en los excesos
de los procesos revolucionarios?, se pregunta Jorge Romero León
frente a las imágenes
del film de Julian Schnabel, Antes que anochezca.
Y es que esta película, recreación
de la vida y obra del escritor cubano Reinaldo Arenas, trae al presente
el conflicto de un hombre excluido de la sociedad, cuya escritura
y cuyo eros constituyen para Luis Duno Gottberg manifestaciones
de la libertad: la suya -dice- es una literatura que "cuestiona
toda forma de poder". Poder amparado en una revolución
que Rodolfo Izaguirre devela contradictoria,
pues "niega la vida, ahora, para hacerla posible, después"

Escena
de la película Antes que anochezca, de Julian Schnabel
Negar la vida
para hacerla posible
En
mi intervención me referiré exclusivamente a los temas
tratados por Julian Schnabel en su película. Hay en
este foro conocedores de la obra literaria de Reinaldo Arenas
y especialistas en literatura cubana, muy en particular del grupo
Orígenes y de Lezama Lima. Ellos nos introducirán
en este extraordinario e irrepetible momento de la vida literaria
de ese país.
Antes que
anochezca no es una película grata. Su acción,
como hemos visto, se sitúa en Cuba a finales de los años
sesenta, cuando se inicia el acoso a los artistas y homosexuales
que culminó con el oprobioso acontecimiento del puerto de
Mariel y la expulsión conjunta de los homosexuales, los locos
y los criminales. El film trata sobre la dignidad humana
ultrajada, enajenada y condenada a la ignominia por una revolución
que al proclamar un nuevo humanismo segregaba no sólo a quienes
disentían de ella sino a quienes manifestaban la "conducta
impropia" de ser homosexuales. Trata sobre una aterradora contradicción,
(una contradicción que ha pesado y sigue pesando mucho sobre
mi propia circunstancia): la de una revolución que niega
la vida, ahora, para hacerla posible, después; y trata, también,
sobre la trágica insularidad de quienes viven en ella. Antes
que anochezca, esta dura película de Julian Schnabel,
muestra finalmente una afrenta, un escarnio: la vida del escritor
cubano Reinaldo Arenas, víctima de la intolerancia.
La homosexualidad
ha sido perseguida, enjuiciada y condenada por todas las sociedades.
En tiempos del socialismo stalinista, era un delito que se pagaba
con la cárcel; para el capitalismo, se trataba de una enfermedad
calificada por la Asociación Psiquiátrica Norteamericana
como "desorden mental".
Cuando se demostró en 1973 que el heterosexual manifestaba
las mismas perturbaciones que el homosexual en sus preferencias
sexuales, los psiquiatras cambiaron su diagnóstico por el
de "Disturbio de la orientación sexual". De acuerdo
con aquella Asociación, el homosexual ya no era un loco sino
un perturbado. Posteriormente, hay que reconocerlo, la Asociación
modificó sus anteriores diagnósticos pero hubo un
tiempo, en los años sesenta, en el que consultar a un psiquiatra
norteamericano era lo último que podía ocurrírsele
a un homosexual. Para la beatería vaticana, con el Papa polaco
a la cabeza, la homosexualidad "ofende a Dios" (y al Papa,
puesto que es vicario de Cristo en la Tierra), lo que no deja de
ser una inconsecuencia y un disparate porque Dios no tiene sexo
y hace muchos años que el Papa se olvidó del suyo.
La ofensa a Dios resulta tan aberrante como el delito en el socialismo
stalinista o como el desorden mental en el capitalismo de hace cuarenta
años atrás.
En sus primeros
tiempos, la Revolución cubana persiguió a los homosexuales
quizás con más saña que a los disidentes políticos;
pero no molestó, siendo homosexuales, a ciertos jerarcas
del régimen. El país se marcó con el rojo vivo
de la ignominia y se arropó con la cobija de la simulación
y del fariseísmo, lo que determinó una terrible insularidad
que hizo aún más dolorosa la circunstancia de ser,
ese país, una isla.
Bajo el autoritarismo,
toda disidencia es peligrosa. ¡Con la Revolución, todo;
contra la Revolución, nada! (Esto me hace recordar a Henry
Ford y sus primeros automóviles: "Usted puede pintar
su Ford del color que quiera, ¡siempre que sea negro!").
Hace años
en este Ateneo tuvo lugar un Encuentro con Armando Hart, entonces
ministro de Educación de Cuba. En un determinado momento
y en alusión a la célebre declaración de Fidel
de que los escritores cubanos podían escribir sobre lo que
quisieran, siempre que no fuera contra la Revolución, Armando,
un hombre inteligente y culto, cometió la tontería
de preguntar: "¿Ustedes escribirían en contra
de sus madres?". "¡Por supuesto que sí!",
le contestamos. "Somos escritores y podemos escribir perfectamente
sobre una madre hija de puta".
¡Pero
el tema mayor es el de la insularidad! La isla, la insularidad es
un símbolo complejo que encierra varios significados. Juan
Eduardo Cirlot en su Diccionario de símbolos,
refiere que para Jung, por ejemplo, la isla es el refugio
contra el amenazador asalto del mar del inconsciente; es decir,
la síntesis de conciencia y voluntad. Para otros autores,
la isla es concebida como el punto de fuerza metafísico en
el cual se condensan las fuerzas de la "inmensa lógica"
del océano. Pero también la isla es un símbolo
de aislamiento, de soledad y de muerte, al punto que la mayor parte
de las deidades de las islas tienen carácter funerario como
Circe, pongamos por caso, la legendaria maga de la Isla de Ea que
convirtió en cerdos a los compañeros de Ulises.
Hay islas malditas
en las que se producen apariciones infernales, encantamientos, tormentas
y peligros; y hay islas bienaventuradas, con muchos pájaros
y árboles perfumados que crecen en su interior y donde siempre
hay dos ríos: el río de la juventud y el río
de la muerte. El primero, por la fertilidad y el riego de la tierra;
el otro, por el transcurso irreversible y en consecuencia, por el
abandono y el olvido. (Cirlot).
Geográfica
y espiritualmente, Cuba ¡es una isla! ¡Es un país
aislado, insular! Lo es, doblemente, a causa del criminal bloqueo
decretado y sostenido por Estados Unidos desde hace más de
40 años. Un bloqueo que, no obstante la solidaridad soviética,
aisló aún más a lo que ya existía en
aislamiento. Y dentro de esta doble insularidad, la Revolución
instauró otra insularidad que aísla todavía
más a quienes disienten del régimen autoritario imperante
y relega a los homosexuales a la condición de parias. Si
a la "conducta impropia" (un eufemismo cubano para no
nombrar a la homosexualidad), si a la conducta impropia agregamos
la disidencia política, el homosexual cubano quedará
sepultado ya no en un tercer estrato o nivel de aislamiento sino
en una cuarta insularidad. El es cuatro veces isla dentro de la
isla. Aislado, bloqueado, disidente y homosexual. ¡Es demasiado
para un solo hombre!
La ignominia
de semejante aislamiento, se acentúa aún más
cuando el perseguido, el humillado homosexual encarcelado en la
prisión de El Morro, es un escritor. Cuando el "marielito",
la escoria, el apátrida que años más tarde
encontrará una muerte miserable en Nueva York, es un hombre
que hizo de su vida lo que la Revolución le negó:
un ejercicio de libertad creativa, imaginativa, política
y sexual. Una disidencia ante la censura, el hostigamiento y la
pobreza. La actitud del poeta que se descubre a sí mismo
y adquiere conciencia de su identidad sexual al mismo tiempo que,
creyendo encontrar en la Revolución su libertad, intenta
afirmar su vida a fin de hacer posible la vida misma de la Revolución
pero sin saber que esa Revolución iba a significarle la pesadilla
de su propia muerte.
En la película
Antes que anochezca, Javier Barden es Reinaldo Arenas.
Nunca antes habíamos visto a un actor capaz de desdoblarse
e integrarse física y orgánicamente con la psiquis
de su personaje. Lo mismo ocurre con los demás actores, particularmente
con Johnny Depp como el travesti Bon Bon, un personaje fascinante
y como el Teniente Víctor.
Cada paso dado
por Barden nos devuelve a una constreñida vida de pobreza:
una infancia entre mujeres y muchachos desnudos en el río;
la Universidad de La Habana; la vocación de escritor, el
encuentro con Lezama Lima y los poetas del grupo Orígenes;
la exaltación de una revolución machista-leninista
y el júbilo de la revelación homosexual.
Porque en Arenas
se dan la mano una Revolución y una Revelación coincidentes,
en principio, con el nuevo humanismo, el nuevo hombre que surgiría
con el socialismo. También yo, en Caracas, esperé
durante largos años, con fervor y gran entusiasmo a ese hombre
libre y nuevo.
¡Pero
la Historia me estafó! Dictadores como Stalin en la extinta
Unión Soviética; el miserable Ceausescu en Rumania;
Kim Il Sung y sus gigantescas estatuas tan grandes como las hambrunas
de Corea del Norte; Mao Tse Tung y su oprobiosa revolución
cultural o el propio Fidel en la Cuba insularizada, se encargaron
de que no surgiera ese hombre libre.
No lo fue Reinaldo
Arenas, porque luego vendrán para él la cárcel,
el oprobio y la indignidad del Puerto de Mariel cuando el gobierno
cubano, en 1980, metió en un mismo saco a locos, criminales
despiadados, homosexuales, ¡y los desterró!
En uno de los
festivales de cine de La Habana, llegué a ver un impactante
documental realizado por el ICAIC en el que una multitud asilada
en la Embajada de Perú era abucheada, afuera, desde la calle,
por la muchedumbre enardecida que gritaba: "¡escoria!",
"¡maricones!", "¡fuera!", con una
ferocidad más propia del fascismo que del hombre nuevo que
iba a emerger de aquella revolución. Dos años después
del bochornoso episodio de Mariel, Estela Bravo hizo en 16
mm un documental de 57 minutos titulado Los Marielitos, y
entrevistó a un grupo de estos seres exiliados en Estados
Unidos. Todavía recuerdo la abrumada tristeza que flotaba
sobre ellos.
En la película
de Julian Schnabel, la secuencia de la salida de Arenas
por Mariel alcanza el escarnio, cuando el funcionario lo obliga
a caminar para constatar si en verdad es homosexual.
Después,
es el destierro y finalmente la muerte por sida en Nueva York, asfixiado
con una bolsa de supermercado en la que puede observarse el slogan
de amor hacia la Gran Manzana. Es una historia terrible la de Arenas.
Cuando creyó encontrar la libertad allí lo estaba
esperando la muerte. Pero la mayor ignominia para él, de
acuerdo a la película de Schnabel, debe haber sido
la de tener que sacar de la prisión los originales de su
libro enrollados en los tubos que Bon Bon esconde en el recto.
Schnabel
se apoya fundamentalmente en las "Memorias" escritas
por Arenas, pero los conocedores de su obra literaria dicen
que obtiene también algunos relámpagos visuales extraídos
de otras novelas o textos suyos e inserta, incluso, el poema "The
Parade Ends", de gran fuerza emotiva y visual.
Debe haber
mucha amargura en el libro de Arenas, pero la película
no juzga ni condena. Ese trabajo nos los deja Schnabel a
nosotros.
Simplemente,
él ofrece una relación de hechos y acontecimientos
descritos por Arenas tal como pudieron haber ocurrido dentro
del proceso de una revolución que, aislada trágicamente
en su compleja insularidad, sigue empeñada en negar la vida
creyendo que sólo así puede hacerla posible.
Rodolfo
Izaguirre. Crítico de cine
El fuero interior
Antes
que nada, quiero exponer el lugar desde el cual he visto esta película.
Primero, desde un horizonte muy personal y familiar: vengo de una
familia de izquierda que, digamos, ha avalado, con las mejores intenciones,
los procesos revolucionarios y los líderes de izquierda en
el mundo, particularmente la Revolución cubana y Fidel Castro.
Es decir que crecí inclinado, como muchos de mi generación,
hacia la figura de Fidel Castro y la Revolución cubana. Para
nuestro imaginario, ambos representaban, entre tantas cosas, la
lucha de David contra Goliat, así como un camino distinto
y opuesto al capitalismo desenfrenado y a las grandes desigualdades
sociales, más que persistentes, incrementadas en nuestra
época. Debo aclarar que no creo, contrariamente a lo que
suele afirmarse, que esta vocación izquierdista, al menos
en el caso de mis padres, era sólo una moda pasajera, un
sarampión curado o algo por el estilo. Se trataba de un hondo
compromiso que muchos pagaron, semejantes a Arenas, con su
vida, con sus cuerpos desaparecidos y torturados. Pueden preguntarle
a mi padre, quien conoció el horror de los "campos de
concentración" de la democracia venezolana de los sesenta.
Segundo, el
horizonte de nuestro presente en Venezuela. Sin caer en la paranoia
de la pretendida cubanización inmediata del país (a
despecho del anuncio de una temible purga dentro del partido oficial
y de la descarada "toma" de todos los espacios políticos
y sociales), viendo la película, no pude evitar relacionar
esa historia personal ligada al destino de un país con la
historia del nuestro y de nuestra vida política, no sólo
presente, sino por venir. Es decir que a partir de las condiciones
personales y de este país, creo que la película, además
de sus cualidades como obra, nos sirve sobre todo para poner sobre
la mesa la reflexión acerca de cómo cocinar o "atemperar"
dentro de nosotros los deseos de justicia, cambio y equilibrio social
sin caer en los excesos de los procesos revolucionarios; dicho de
otro modo, cómo conciliar nuestras inclinaciones colectivas
con nuestro fuero interno e individual; cómo puede llevarse
a cabo plenamente una revolución respetando totalmente los
derechos fundamentales del hombre, cosa hasta ahora imposible.
Me parece,
lejos de lo que había escuchado, una buena película.
Aparte del valor plástico y fílmico de las escenas,
aspecto que otros más conocedores de la materia que yo pueden
resaltar, creo que es más que acertada la adaptación
y selección que Julian Schnabel hizo de la autobiografía
de Arenas. Desde luego, el director fue muy sensible y agudo
al escoger como centro de su creación a Arenas, ya
un prototipo de lo que podríamos llamar un héroe contemporáneo
dada su homosexualidad, su vitalidad y escritura. Siempre ha sido
así, pero hoy más que nunca: nadie como un artista
controversial desde el punto de vista moral, sexual, político
y estético, para desentrañar las prácticas
morales, sexuales, políticas y estéticas de la sociedad.
Mejor dicho, todo artista es en el fondo muy controversial porque
desmonta, con sus propias prácticas y creaciones, los códigos
éticos, políticos y estéticos dominantes, fuertemente
vigilados y controlados por los organismos políticos y sociales,
extremos y violentos en los regímenes totalitarios. Obviamente
que esta personalidad impactante y conmovedora de Arenas
está refrendada en la película por la excelente y
ya inolvidable actuación de Javier Bardem.
Ahora bien,
a partir de todo ello el punto central de la película es
el lugar de encuentro y desencuentro entre el individuo y el colectivo
o la sociedad. Con frecuencia, particularmente en nuestro medio,
la frase "derechos humanos" nos puede parecer algo trillada
por manoseada, cuando no una "delicatesse" importada
del primer mundo. De hecho, valdría la pena interrogarse
si con ella la sociedad liberal y del capitalismo avanzado no ha
cometido enormes fechorías. Sin embargo, no debemos olvidar
que su significado esencial resguarda la cifra individual como el
único ejercicio verdaderamente responsable y democrático:
el libre albedrío. Ejercicio responsable porque nos permite
disolver dos actitudes nefastas tanto de izquierda como de derecha:
el "proceso" y el "sistema" respectivamente.
Cuando no queremos encarar nuestra responsabilidad despersonalizando
todo problema o conflicto dentro de los llamados procesos revolucionarios,
se le echa la culpa al "proceso"; en el capitalismo, al
"sistema". Es cierto que ambos reflejan bien que hay fuerzas
"despersonalizadas" que se desatan, pero eso no puede
prevalecer sobre el ejercicio del libre albedrío, siempre
solitario, individual, aunque se ejerza influenciado por la colectividad,
por el horizonte político e histórico donde nos encontramos.
Hay un pasaje,
ahora no sé si en la película o en libro, en el que
Arenas exclama: "¿por qué nos odian tanto?".
Por dudar. Lejos de la "ingenuidad" política que
a veces se ha querido ver en Arenas, lo que no se le perdona
es haber dudado, haber sido justamente inestable desde el punto
de vista político. Pero como en Baudelaire, la inestabilidad,
la ironía, la oscilación, son precisamente las actitudes
privilegiadas para medir la intensidad de lo individual en un medio
adverso, dominado exclusivamente por la mayoría o la minoría
o, lo que es lo mismo, por una visión única, centralista
y totalitaria.
Puede que haya
cosas de la película que nos distancien un poco: el español
y el inglés hablados a la vez e indiscriminadamente, lo cual
no podemos desligar del hecho de que se trata de una película
cuya producción es globalizada, como toda mercancía
de la actualidad. Así mismo, eché de menos la descripción
más plena que conozco de Miami: su mal gusto dominante, sus
potentados cubanos tan ignorantes y mezquinos como los comisarios
y censores de La Habana dejada atrás. También me decepcionó
un poco la pintura tan caracterizadora y algo distorsionada de Lezama
Lima.
A Reinaldo
Arenas no le perdonaron dudar. Más aún: no le
perdonaron crear, a partir del reconocimiento de la propia naturaleza
cubana, orgánica, anímica, pagana, erótica
e insular, una realidad distinta. Tanto el mundo comunista como
el capitalista no le perdonaron el radicalismo irreductible de su
fuero interior, su incapacidad para negociar con el poder o el éxito.
No lo absolvieron por haber apostado todo, en detrimento del poder
y el dinero, a favor del amor y la vida.
Jorge
Romero León. Ensayista
Sobre
el sentido de la transgresión
"Grito,
luego, existo"
Reinaldo Arenas
(Antes que anochezca)
I
El eros de
la escritura
Reinaldo Arenas se entregó a la escritura con una
voracidad y una osadía que no son extrañas a lo erótico;
no sólo en su dimensión temática -que es bastante
obvia, por cierto-, sino en un plano creador y subversivo que parece
consustancial con la existencia misma del autor y de sus personajes:
ni Celestino de Celestino antes del alba (1967), ni Fray
Servando de El mundo alucinante (1968), ni Héctor
de Otra vez el mar (1982), ni Juan de El portero (1989),
conciben una vida ajena a una literatura que desestabiliza las certezas
y cuestiona toda forma de poder.
Se construye
así una obra que revela el grado de transgresión que
encarnan el eros de la escritura y la escritura erotizada, al vincular
el gesto creador a la fuerza liberadora de la imaginación,
que alimentan tanto al deseo amoroso como al arte. Un ejemplo de
esto se halla en El mundo alucinante, luego de narrarse el
fantástico encadenamiento de Fray Servando, cuando se advierte
sobre la ineficacia de la prisión frente al pensamiento:
Algo hacía
que la prisión siempre fuera imperfecta, algo se estrellaba
contra aquella red de cadenas y las hacía resultar mezquinas
e inútiles. Incapaces de aprisionar
Y es que el pensamiento
del fraile era libre (
) El pensamiento ligero de entre aquellas
barras de acero, saltaba por sobre las mismas narices de los carceleros.
El eros y la
escritura constituyen manifestaciones de la libertad, y cuando la
escritura deviene una experiencia erótica y lo erótico
una escritura, la experiencia de la libertad parece potenciada de
manera extraordinaria. Si, como dice Octavio Paz, "El
erotismo (
) es un disparo de la imaginación frente
al mundo exterior", ¿qué decir entonces de la
escritura? Ambos son invención y creación; ambos saben
de la realidad de sus ficciones y, sobre todo, de la fugacidad de
sus conquistas.
En efecto, tanto
el eros como la escritura prometen sólo la plenitud en un
instante. Arenas se refiere a ello cuando alude a la fragilidad
de las conquistas logradas por el deseo y la palabra. En un soneto
con dejos conceptistas, publicado en su poemario Voluntad de
vivir manifestándose (1989), escribe:
Todo lo que
pudo ser, aunque haya sido
Jamás ha sido como fue soñado.
El dios de la miseria se ha encargado
De darle a la realidad otro sentido.
Otro sentido,
nunca presentido
Cubre hasta el deseo realizado;
De modo que el placer aún disfrutado
Jamás podrá igualar al inventado.
Cabe advertir,
finalmente, que este eros de la escritura se caracteriza por una
suerte de fatalidad: es incontenible y, a la vez, es constantemente
perseguido y castigado desde ámbitos más diversos
que aquellos que alcanza a señalar la crítica usualmente.
II
En la tierra
de los buscadores
En uno de los delirios de Fray Servando, el fraile encuentra a un
poeta que habita "la tierra de los eternos buscadores".
Dicho personaje se presenta persiguiendo incesantemente una sombra,
una ilusión de absoluto, lo eterno en el lenguaje. El es
también, nos dice el narrador, el hombre más desgraciado,
pues "sabe que su empresa trasciende el límite de lo
humano". Esta dimensión trascendental de la escritura
encuentra también su tragedia "en el reino de este mundo".
Ejemplo de ello es la alusión al caso Padilla y a
Guillermo Cabrera Infante, cuando el narrador cuenta que,
al pasar el golfo de México, unos marineros "lanzan
por la borda al habanero Infante, que iba en calidad de literato
y periodista, pues en medio de la tormenta se mantenía alejado,
componiendo un soneto al mar". Pero esta persecución
ha sido ampliamente reseñada y ha servido bien a los editores.
Interesa más bien destacar la representación de otras
manifestaciones de intolerancia que trascienden el ámbito
del totalitarismo y que bien alcanzan las costas de La Florida.
Celestino
antes del alba, la primera novela de Reinaldo Arenas,
se sitúa en la provincia de Cuba, un poco antes del Batistato.
La narración gira en torno a un niño que es acosado
por su familia guajira y sus vecinos. Para sobrevivir esta circunstancia
opresiva, el niño imagina a Celestino, un ser puro que se
dedica a escribir en trozos de papel, en los árboles y en
el cuerpo de los animales. La escritura es en este caso una experiencia
que libera de la bestialidad y la violencia de lo cotidiano:
Todo el mundo
sabe que Celestino es poeta. La noticia ha corrido por el barrio
completo, y ya lo sabe todo el mundo. Mi madre dice que se muere
de vergüenza y que no saldrá más nunca de la
casa, Adolfina dice que ésa era la causa por la que no puede
encontrar un marido, y hasta mi abuela muerta se ha encerrado en
la prensa de maíz y dice que de ahí no saldrá
ni aunque vuelva a vivir. Al abuelo ya los lecheros no le compran
la leche que dan las vacas, y cuando los lecheros pasan por frente
a la casa nos tiran piedras y dicen: "Ahí viene la familia
del poeta". Y se van riendo a grandes carcajadas.
En esta medida,
la persecución no proviene de un régimen totalitario,
sino de la intolerancia de quienes rodean al personaje: la madre,
la abuela, el abuelo siempre con su hacha en mano, unos primos y
los vecinos son hostigadores eficaces: "'Eso es mariconería',
dijo mi madre cuando se enteró de la escribidera de Celestino.
Y esa fue la primera vez que se tiró al pozo".
No encontramos
aquí la vertiente heroica de cierto discurso homofóbico
revolucionario, sino aquella violencia que nutre el día a
día de la pequeña historia y que reaparecerá
en El palacio de blanquísimas mofetas (1975). El escritor,
quien habita "la tierra de los buscadores", no hallará
descanso en ninguna orilla.
III
La subversión
de las formas
Arenas apuesta a un arriesgado experimento que subvierte
los modelos literarios. Sus novelas ostentan la autonomía
de la creación, al violentar el modelo de la novela realista
y jugar libremente con los "contextos históricos"
y la tradición literaria. Su reescritura de Cecilia Valdés
(1839-1882) de Cirilo Villaverde, titulada La loma del
Angel (1987), es quizás un ejemplo extraordinariamente
divertido de lo anterior. Es también el caso de su obra más
conocida, El mundo alucinante.
Esta última
novela se abre con una carta del autor dirigida a Fray Servando.
Allí da cuenta de cómo se descubrió al personaje
histórico y cómo se reunieron los datos de su vida,
pero esta voluntad objetiva y documental se fractura inmediatamente
por las estrategias narrativas y por la identificación del
narrador con su personaje: "tú y yo somos la misma persona".
Otras voces irrumpen en el relato. El lector, por ejemplo, detiene
la narración de Fray Servando para reclamar un discurso más
realista: "Déjese de fanfarrias y cuente las cosas tal
como sucedieron", dice éste. Asimismo, otras referencias
más oscuras aparecen diseminadas en el texto, bajo la forma
de un diálogo con interlocutores misteriosos a cuyas objeciones
parece adelantarse el narrador: "¿Y creerán ustedes
que
?", "Mire usted
". Cabe preguntarse
si acaso responde aquí el autor a la censura, en un diálogo
imaginario con el poder, desde el espacio liberador de la literatura.
Otro aspecto
singular de la novela es que el capítulo uno se inicia tres
veces, y en cada oportunidad, una voz narrativa distinta (yo, tú,
él) toma la palabra. La tercera persona que entrega la base
"objetiva" de la narración deviene entonces una
voz más y el lector queda a la deriva, entregado a la imaginación
paranoica y contradictoria que gobierna el texto.
Todos estos
recursos narrativos no son más que la negación de
la posibilidad de establecer una representación absoluta
del mundo o, dicho de otra forma, constituyen una evidencia de la
imposibilidad de reconciliar cierta obra literaria con verdades
totales o totalitarias. La subversión de la forma es por
esto algo más que un ejercicio formalista; es un acto de
subversión ideológica. En este sentido cabe recordar
las palabras de Milan Kundera en El arte de la novela,
quien afirma:
el
mundo basado sobre una única Verdad y el mudo ambiguo y relativo
de la novela están modelados con una materia totalmente distinta.
La Verdad totalitaria excluye la relatividad, la duda, y nunca puede
conciliarse con lo que yo llamaría el "espíritu
de la novela".
IV
Del infierno
al purgatorio
Cuando Arenas llega a Miami, un tío le dice: "Ahora
te compras un saco, una corbata, te pelas bien corto y caminas de
una manera correcta, derecha, firme; te haces además una
tarjeta que diga tu nombre y que eres escritor".
¿Contra
qué o quién se rebela Arenas? Si nos guiásemos
exclusivamente por su dolorosa carta de despedida, la respuesta
a esta pregunta adquiere visos de problema personal, pero el conjunto
de su obra parece apuntar a un objetivo más amplio y menos
conciliador.
En El mundo
alucinante encontramos un diálogo paródico con
la Revolución cubana, cuyos signos encontramos en los sermones
religiosos que desatan la furia del pueblo contra los herejes /
disidentes. Sin embargo, las amargas conclusiones del fraile (cambiar
de gobernante es cambiar de tiranía) tampoco dejan en pie
las añoranzas representadas por lo que describe como las
"veladas de llanto" de quienes extrañan el Imperio.
Asimismo, las
vicisitudes de los poetas de la corte, sujetos a la inquisición
y a la voluntad de los gobernantes, descritos en El mundo alucinante,
deben ser leídas junto con las reflexiones en Antes que
anochezca, sobre las miserias del mercado editorial: "yo,
estando preso y confinado en Cuba, tenía más oportunidades
editoriales porque, por lo menos, allí no me dejaban hablar
y las editoriales extranjeras podían poner que yo era un
escritor que residía en La Habana", escribe Arenas.
Si bien es
cierto que lo personal es también político, pareciera
que la dimensión de lo personal ha sido notablemente empobrecida
por algunas lecturas de la obra de Reinaldo Arenas. Es necesario
comprender que el sentido de su rebelión no se limitó
a la circunstancia de una lucha contra el gobernante de turno. Escritura
y subversión constituyen pues un continuo en una obra que,
leída cuidadosamente, tendrá la virtud de incomodar
a los cuatro puntos cardinales .
Luis
Duno Gottberg. Profesor Universidad Simón Bolívar
|
|
N°
33 Año IV
Caracas, sábado 19 de mayo de 2001
|
| |
 |
|
|
| |
 |
|
|
| |
 |
|
|
|
|
 |
|
|
| |
| |
|
|
|
|
| |
|
|
| |
| |
|