Tributo

EL SONIDO DE SALVADOR GARMENDIA (II)

En el mundo de lo irreal

A manera de escape del dolor causado por la desaparición física de Salvador Garmendia,
Ricardo Gil Otaiza se refugia en el mundo de lo irreal y niega la muerte del narrador:
"Todo esto es una comedia con visos de tragedia que quiere el autor que creamos
con el ánimo de hacernos otra de sus travesuras intelectuales" -dice. Y agrega: "Mírenlo,
está allí en medio de su vasta obra literaria, en la palabra sabia y honesta,
en la sencillez y pulcritud de sus pasos terrenales"


Foto: Vasco Szinetar


Salvador Garmendia no ha muerto; es otra de sus intrincadas fantasías para hundirnos una vez más en el abismo de los sueños, de las premoniciones y de las falsas certezas. Somos débiles víctimas en manos de ese demiurgo barquisimetano que desea vernos de nuevo rendidos a sus pies. Tal vez en una noche de vela -esas que acompañan al creador insomne por los caminos de lo profano y de lo divino- comenzó a darle forma a una especie de suicidio histórico, a una fina argucia, a una estratagema literaria para desatar (e instaurar) en su entorno el dolor y la desesperanza. Ahora le llegó el turno de utilizar su figura como eje central de una terrible historia de dolor, en la que se nos cuenta una desaparición, una pérdida en lo inextricable de las brumas de una ardiente tarde.

En un valle tumultuoso, en el que el hombre se mezcla en una especie de parodia colectiva, un personaje de largos cabellos, de profusa barba y bigote, de contextura apocalíptica, encuentra un día la cara de lo desconocido, de un ser de ultratumba que lo llama a su diestra para que le acompañe a explorar otros caminos, otros derroteros, en los que ya no le hará falta el papel ni la pluma para ganarse la vida. El, reticente por naturaleza y no dado a las extremas confianzas, lo mira y escruta, como queriendo desentrañar en aquel pérfido rostro hálitos de familiaridad, y no los encuentra. Decide entonces conocerlo para enfrentarlo. "No se puede descartar nada" -pensaba el escritor no exento de temor-, aunque esa nada salga desde el mismísimo centro de la tierra, en donde viven pequeños seres ávidos de almas para saciar su sed. El personaje busca en dónde sentarse para acomodar su escuálida humanidad cansada de avatares y de cientos de miles de páginas escritas, que seguro fueron a parar a lugares ignotos, en donde no llegan ni el frío de lo humano ni la razón de la locura. ¿Habré perdido el tiempo? -se preguntaba el escritor cejijunto-, mientras montaba una pierna sobre la otra, tratando de contener su impulso de escapar, de huir de allí para internarse en la magia de la palabra, desde donde todo le parecía más soportable, más llevadero y real. Fue así como ambos se enfrascaron en una discusión sobre cosas de acá y de allá, sin que pudieran llegar a un acuerdo que los dejara satisfechos. Pasaron las horas y los personajes cansados de luchar por encontrar un espacio para lo irreal que fuese tan creíble como el que más, acordaron ir a medias en tan ardua negociación. El escritor con aires triunfales se levantó con ímpetu de la silla, fue hasta donde estaban sus libros y con un dedo largo y torcido le señaló al pequeño ser un texto en el que realidad y fantasía podían ser una sola cosa: sin límites, sin acomodos y sin costuras. Era su más importante trabajo, una obra que lo perpetuaría por siempre, ajena a egoísmos y a extrañas interpretaciones. El escritor buscó las llaves en el buró, arregló con destreza los libros apiñados sobre el escritorio, y dio una última mirada a ese espacio que le había servido por mucho tiempo de compañía y de cárcel. Afuera lo esperaba el pequeño ser y cuando vio que el escritor ya abandonaba la estancia, le indicó con premura el asiento trasero de un coche viejo (como de los años cincuenta). El coche inició la marcha y lentamente se fue adentrando en la espesura de una calle recta, fatigada por el sol, de cuyo pavimento escapaba un fino vapor que ascendía y se perdía en la lontananza. Cuentan los pocos que vieron partir el coche que ambos seres conversaban, reían, y en medio de las carcajadas que retumbaban en el vacío de la tarde, se escuchaba la voz del escritor que exclamaba: "¡Soy yo, soy yo y nadie más!"

Salvador Garmendia ha inventado su propia muerte; no puede ser ni sentirse de otra manera. Tal vez desea escapar de tanta bulla ensordecedora de este mundo y nos está recreando con otra de sus extraordinarias historias. Y no puede ser de otra manera porque quién, si no él, puede reírse de sí mismo a través de personajes profundamente humanos, cargados con toneladas de ironía y de humor. El, hombre de palabra sencilla, de argumento fácil, de anécdota precisa y perfecta, no puede morir porque entonces moriría con él la palabra; y ella es eterna. Todo esto es una comedia con visos de tragedia que quiere el autor que creamos con el ánimo de hacernos otra de sus travesuras intelectuales. Abrimos sus novelas, releemos sus cuentos y sus crónicas, y no podemos más que recrearnos en esa atmósfera inverosímil que nos hunde en un limbo existencial: ser o no ser, realidad o fantasía, cuento o anécdota…, vida o muerte.

En Garmendia confluye con pasmosa certeza la voz del creador y la garra de la dura realidad de un país tropical salpicado de risas y de llanto, de alegría y de dolor. Es el autor que de pronto se erige en el centro de dos generaciones de narradores venezolanos que ansía amalgamar lo más excelso de la palabra y lo más llano y simple de nuestra gente. Los cuentos de Garmendia son fuente constante de experiencias, de ellos podemos extraer la esencia de una venezolanidad dolida y castrada por las intemperancias de un país perdido en los avatares de un mundo que no le cuadra.

Duele el dolor de Garmendia porque hay quienes compartimos esa misma pena y ese mismo calvario de una creación cercenada por la incomprensión y por la mezquindad de todos. Duele el autor de una obra importante que a su edad no hallare un medio seguro de una subsistencia digna y sin afanes. Duele la palabra olfateada por los sabuesos de la novedad, del bestsellerismo, del libro fácil y digerible por unos lectores impasibles y ametafísicos. Duele la orfandad del escritor frente a las arremetidas de lo intangible y de lo superfluo. Duele el dolor de la muerte compartida.

¡Salvador Garmendia no ha muerto! Mírenlo, está allí en medio de su vasta obra literaria, en la palabra sabia y honesta, en la sencillez y pulcritud de sus pasos terrenales. Es ese rey Midas que transformó todo lo cotidiano en algo digno de contar y de ser leído. Es ese creador que le imprimió a nuestras letras aires principescos y esperanzas de eternidad. Es ese hombre todo literatura, todo texto, que desde hoy pasa a la dimensión de lo inescrutable e inviolable. Desde hoy pasa a la conciencia colectiva.

Ricardo Gil Otaiza. Escritor y profesor universitario

N° 34 Año IV
Caracas, sábado 26 de mayo de 2001
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

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