En
el diálogo Octavio, de Marco Minucio Felice, uno
de los documentos más reveladores de la antigüedad
tardía, el pagano Cecilio Natale le pregunta a Octavio,
su interlocutor cris-tiano: "Entonces, ¿de dónde
proviene, quién es, y dónde se encuentra ese dios
único, solitario, separado de todo, un dios que ningún
pueblo libre, ningún reino ha conocido?". La pregunta
de Cecilio no tiene nada de extraño. Lo que sorprende es
que la formule tan tarde, a comienzos del siglo III de la era
cristiana. A estas alturas, el monoteísmo de Cristo se
había extendido por los cuatro costados del Imperio. Eso
que Cecilio llama "dios único", por otra parte,
era uno de los fundamentos del culto judaico, de larga memoria
entre los romanos. La extrañeza del personaje resulta aún
más inesperada ahora que un grupo de investigadores ingleses
y griegos nos recuerda, o nos revela, que otras formas de monoteísmo
se habían conocido entre las clases más cultivadas
de las sociedades griega y romana. Un "monoteísmo
pagano" que había coexistido con el de judíos
y cristianos.
La expresión
"monoteísmo pagano" parece contradictoria. Hasta
hace poco el término "monoteísta" estaba
reservado a las tres grandes religiones originadas en el Medio
Oriente: judaísmo, cristianismo e Islam. Por otro lado,
el latín "paganus" era empleado, en forma
despectiva, para referirse a todas las formas de culto que no
fueran cristianas. San Isidoro de Sevilla: "El nombre
de los paganos deriva de las aldeas atenienses, en donde tuvieron
sus orígenes. En aquellos lugares agrestes y en aquellos
pagos establecieron los gentiles bosques sagrados y erigieron
ídolos. Por ser tal su origen, recibieron ese nombre los
paganos" (Etimologías). Es decir, paganismo
era sinónimo de idolatría, de politeísmo.
Inconcebible parecía un paganismo que fuera monoteísta.
De acuerdo
a la percepción convencional y a un cierto concepto del
progreso, el politeísmo pagano habría evolucionado
hacía formas monoteístas de culto, siempre procedentes
del Medio Oriente. Al final del proceso, una religión extraña,
y extranjera, se habría impuesto entre los pueblos naturalmente
politeístas de Europa. Esta imposición habría
dado origen a esa "Age of anxiety" que no hemos
conseguido superar. De acuerdo a esta difundida tesis, nuestra
inclinación heredada hacia el culto politeísta fue
contrariada, como los niños zurdos que son obligados a
ser derechos. El resultado fue la torpeza, la confusión
y proverbial desorientación que supuestamente nos caracteriza.
Desde mediados
del siglo XX, el profesor E. R. Dodds, advertía
sobre una concepción "providencial" del culto
cristiano: "No puedo compartir el punto de vista de quienes
ven en el triunfo del cristianismo el cumplimiento de un designio
divino al que se subordinaba toda la creación". Ahora
se piensa que pudo haber sido lo contrario. Más que el
cumplimiento de un designio se habría tratado de una adaptación
a un ambiente espiritual, surgido en el seno de las clases educadas
de Roma y Grecia, que inexorablemente se orientaba a formas monoteístas
de culto: "El monoteísmo, casi siempre independiente
del judaísmo y el cristianismo se estaba difundiendo de
manera creciente en tiempos de la antigüedad tardía".
Al menos
esta es una de las tesis del reciente Pagan Monotheism in Late
Antiquity (Oxford University Press. Clarendon Press), un "libro
fascinante", de acuerdo con George Steiner. Aunque
"inquietante", tal vez sea la palabra más adecuada.
No es frecuente encontrarse con un libro más provocador.
Una de esas lecturas que cuestiona ideas recibidas, imágenes
que hemos utilizado en las circunstancias más diversas.
Conceptos a los que nos hemos aferrado durante años. Que
hemos compartido en clase, en conversaciones. Que han formado
parte de nuestra manera de ver, y tratar de entender, el arte,
la literatura y la historia. Una serie de opiniones que colocan
la "sabiduría" convencional "upside down",
como acertó el profesor Bowersock en su reseña
para el Times Literary Supplement. Pagan Monotheism
es el resultado de un seminario realizado en 1996 en la Universidad
de Oxford, bajo la dirección de Polymnia Athanassiadi
y Michael Frede, autores de la Introducción
al volumen, en el que participaron seis profesores de impecable
erudición. Entre ellos, Stephen Mitchell y M.
L. West, reconocido traductor de Esquilo.
La difusión del monoteísmo, en tiempos de la antigüedad
tardía, coincide con el agotamiento de las viejas divinidades.
Los inmortales del Olimpo no pudieron detener la disolución
de Grecia. En un vano intento de recuperación, el viejo
Esquilo, en la más teológica de sus obras,
la Orestíada, concedió plenos poderes a Zeus,
en una decisión que cuestionaba el orden de la antigua
jerarquía. En las Eumenides, Zeus se presenta en
un nivel mucho más alto que el común de los inmortales.
Atenea, que es la que al final decide el destino del héroe,
parece más bien una mensajera, una embajadora cuya única
función es llevar a cumplimiento los designios del dios-padre.
El esposo de Hera es "incomparable" y todo lo que ocurre
responde a sus inescrutables designios: "¡Oh, Zeus,
quienquiera que seas tú
no hallaré en verdad
quien contigo pueda compararse
Quien de corazón celebre
a Zeus llegará al colmo de la sabia prudencia". En
uno de los ensayos más reveladores de Pagan Monotheism
in Late Antiquity, el profesor M. L. West advierte
que no se trata de una abolición del politeísmo
por parte de Esquilo. Se trataría más bien
de una tendencia, una inclinación a destacar una divinidad
sobre las otras. Este "nuevo énfasis" sería
el resultado de la gravitación de las teologías
del Medio Oriente en el pensamiento del poeta ateniense. Actitudes
semejantes distingue West en el poeta hebreo de los Salmos:
"A quién te podré comparar, a quién
encontraré que sea semejante". Y en el sumerio Himno
a Entiel, cuya lectura por parte de Esquilo no es improbable.
Escribe West: "Tales paralelos confirman que la evolución
de los poetas griegos desde un panteón de divinidades independientes
a un régimen monoteísta en el cual Zeus es la única
fuente de iniciativas y los otros dioses sólo apoyan y
ejecutan sus voluntad, es el reflejo de un desarrollo similar,
o anterior, en las tradiciones del Medio Oriente".
El cansancio
de los viejos dioses lo conocíamos. Su huida a tierras
más propicias está consignado en Eurípides.
Lo que resulta nuevo, al menos para mí, es que, como resultado
de este abandono, la conciencia religiosa de los griegos se sintiera
inclinada hacia un monoteísmo consolador. Y esta actitud
ya es perceptible en tiempos tan distantes como el siglo V a.C.
El mismo profesor West recuerda que el dios de los presocráticos
no podía ser antropomórfico. Jenófanes
se había burlado de Homero y Hesíodo
por las descripciones de la conducta, más humana que divina,
de los dioses. Y aunque el monoteísmo no está planteado
en los fragmentos que se conservan de la filosofía jónica,
"se trata de un pequeño paso hacia el monoteísmo
dogmático. Pero no había prisa ni presiones para
tomar ese paso. Los pueblos son lentos para adaptarse a su religión
y a su filosofía".
Una
teología solar
De todos los fenómenos naturales, el candidato más
seguro para asociarlo con una divinidad única es, naturalmente,
el Sol. En el primer intento serio que conocemos de instaurar
el monoteísmo en una cultura altamente desarrollada fue
el del faraón Amenofis IV. Bajo el nombre de Akenatón,
este príncipe visionario se identificó con el disco
solar, del cual decía descender, para legitimar su propósito
de desplazar las antiguas deidades de las tierras del Nilo. En
el Himno a Akenatón se lee: "Oh, Dios único
después de ti no hay nada". Parece lo más lógico
asociarse con el astro rey cuando se pretende limitar la actividad
de culto a un solo dios. Uno de los seis ensayos de Pagan Monotheism,
el del profesor W. Liebeschuetz, está consagrado
a reseñar estas aproximaciones al monoteísmo a través
de las posibilidades de una teología solar. La más
extendida durante la antigüedad tardía es la relacionada
con el culto a Mitras, "Sol Invictus Mithras", el dios
de los soldados romanos, cuyo origen se ha precisado en el lejano
Irán, la legendaria Persia. La popularidad de esta práctica
religiosa llevó en nuestro tiempo a Ernest Renan
a afirmar que, "Si el cristianismo hubiese sido detenido
en su crecimiento por una enfermedad mortal, el mundo habría
sido mitraísta". De Mitra apenas sabemos sobreviven
las pocas menciones en algunos textos antiguos, así como
en los fragmentos de escultura que lo presentan en el momento
de triunfar sobre un enorme toro ritual.
Liebeschuetz
nos recuerda las reiteradas apariciones de signos solares en el
cristianismo. La misma fecha escogida para el nacimiento de Cristo,
establecida cuatro siglos después de su muerte, es una
de ellas. Como sabemos, el 25 de diciembre coincide con el solsticio
de invierno, una jornada de vinculaciones obvias con el Sol. Y
la Resurrección corresponde a otro día igualmente
emblemático, el Domingo de Pascuas, comienzo de la primavera,
el seleccionado por el gran astro para comenzar su retorno.
Pero lo que
más llama la atención de Liebeschuetz es
el discurso que Macrobio, en sus Saturnalias, hace
pronunciar a uno de sus personajes, el sabio Pretexto: "Todos
los dioses se relacionan con el Sol". Apolo, por supuesto,
pero también Zeus, Dioniso, Hércules y hasta Pan.
No obstante,
habría de ser el culto a Teos Hipsistos, la práctica
religiosa más aproximada al "monoteísmo duro",
de todas las que surgieron, y no fueron pocas, a lo ancho y largo
de la antigüedad tardía. En fecha tan reciente como
1971, se dio a conocer lo que entre especialistas se refiere como
el "Oráculo de Ocnanda". Seis versos apenas,
en griego helenístico, que han sido traducidos de esta
manera: "Nacido de sí mismo, sin madre, inconmovible,
no contenido en un solo nombre, conocido por muchos nombres, morador
del fuego, este es dios. Nosotros, sus ángeles, somos una
pequeña parte de dios. A ti, que preguntas acerca de dios,
acerca de su naturaleza, él ha dicho que Eter es el dios
que lo ve todo, a quien puedes mirar y rezar al atardecer, dirigiéndote
hacia el oriente".
El que habla
en el oráculo no es otro que Apolo, reducido a la condición
de ángel en estos versos que exaltan la condición
solar de Teo Hipsistos. El oráculo fue grabado en piedra
en un santuario cercano a la ciudad de Ocnanda. Su orientación
es hacia el este y los fieles debían congregarse para orar
todas las mañanas a la salida del Sol y al atardecer. La
personalidad de Hipsistos, nos descubre el profesor Stephen
Mitchell en un ensayo memorable, "no se podía
igualar con la de ningún dios del Olimpo. Ni siquiera con
Zeus. Su status era más elevado y su superioridad
era clara: Apolo y los otros dioses eran apenas una parte de él
y actuaban como ángeles, como mensajeros divinos".
Mircea Eliade es uno de los autores que se habían
ocupado de destacar esta marcada tendencia hacia el monoteísmo
en el culto a Hipsistos: "la fascinación que ejercían
la noción del Uno y la mitología de la Unidad".
La tradición hipsistíada, de acuerdo con Mitchell,
es una de las expresiones más destacadas de esta tendencia:
"Más que ningún otro culto del mundo romano,
la adoración a Teos Hipsistos sirve para ilustrar la predisposición
entre paganos de los siglos II y III d.C. a adorar una deidad
única, abstracta y remota en preferencia a las figuras
antropomórficas del paganismo convencional
Sin este
antecedente, la transformación del politeísmo pagano
a los sistemas monoteístas judío, cristiano y musulmán,
no sólo no habría sido tan unidireccional sino que
ha podido no llevarse a cabo en absoluto".
La
utopía de Juliano
Los últimos tiempos de Roma estuvieron marcados por la
confusión, la ansiedad, la angustia y el desorden. Tiempo
de sincretismos y nuevos dioses, de transformaciones y resistencias,
de conversiones y metamorfosis. En el mejor de los libros de historia,
Edward Gibbon se extiende en la decadencia de aquella civilización
que prolongó por más de cinco siglos los valores
de la cultura clásica. Reconoce que su "decadencia
y ruina" es la más compleja. Su causalidad, la más
variada. El "triunfo" del cristianismo es apenas una
de estas causas. En el año 313, a raíz de su victoria
en Ponte Milvius, Constantino convierte a esta secta judía
en religión oficial del Imperio. Entre los paganos, la
oposición a esta escogencia imperial fue más bien
discreta. El único opositor de envergadura habrá
de ser el gran Juliano el Apostata. Durante los dos años
imperdonablemente breves de su principado, Juliano, sobrino de
Constantino, se impuso la tarea nada obvia de restaurar los cultos
paganos en el Imperio. A sus veinte años, fue iniciado
en los cultos secretos de Efeso. Y más tarde, como recuerda
Gibbon, obtuvo el privilegio de una solemne iniciación
en los misterios de Eleusis.
Después
de su apostasía de la fe cristiana, en la que había
sido bautizado, Juliano se dedicó a la utopía de
rescatar el paganismo de sus abuelos. Su primera medida fue la
más sabia. Por decreto, se garantizaba la libertad de culto
a los ciudadanos de Roma. Se convocó a los sacerdotes de
todas las religiones en el exilio. La convivencia del politeísmo
pagano y el monoteísmo cristiano se le antojaba posible.
El emperador se dedicó a recorrer sus dominios para tratar
de convencer a los pobladores, con el fuego de su oratoria y la
agilidad de su pluma, de las virtudes de una religión politeísta
organizada alrededor del Sol. Demasiado tarde. Mucho de hermoso
y no poco de patético tiene esta figura brillante. La última
que confió en la salud y poderes de los viejos dioses paganos.
Al menos en el seno de la clase dominante. Uno de los mejores
poetas del paganismo pagano, el griego Konstantin Cavafis,
en uno de los poemas que le dedica a Juliano, refiere la indiferencia
con que fueron los discursos por estos cristianos que hasta hace
poco habían sido partidarios del paganismo ancestral:
Viendo
Juliano la indiferencia
"Viendo, pues, la mucha indiferencia que tenemos por los
dioses" -dice con tono solemne. Indiferencia. ¿Pero
qué esperaba entonces? Podía organizar a su gusto
el culto, podía escribir a su gusto al gran sacerdote de
Galacia, o a otros por el estilo, incitar y dirigir. Sus amigos
no eran cristianos; esto era positivo. Mas no podían siquiera
jugar, como él (educado en el cristianismo), con la creación
de una nueva iglesia, algo ridículo en la idea y en la
práctica. Eran griegos, en fin. "Nada en demasía",
Augusto.
La indiferencia
acompañó la empresa de Juliano por los dilatados
caminos del Imperio. Los tiempos del politeísmo habían
sido superados. Las tendencias monoteístas que desde la
antigüedad clásica se habían insinuado en las
prácticas religiosas tradicionales, terminaron por dominar.
En lo sucesivo, se impondrán las exigencias de una secta.
Todo monoteísmo es exclusivista. Y todo exclusivismo es
intolerante. Y serán, precisamente, la intolerancia y el
fanatismo las consecuencias más amargas de la muerte del
paganismo. Mientras que la secuela más costosa será
una guerra sin fin. Que parece ser el atributo más señalado
de todo monoteísmo. A comienzos de este indeciso tercer
milenio, uno seguirá preguntándose, al igual que
el protagonista del Octavio, "¿De dónde
proviene, quién es, y dónde se encuentra ese dios
único, solitario, separado de todo?".

Mitras
taurofono
Alejandro
Oliveros. Ensayista y poeta