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Reseña
"LA
PIEL DEL CIELO"
Canto
amoroso de Elena Poniatowska
Ganadora del
Premio Alfaguara 2001, La piel del cielo, de la escritora
mexicana Elena Poniatowska, es para Julio Ortega una crónica familiar
y lección histórica que "reconstruye el pasado
como una promesa del porvenir". Esta novela arma su intriga a partir
de la biografía espiritual
de un hombre de ciencia que se erige en héroe de la modernidad secular.
De allí que el crítico peruano la califique de memoria ejemplar
del siglo XX:
"capaz de exceder el medio y trascender su tiempo"

Poniatowska, dueña de "la claridad emotiva"
La piel del cielo, la
novela de Elena Poniatowska premiada este año en el
concurso de Alfaguara, es un ofertorio mexicano a las promesas del
siglo XX. Posee la claridad emotiva de una acción de gracias,
y el estremecimiento de un relato de aprendizajes. Tiene una feliz
dinámica narrativa, que no desmaya, y la rara autoridad de
la simpatía. Su límpida prosa transparenta un asombro
maduro. Pronto, el lector se demora en esa intimidad cierta. Su
perspectiva es una reconstrucción, pero no se demora en la
evocación porque el pasado discurre en el presente y los
personajes viven no los desenlaces sino los dilemas de la actualidad.
El tiempo se sostiene, así, en la página, en la línea
que leemos, y nos sitúa entre sus personajes veraces. La
fábula recupera al pasado con la convicción de un
porvenir ganado por la creatividad. Pocas veces la novela se desarrolla
como un ritual de lo genuino, preguntándose por el horizonte
de lo vivido. Pocas veces ocurre que la novela logra comunicar la
nobleza de esa demanda mayor.
Suma de lección
histórica y crónica familiar, de memoria científica
y biografía espiritual, esta novela reconstruye el pasado
como una promesa del porvenir. Es una novela poseída por
la noción clásica de que la vida se debe a su realización
plena. Esa visión fáustica se desarrolla en la fábula
biográfica, esto es, en el proyecto vital forjado en las
posibilidades del medio y su tiempo; y se pone a prueba en la aventura
del conocimiento, que es capaz de exceder el medio y trascender
su tiempo para ampliar sus límites. Por eso, esta es una
novela sobre la fuerza apasionada de la creatividad. Esa vocación
de aprender y hacer, de descubrir y enseñar contamina con
su tiempo de gestaciones a esta historia del siglo, como si su narración
fuese un proyecto abierto por una vida compartida que no cesa de
recomenzar. En ello La piel del cielo es fiel a su motivación
interna: es memoria ejemplar de su tiempo, hija del siglo que ofrenda.
Lo es tanto por la saga de un sujeto del saber, que se construye
en el progreso de la narración, cronológicamente;
como por la fe en un relato capaz de articular la vida y la historia
en su elaboración mutua. Y ello demuestra el carácter
profundamente latinoamericano de esta novela: es una alegoría
de la identidad creadora y de la nacionalidad creativa.
El héroe
de esta novela es un sujeto en formación, y por eso la primera
línea es una pregunta por el mundo dirigida a la madre. Notablemente,
es una pregunta por el horizonte de la mirada. La madre, que gesta
la novela al darle al hijo la palabra narrativa, la palabra de la
promesa, promete: "Te voy a llevar más lejos de lo que
se ve a simple vista". El drama de la mirada se sitúa
entre la pregunta por el fin ("¿se acaba el mundo?")
y la respuesta sin fin ("No, no se acaba"). Más
allá de los ojos está el poder de la mirada, esa potencialidad
de conocer. "Lorenzo miraba el horizonte", y él
y su madre "se entendían con sólo mirarse".
El niño, en el tren, se asombra de "ver huir el paisaje",
y la madre en sus ojos "leyó el horror al vacío";
"vas a ver que todo recomienza", le anuncia. "¿Por
qué el ojo no ve más allá?", vuelve a
preguntar; para ella. "Sólo un libro de lectura le era
suficiente, el de la naturaleza". Ya esta obertura nos sitúa
en el proyecto novelesco de una hipótesis del conocimiento:
este héroe de la mirada se hará entre la naturaleza
y su lectura, entre el cielo y la ciencia, entre la biografía
de aprender y el aprendizaje de vivir.
Hijo del discurso
mexicano, Lorenzo y sus hermanos son "hijos naturales"
de un padre aristocrático y desaprensivo; y, pronto, "huérfanos"
de una madre que había convertido a la naturaleza en huerta
y al mundo en lenguaje. La hermana se lamenta: "Es que papá
no me hace caso, no me ve", pero la consuela Lorenzo: "A
mí tampoco y no me he muerto". Si la herencia materna
es la mirada, la paterna es el lugar social, lo que dará
inicio a la rebeldía del hijo. Pronto, la novela del aprendizaje
(o "novela de educación") se desarrolla desde nuevas
preguntas por la mirada (a propósito del cine "Edén"
y su proyector de películas), y entre lecciones de hermenéutica
local (el cura del colegio tiene una visión profética:
ve el alma de Benito Juárez descender a los infiernos). La
crónica familiar se desarrolla como la figura ejemplar de
una alegoría mexicana: el desamparo es el origen y la sociedad
de clases el destino; pero la rebeldía del hijo mayor será
la puesta en crisis de esa lógica tradicional: en lugar de
un relato traumático sobre el pecado original mexicano, la
novela desarrolla su hipótesis del conocimiento como la aventura
del sujeto liberado en su relato.
La rebeldía
le hace cuestionar las ideologías de consolación religiosa
y lo libra de las culpas del ostracismo social; la sed de conocer
lo hace afincar en el presente, en el campo abierto de la observación
y de la ciencia. El niño que quería ver más
será el estudiante de Astronomía, un saber que le
permitirá descubrir que la realidad está apenas entrevista
y siempre por verse mejor. En la lectura de los astros se le revelará
el origen conjetural y el saber inexhausto. Sólo que en una
vuelta de tuerca, de anteojos o telescopios, el cielo estelar lo
devuelve a su tiempo y su medio, con una mirada aún más
crítica de la apariencia y más urgida de certezas.
La novela, por lo mismo, se desarrolla como la biografía
de un joven que se realiza en la ciencia, que se convierte en un
eminente astrónomo. Pero la persuasión alegórica
de esta novela sitúa la historia social mexicana en las coordenadas
de una racionalidad mayor, en el escenario de un mapa del siglo
que incluye tanto la discordia histórica como su refutación
puntual.
La piel del
cielo no es una novela científica ni busca armar una
intriga en torno a la ciencia. Más bien, se arma como la
biografía de un hombre de ciencia en tanto héroe del
discurso de la modernidad secular; y también como el desarrollo
de una disciplina, la Astronomía, cuya crónica mexicana
testimonia un saber no sólo situado socialmente sino también
beneficiado por el espíritu creador de su sacerdocio crítico.
Así, la novela discurre sobre Astronomía para sumar
las estrellas y los hombres, desde los mayas visionarios hasta los
científicos españoles del exilio de la guerra civil;
y culmina con la aventura de los jóvenes mexicanos que fundan
la comunidad moderna de los nuevos visionarios, capaces de auscultar
los orígenes del mundo en el mapa estelar.
El amor, el
nacimiento de la sensibilidad moral, la experiencia de la pobreza,
la renuncia a una abogacía cómplice de la corrupción,
tienen como escenario la calle y los lenguajes de la cultura urbana,
esa otra versión de lo moderno que es el mercado popular.
La conciencia
ética aparece como una puesta a prueba de la verdad, entre
la vergüenza social de una hermana embarazada y el orgullo
que se niega a transigir. En esa encrucijada se construye un sujeto
que resiste la resignación amoral de la socialización,
y que sólo tiene sus fuerzas para afirmar su libertad. "Soy
como José Guadalupe Posada, capto a los hombres en
su momento más desafortunado", se lamenta. La comedia
social burguesa le produce "asco" y se confirma el dictamen
de un maestro en su libreta de notas: "Carácter colérico".
Así, un personaje que rehúye "la imbécil
vida diaria" forja su propio relato desde la crítica
de la sociabilidad, poniendo en cuestión el horizonte previsto
para lo novelesco. El relato del sujeto moderno es una resta de
los códigos al uso: un voto de pobreza y una apuesta por
la ética solidaria. Pronto, Lorenzo encuentra nuevos amigos,
fuera de su círculo mundano, entre los rebeldes de la hora.
La novela ha hecho el camino de las restas, que descuenta la filosofía
institucional de José Vasconcelos, y ahora empieza
el de las sumas, con la amistad de José Revueltas,
en primer lugar. Revueltas es un joven radical, estudioso
del marxismo y militante comunista, pero como Lorenzo, es otro proyecto
del sujeto venidero: está hecho desde su futuro, como la
ganancia de su pasado. Son éstos los héroes de la
afirmación creadora: "Vivían en la febrilidad",
y eran "Incapaces de decir que no
".
Pero no será
la militancia el relato de lo moderno sino, a su turno, la genealogía
mexicana de la ciencia. En lugar de "la zozobra de la política",
en casa de Luis Enrique Erro, el patriarca sordo, Lorenzo recibe
la revelación de un secreto: "Tengo un telescopio instalado
en la azotea, ¿le gustaría verlo?". Ver más
lejos para ver mejor lo inmediato, esa lección de la mirada
científica recupera a Lorenzo de la fatiga militante. La
novela ya no será la fábula del sujeto aprendiz sino
la gesta del sujeto inquisitivo. Los personajes históricos
ocupan ahora el relato, y la biografía de Lorenzo se impone
como un saber del futuro.
Julio
Ortega. Escritor peruano
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