Tributo

EL SONIDO DE SALVADOR GARMENDIA (III)

Memorias de lo minúsculo que creció en Altagracia

Con Memorias de Altagracia Salvador Garmendia (1928-2001) no sólo oxigena la narrativa latinoamericana, deslinda la novela y la narración, tal y como dejase ver Alberto Márquez en el prólogo de dicha obra, con una agudeza que obliga a citarlo en estos días de tributo: "la novela como género se abre inmediatamente como una reflexión a partir de la muerte, mientras el marco existencial de la narración es precisamente la vida: es decir, aquello que no está concluido, la aventura sin fin", a la que aún hoy invita Garmendia


Foto: Lisbeth Salas-Soto
Garmendia, "el ojo y la palabra"

Memorias de Altagracia fue publicada en 1974, fecha para la cual ya Salvador Garmendia estaba considerado como uno de los renovadores más destacados de la narrativa venezolana. Su escritura coincide con un alejamiento prolongado del país que, según el propio Garmendia ha afirmado, le permitió darle forma a este libro en el que había querido trabajar desde hacía tiempo. La coincidencia no es azarosa: este alejamiento le permitió al escritor barquisimetano reencontrar un mundo, el de sus vivencias de infancia, que sólo había aparecido en sus trabajos anteriores de manera tangencial. "Una vez en España encontré que esa zona que apenas yo había entrevisto y en la cual no me había atrevido a penetrar totalmente se me iluminaba de golpe, y me vi con los recursos y con los instrumentos en la mano para acometerla enseguida en forma total". Conocido hasta el momento como el escritor que si no inaugura por lo menos acentúa de manera radical la exploración urbana, Salvador Garmendia le da un giro a su narrativa con este libro a la vez evocador y poético.

Ciertamente, no podría hablarse en este caso de una novela. Si bien es verdad que la crítica se planteó esta ambigüedad desde un primer momento, también lo es que se dejó pasar por este género más bien por razones de inercia. Resultaba además difícil asumir el riesgo de pensarla en otros términos, cuando tantas obras importantes del período se habían dado a la tarea de renovar la novelística latinoamericana. Si el panorama no era para nada claro, más fácil y menos comprometedor parecía aceptarla como una de las vías de renovación de este género en Latinoamérica. A pesar de que el mismo Garmendia ha dicho que no cree ver un corte entre sus libros anteriores y Memorias de Altagracia, no hay duda de que un lector medianamente atento siente un cambio en su narrativa, sin negar que este cambio efectivamente tiene antecedentes en su producción anterior. Diríamos entonces que la preocupación central es otra, no sólo en materia de escenario, lo que sería producto de una visión ramplona y miope, sino en aquello más sustantivo que tiene que ver con el enfoque presente en esta obra.

Tal vez sería más acertado hablar de una categoría bastante heterodoxa planteada por Fernando Savater en la introducción a su libro, La infancia recuperada. El escritor español establece la diferencia entre novela y narración. La desemejanza estaría en que la novela como género se abre inmediatamente como una reflexión a partir de la muerte, mientras el marco existencial de la narración es precisamente la vida; es decir, aquello que no está concluido, la aventura sin fin. Uno de los determinantes de mayor significación en este deslinde planteado por Savater sería la figura del héroe y, junto con ello, la estructura de cada una de estas especies. El héroe de la novela, tal como lo definió Georg Lukács, desde el comienzo se presenta como aquel que se está buscando a sí mismo, que está tratando de encontrar el sentido de su vida. Pero este sentido sólo cobra relevancia a partir de la muerte, constituida por el final de la novela, siempre presente, siempre acechando. (…)

No habría que olvidar, a riesgo de pecar por excesivamente ingenuo, que la modernidad ha restado al hombre buena parte de su capacidad de aventura y, en este sentido, habiendo perdido su puesto en el mundo, se ve a sí mismo arrojado de éste y requerido de buscar el lugar que aclare el sentido de su existencia. Si a esto añadimos la divisa de Rimbaud de que "yo soy otro", tenemos además que la conciencia que pueda tener el hombre de sí mismo es una conciencia fragmentada, escindida. (…)

Ya Walter Benjamin, en su célebre ensayo El narrador, había reflexionado ampliamente sobre este tema. Con mirada lúcida e incluso pesimista, Benjamin se planteaba el posible final de la narración. Pareciera que el hombre comienza a perder -escribe- una de sus capacidades más ancestrales, a saber, la capacidad de contar. (…)

Esta larga digresión, que no pretende ser teórica, apunta a concebir Memorias de Altagracia como un conjunto de relatos donde se hace presente eso que extrañaba tanto Benjamin en la narrativa moderna: la naturalidad y la precisión de la verdadera narración. Más allá de todo psicologismo, el narrador-protagonista de Memorias de Altagracia relata sus aventuras de muchacho todavía en el umbral de la adolescencia, reuniendo al mismo tiempo realidad y fantasía, hechos reales con visiones maravillosas, ilusiones personales con mitos colectivos.

Memorias de Altagracia está construida como un mundo de pliegues concéntricos donde cada uno de los relatos, algunos completamente independientes, va descubriendo, revelando, los hechos y aventuras más relevantes del narrador-protagonista. Todos ellos se encuentran hilvanados por la figura del narrador, por los personajes que se reiteran -tías y tíos, su primo Alí- y, sobre todo, por la omnipresencia de la ciudad, Altagracia. Un mundo completamente circunscrito por los límites de la ciudad, pero abierto por esa otra dimensión, ese descosido en la topografía del mundo que es la imaginación.

Tal vez ningún narrador venezolano haya explorado con mirada más aguda, con más obsesiva delectación los "topoi" reales e imaginarios de la infancia. Y es allí donde Garmendia utiliza sus armas, las que conocemos por sus libros anteriores; una mirada que se va apoderando microscópicamente de los objetos, los va haciendo suyos hasta casi pulverizarlos. Lo grotesco en Garmendia proviene de esa inmersión a través de lo minúsculo. Una vez vista la pieza de caza, no la abandona hasta haber sacado de ella las más ínfimas-íntimas fibras de su ser. Allí se conjugan el ojo y la palabra; saber mirar, pero también saber escuchar. (…)

(Fragmento del prólogo al libro de Salvador Garmendia, Memorias de Altagracia, Monte Avila Editores, Caracas, 1991).

Alberto Márquez. Poeta

N° 35 Año IV
Caracas, sábado 02 de junio de 2001
 
 
 
 
 
 
 
 

 

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