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Bienal Mariano Picón-Salas / Honoris Causa
JUAN
SANCHEZ PELAEZ, RAMON PALOMARES Y RAFAEL CADENAS
Trilogía
de voces que despeja la existencia
En el retrato de sus vidas reside
el paisaje de lo que somos. Hoy, el país todo
hurga entre los papeles de Juan Sánchez Peláez, Ramón
Palomares y Rafael Cadenas
y los acompaña a "estarse" en las estancias del
alma, del alma mater de Los Andes, la ULA,
que les concederá el Doctorado Honoris Causa, en el
marco de la V Bienal de Literatura.
Sus "causas" responden a desvelos distintos que convergen
en la urgencia de hacerse
expresión más humana, debatiéndose con los
fulgores de la imagen. Así, Sánchez Peláez,
y como apunta Alberto Márquez, lo ilumina todo con "la
inteligencia de la sensibilidad",
así Leonardo Padrón le agradece a Cadenas el habernos
mostrado
el temple de "ser viviente", así Patricia Guzmán
advierte en Palomares
el raro don de hacer sonar lo Innombrable
La oscura
claridad

Folios / Revista Monte Avila No. 28
Juan Sánchez Peláez o aquello que
no acaba de decirse
Hace
ya cincuenta años apareció su primer libro, Elena
y los elementos, y desde ese momento la presencia de Juan
Sánchez Peláez se ha convertido en un punto de
referencia de la poesía venezolana. Es, quizás como
pocos, uno de los poetas que ha pasado intacto a través de
varias generaciones, con el reconocimiento unánime y el aprecio
de todos. Sin embargo, curiosamente su poesía no es todo
lo conocida que debería ser, por lo menos en el contexto
de la poesía hispanoamericana. Contaba hace poco Ana Nuño
que le escuchó decir a Alvaro Mutis de Juan Sánchez
Peláez que es uno de los tesoros ocultos de la poesía
latinoamericana. Yo recuerdo haber leído hace mucho una carta
del propio Mutis donde expresaba que una de las circunstancias
felices de su generación fue haber tenido a Juan en Colombia
como agregado cultural de la Embajada venezolana.
Ha sido siempre
reacio a recibir reconocimientos. Por amistad me ha tocado estar
cerca de él en momentos cuando le han hecho propuestas de
homenajes y la respuesta ha sido invariablemente la misma, la negativa
a recibir junto con el reconocimiento un cierto barniz oficialista,
que es posiblemente una de las cosas que más elude.
Esta vez recibirá
de la Universidad de Los Andes el Doctorado Honoris Causa
acompañado por dos de los poetas más importantes de
nuestra lírica, como son Ramón Palomares y
Rafael Cadenas. Es un reconocimiento más que merecido
porque la poesía en su caso ha sido la razón de vida
y el solo horizonte de su existencia. Nunca ha dejado de trabajar
y cada libro suyo ha sido una búsqueda existencial y poética
que ha ido decantando para dejarnos obras que constituyen verdaderas
piezas maestras. Quienes lo conocen saben que escribe constantemente,
aunque sus libros están espaciados por años de silencio
desde el punto de vista editorial, porque son muchos los poemas
que no logran pasar por el filtro de su autocrítica.
Si observamos
su obra con detenimiento nos damos cuenta que ha dado giros, en
ocasiones muy grandes, dirigidos en cierto modo a lograr una "oscura
transparencia"; oscura porque en todo momento hay un halo de
misterio en sus poemas, un componente que se escapa a la atribución
de significados, como si la palabra poética estuviera en
otro lugar, en un más allá de los significados, un
discurso atado a zonas inconscientes que se escapa al contenido
de las palabras y que se encuentra más cercana al mundo de
la música, de allí sus desvelos, sus continuas correcciones;
transparencia, aunque parezca contradictorio, porque otra de sus
tribulaciones ha sido la búsqueda de claridad, un decir inscrito
en la "realidad", pero una realidad que no se ajusta al
orden convencional, dando cabida al sueño, al inconsciente,
a las sutilezas de la psique, a las trampas del yo.
En ocasión
del número especial que le dedicara la Revista Hispanoamericana
a la literatura venezolana (Vol. LX, números 166-167) escribí
una pequeña reseña sobre la obra de Sánchez
Peláez de la que quiero transcribir algunos fragmentos.
"Se ha
escrito con insistencia acerca del poder de la imagen en su obra,
no en cambio, del trasfondo de sus imágenes. Así,
se ha subrayado cierto esplendor imaginístico que, a mi manera
de ver, es la parte más exterior y menos significativa de
su poesía. La seducción de la belleza es dilemática
en la medida que ésta estatuye una especie de estatua; algo
pétreo, demasiado seguro, demasiado engañoso. 'Santa
perra', la llama en uno de sus poemas. La poesía, el poder
de la poesía trasciende el orden de lo estético, aunque
se mueva en sus aguas; siempre aspira a un más allá
o más acá de la belleza. 'La belleza es la muerte
segura', tal vez es ésta una de las verdades que se desprenden
de su obra.
Lo que particularmente
me seduce de la obra de Juan Sánchez Peláez
es más bien el acorde oscuro, aquello que siempre aparece
como entredicho, lo que no termina de decirse; si no fuera una palabra
demasiado trillada en los últimos tiempos diría que
se trata de la sombra que generan sus poemas. Espacio de indeterminación
que es al mismo tiempo una vocación y una apuesta, también
una debilidad convertida en fuerza.
Ha sido una
constante, por ejemplo, reiterar la profunda expresividad de su
lenguaje, la fuerza de su imaginación, en varias ocasiones
calificada incluso de alucinatoria. No es falsa esa percepción,
ciertamente sus poemas convocan una libertad verbal e imaginística
que sería torpe soslayar; pero como nota preponderante pareciera
circunscribir su poesía a un terreno demasiado cercado que
su propia obra se encarga de desmentir. Existe una pluralidad de
registros y de sentidos que escapa a este orden interpretativo,
como sucede por lo demás con toda gran obra. De manera que
lo que aquí se propone no es más que aportar otro
punto de mira, otra arista que permita el acercamiento a ella desde
un ángulo distinto.
Desde la aparición de Elena y los elementos, uno de
los libros más celebrados como inaugurales de la poesía
moderna venezolana, es posible percibir esta nota disonante frente
al esplendor verbal y el erotismo de sus poemas. Porque el erotismo
en esta poesía es bastante singular: siempre presente, la
mujer no es sólo un motivo de exaltación. Es sobre
todo la manifestación más plena de lo otro, de la
diferencia, y es en esta diferencia donde se busca de manera sostenida
un religamiento, la posibilidad de acceder a un mundo integrado,
a un mundo que, de alguna manera, cobre sentido. El hombre es un
ser de naturaleza vallejianamente débil, un pequeño
animal acosado que mira con asombro los 'dones de la tierra'; entre
estos dones, de los más caros, las apetencias del deseo,
la vitalidad que emana de los cuerpos. [Hoy diría que no
sólo la vitalidad, sino las contradicciones y confusiones
que están presentes en cada cuerpo, y que hacen del deseo
también un espacio de disolución].
Resulta paradójico,
sin embargo, concebir el extraño lugar que ocupa el poeta:
al mismo tiempo alguien separado pero que fusiona y concilia; una
conciencia vigilante y una posibilidad de sueño. No es un
ser de principios sino alguien que vive entre "Condicionales"
(así se llama un poema de Rasgos comunes), no la inteligencia
del juicio, sino la inteligencia de la sensibilidad, de allí
que se encuentre siempre en otra parte, al margen de la sensatez,
al margen de la prudencia, al margen de la práctica diaria
de la vida.
Y yo he
conquistado el ridículo
Con mi ternura
Escuchando el corazón.
Esta distancia
que es también ruptura aparece en los poemas en forma de
fragmentariedad, de dislocación del sentido, de interrupciones
súbitas. Frente a sus poemas muchas veces debemos preguntarnos
¿quién es el que habla? Y, más aún,
¿quién interrumpe? No existe un curso normal o lo
que podríamos llamar un cauce; justamente lo que de manera
implícita se cuestiona es la validez de cualquier cauce,
de cualquier forma preestablecida de los diversos órdenes
que gobiernan nuestra existencia cotidiana. Este distanciamiento
pasa en cierta forma por el olvido de los atavíos particulares,
de las señas que caracterizan el 'yo'.
(
) si
sus poemas con el correr de los años se han ido concentrando
no es por la pérdida de su capacidad verbal e imaginativa,
sino, muy al contrario, por una concentración e intensidad
verbales que hacen de sus últimos libros, Por cuál
causa o nostalgia y Aire sobre el aire, pequeñas pero
inmensas joyas de nuestra poesía contemporánea.
(
) En
ellos pareciera que la pluralidad se dice a sí misma, no
hay alteraciones ni ruidos, la vacilación deja espacio a
una voluntad de persistencia y a una mirada que ya no se coloca
en el lugar de exilio, sino que encarna el exilio, que se sitúa
directamente en el espacio de los contrarios, siempre en el espejo
del otro".
Alberto
Márquez. Poeta
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Quien
habla
sueña
quien dice
no
es
un muchacho con cuchillos
quien
da en el blanco
es
por angustia
quien
se rectifica
es
porque va
a
nacer
quien
dice
sí
es
una muchacha de las Antillas
el que
despierta
tiene
claras orejas
y
otro burro nativo
soy yo
el que
va por la carretera de Sintra
cada
vez más cerca
lo probable o real
desde
aquí
hasta
ahí
buscándome
entre
el ir y venir.
Juan
Sánchez Peláez
Por cuál causa o nostalgia
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La palabra
desprendida del lenguaje

Foto: Rafael Salvatore
Ramón Palomares tornó audible la
voz de lo inmenso
El humano andar se hace
cada vez más difícil. Con cada paso dado, debe el
poeta justificar el supremo don de nombrar, nombrar sin manchar
el nombre de Dios. Por ello Ramón Palomares sigue
la luz de su corazón y se aferra a lo que bulle del manantial,
del agua clara, del silencio y del sigilo de los montes y de los
chaos. Así, dando continuidad al cuento, al canto de su vida,
anota, "monologante": "Pero deja que sean los grillos,
su misterioso silbo, el rincón polvoroso y huraño
o la quietud, que respondan a esos otros ruidos sombríos
de aires alados y perros nocturnos por donde fluye la tiniebla.
El ciempiés inadvertido y la polilla suelen escribir sonidos
como el tallo al crecer, como las raíces y estrellas errantes.
Tú lo escuchas, pequeño, tú los sigues con
ojos de asombro más, mucho más lejos, en el sitio
de verdades ocultas que tu corazón puede seguir y que las
pupilas del sol no podían hallar nunca".
Tempranamente, siendo apenas un niño, se cercioró
Palomares: las "verdades ocultas" deberán seguir
siéndolo para honrar a quien, con los labios cerrados, ha
de contar y cantar el relato, al autor de este milenario relato
cuyo inicio y fin fue, es y será inédito.
El resultado
de la inevitablemente dolorosa indagación es siempre el mismo.
El poeta se sabe ignorante de todo, el poeta se siente vacío
y vaciado, a menos que al abrir el cedro, entre una y otra veta,
rememore el primero que logró distinguir en la floresta.
Palomares lo intenta, pero con esa búsqueda sólo
abona su fatiga, su agobio y termina, tembloroso, sentado sobre
las piedras, corroborando que la paz no le será alcanzable
ni siquiera pasado el umbral, ni siquiera después de morir.
El poeta continuará penando, insistirá en "averiguar",
en "hacer memoria", en "extender los ojos" pero
no podrá deslastrarse de las sombras.
La escritura
de Palomares viene a resultar entonces, como su propia existencia,
un estremecimiento, estremecimiento de la poesía toda, pues
desde El reino -su primer libro- vendría a develarnos lo
"Inmenso-Inédito". Y como el crepúsculo
mismo -día que nace y se deshace, noche que nace y se deshace,
balbuceo de la luz y de la sombra-, así, entre el ser y no
ser, como asomos, le llega la poesía a Palomares y
nos llega la suya. En Paisano vislumbra la transparencia de la cúpula
celeste y en Adiós Escuque hace declinar el canto
de la luz y retorna a la noche. En ambos casos, aunque se halla
obnubilado, intenta el diálogo y se inclina para dejar abierta
la rosa, abierto del oro, incluso abiertas quedarán las alas
de los pájaros; pero por cuánto tiempo, cuándo
volverán a replegarse. La duda, el "no sé qué",
va ganando cada vez más espacio en el corazón del
poeta, quien pareciera interrogar al unísono con la filósofa
española María Zambrano si "¿Será
el balbucir la señal de ser criatura y que la criatura no
pueda constituirse sin estar, de algún modo, dándose
a sentir en ese 'no sé qué' aunque solamente de ese
modo la sostenga? Toda criatura pudiera estar sustentada por ese
'no sé qué' como si fuera su aura o su lugar natural,
su atmósfera. La Aurora misma balbucea, al par que todas
las criaturas, un reino de luz y color, de espacios no habidos,
de tiempos poblados por un no se sabe qué".
No hay posibilidades
de saber; sólo, y por momentos, posibilidades de escuchar
-para sosiego de Palomares-, porque, añade Zambrano,
"Tiene el lenguaje su sonar, y en su forma más elemental
se impone sobre el mismo decir; mas se da una degradación
de este sonar que puede hacer de una pura canción una musiqueta,
mientras que algunas canciones destinadas a ser musiquetas son salvadas
y transformadas por la voz de alguien que canta con alma, más
que con escala, en verdadera música y en la música
que sostiene sobre el abismo a la palabra y es palabra inolvidable,
es decir trascendente".
Tal la música
que torna inconfundible la obra de Palomares, quien, como
ha dejado sentado la crítica, se nutre del habla de su pueblo,
se hace eco del voceo que les es propio, se apoya en los diminutivos:
pero ello no supone únicamente aguzar el oído, reproducir
sonidos. Ha tomado nota(s) de las medidas de la caja torácica
de sus paisanos, así como de la densidad de su hálito,
de la intensidad de su suspirar. De no haber sido así, sus
libros serían poco más que un hermoso anecdotario,
"musiqueta".
Sorteó
el peligro Palomares: su voz y las voces de los paisanos
fueron afinadas con los acordes del alma, sus cuerdas vocales fueron
templadas para alcanzar los silencios más puros, la escala
más elevada, "la palabra desprendida del lenguaje",
como la concibe Zambrano: "
la sola, pura, límpida
palabra, [que] nos parece que haya sido salvada de las aguas primeras,
de esas amargas y también dulces, como todo lo amargo, es
nacida de un mar que ya no alcanzamos a ver, que no estamos ciertos
que nos bañe todavía; mas alguna vez podría
ser que un instante inesperado naciera de nuevo para volverse otra
vez, reiteradamente, a esconder".
Y nació
y se escondió ciertamente esa palabra límpida, se
escondió entre las manos de Palomares, entre la niebla
y la espuma que siguen el curso del "riíto",
a orillas del cual fuese bautizado el poeta, impuesto de un "velo
de lluvia", seguido de un cortejo de tortolitas,
y de "los cantores", gentes simples -¿o
aludirá Palomares a las aves del mismo nombre, en
virtud de poseer una siringe muy desarrollada?-, gentes de boca
limpia, que entonan sencillas melodías, sin impostar sus
voces, sin imposturas en el corazón, advertidos de lo efímero
de la palabra pura, advertidos del retorno de ésta a lo innombrable,
y del retorno del poeta a la oscuridad.
De ese eterno
retorno rinde testimonio puntual y pulcro Palomares, a la
hora a la que se echa a andar con el corazón exaltado, en
busca de la primera luz del día, entonando un canto sagrado,
el canto monocorde misterioso y místico que lo religa con
los suyos, con el lugar, Escuque. Un canto apenas audible, entonces
ensordecedor, reverberante del ilimitado silencio del Gran Ausente
que él divisa y no demora en advertir como queriendo ampararnos.
Patricia
Guzmán. Periodista y poeta
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Abuelos
muertos, tías, retías
y demás sombras
Hoscas
conversaciones que llegaban
Gentes del sueño Gentes del viento
Eran árboles ventosos
Golpes del corazón
De una vez nos llevaban
Nomás éramos una conversación
Eramos
árboles y gentes del sueño
Almas erradas Errantes árboles
Y furiosos dábamos vueltas a la vida
Hurgando unas cenizas
Hurgando unos rescoldos
más allá de nosotros
Ramón
Palomares
Adiós Escuque
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La vida
es la protagonista

Foto: Anabell Guerrero
Rafael Cadenas "recupera la nitidez
de ser humanos"
Me
han pedido seis mil caracteres para hablar de mi respeto por la
poesía de Rafael Cadenas. Seis mil caracteres. ¿No
será mucho? ¿O acaso es un traje demasiado ceñido?
¿Cuántas frases debo intentar para desgranar lo que
me ha sucedido como lector ante la obra entera de Cadenas?
¿No bastaría con una sola palabra? Si intento otra
manera, podría incurrir en desmanes retóricos o en
énfasis inapropiados. Pero temo algo más opaco: pecar
de sobrio. En todo caso, el pedimento me importa porque se trata
de volver a transitar la textura verbal de un autor que me ha generado
-junto con varias generaciones de lectores- una experiencia reveladora.
La poesía de Rafael Cadenas no pasa impunemente por
los ojos de quien la consume. ¿No es esa la consecuencia
primera de toda gran poesía? La suya tiene el don de remover
arena humana allí donde muchas veces evitamos detenernos
y de esclarecer el camino hacia certidumbres mayores y, por lo tanto,
perturbadoras. Es incuestionable: la poseía venezolana necesitaba
los manuscritos de este ciudadano tan suficientemente herido y atraído
por la vida. Creo que no es vano afirmar que si no existiera la
obra de Cadenas nuestro mapa literario tendría un
rincón oscuro, un salto en el tejido, una laguna insalvable.
No seríamos los mismos lectores que hoy somos sin habernos
asomado a ese discurso que sólo propone una ambición:
recuperar la nitidez de ser humanos. De eso se trata cualquiera
de sus títulos. A eso apuntan Los cuadernos del destierro,
Falsas maniobras, Memorial o Gestiones (por nombrar un
puñado). Cadenas -su poesía, sus ensayos, sus
jirones- ha insistido en una obsesión: reconciliarse
con el acto mismo de estar vivos. No es una hipótesis mía.
Lo ha dicho con todas sus letras: "el hombre ha perdido la
poética del vivir". Y en muchas ocasiones se empina
un poco más: "Vivir en el misterio: frase redundante".
A veces, cuando asume el tono del aforismo, pareciera que busca
convencernos. Pero no se trata del sabio que pontifica, al contrario,
es el derrotado que desgrana sus únicas dos o tres frases
posibles con la boca llena de espinas. El lo ha expresado sin neblina
alguna: "la vida es la protagonista", no el hombre, ni
su obra, y mucho menos sus ideas. Las palabras simplemente pueden
servirnos para labrar el camino que nos devuelva a nosotros mismos.
Es justo por eso, por esa premisa conceptual, que su poesía,
para abolir el yo, se afana en el yo; es por eso que su persona
esquiva la luz de los cenitales y su sombra niega el aplauso. ¿Cómo
consentir un halago o alguna conclusión si aún estoy
perdido dentro del mundo?, parecieran decir sus páginas,
con cierto pudor.
A Cadenas
hay que leerlo dos veces en la vida: en la juventud y en la soledad
(las otras diez veces son consecuencia, maravilla y devoción).
La primera lectura nos regala una complicidad: son las palabras
que a cualquiera de nosotros, seres corroídos por el temor,
tipos sin brújula y sin ganas de tenerla, perfectos irresponsables,
botaratas afectivos, hijos del desasosiego, nos hubiera gustado
escribir ante la requisitoria de estar vivos, ante la prueba, ardua
siempre, de respirar. La segunda lectura nos otorga una revelación:
el sitio donde realmente se hospeda el misterio. Y entonces su poesía
adquiere estatura filosófica, esto es, se hace más
poesía aún.
Cadenas
ha sido quizás, de todos nuestros poetas, el que ha construido
con mayor tenacidad un cuerpo reflexivo, no sólo desde libros
como Anotaciones (un enjambre de fragmentos exquisitos y
luminosos), Realidad y Literatura, o Apuntes sobre San
Juan de la Cruz y la mística, sino desde cualquiera de
sus poemas. Su poesía es una forma del pensamiento. O para
decirlo de una manera brusca: es un poeta que no busca deslumbrar
sino revelar. Sus páginas son la persecución de una
ética del vivir. Desde el desarraigo, desde la acera de los
desahuciados, con las manos ateridas de frío y en una áspera
intemperie no ha hecho otra cosa que interrogarse (e interrogarnos)
sobre el hecho "nimio" de estar vivo. Cadenas es
un antihéroe, como lo somos casi todos los ciudadanos con
cédula de identidad y tristeza en los ojos. El se explora,
se suprime, se recoge, se abstiene. Con ese talante de burlado,
con esa mirada de tardío, de perplejo e inocente. Con sus
líneas que hablan de torpes intentos, de tanta inutilidad
para el destello, del fracaso como rutina, de jornadas de borrasca
y desazón. Cadenas ha asumido una travesía
a través de sus propios huesos para encontrarse con una rotunda
certidumbre: "Ser viviente. Es un modo de estar al que
no se accede sin trabajo, un temple que cuesta". Y tiene una
sola valija en el viaje: el idioma. Es su crudo y lujoso instrumento.
Para él lo cotidiano es el texto real del misterio, la respiración
es una noticia insoslayable. Y en ese sentido el poema se convierte
en un medio para develar el sentido de las cosas. Por eso, su poesía
es cada vez más magra, más despojada. Importa más
su decir que su música. No apela a la trampa de la ambigüedad
(muy socorrida en innumerables poetas), o a las consabidas cabriolas
del lenguaje. Mientras más desnudo sea el verbo, más
cercano a la verdad. Sus poemas son, no otra cosa, sino apuntes
sobre la realidad. Y la realidad es la que nos debe maravillar.
Muchas veces escamoteamos esta idea, nos alejamos de ella, nos buscamos
en lo oculto. Pero la poesía de Cadenas, por el contrario,
nos devuelve al sentido original de la experiencia.
Quizás
estoy derramando agua sobre el agua. Los lectores de poesía
de esta comarca sabemos muy bien cuán decisivos son los libros
de Rafael Cadenas. Sabemos que hay muchos poetas en este
país, buenos y malos, pero son pocos los imprescindibles.
Estamos, quién lo duda, ante uno de ellos. Y digámoslo:
la mejor manera de celebrar a un poeta es leerlo con afán,
deteniéndose en sus rincones, colocando la mirada donde él,
en el poema, logró hacerlo, calcar el instante, y así,
entenderlo, descubrirlo. En un país signado por la incertidumbre,
balanceándonos entre la zozobra y la vigilia, quizás
valga la pena recuperar la voz de nuestros grandes poetas. Y yo
sugiero hoy a Rafael Cadenas, no como el único, pero
sí como alguien que nos puede acompañar a reconciliarnos
con el compromiso de estar vivos. En su poesía no triunfa
la belleza, sino la verdad. Y últimamente nos está
haciendo falta mucha verdad. Una exigencia más ardua con
el rostro que nos devuelve el espejo. Un compromiso mayor con el
amanecer.
Leonardo
Padrón. Poeta
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Ars
poética
Que cada
palabra lleve lo que dice.
Que sea como el temblor que la sostiene.
Que se mantenga como un latido.
No he
de proferir adornada falsedad ni poner tinta dudosa ni añadir
brillos a lo que es.
Esto me obliga a oírme. Pero estamos aquí para
decir verdad.
Seamos reales.
Quiero exactitudes aterradoras.
Tiemblo cuando creo que me falsifico. Debo llevar en peso
mis palabras. Me poseen tanto como yo a ellas.
Si no
veo bien, dime tú, tú que me conoces, mi mentira,
señálame la impostura, restriégame la
estafa.
Te lo agradeceré, en serio. Enloquezco por corresponderme.
Sé mi ojo, espérame en la noche y divísame,
escrútame, sacúdeme.
Rafael
Cadenas
Intemperie
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N°
36 Aņo IV
Caracas, sábado 09 de junio de 2001
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