Creación
OTROS AMBITOS, OTRAS VOCES HISPANOAMERICANAS
Con el propósito de ofrecer una antología de la poesía hispanoamericana contemporánea, la poeta argentina Mercedes Roffé residenciada en Nueva York desde 1995 inicia con ésta la primera de una serie de entregas especiales, en exclusiva para Verbigracia. Soledad Fariña y Marina Arrate son las dos escritoras chilenas ambas con las que comienza su periplo la autora de Memorial de agravios. O de las cosas que han pasado en esta tierra, título del cual, aquí mismo, dimos noticia en su oportunidad
Foto: NatalyaCritchley.
Farallón entre dos autopistas, 1990.Soledad Fariña, presionando
el lenguaje
Nacida en Antofagasta, en 1943, Soledad Fariña ha publicado hasta ahora, tres libros de poemas: El primer libro (1985), Albricia (1988) y En amarillo oscuro (1994). A propósito de su poesía ha señalado el crítico Juan Villegas que probablemente Soledad Fariña sea "la poeta que, presionando y contorsionando el lenguaje, más abiertamente busca la configuración del deseo erótico y del clímax sexual dentro de la poesía de la mujer en Chile actual". Eliana Ortega, por su parte, quizás atenta a una gama más amplia de ecos, efectos, motivos e intereses que insisten en la poesía de Fariña, ha hallado en sus textos "una voz poética móvil que se desliza en consonancia con la naturaleza, con sus animales, con los sonidos, los colores y busca la fusión con un orden natural, un orden anterior, matrístico".
Fusión de cuerpo de mujer en cuerpo de mujer, de cuerpo y sentidos de poeta alerta en cuerpo y sentidos de una geografía o paisaje no ornamental: histórica; un lienzo de tierra, piedra, mar, altura en la que lo que resuena es el pasado y el hoy urgente de un sujeto en toda su siempre fallida completud: un cuerpo, una mirada, una memoria en armoniosa, vibrante comunión con su entorno.
Desde el siniestro irrumpir de los choroyes en El primer libro, hasta el susurro íntimo de Albricia y el amplio blanco religioso casi de En amarillo oscuro, es ésta una poesía en la que quizá lo más elocuente sea el silencio; un silencio que Soledad Fariña cerca, rodea, convoca a través de esa sabia, amorosa reticencia con que se acerca y tantea la palabra.
Mercedes Roffé
Deshierbar la hondonada, buscar el escondrijo
Avanza ciega la bandada afilando sus picos
deshierbar la hondonada buscar el escondrijo
Avanza ciega la bandada afilando sus picos¿Por qué esa oscuridad?
abierto el ojo abierto en esa oscuridad
Tierra a la tierra vuelta, desciende el guiño
azul a la mueca cuarteada mi acuosa mi arcillosa
punza suelta desgarrarojo a la llama blanca, mugidos subterráneos
en esa oscuridad: tomar el gran pincel
afilar el cuchillo perder la empuñadura
hendir abrir hasta perder
no hay recorrido previo
había que pintar el primer libro
pero cuál pintar cuál primer
Todo tranquilo, inmóvil
Había que pintar el primer libro pero cuál pintar
cuál primer tomar todos los ocres también
el amarillo oscuro de la tierra
capas unas sobre otras: arcilla terracota ocre
arañar un poco lamer los dedos para formar
esa pasta ligosa
untar los dedos los brazos ya estás abierto
páginas blancas abiertas no hay recorrido previo
tratar de hendir los dedosPor qué tan tristes por qué así estos colores,
dicen, preguntan los choroyes de alas verdes
que pasan en bandadas
Por qué esa oscuridad, gritan
Hay un negro que sombrea que nos cubreSe alejan pero no alcanzan a ver el rojo que descubro
debajo de mi axilaNo hay claridad, no hay claridad, graznan
Ha caído la nube gris sobre mi vuelo: eran granizos
era el hielo el que quebró mis alasY ahí en las alambradas, suspendido su vuelo
se dan a murmurartodo tranquilo inmóvil apacible
Besan las labias la corteza
¿Se diluyó en hilos la arcillosa?
preguntan cuchichean los choroyesPero hay otra tintada espesa que amenaza
desde esa cloaca negra¿Destejió la tejida esa viscosa vació
desgarró la envoltura?Ocre barroso oscuro derrama esa boca redonda
besan las labias la corteza terrosa
ocre granate impregna al ocre, grietas
beben la tintadaIncierto, proclaman los choroyes
Marina Arrate, esteticismo suntuoso
Marina Arrate (Santiago de Chile, 1957) es autora de los poemarios Máscara negra/ Tatuaje 1996) y El hombre de los lobos (1997). "Una suntuosidad verbal y rítmica salvaje, oscura, enigmática" ha visto la poeta Diana Bellessi en la obra de Arrate. Una suntuosidad con la que no es el detalle vano, la superficialidad del artificio meramente cosmético lo que se persigue. Si de pincel, máscara, maquillaje se parte, no es sino para extremar la experiencia hasta la herida, hasta que el filo roce lo humano primordial, la álgida cima o sima de lo sólo imperfectamente articulable. Mirada/ punzón que va exasperando hasta la epifanía/el dolor la tela/cuerpo que rasga, hiende, descubre y desfigura; mapa de rutas de un abismo a otro; itinerario de fulgores equívocos espejeando la minuciosidad de un mundo trazado a punta de escalpelo. Satén y seda y terciopelo que no es tela, sino idea platónica de la tela, su modelo último, su única ocurrencia en lo real. De ahí su cegadora imponencia, de ahí el crepitar rotundo de su materialidad.
La poesía de Marina Arrate quizá sea paradigmática de una tendencia que parecería afianzarse cada vez más en este fin de siglo: un esteticismo suntuoso, exuberante en el que en oposición, quizá, al cínico humor neobarroco de las décadas anteriores el exceso, el lujo y, por qué no, la belleza, se erigen en la estrategia más aguda, y más eficaz si no la única posible, para seguir mirando y haciendo frente al horror sin repetir servilmente su violencia.
Mercedes Roffé
Satén
1
Destellos en el bosque.
Fulgores rojos son.
Un fulgor rojo. Un rayo furtivo estremeciendo la arboleda. Sedoso y brillante. Satén es enervando las agujas del vasto pinar.Satén que mancilla carmín entre la hierba y sobre el musgo. Prendido carmín ardiendo en el hueco de las hiedras. Carampangue carmesí de satinada sangre tersando la piel de raso. La piel que roza, riza y ora acariciando con su cola de muerta la esmeralda, el centelleo del follaje verde que azota el viento a golpes, al borde de la ele azul de los abismos aquí al principio de este valle.
Satén es de sangre y lustroso y de traicionero terciopelo el tejido de las figuras que ahora llamean al sol como la luz de los cuchillos.
Bajo el esplendor aterradas en los filos que corta el haz figurando cavidades santas entre las redes rumorosas del bosque.
Qué silencio.
De verde firmamento o campana interior.
Aguza la mujer su oído en el asombro. Flama es el vestido que la cubre, de incendio la falda pasmosa.En el lamé se raja lo húmedo, puro hechizo del reflejo, alterando a sangre la virginidad verde del bosque. En el verde se rasga el lamé, produciendo llamaradas azules en su espejo. En el símil, erizamiento de una tapicería milenaria y radiante:
babas largas de un sileno, Belcebú, se arrastran y las bífidas
corrientes
lenguaraces de una turba agitada de enroscadas serpientes
ay, los ojos leontinos y egipcios de garzas y lechuzas hieráticas.Todo es terciopelo.
La sinuosa cabellera de una mujer antigua
la seda negra de una mariposa vibrante
los músculos sagrados de las panteras nocturnas.Irisados volcanes tornean sus esputos a lo lejos
a los lejos
como grandes y enormes colas de cometa.De sangre y de oro
la bella en su memoria.
2
Un jaguar blanco, un jaguar negro murmura.Yo le digo:
Silabea, santona espesa, que el largo cuello de tus cisnes ya tiembla, aleteando, en el ocaso de tu estampa.Un jaguar blanco, un jaguar negro yo
santona vieja, santona ciega de la arboleda prorrumpo y la tela de mi vestido se pleiga a mí como arpa y como arpía.Como arpa y como arpía se pliega a ti tu manto santona y eres ardiente como mana y totémica.
Totémico es el manto que me envuelve y los agudos pinos tiemblan en su nombre. Yo, la vidente de ojos huecos y negros señalo
el bruñido satén de las moradas de tu especie
el satén de las columnas de tus imágenes de lujuria
venero y conflagración de tus ancestros.
Un jaguar blanco, un jaguar negro musito yo la señora del sopor de los cuerpos del bosque emano.
Hacia ti me dirijo ciega. Para que veas en el hueco negro de mis ojos a la danzadora y tú, apenas nombre, ingreses. A su baile radiante. Hazte pura en la presencia de los pasos que ya avizora el temblor de los pinos: la piel de un jaguar ronda en la espesura. Su ciervo espera con sus orejas prestas, sensible y nervioso.Ah, la niebla helada que asciende por los bosques.
3
La luz de estas moradas entorno y frente a ti extiendo el plumaje rojo de mi traje. Santona vieja soy y te convoco:Un jaguar blanco, un jaguar negro desgarra el vientre verde del bosque.
Un jaguar blanco, un jaguar negro sigiloso en sus senderos escudriña.
En el aire de su olor el olor de su alimento.
Puro destino el bramido largo de su cacería y la húmeda nariz.
Ruge su sed entre los labios y en su esqueleto vibra la turbia ronda de sus músculos.
Cómo acecha en la estampida por la furia y acomete.
Cómo arranca briznas con su roce y su colmillar se hace rayo entre lo verde.
Escucha el caliente corazón de sus pasos y la presa que custodia entre los ojos.Detén, detén su paso, detén la zarpa de su amasijo, la masa que rueda por entre la red del bosque detén, detén su paso.
Detén, detén su paso, me dices tú, la que es apenas nombre y lugar sin asimiento.
Sí, tú que yo sin asimiento, la sin memoria inveterada, sigo la línea de tu cuello blanco y grueso y tu garganta. Hiendo el puñal de las heridas en mi mano y entinto.
No. Detente.
Observa la cola de mi manto y la sed que arde al fondo de mis ojos.
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