País Especular
Breve evocación
de la desmemoria
Elogio del olvido
De las varias capacidades del individuo para adaptarse al medio, el olvido me parece una de las más destacadas y sorprendentes. Olvidamos para rehuir las recordaciones pésimas, las pérdidas irreparables, las imágenes oscuras provenientes del pasado; olvidamos realizar las tareas más aburridas, los deberes ingratos, las citas y obligaciones no deseadas.
Por tratarse de un componente tan esencial para nuestra felicidad y como nos hace la vida si no deliciosa, cuanto menos tolerable, a menudo abusamos de él, olvidamos a la suegra en el terminal de transporte, olvidamos asistir a esa conferencia de nuestro jefe y que promete ser un bodrio, olvidamos la cita con el dentista, y aún existe aquél, hedonista empedernido y olvidador casi profesional, quien pretendiendo perpetuarse en esta clase de conciencia evasiva, olvida tomar el medicamento para la memoria.
Siempre deberíamos recordar al olvido y reservarle un lugar preeminente en nuestras ocupaciones cotidianas; incluso para evitar omisiones podríamos llevar una agenda en donde anotaríamos: "Hoy debo olvidar pagar mi deuda a Fulanito...", "Olvidar sin falta la cita con Mengano, es a las 4.30 pm ". Es posible capacitarse, con un entrenamiento riguroso, en el olvido exhaustivo, ese olvido disciplinado, empeñoso y experto como el de los políticos electos una vez en sus cargos y los resultados alcanzarían niveles prodigiosos. El secreto está en proveernos de un nutrido arsenal de disculpas y dilaciones, por disparatadas y abracadabrantes que éstas sean. De todos modos, nadie nos las creerá, exactamente como no creemos a los políticos.
La vitrina de los olvidos
Cuadro muy diferente ofrece el olvido de la historia. Me resulta imposible recordar quien dijo: "Los pueblos sin memoria tampoco tienen libertad"; tal afinidad entre memoria histórica y libertad, se explica fácilmente: la desmemoria histórica también descuida las libertades obtenidas en tiempos pretéritos y los gobernantes, por regla general, son ávidos devoradores de libertades públicas olvidadas por sus pueblos. Es una epidemia liberticida muy extendida en nuestro continente latinoamericano.
Como "Las libertades, a diferencia de otros productos, más se gastan mientras menos se las usa", es fácil colegir de allí (aunque lamentablemente tampoco retengo al autor de esta frase) que las consecuencias del olvido histórico son invariablemente funestas y sumen a las sociedades en un estado de ataraxia proclive a la opresión social.
Para completar esta breve galería de desmemorias y fugas cerebrales, citaré esta máxima de autor igualmente incierto en mis remembranzas: "Quienes han olvidado la historia están condenados a repetirla", suena bien, aunque de mal augurio para los habitantes de América Latina, quienes deseamos probablemente cualquier alternativa, menos, claro está, la de "repetirnos".
El viento de la Historia
Si bien pernicioso, este olvido de la Historia en las naciones latinoamericanas, podría explicarse sin mayores tropiezos. Somos desmemoriados, y la musa Clío guarda así, para nosotros, un singular mutismo. La historia magister vitae preconizada por Cicerón, esta "maestra de la vida", ha olvidado en América Latina todas sus lecciones. Ha enmudecido, y no por carencia de materiales didácticos sino por el fenómeno contrario: el exceso abrumador de hechos calamitosos en nuestro pasado y que no poco contribuyen a forjar el presente. Las tragedias, los desgarramientos, las frustraciones, las humillaciones, los levantamientos, las contrainsurgencias, los hechos de sangre, asesinatos políticos, arbitrariedades y todos los etcétera que nos parece pertinente y hasta en sumo grado saludable excluir de nuestra colección de recuerdos.
La amnesia histórica representa, en nuestra región, un fenómeno de supervivencia. Algunos historiadores contribuyen, de manera esmerada y rigurosa, a borrar de nuestras neuronas cualquier hecho que pudiese sugerir un estado de injusticia no reparado y, por lo tanto, superviviente en el presente. Mencionar, por ejemplo, las masacres de las bananeras de comienzos de siglo, podría parecer una referencia alusiva al Urabá actual, pues toda historia es historia presente y se formula desde el hic et nunc, en el aquí y ahora. Lo más prudente sería ni hablar de esos sucesos bochornosos del pasado para no despertar los demonios del presente. Por cierto, eso mismo sucede en muchas obras escritas sobre las diversas historias patrias.
Si no me marra el recuerdo, rememoremos a Hegel: "Los momentos felices de la Historia son sus páginas blancas". De comulgar con este enunciado, comprobaríamos que la historia nos sigue pesando y que sus páginas blancas, en cambio, se nos volaron con el viento.
(Este artículo fue originalmente editado en El Magazín Dominical, de El Espectador. Colombia. 1998).
Alberto Ruano Miranda. Escritor argentino