Tributo
Elena Garro
Sin ápice de complacencia y más bien con mucho
de reclamo a cierta seudoliteratura, en su papel de lector José Balza se despide de la autora de Los recuerdos
del porvenir,la dama que hace una semana le vio la cara
al misterio de la muerte
Foto: José Antonio López, México,1995
El exigente crítico Christopher Domínguez Michael escribió sobre Elena Garro en 1989: "es la más original de las novelistas mexicanas". Hace dos años César Aira me confesaba: "es lo más grande de nuestra literatura". Para mí, simplemente, una autora genial.
Prosa perfecta, refrescante, historias aparentemente banales, estructura recóndita, casi invisible, soluciones anecdóticas siempre inesperadas por su exacta lógica, temas de hondas raíces filosóficas. En síntesis, una incomparable capacidad de improvisación, de trabajo con el azar y manejo exacto de la lengua, porque tal manejo surge a la vez de lo popular y de la cultura más sofisticada. Todo esto está en su obra.
"Elena ha sido una mujer fascinante, tan bella como ingeniosa, tan de París como del campo mexicano. Ya es una leyenda con su persona y sus anécdotas pero nadie, absolutamente nadie podrá plasmar en letras esa vida llena tan llena de rarezas y fantasías como ella misma; su obra es un largo despliegue de intimidades. Claro, son misteriosas e inaccesibles si las queremos descifrar como algo personal". Nada mejor que estas palabras con que Emilio Carballido nos presentaba sus narraciones en agosto de 1966, para detectar tal vez los únicos rasgos válidos en una literatura de mujer: el despliegue de la intimidad (todo puede ser íntimo) y su conversión en algo difícil de descifrar como confesión personal. Exactamente aquello que no cumple la horrenda literatura light escrita hoy por mujeres.
Por lo demás, la propia vida de la autora parece uno de sus guiones para el cine o alguna de sus piezas teatrales; nace el 11 de diciembre de 1911 en Puebla. Estudia danza con un alumno de Pavlova. Actriz y coreógrafa del teatro universitario. En 1937 se casa con Paz. Nunca he podido olvidar las páginas de sus diarios dedicadas al compositor Silvestre Revueltas durante la Guerra Civil Española. Revueltas, ingenuo y violento, es exhibido, sacrificado por los diplomáticos, ya en París, como objeto cultural, mientras le niegan un pasaje de avión y un abrigo. Lo dejan morir de frío y hambre.
Garro trabaja como periodista. Años después conoce en Francia a su admirado Vallejo y a quien iba a ser uno de sus enigmáticos amores: Adolfo Bioy Casares. En los años cincuenta reside en japón. De regreso a México escribe su trilogía teatral Un hogar sólido. Más tarde, los años de Nueva York, el exilio voluntario de una década entre Madrid y París. Vuelve definitivamente a México en 1994, donde acaba de morir.
¿Qué podemos preferir en la obra de Elena Garro? Nos resulta insuperable su novela Los recuerdos del porvenir publicada en 1963 y escrita años antes en Berna. Una aldea remota nos habla, la revolución ha concluido y un mundo de acechanzas vibra en cada calle, en cada casa. Allí, según Domínguez Michael, "el viejo realismo se mueve bajo el aliento de la persecución existencial".
La semana de colores, libro de cuentos publicados en 1964 (posteriormente llamado también La culpa es de los tlaxcaltecas). Trece narraciones en las que el humor, la sorpresa de vivir, de vivir los detalles, se enlazan crudamente con el dolor diario y con ingeniosas colocaciones de la percepcion imaginaria. Cualquiera de ellos, por ejemplo "El día que fuimos perros" puede fascinarnos para siempre por su cómica anécdota, por su sutil dislocación de la exactitud diurna. "Supimos que era un día con dos días adentro" confiesa la protagonista. ¿Hemos tenido todos una experiencia similar, o no la advertimos cuando ocurrió?
Normalmente sus piezas teatrales son excepcionales, pero Un hogar sólido conjuga las ambigüedades de la muerte que Rulfo trataría de manera muy personal. Toda una familia se reúne, por fin completa, para celebrar ese encuentro. Están en la tumba, pero no lo sabremos sino en las líneas finales.
Sólo en 1996 se publica Un traje rojo para un duelo, espeluznante, irónico fresco del alma de una chica y de la casa, la sociedad que la rodean. La angustia termina llevándonos a reír.
Claro que también hay obras que decaen. Un escritor es sus cumbres y sus fosos. Como la ambiciosa novela Reencuentro con personajes y el relato "Busca mi estela".
Otras veces me he preguntado cuándo comenzarán las mujeres de América Latina y sobre todo las escritoras a defenderse. A defenderse de quienes están usurpando su espíritu. ¿Cómo es posible que el público femenino de nuestro continente deje pasar impune a la Allende y a sus abominables discípulas? Malas escritoras, grandes comerciantes, tal vez posean la única cualidad de lograr que alguien aprenda a deletrear con ellas. Y hasta hay algo de bueno en eso: la acción mundial del best-seller no engaña a nadie; se trata de distracción y olvido. (¿Hablará algún imbécil que posea una biblioteca sólo de best-sellers?). Otra cosa ocurre cuando el asunto se disfraza de literatura y entonces hasta profesores y críticos son embaucados por el engranaje mundial de la globalización (léase editoriales, publicidad, premios, periodistas ignorantes, etc.).
Pero aquellas no representan ni a la literatura ni a la mujer latinoamericanas. Desde siempre cuando un hombre es pésimo escritor (por ejemplo hoy, el tal Bayly), ningún varón se engaña. Por mucha publicidad o crítica cómplice y favorable, no lo vamos a leer con interés o respeto. Pareciera en cambio que las lectoras están sometidas a esos empresarios que lanzan autoras e imponen premios como si se tratara de premiar vacas lecheras.
¿No se inquietan nuestras mujeres de ser representadas por tanto producto falso? ¿No se avergüenza usted que ahora me lee de haberse dejado embuchar pasivamente por tanta "obra" desechable? ¿No siente culpa intelectual la única culpa que conozco por ignorar a María Luisa Bombal, a Inés Arredondo, a Victoria De Stefano, Matilde Sánchez, Gilda Holst, Milagros Mata Gil, a Luisa Mercedes Levinson? Aunque tampoco lamentablemente sean leídas como merecen, Victoria Ocampo y Teresa de la Parra suenan de vez en cuando.
Estoy seguro de que la buena literatura es el más efectivo (y tal vez el último) remedio contra la globalización psíquica, porque para que ella exista tiene que nutrirse de individualidad: la individualidad del lector, la del autor. Creo que mucho ganaría nuestra capacidad de ser felices, de descubrir la originalidad y el pensamiento latinoamericano si nos entregamos a la extraña experiencia de conocer a Elena Garro. Y a las otras.
José Balza. Narrador
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